Resumen de la jornada 4: Simposio Internacional Jorge Isaacs Colombia Literaria – Una(s) Historia(s) Posible(s)
En la cuarta jornada del Simposio se habló acerca de la muerte en la religiosidad africana en clave de lectura decolonial; literatura de los llanos orientales y sus habitantes en la literatura colombiana; vestigios de una cosmovisión chamánica en la novela La vorágine; periodismo investigativo ante el poder, la violencia y la corrupción en Colombia; la obra de Miguel Torres y su trilogía sobre El Bogotazo, y sobre el ensayo literario en Colombia.
Por: Julio César Pino Agudelo
Licenciado en Literatura, Univalle

Ashé, Nganga y Muntu: la muerte como imagen en las culturas y el arte afro latinoamericano y del Caribe, aportes para una lectura decolonial
Julián Malatesta abrió un espacio de reflexión profunda en torno a los vínculos entre la muerte, la memoria, la imagen y el universo simbólico que atraviesa las culturas afrodescendientes y latinoamericanas. En su ponencia propuso un recorrido conceptual que entrelaza filosofía, historia y literatura para comprender cómo las sociedades construyen sentidos alrededor de la existencia, los imaginarios espirituales y las formas de recordar.
Malatesta planteó que la imagen en sus múltiples formas: ícono, símbolo, cuerpo, reliquia o palabra, actúa como un puente entre el mundo material y lo invisible. Desde esta perspectiva, exploró la noción de Muntu, entendida como la energía vital que conecta a los seres humanos entre sí y con sus muertos, una presencia que no desaparece y que sostiene formas de continuidad espiritual y ética. La memoria, señaló, no es únicamente un registro del pasado, sino un modo de mantener abierto el diálogo con aquello que nos constituye, con nuestras genealogías y con los mundos que ya no vemos, pero permanecen actuando en la vida cotidiana.
En este marco, Malatesta examinó también la figura del Nganga, ese cuerpo contenedor del espíritu en prácticas afrocaribeñas, para mostrar cómo los objetos, los cuerpos y los rituales funcionan como depósitos de fuerza, custodios de historias y soportes de poder comunitario. Le interesaba evidenciar que la cultura afrodescendiente no rompe con la muerte, sino que negocia con ella, la entiende como tránsito, permanencia y transformación. Allí la memoria no es clausura: es energía que se desplaza.
El diálogo posterior giró alrededor de cómo estas imágenes y energías permiten pensar la violencia, la resistencia y las formas de dignidad en comunidades que han hecho de la memoria un acto político. Así, la intervención de Malatesta tejió un mapa conceptual que invitó a comprender la imagen no solo como representación, sino como presencia activa, fuerza que modela mundos y sostiene la vida colectiva.

De mundo salvaje y zona roja a territorio entrañable: la representación de Los Llanos Orientales y sus habitantes en la literatura colombiana
La ponencia de María Mercedes Ortiz analiza cómo los discursos de nación construidos por las élites criollas del siglo XIX moldearon la representación de los Llanos Orientales en la literatura colombiana. Estas élites, guiadas por ideas deterministas provenientes de Buffon, Caldas y Samper, concibieron la región andina como el núcleo civilizado del país y relegaron el resto del territorio —incluyendo Los Llanos, las costas y las selvas— a la categoría de espacios salvajes, inferiores y habitados por “razas” también consideradas inferiores. Ortiz retoma a Alfonso Múnera y Margarita Serje para mostrar cómo esta visión andinocéntrica creó fronteras internas que aún hoy persisten y que justificaron prácticas coloniales al interior de Colombia, como la expropiación, la violencia y la exclusión de comunidades indígenas. Esta ideología se refleja en gran parte de la literatura del siglo XIX y principios del XX, donde Los Llanos son concebidos como periferia incivilizada, zona roja o territorio vacío, a pesar de estar profundamente habitados y de ser culturalmente complejos.
A partir de este marco, Ortiz examina la representación de Los Llanos en dos obras fundamentales: De Bogotá al Atlántico de Santiago Pérez Triana y La vorágine de José Eustasio Rivera. En el relato de viaje de Pérez Triana, aunque el autor manifiesta deslumbramiento ante la geografía llanera, reproduce la mirada del viajero andino que observa el territorio como naturaleza pródiga pero peligrosa, lista para ser explotada; y a sus pobladores —llaneros e indígenas— como figuras primitivas. Si bien condena las masacres históricas contra los pueblos sikuani y cuiba, también mantiene una visión ambigua que oscila entre el racismo y cierta admiración por la autonomía indígena. En La vorágine, Rivera introduce Los Llanos y la Amazonía al imaginario nacional, ampliando los límites de la nación literaria; sin embargo, retoma y refuerza estereotipos de barbarie, violencia y atraso. Los Llanos aparecen como territorio ambivalente, entre lo idílico y lo mortífero; los llaneros son exaltados por su identidad regional, pero los indígenas son representados como seres sin historia ni cultura, quedando excluidos del proyecto nacional.
En contraste con estas visiones externas y andinocéntricas, Ortiz analiza Capitán Guadalupe Salcedo, de la escritora araucana Silvia Aponte, obra que presenta por primera vez una representación entrañable, afectiva y profundamente arraigada de Los Llanos desde la perspectiva de sus propios habitantes. En esta novela, la región no es selva salvaje ni zona roja, sino un territorio amado, vital y culturalmente cohesionado, cuyo pueblo se reconoce a sí mismo como llanero antes que colombiano. La autora rescata la memoria de la violencia bipartidista, los bombardeos estatales y la resistencia liberal en la figura de Guadalupe Salcedo, mostrando la dignidad y el arraigo del llano como comunidad histórica. Así, Aponte rompe con los imaginarios dominantes y propone una representación donde el llano se convierte en un territorio entrañable, esencial para la identidad de quienes lo habitan, y no un simple borde salvaje del país.

