Crítica

Mi padre, Germán Castro Caycedo

Planeta (2024) ha publicado este libro mediante el cual Catalina Castro Blanchet, hija del reconocido cronista, le rinde un homenaje y comparte los pormenores de su obra. El texto, realizado con intensa emotividad y una sólida revisión archivística, da a conocer el pensamiento de un hombre que hizo del periodismo un formidable instrumento para entender las gentes, la cultura, la idiosincrasia y los problemas de un país tan complejo y diverso como el nuestro.

Por: Alejandro Alzate

Germán Castro Caycedo (1940 – 20214), periodista colombiano. Foto: Carlos Duque.
Germán Castro Caycedo (1940 – 2021), periodista colombiano.
Foto: Carlos Duque.

Germán Castro Caycedo (1940-2021) es uno de esos autores que reivindica el espíritu del buen periodismo: el que es fiel al propósito de informar y descubrir el mundo ―y sus circunstancias― por encima de los intereses de los monopolios. Desde que inició su trabajo profesional en El Tiempo, Castro Caycedo se adentró en las profundidades del país para testimoniar el abandono, las dificultades y precariedades de cientos de compatriotas olvidados por el Estado y golpeados por la tragedia.

En ese sentido, Colombia Amarga (1976) habría de marcar su interés por entender la violencia y las condiciones históricas y políticas que la han enraizado en Colombia desde el nacimiento de la República. Ese texto, uno de los primeros que publicó, y que compendió los trabajos realizados en El Tiempo durante una década, tuvo un impacto importante dentro de la nueva crónica hecha en el país. En palabras del autor, “ese libro llenaba un vacío en la narrativa de no-ficción, que por entonces era muy poca en libro”, con lo cual empezó el magisterio de su pluma, a confeccionarse el legado del maestro.

Posteriormente, vendrían títulos como Perdido en el Amazonas (1978), Del ELN al M-19: once años de lucha guerrillera (1980), Mi alma se la dejo al diablo (1982), El Karina (1985), El hueco (1989), El cachalandrán amarillo (1989), El hurakán (1991), La bruja (1994),
En secreto (1996), El alcaraván (1996), La muerte de Giacomo Turra (1997), Hágase tu voluntad (1998), Colombia X (1999), Candelaria (2000) y Operación Pablo Escobar (2012), entre muchos más. En todos ellos siempre hubo un propósito fundamental que no era otro que testimoniar los hechos que iban delineando, casi siempre con sangre, una historia nacional signada por la tragedia, pero también por la esperanza. La voz de Castro Caycedo evidenció verdades incómodas y duras que movilizaron pensamiento, toma de postura y alumbramiento en relación con la interpretación de la cotidianidad que siempre puede tomar virajes inesperados.

Con los años vinieron también los premios, diecinueve en total entre nacionales e internacionales, y el reconocimiento a su forma de entender la escritura, el ejercicio del periodismo y, sobre todo, su compromiso con el contexto donde vivió, amó y trabajó. Heredera de todos estos elementos, la obra que hoy reseñamos se presenta ante el lector como la memoria de una vida que se sintió impelida a escudriñar lo que otros sencillamente no podían (o no querían). Siete partes y 52 capítulos dan cuenta del trabajo de este periodista que hoy reconocemos a través de las evocaciones de su hija. Lo interesante del libro, lo que lo hace atractivo, además del personaje, claro está, es que mixtura el diálogo y la escritura casi confesional con ciertas licencias de la ficción, de la biografía novelada. La técnica es acertada y más allá de las agobiantes formas de la solemnidad, abre las puertas para conocer a un ser humano en sus facetas más íntimas, coloquiales, trascendentales y, cómo no, dolorosas. Con total conciencia, Catalina Castro ha producido un libro que tiene el plus del conocimiento directo de la fuente, de su historia, intereses, luchas y requiebros.

Germán Castro Caycedo es uno de esos autores que reivindica el espíritu del buen periodismo: el que es fiel al propósito de informar y descubrir el mundo por encima de los intereses de los monopolios

Como abrebocas, diremos que la primera parte, Juventud y vocación, es el alma del texto en la medida en que muestra la humanidad del personaje, pero también su caracterización más importante: la del hombre que cuidó con recelo la pulcritud de su trabajo.

No soportaba el mal uso del lenguaje y los adjetivos innecesarios lo incomodaban tanto como los objetos. Iba al grano y al sentido de las cosas, sin arabescos, arandelas ni redundancias. “La belleza de un texto, su lado profundo, no está en la cantidad de adjetivos que integres. El poder de la escritura viene del fondo. Tu capacidad de contar es hacer sentir los lugares y las situaciones. Para eso no necesitas adjetivos”, solía decirme.
Consideraba este estilo superfluo cuando se posee riqueza literaria; lo que García Márquez llamaba la “deshidratación del lenguaje”, refiriéndose a La mala hora. Para Germán, la destreza del escritor residía en describir imágenes adentrando al lector en sensaciones: “¿Para qué digo un camino embarrado si lo puedo hacer embarrado”? Sostenía que “el periodista que se atreve a decir en un periódico que los arreboles de la tarde mueren en el río” debe ser honesto, retirarse del oficio y dedicarse a escribir cuentos. No se debe exagerar en la descripción ni escribir, como leí hace poco, frases como “las cinturas torneadas de las palmeras”. Eso denota dos cosas: falla en el trabajo de campo o que no es buen periodista porque tiene que escudarse en descripciones cursis”.
Foto: literalenlinea.com
Foto: literalenlinea.com

