Crítica

Memorias de sangre: cuarenta años de la masacre de Diners Club

Con motivo del cuarenta aniversario de una masacre que conmocionó al país, los escritores Óscar Osorio y James Valderrama lanzaron una edición conmemorativa y revisada de su libro La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club. Diecisiete protagonistas, catorce víctimas, tres victimarios y la enorme tarea de narrar la violencia en un país indiferente. A continuación, una reseña del libro.

Título: La mirada de los condenados
Autores: Óscar Osorio y James Valderrama
Año: 2024
208 páginas

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Portada de la edición conmemorativa y revisada de La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club, de los escritores Óscar Osorio y James Valderrama. Foto: Cortesía de Óscar Osorio.
Portada de la edición conmemorativa y revisada de La mirada de los condenados. La masacre de
Diners Club, de los escritores Óscar Osorio y James Valderrama.
Foto: Cortesía de Óscar Osorio.

Óscar Osorio y James Valderrama se conocieron un año antes de los hechos que conmocionaron al país. Tres jóvenes como ellos irrumpieron en el edificio Otero y masacraron a catorce personas, de las que apenas sobrevivieron cinco. La violencia extrema a la que fueron sometidos no se correspondía a ninguno de los móviles clásicos: drogadicción, afección mental o sicariato. Fueron cuatro largas horas de terror que dejaron más preguntas que respuestas. El voz a voz hizo lo suyo, otra parte los medios tradicionales, pero la sustancia de los hechos parecía escapar a cualquier explicación. Había una deuda con la memoria de la ciudad y el país que no fue saldada. Osorio y Valderrama levantaron el guante y aceptaron el reto. Diecinueve años después, en la editorial Botella y Luna, se publicó la primera edición de este libro.

La idea de abordar el asunto vino de Marino Rodríguez, juez del caso. Inicialmente, la propuesta iba dirigida a Valderrama, quien a su vez extendió la invitación a Osorio. Para entonces, ya habían hecho carrera. Ambos egresaron de la Universidad del Valle y contaban con un largo recorrido en el medio académico y cultural. La publicación de numerosos libros y la participación en diversas producciones cinematográficas les habían conferido la experiencia necesaria para narrar una historia de tal envergadura. Un detalle no menor es que el propio Valderrama fue coguionista de la miniserie que adaptó la obra, una producción de Telepacífico.

El libro está plagado de aciertos narrativos. Capítulos cortos, un tono sencillo y diáfano, nada de sensiblerías ni intromisiones innecesarias. El narrador realiza un trabajo impecable. No es fácil contar una historia como esta, y menos en un país donde la violencia es el pan de cada día, realidad que se ha negado a cambiar desde aquel fatídico tres de diciembre.

Es muy fácil endiosar a un asesino brutal. Hay cientos de películas y series que explotan el morbo del público con relatos edulcorados y contaminados de epicidad. La caterva de novelas dedicadas a la aventura del narco lo demuestra. Restituir el drama humano que hay detrás de cada tragedia y transmitir el horror que viven quienes lo padecen es lo verdaderamente difícil. La decisión de contar el antes y el después resulta muy efectiva. Desplaza el foco y nos devuelve a lo importante. Eran personas; los muertos y los asesinos hablaron, comieron y pensaron antes de darse encuentro en las oficinas del Diners Club.

El libro está plagado de aciertos narrativos. Capítulos cortos, un tono sencillo y diáfano, nada de sensiblerías ni intromisiones innecesarias. El narrador realiza un trabajo impecable. No es fácil contar una historia como esta, y menos en un país donde la violencia es el pan de cada día, realidad que se ha negado a cambiar desde aquel fatídico tres de diciembre.

La víctima no es solo el que desespera bajo el poder inconmensurable del gran asesino; también es hijo, padre o amigo. Lo esperan en casa o tiene propósitos que lo movilizan. Quizá puede resultar abrumador el desfile de nombres y detalles que asaltan al lector desde el primer capítulo, pero esto no es más que una prueba del horror.

La aparente distancia que media entre el narrador y el lector es una poderosa estrategia de captación. Como decir: si quiere saber lo que pasó, busque por usted mismo. La intrincada red de perspectivas y tiempos propone un itinerario de búsqueda que recuerda al oficio detectivesco. La memoria y la reflexión se involucran en el viaje de cada lector, lo que ensancha el abismo. Leer e identificar la relación entre cada víctima nos ayuda en la tarea de pintar los nombres, que abandonan su condición abstracta para cubrirse de carne y dolor. No es lo mismo ver la foto de un cadáver que verlo a través de los ojos de su padre o de su hermano.

Tal vez el lector se vea en una situación complicada cuando advierta el tratamiento que reciben los victimarios. El libro no escatima en detalles, el terror es terrorífico, pero ¿y lo demás? James venía de pintar, y Jaime de preparar comida para su familia. Casi que son adolescentes, pero no por ello menos sanguinarios.

James Valderrama, coautor de La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club. Foto: Cortesía de Óscar Osorio.
James Valderrama, coautor de La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club.
Foto: Cortesía de Óscar Osorio.

El gran problema de porqué hicieron lo que hicieron reside, precisamente, en esta doble dimensión. El narrador hace énfasis en esto, es imparcial y no toma partidos. El asesino no es siempre un asesino. Los tres vivían en una realidad que banaliza la violencia. Los fragmentos dedicados a la vida carcelaria y a la trayectoria emocional de cada uno no tienen por objeto “humanizar” al monstruo, porque siempre lo fue. El lector debe tragarse esta píldora amarga y comprender que el mal no viene de afuera. En las condiciones apropiadas, cualquiera puede convertirse en un asesino. La profusa investigación que los autores dedicaron a los barrios y a la evolución de la ciudad refuerza esta hipótesis.

La mirada de los condenados es más que un ejercicio de memoria: es la voz de una generación que intenta comprender el origen de una violencia rabiosa y obcecada. Su lectura abre debates y cuestiona el devenir de la nación. Lo de Diners Club no fue solo en Cali; que ocurriera allí fue una casualidad.

Óscar Osorio, coautor de La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club. Foto: Cortesía de Óscar Osorio.
Óscar Osorio, coautor de La mirada de los condenados. La masacre de Diners Club.
Foto: Cortesía de Óscar Osorio.

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