Vestigios de una cosmovisión chamánica en La vorágine
En su ponencia, Fabio Gómez Cardona propone una lectura de La vorágine desde una perspectiva decolonial que permita reconocer los vínculos profundos que la novela de José Eustasio Rivera mantiene con las cosmovisiones indígenas de la Amazonía. Mientras la mayoría de estudios se han basado en categorías occidentales —romanticismo, realismo, racionalismo científico o mitología judeocristiana—, Gómez plantea una aproximación amazónico-centrada, orientada por su investigación sobre literatura y chamanismo. Explica primero qué entiende por chamán y por cosmovisión chamánica: un sistema de saberes que organiza el mundo en dos planos —el material y el espiritual— entre los cuales median hombres y mujeres dotados de conocimientos especiales. Destaca que, aunque La vorágine está narrada por Arturo Cova, un sujeto urbano, letrado y profundamente prejuicioso, en los intersticios del relato irrumpen voces no autorizadas que portan saberes distintos, ligados al universo chamánico que la novela deja entrever pese al sesgo del narrador.
Gómez identifica tres personajes centrales para rastrear estos vestigios: la mulata Bastiana, el tuerto Maúco y el Pipa. Bastiana, presentada por Cova como ignorante y supersticiosa, demuestra un conocimiento eficaz de la herbolaria y de los “filtros de amor”, así como de prácticas de amarre y remedios populares que remiten a una tradición mágico-medicinal profundamente arraigada. El tuerto Maúco, por su parte, encarna un tipo de curandero rural capaz de sanar con rezos, detener hemorragias, “volverse” planta, animal o neblina para protegerse, y ejercer artes vinculadas a una dimensión espiritual que la mirada racionalista de Cova trivializa. El Pipa, sin embargo, es la figura más compleja: un niño blanco criado por pueblos indígenas que aprendió sus lenguas, rituales, tácticas de guerra y usos de plantas visionarias. Como guía de Cova en la selva, despliega un repertorio chamánico que incluye la manipulación ritual, el uso del veneno en las uñas, la toma de yagé y la lectura visionaria de acontecimientos distantes, prácticas que el narrador malinterpreta sistemáticamente debido a sus prejuicios.
Finalmente, Gómez señala que La vorágine exhibe un contrapunteo entre la retórica civilizada de Cova y la presencia persistente de un universo chamánico que se niega a ser borrado. Incluso sugiere que el propio acto narrativo del poeta —que escribe para comprender su fracaso moral y su degradación humana— puede leerse como una forma de terapia chamánica o logoterapia: un intento de sanarse mediante la palabra, tal como hacen los chamanes que curan con canto y relato. Pese al sesgo colonial del narrador, la novela permite vislumbrar una Amazonía viva, regida por relaciones espirituales, saberes ancestrales y prácticas rituales que sobreviven en personajes marginados por la voz oficial. Así, Gómez ofrece una interpretación novedosa que revela la riqueza intercultural y simbólica de la obra, y que amplía la comprensión de La vorágine más allá de las lecturas clásicas.

