Crítica

Respuesta de la Universidad de Harvard a política pública de Trump contra la diversidad

Por: Mayra Santos Febres
Escritora puertorriqueña
Especial para La Palabra

Protesta en apoyo a la Universidad de Harvard.
Foto: REUTERS/Nicholas Pfosi

En el año 2004 fui profesora visitante en Harvard. Me reclutó la crítica de literatura latinoamericana Dra.  Doris Sommer para ofrecer cursos sobre literatura y estudios culturales latinos y latinoamericanos. Mis estudiantes representaban la gran diversidad étnica y racial que compone la población latina en Estados Unidos. Tenía estudiantes blancos de clase media, de la comunidad LGBTQUIA, hijas de empleadas domésticas mexicanas, ecuatorianos, colombianos, guatemaltecos nacidos en EEUU en una primera generación que entraba a estudiar a la universidad, estudiantes afrodescendientes del Caribe, brasileño-japoneses, de todo. La plantilla de profesores era menos diversa, aunque había profesores chilenos de origen mapuche, muchos cubanos y argentinos criollos-blancos. Ya en puestos de decanato o de jefatura de departamentos, la demografía se estandarizaba.  Se dejaba ver mucha menos diversidad. Casi todos los puestos de alto rango universitario estaban ocupados por hombres heterosexuales Anglo.  A pesar de la jerarquía que mantiene una supremacía angloamericana en los lugares de tomas de decisiones, Harvard se me presentaba como una universidad diversa y vanguardista en temas de producción de saberes humanísticos alineados con la búsqueda de la inclusión y diversidad social y racial.

Ya habían pasado casi 40 años de las luchas iniciales universitarias estadounidenses a favor de la creación de departamentos y programas de estudios étnicos. Dichas luchas se gestaron a partir del 1968, vinculadas a las propuestas políticas del TWLF (Frente de Liberación del Tercer Mundo). Sus capítulos vinculados al Black Student Union, Latin American Students Organization, Asian American Political Alliance, Philipino American Collegiate Endeavor, and Native American Students Union coordinaron la primera gran huelga de estudiantes en la Universidad Estatal de San Francisco, la huelga más duradera en la historia de Estados Unidos.  Su resultado fue la fundación de la Escuela de Estudios Étnicos en dicha institución. Como resultado de la apertura de la Escuela, se cambió la política de reclutamiento de la universidad, admitiendo y apoyando una mayor cantidad de estudiantes y profesorado de diversidad étnica.

Habría que ver si otras universidades públicas y privadas y pequeños colegios universitarios podrían sobrevivir al embate de la administración de Trump contra la libertad académica y la intelectualidad. Definitivamente, la soga cortará por lo más bajo, afectando las políticas de reclutamiento de profesorado género-diverso, feminista y/o antirracista y de estudiantes graduados y subgraduados de diversos orígenes sociales y étnicos…

Es importante recordar la historia de la lucha por la diversidad en Estados Unidos y sus instituciones académicas para entender las razones que llevan al presidente #47 de EEUU a arremeter contra las universidades y por qué las define como focos de “infección étnica”. Su discurso, populista al fin, arremete contra cualquier reducto de análisis crítico e “intelectual” y contra la “liberalidad” de las universidades como lugares que fomentan el diálogo transversal entre disciplinas, sectores sociales y producción de conocimiento. Sin embargo, la historia de esta lucha permite trazar el impacto de medio siglo de victorias ganadas a favor de la inclusión social y racial en Estados Unidos; precisamente lo que quiere desmontar el presidente #47 ahora. No creo que lo logre en cuatro años; no sin generar batalla.

Tras la cacería de brujas que Donald Trump desató contra la Universidad de Columbia durante el pasado mes de marzo 2025, cortándole 400 millones en fondos federales para que sancionara a estudiantes y profesores que demostraron en contra de la guerra de Israel en Gaza, muchas universidades se han estado organizando para demandar al gobierno federal contra sus abusos de poder.  Harvard ha reaccionado anunciando que no cederá a presiones y amenazas de recortes de fondos federales que condicionen su libertad de cátedra. Debemos recordar, sin embargo, que Harvard es una universidad privada y rica. Aunque recibe fondos federales, la institución cuenta con una dotación privada de 53.2 billones de dólares.  También cuenta con un generoso número de exalumnos billonarios de muchas partes del mundo que la respaldan.

Es por ello que Harvard puede hacerles frente a las políticas abusivas de la Casa Blanca. Habría que ver si otras universidades públicas y privadas y pequeños colegios universitarios podrían sobrevivir al embate de la administración de Trump contra la libertad académica y la intelectualidad. Definitivamente, la soga cortará por lo más bajo, afectando las políticas de reclutamiento de profesorado género-diverso, feminista y/o antirracista y de estudiantes graduados y subgraduados de diversos orígenes sociales y étnicos- bien sean latinos, latinoamericanos, afrodescendientes, asiáticos, árabes y provenientes de pueblos originarios. Con ello, Trump apuesta a algo aún peor que la libertad de cátedra y pensamiento. En este mundo post-Covid, el presidente #47 apuesta a consolidar aún más el empobrecimiento y la vulnerabilidad social de una clase media profesional multiétnica y racializada y de diversas identidades de género.

¿Logrará su meta en 4 años? Eso habrá que verlo.

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