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Paterson de Jim Jarmusch o de cómo la poesía es la canción del recomienzo

Por: Álvaro Bautista Cabrera
Profesor de literatura, Universidad del Valle

Foto: stillarte.com
Foto: stillarte.com

Año: 2016
Duración: 113 min.
País: Estados Unidos
Director: Jim Jarmusch
Música: Sqürl

No se puede caminar por un pueblo que ha producido poetas, cómicos, músicos, boxeadores, como si estos fueran invisibles. El personaje central de Paterson, de Jim Jarmusch, se llama del mismo modo, igual que esa pequeña ciudad de Nueva Jersey: Paterson. A orillas del río Passaic, frente a sus grandes cataratas, circula el personaje central con un empleo elemental que podría ser aburridor: conducir un bus urbano. Paterson lo transforma en un modo de estar en el mundo como si habitase la misma esencia de la poesía.

La poesía habita en este pueblo a través de un hombre sensible, a quien acompaña una mujer de ascendencia iraní, quien lleva el nombre de la dama que idealiza en su poesía Petrarca: Laura. Todo es tocado por el arte. Mientras Paterson transforma en poemas los andenes, las aguas, los limpiabrisas, los utensilios del diario vivir, su esposa pinta y hace arte en casa.

Jarmusch muestra que el arte y la poesía no es cosa de privilegiados, es aquello que hace parte de los pueblos con raíces, pues no han expulsado a los poetas. Por los andenes de la pequeña ciudad habitan los poetas Emily Dickinson, Carlos Williams, Allen Ginsberg, Frank O´Hara, Ron Padgett, de quien son los poemas que el amable chofer crea en el filme.

La rutina de la pareja se vuelve renovadora con cada amanecer. El lunes se despiertan de frente; al siguiente día, de espaldas; el miércoles amanecen abrazados; el jueves Paterson la abraza por la espalda; el viernes, ella ya se ha levantado; el sábado Laura le hace cosquillas en el rostro; el domingo parecen no haber dormido, después de los eventos del sábado en la noche. Es como si cada despertar fuera una variación de la melodía del amor; muestras de una danza diaria que consiste en emerger de la noche en compañía y habitar el mundo.

Jarmusch muestra que el arte y la poesía no es cosa de privilegiados, es aquello que hace parte de los pueblos con raíces, pues no han expulsado a los poetas. Por los andenes de la pequeña ciudad habitan los poetas Emily Dickinson, Carlos Williams, Allen Ginsberg, Frank O´Hara, Ron Padgett, de quien son los poemas que el amable chofer Paterson recrea en el filme

Todo es factible de ser objeto poético: una caja de fósforos Ohio Bleu hip, bajo la capacidad de William Carlos de hacer de las cosas elementales, de la ciruela robada, un poema. La mujer, su belleza, su alegría, sus sueños, su capacidad de crear es ilimitada. Laura encarga una guitarra y se sueña cantante de country, y el espectador ve tal convencimiento que cree en esa ilusión. El poeta no es el que se exilia del pueblo como un dios maldito, es quien habita la ciudad con atención a las formas, a los hechos, para poder así dar cuenta de la existencia.

Paterson camina bajo la sensibilidad y la creación de sus poemas; su bus avanza como en el sueño de su esposa que sitúa a su marido en Persia y, efectivamente, Paterson parece montado en un gran elefante blanco que ilumina el entorno.

Y esa especie de permanente presencia de epifanías es truncada por una pareja en la que no sucede el comercio triste existente entre Romeo y Julieta sino, más bien, el dolor que hay entre Antonio y Cleopatra. Esta pareja obligará a Paterson a la única acción heroica del filme, una acción llena de burlas a lo Costello, pues el poeta que no ha sido expulsado no pelea con el horror del armamentismo ni con el odio interracial. Siempre hay en este filme hombres y mujeres de distintas procedencias nacionales y raciales, quienes conviven en un encuentro cordial en el que la mutua admiración parece un paraíso con obras verbales, musicales, pictóricas, artesanales, que celebran los volúmenes y la verdad del mundo, lejos de la actual sociedad americana, amenazada por la intolerancia racial.

El chofer entra en un duelo cuando ve esfumarse su poemario. Entonces, aparece un japonés, uno de esos orientales que, sin embargo, no representa al insoportable turista que dispara y dispara con su cámara. En este filme no hay cámaras ni televisores y son casi inexistentes los celulares. El japonés ha llegado a Paterson con el libro Paterson de Carlos Williams y, en vez de encontrarse con el venerado poeta, halla frente a las cataratas al heredero, al adolorido poeta. Le pregunta si es poeta y el poeta dice que no. Algo le dice al japonés que debe de restituir a este ámbito lo que ha leído en Osaka, y le entrega a Paterson un hermoso cuaderno con las hojas en blanco. El poeta que se debate entre la intimidad de su poesía y la poesía en tanto acto público, recibe ese instrumento como un llamado de la palabra en busca de la esencia del mundo. Ha perdido un libro de poemas, pero poeta que antes de publicar un libro no haya perdido uno o varios libros de poemas, se salta la etapa en la cual ni la amada o el amado debe acceder a su poesía.

Entonces vuelve a empezar la semana, el ciclo del tiempo condensado por la poesía, el tiempo del cual la poesía es su apóstol y su quimera, la voz de las horas que permanecen entre nosotros batiendo las aguas, como el poema escrito por una niña –una niña gemela–, Agua cae, que Paterson escucha y celebra porque la poesía es finalmente un festín tribal. En fin, este filme habla del recomenzar, y de cómo la poesía es la canción de los reinicios.

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