Patricia Ariza Flórez: una vida al servicio del arte y la militancia política
En el marco de la conformación del gabinete ministerial del presidente electo Gustavo Petro, Patricia Ariza ha sido designada como ministra de Cultura. Su hoja de vida es tan amplia como su trayectoria artística. En 1960 fue cofundadora de La Casa de la Cultura, hoy Teatro La Candelaria. Es doctora Honoris Causa por el Instituto Superior de Arte de Cuba. Militó en las juventudes comunistas y la Unión Patriótica. Es fundadora y directora del festival Mujeres en Escena por la Paz, iniciativa que destaca el rol de las mujeres en el teatro. De igual forma, es fundadora y directora del Festival de Teatro Alternativo (Festa). Ariza Flórez ha trabajado con renovado entusiasmo por las víctimas de las múltiples violencias que padece Colombia, enfilando sus esfuerzos, principalmente, a las víctimas de la guerra y a las víctimas de la violencia de género. Dentro de los reconocimientos que ha recibido se destacan el University of Minnesota Civitas Champion Award(2019), el premio Gilder Coigner que le confirió la Asociación de Directoras y Dramaturgas de Estados Unidos, y el Premio Casa de las Américas por su coautoría de las obras Guadalupe años sin cuenta y Los diez días que estremecieron al mundo (1975).
Por: Alejandro Alzate

Foto: Óscar Pérez – El Espectador. Tomada de: shock.co
I. Tiempos recios o entreguerras…
Patricia Ariza nació un 27 de enero de 1946, año en el que yacían frescos los horrores de la recién culminada Segunda Guerra Mundial. Mientras en Europa humeaban todavía los cañones, acá, en Colombia, caía la hegemonía liberal que imperó desde 1930. La llegada de Ariza Flórez al mundo no estuvo signada, precisamente, por eventos culturales importantes, sino por un clima político tenso que se caldearía aún más dos años después con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Eran tiempos de violencia partidista en los que liberales y conservadores trataban de eliminarse a como diera lugar. Tanto en la vida política como en la vida misma. En los campos, el sectarismo marcó una lógica de exterminio legitimada por el odio al contrario y en las ciudades el ambiente de zozobra no era menor.
Mientras la recién nombrada ministra de Cultura abría sus ojos para saludar al mundo, los liberales, divididos entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, no pudieron llegar a un acuerdo en torno a quién los representaría en los comicios de 1946; razón por la cual cedieron el poder al conservador Mariano Ospina Pérez. Fue el fin de una época y el comienzo de otra en la cual, a la luz de la historia, se fortaleció la agricultura y se crearon el Instituto de Seguros Sociales y Telecom.
Quizás como producto del mundo convulsionado que le tocó en suerte, la hoy ministra militó en su juventud en las huestes de la exterminada Unión Patriótica (UP), movimiento que surgió en el marco de las negociaciones de paz entre el gobierno de Belisario Betancur Cuartas y las Farc. Desde muy joven, Ariza Flórez entendió que la política sí tenía que ver con todos. Con nuestro futuro, pero también con nuestro presente. Entendió, desde chica, que había que expresarse y tomar partido. Sentar posición. Enarbolar una causa. Desde esa perspectiva, sus fuerzas vitales se sumaron a las de cientos de colombianos que querían un cambio social y político para el país.
De manera valiente, la oriunda de Vélez (Santander) se jugó el pellejo cuando decidió militar en la juventud comunista. Lejos de ser una pose, o actitud snob, la simpatía con la izquierda surgió a raíz de una profunda convicción que se sustentaba en la necesidad histórica de superar tanto los rezagos de premodernidad de la derecha anquilosada y oligárquica, como de aprovechar los bríos de las juventudes que estaban dispuestas a dar el todo por el todo para procurar cambios políticos, culturales y civiles.
II. El teatro, el arte y la configuración de una forma de pensar el mundo
Patricia Ariza Flórez es una mujer no solo empoderada, sino formada con solidez académica. Cursó estudios de Historia del Arte en la Universidad Nacional de Colombia y ha dedicado su vida entera al teatro. Si de formas de pensar el mundo se habla, es preciso mencionar que la hoy nombrada ministra de Cultura hizo parte del nadaísmo y pretendió, con ello, sumarse al espíritu de ruptura que en Colombia desafiaba los cánones para buscar nuevas expresividades y valores -o antivalores- en torno al arte y la función social de este. Sobre su paso por este movimiento, la poeta y dramaturga comentó lo siguiente a El Espectador: “Hoy, años después, supe que el nadaísmo no era sólo un movimiento de poetas, era también una actitud corporal, una manera de ser y de estar en la vida, en la calle y en la plaza pública, un no querer estar en la casa ni en el sistema. Nuestra presencia era un acto político y nuestro andar en las calles un acontecimiento poético”.