La experiencia de escribir El crimen del siglo, El incendio de Abril y La invención del pasado.
La mesa redonda con Miguel Torres se centró en la génesis, evolución y sentido narrativo de su trilogía del 9 de abril, así como en la íntima relación entre su formación teatral y su obra narrativa. Torres explicó que su escritura nace de un proceso intuitivo y casi ciego, un flujo creativo que heredó de su vida como actor y dramaturgo, donde aprendió a “ponerse en el ropaje de otro” y a respetar profundamente la otredad. Esa experiencia marcó la concepción de sus personajes, a quienes otorga una vida interior completa que sostiene la verosimilitud de sus novelas. La discusión también subrayó el impacto de su trayectoria vital en barrios populares de Bogotá, cuyos ambientes —las casas, las piezas, el frío, las ruanas, los oficios, los olores— fueron reconstruidos literariamente para dar vida al universo de Juan Roa Sierra y de las multitudes anónimas que protagonizan el Bogotazo.
Torres relató el complejo proceso creativo de El crimen del siglo, cuya construcción giró en torno a la invención del personaje de Roa Sierra ante la imposibilidad de narrar desde el interior a Gaitán, figura pública sin fisuras privadas visibles para el novelista. Roa surgió, entonces, como un vacío fértil, un hombre insignificante del que apenas existían datos, lo que permitió a Torres elaborar ficcionalmente su psicología y motivaciones. El autor reveló el modo en que estudió paralelos con Raskólnikov, creando listas que lo ayudaran a diseñar una versión verosímil y humana del personaje, sin afirmar jamás que haya sido realmente el asesino. También explicó cómo El incendio de abril surgió de la necesidad ética de explorar lo que vivieron las personas comunes aquel día: taxistas, amas de casa, niños, policías, obreros, trabajadores y desaparecidos. Para ello creó 68 testimonios ficticios, entrelazados con precisión temporal y espacial, que reconstruyen la experiencia colectiva del caos, la violencia y la pérdida. La invención del pasado, por su parte, despliega una historia familiar que recorre cincuenta años del país, congelando la ciudad del 9 de abril como un escenario perpetuo.
Finalmente, la conversación abordó personajes emblemáticos como Ana Barbús, figura central de la trilogía y producto de una experiencia vivida por el propio autor, así como las tensiones entre historia y ficción en el tratamiento del Bogotazo. Torres insistió en que su obra no busca explicar ni reconstruir hechos, sino inventar un mundo literario que sea verosímil y conmovedor. Entre anécdotas, lecturas y reflexiones —incluida la polémica sobre la autoría del magnicidio—, el autor destacó la responsabilidad del novelista frente a la memoria colectiva y la potencia del arte para humanizar a los olvidados. El diálogo cerró con preguntas del público que profundizaron en la creación de testimonios, en la humanidad de Roa Sierra y en las voces que sostienen la trilogía, resaltando la capacidad de la literatura de Torres para reimaginar la historia nacional desde adentro.

El ensayo literario en Colombia
El conversatorio abrió con una presentación del escritor y profesor Pablo Montoya, cuyas obras abarcan novela, cuento, poesía y ensayo. El diálogo se centró en su relación con el ensayo literario y la crítica en Colombia. Montoya destacó la figura de Baldomero Sanín Cano como un punto de inflexión en la secularización del ensayo en el país, al romper con el dominio religioso y político que había marcado la escritura del siglo XIX. También explicó la tardía llegada de Montaigne a Hispanoamérica y cómo ese retraso influyó en la consolidación de una tradición ensayística propiamente estética. Desde su experiencia personal, Montoya relata que la crítica literaria debe ejercerse con independencia y rigor, alejada de amiguismos o simpatías, incluso si esto genera polémicas. Asimismo, subraya el papel formativo de los modernistas y la importancia de la lectura rigurosa como base para una tradición crítica sólida.
A lo largo del conversatorio, Montoya vincula el ensayo con la novela colombiana y señala que durante décadas predominó un modelo narrativo influido por García Márquez y su cercanía con el periodismo, lo cual generó cierta desconfianza hacia la novela ensayística de tradición alemana. Sin embargo, identifica excepciones notables — Germán Espinosa, R.H. Moreno Durán, Burgos Cantor — que integran reflexiones ensayísticas en su narrativa. Montoya también describe la influencia central de Montaigne en Tríptico de la infamia, especialmente por su postura crítica ante las guerras de religión y la conquista de América. Además, profundiza en la herencia literaria colombiana, en figuras como Tomás Carrasquilla, a quien reconoce tanto por su potencia narrativa como por sus contradicciones ideológicas. Reflexiona sobre cómo la construcción de una historia crítica de la literatura colombiana requiere comparatismo, revisión del canon y apertura a estudios de género, raza y colonialidad, tareas necesarias para actualizar la comprensión del campo literario.
En una parte final particularmente política y reflexiva, Montoya aborda la función transformadora del ensayo. Aunque afirma no escribir deliberadamente para cambiar al lector, reconoce que los textos ensayísticos pueden suscitar cuestionamientos profundos sobre la historia, la identidad y la ética. Sus ensayos sobre literatura francesa — sobre Camus, Gide, Yourcenar o Céline — están atravesados por su condición de escritor colombiano que observa Europa desde una perspectiva postcolonial. También comenta el impacto que su mirada crítica sobre la conquista española ha generado en España contemporánea, cada vez más inclinada a discursos justificadores del pasado imperial. El conversatorio concluye con intervenciones del público que cuestionan y enriquecen la discusión, especialmente sobre la figura de Sanín Cano y la necesidad de matizar su legado. En conjunto, el diálogo muestra que el ensayo literario en Colombia sigue siendo un espacio de pensamiento libre, discusión crítica y búsqueda de sentido para la literatura y para el país.