Como podrá constatarse tras la lectura de la obra, la concepción purista del oficio se convierte en uno de los sellos del trabajo de Germán Castro Caycedo. En el capítulo 3, titulado “Quiero ser cronista”, se muestra otro aspecto también destacable: el de la profunda convicción en torno a la vocación de escritor. Aunado al estudio y cuidado de los aspectos técnicos, el para qué escribir, ese propósito tan íntimo e indiscutible, siempre estuvo claro en su mente:

Soy un descontento, un ansioso, porque el país tiene un potencial muy grande y puede dar diez veces más de lo que da. Creo que la crítica y la colaboración que puedo hacer es tratar de abrirle las ventanas al país y que salga ese moho que nos está carcomiendo y que es el atraso que tenemos en la cabeza.

Lo interesante del libro Mi padre, Germán Castro Caycedo, lo que lo hace atractivo, además del personaje, claro está, es que mixtura el diálogo y la escritura casi confesional con ciertas licencias de la ficción, de la biografía novelada.

Consciente del poder de las palabras, desde muy joven el zipaquireño se dio a la tarea de volverse diestro en el trabajo de campo; bien fuera en los llanos, las costas o los litorales más inexpugnables. Quienes estuvieron a su lado coinciden en que nunca se consideró un buen escritor, pero sí un formidable investigador, una suerte de imán para atraer y desenterrar los datos precisos a la hora precisa. Lejos de la noticia fácil, mediática per se, la gran lección de este maestro es, palabras más, palabras menos, que es mejor que sobren datos y no que falten. Solo mediante el contraste de fuentes e indicios se supera la predominancia de la anécdota y la retórica vacía. Sumado al conocimiento profundo del país, vino también la certeza de que los terrenos de la no ficción eran los suyos; los más adecuados para exhortar al reconocimiento de una cultura llena de matices, luces y sombras. Esas pequeñas constataciones en torno al oficio y las formas de la escritura, fueron haciéndolo faro y guía para las generaciones que venían detrás.

Germán aseguraba que “para narrar no ficción el cronista debe ajustarse a la realidad. La imaginación se emplea en la planificación de la investigación. En cambio, para narrar ficción el autor se basa en algo de la realidad, pero su imaginación gira en torno a la creatividad. No obstante, para cualquier tipo de narración es necesario partir de una estructura. Yo no he encontrado sino dos que se adaptan a la crónica: la estructura lineal y la secuencia rota”.
Considero que uno de los mayores talentos de Germán residía en la imaginación para abordar un tema. Al seguir su vocación y convertirse en periodista, escogió apegarse a los hechos. Muchas veces lo escuché decir que escribía no ficción porque carecía de la gran imaginación del novelista. Pero tenía el don de contar historias magníficamente, de modo que la crónica, la narrativa de no ficción, se convirtió en su canal de transmisión. Haber sido consciente de sus fortalezas, así como de sus carencias, lo llevó a tomar el camino correcto para él y, como se dice coloquialmente, a “encontrarle la comba al palo”.
Catalina Castro Blanchet, autora del libro Mi padre, Germán Castro Caycedo. Foto: Colprensa.
Catalina Castro Blanchet, autora del libro Mi padre, Germán Castro Caycedo.
Foto: Colprensa.

La búsqueda de una voz, de un tono, y la consecución de los mismos, fue quizás la más cara conquista de este contador de historias verdaderas.  Saberse dueño de una forma óptima de expresión fue la resultante de un permanente pensarse la responsabilidad a la hora de emprender una investigación y, subsecuentemente, la escritura de un texto. En tiempos donde el dato fácil es preciado por tantos, Castro Caycedo se erige como una suerte de faro que ilumina y enseña. A lo largo de las páginas del libro, queda la certeza de que su compromiso con la palabra escrita valía tanto como su propia vida. Lo suyo, y en esto su hija es absolutamente clara, fue el cumplimiento cabal de un magisterio que incluía metodologías y técnicas propias; pero también estudio permanente y revisión conceptual.

De las infidencias familiares, esa parte tan sensible del texto, no hablaré, pues cada lector habrá de ir a su encuentro. Tan solo mencionaré que, al igual que sucede con Paula, de Isabel Allende, la memoria, la evocación y la nostalgia son fundamentales. La reminiscencia de una historia singular, la de la vida y obra de Germán Castro Caycedo, se enlaza con la memoria colectiva de un país lleno de posibilidades que se rehúsa a seguir perdiéndose en La tormenta.

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