Desde muy joven, Ariza Flórez entendió que la política sí tenía que ver con todos. Con nuestro futuro, pero también con nuestro presente. Entendió, desde chica, que había que expresarse y tomar partido. Sentar posición. Enarbolar una causa. Desde esa perspectiva, sus fuerzas vitales se sumaron a las de cientos de colombianos que querían un cambio social y político para el país.
Dicho esto, puede colegirse que la historia de Ariza Flórez no ha estado, precisamente, alineada con los centros de poder hegemónicos en Colombia; de hecho, y como lo señaló alguna vez el uruguayo Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, “…con cada noche que caía el telón, Ariza agradecía haber burlado la muerte. Utilizó un chaleco antibalas, que dotó de una dosis de alegría en forma de lentejuelas y pinturas, hasta que se fue a pisar otros escenarios culturales del mundo”.
Lejos de que la distancia enfriara el tenor de sus ideas e ideales, brotó un fuerte convencimiento en torno a la idea de que la resistencia era la única vía para soportar los embates de una cultura política dominante que dictaminaba caminos, planes y estrategias que solo beneficiaban a los más poderosos. Descorrer el velo fue importante para sensibilizarse con el dolor ajeno, con la realidad que no entraba en las cifras oficiales ni en las entrevistas televisivas tan producidas y prolijas. Militar fue, y es hasta hoy, una forma de pensar el mundo desde la ruptura que lleva a la reconfiguración de nuevos órdenes sociales. En todo ese proceso, el teatro ha sido el vehículo para entender el mundo y sus sucesos; muchos de ellos, como la violencia, tremendamente arraigados en Colombia.
Desde su perspectiva, el arte es el instrumento idóneo para reescribir la historia, para elaborar indagaciones no solo más sensibles, sino más honestas y pedagógicas. La memoria histórica no debe excluir el arte, pues con ello se ponderarían aún más los discursos oficiales y se elevaría lo dicho por ellos a la categoría de verdad inexorable; lo cual es a todas luces nefasto.
En torno a este flagelo y su relación con el teatro, Patricia Ariza dijo lo siguiente en una entrevista concedida a la Corporación Nuevo Arco Iris: “Creo que el imaginario de los colombianos está engatillado por tantos años de conflicto y que una manera de resolver eso es la cultura. Hay que trabajar un nuevo relato de la violencia, hecho por las víctimas y los creadores. El derecho al relato es un derecho humano”.
La respuesta de la hoy ministra llama a la reelaboración de un relato que aún no acaba de identificar causas, actores y consecuencias de manera satisfactoria. Desde su perspectiva, el arte es el instrumento idóneo para reescribir la historia, para elaborar indagaciones no solo más sensibles, sino más honestas y pedagógicas. La memoria histórica no debe excluir el arte, pues con ello se ponderarían aún más los discursos oficiales y se elevaría lo dicho por ellos a la categoría de verdad inexorable; lo cual es a todas luces nefasto.
En conversación con la mencionada Corporación Nuevo Arco Iris, Ariza abordó un punto fundamental que tiene que ver con la contribución del teatro a la reparación de las víctimas y la construcción de la memoria histórica. Vale la pena destacar lo dicho, pues encierra una postura clara en relación con lo que pretende realizar desde el ministerio asignado: “Hay que reparar al país a través del universo simbólico. Necesitamos hacer muchas obras de teatro, murales, monumentos y escritos a la memoria. Si no lo hacemos quienes estamos del lado de las víctimas, lo van a hacer las telenovelas, que son la versión de los victimarios”.
Resulta claro que este será un ministerio activo, vivo, en relación directa con las comunidades y su formación en valores a través de la cultura. Buenos vientos parecen llegar para refrescar una historia nacional que poca importancia, en términos reales, ha concedido a la cultura y a la inversión cultural. Sea esta pues, la oportunidad para legitimar la sensibilidad y el encuentro artístico que integre y construya; que edifique y procure la unidad nacional que Colombia tanto necesita.




