Pepe Mujica: el viejo rebelde que nunca dejó de sembrar futuro
Por: Kelly Vanessa Bravo Salazar
Estudiante de Geografía, Univalle

Foto: Getty Images.
En un mundo donde los ídolos suelen brillar con luces artificiales, José “Pepe” Mujica eligió el sendero de la sencillez, como si supiera que las verdaderas revoluciones nacen en el silencio de la conciencia. De caminar pausado y mirada penetrante, se erigió como un símbolo de resistencia en un mundo marcado por el desencanto político. Exguerrillero, expresidente, agricultor y prisionero durante once años en condiciones inhumanas, Mujica fue, para miles de jóvenes, mucho más que un líder: fue una brújula ética, un abuelo sabio cuya presencia incomodaba con su autenticidad.
Nacido en la humilde chacra de Montevideo, Mujica creció entre el aroma de la tierra húmeda y la solidaridad campesina. A los dieciséis años dejó los estudios para trabajar en un taller mecánico, donde descubrió la fuerza del mundo obrero. En los años sesenta, inspirado por la Revolución cubana, se unió al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Para los jóvenes de entonces, Mujica representaba la promesa de un mundo más justo, donde la lucha armada parecía el camino para derribar la desigualdad.
En 1972, fue capturado por las fuerzas de seguridad y pasó más de ocho años en prisión, muchos de ellos en aislamiento total. Lejos de doblegarlo, ese período forjó su carácter. Fue allí, en la oscuridad de la celda, donde comprendió que la verdadera revolución nacía de la conciencia, no de las armas. Tras la restauración democrática en Uruguay (1985), Mujica emergió con una sensibilidad renovada, apostando por el diálogo y la reconciliación en lugar del resentimiento.
Su carrera política alcanzó su punto culminante al ser elegido presidente (2010-2015). Lejos de los lujos presidenciales, vivió con su esposa Lucía Topolansky en su modesta chacra, donando el 90% de su salario a organizaciones sociales.Sus conferencias y apariciones públicas desafiaban la solemnidad, hablando de ecología, tiempo libre y felicidad con la misma pasión con la que evocaba su pasado guerrillero. “Pobres no son los que tienen poco. Son los que quieren mucho. Yo no vivo con pobreza, vivo con austeridad, con renunciamiento. Preciso poco para vivir”, dijo, invitando a los jóvenes a repensar sus prioridades.
Pero más allá de sus actos, lo que perdura es su palabra, una voz que hablaba a la juventud desde la experiencia, sin caer en la nostalgia ni en la condena. “Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo, fui aplastado, derrotado, pulverizado, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de la igualdad”. Así se dirigía a los estudiantes de América Latina, sembrando preguntas profundas y advirtiéndoles que el sistema no se combate con consignas vacías, sino con coherencia, trabajo colectivo y sentido histórico.
En su renuncia al Senado en 2020, dejó otra lección de vida: “Hay que darle gracias a la vida. Triunfar en la vida no es ganar; triunfar es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”. Un mensaje de resiliencia, de fuerza para renacer ante las adversidades.
Pepe Mujica no hablaba desde la teoría; su vida le otorgaba una autoridad que pocas figuras públicas conservan. Capturado por la dictadura militar, fue encerrado durante más de una década, sometido a aislamiento, incomunicación y alucinaciones por la falta de luz y contacto humano. Cuando recuperó la libertad no eligió el odio, sino la siembra. “Si sos joven, tenés que saber esto: la vida se te escapa y se te va minuto a minuto y no puedes ir al supermercado y comprar vida, entonces lucha por vivirla, por darle contenido a la vida”, manifestó en un discurso en 2014, en un homenaje realizado por la Unasur.
Pepe Mujica se ha ido, pero su legado perdura como una semilla que germina en la conciencia de miles. Su vida, un testimonio de coherencia y amor, nos invita a construir un futuro donde la humanidad y la autenticidad sean la brújula. Que su ejemplo nos inspire a vivir con la misma pasión y sencillez con la que él transitó la vida.
Aunque algunos lo identifican con la izquierda latinoamericana, Mujica trascendió las etiquetas. Para las juventudes que lo escucharon en foros, universidades o redes sociales, representó algo más profundo: la posibilidad de un liderazgo austero, congruente y profundamente humano. Habló de ecología cuando pocos líderes lo hacían, advirtió sobre el peligro del mercado convertido en dios y recordó que la vida no se puede hipotecar por dinero.
A la juventud no le exigía perfección, sino compromiso. Sabía que muchos crecieron en un mundo de crisis acumuladas: climática, económica y emocional. Por eso, sus palabras sonaban más como una invitación que como una orden: “Inventamos una montaña de consumo superfluo, y hay que tirar y vivir comprando y tirando. Y lo que estamos gastando es tiempo de vida, porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”, dijo en una entrevista para el macrodocumental Human.
“No soy pobre, soy sobrio, liviano de equipaje, vivo con lo justo para que las cosas no me roben la libertad”. Su vida fue un reflejo de estas palabras, una coherencia que cautivó a tantos jóvenes que, más allá de ideologías, encontraron en él un referente de honestidad.
Retirado de la política institucional, continuó hablando desde su chacra, recibiendo jóvenes, respondiendo entrevistas y reflexionando sobre el futuro del planeta. No predicaba soluciones fáciles, sino que sembraba preguntas en miles de conciencias: ¿Para qué vivimos? ¿Qué es la libertad? ¿Qué significa ser feliz?
No son preguntas menores, sino el punto de partida para una nueva forma de hacer política, en la que el poder no se mide en votos ni en likes, sino en la capacidad de inspirar humanidad. Mujica no buscaba discípulos, sino que cada joven encontrara su camino, con brújula, historia y ética.
Al pueblo siempre le agradeció con sus discursos: “Querido pueblo, gracias. No dudes que si tuviera dos vidas las gastaría enteras para ayudar a tus luchas, porque es la forma más grandiosa de querer la vida que he podido encontrar a lo largo de mis casi ochenta años. No me voy, estoy llegando, me iré con el último aliento, y donde esté estaré por ti, contigo, porque es la forma superior de estar con la vida”.
Si algo queda claro tras escucharlo, es que este viejo rebelde nunca dejó de sembrar. “No acompaño el camino del odio, ni aun hacia aquellos que tuvieron bajezas sobre nosotros. El odio no construye. Esto no es pose demagógica, esto no es cosa de andar eludiendo el bulto, esto no es cosa de poner una cara linda; estos son principios, cosas que no se pueden hipotecar”.
Pepe Mujica se ha ido, pero su legado perdura como una semilla que germina en la conciencia de miles. Su vida, un testimonio de coherencia y amor, nos invita a construir un futuro donde la humanidad y la autenticidad sean la brújula. Que su ejemplo nos inspire a vivir con la misma pasión y sencillez con la que él transitó la vida.



