Marc Auge: una reflexión sobre las formas de significar los lugares
El pasado 25 de julio falleció, en la ciudad de Poitiers, Marc Auge. El reconocido etnólogo francés, nacido en 1935, se destacó como una de las figuras claves del pensamiento europeo contemporáneo. Sus teorizaciones en torno a los conceptos de espacio físico y antropológico, transitoriedad, sobremodernidad, hipertecnologización e identidad, le valieron el reconocimiento unánime de la crítica académica internacional. Dentro de su extensa bibliografía se destacan, entre otros, títulos como Travesía por los jardines de Luxemburgo (2022), Hacia una antropología de los mundos contemporáneos (2020), Los no lugares (1992), Elogio de la bicicleta (2015) y ¿Por qué vivimos? (2015).
Por: Alejandro Alzate

Foto: AFP. Tomada de: pagina12.com.ar
Uno de los principales aportes que realizó Marc Auge a la antropología contemporánea fue analizar cómo los seres humanos, independientemente de la sociedad a la que pertenecieran, se relacionaban e identificaban con los lugares-espacios con los cuales tenían contacto permanente o esporádico. A raíz de su interés por el exponencial crecimiento demográfico actual y la cada vez más evidente reducción y modificación de los espacios físicos habitables, el intelectual francés —y también director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París— elaboró el concepto de no lugar.
En relación con este pueden decirse varias cosas. En primera instancia, y por oposición, cabe preguntarse qué es un lugar y desde dónde el etnólogo lo mira y se posiciona. De acuerdo con Auge:
El lugar común al [investigador] y a aquellos de los que habla es un lugar, precisamente: el que ocupan los nativos que en él viven, trabajan, lo defienden, marcan sus puntos fuertes, cuidan las fronteras, pero señalan también la huella de las potencias infernales o celestes, la de los antepasados o de los espíritus que pueblan y animan la geografía íntima, como si el pequeño trozo de humanidad que les dirige en ese lugar ofrendas y sacrificios fuera también la quintaesencia de la humanidad, como si no hubiera humanidad digna de ese nombre más que en el lugar mismo del culto que se les consagra.
Lo planteado pone en tensión dos formas diferenciadas; es decir, el etnólogo tiene un saber que le permite observar, leer e interpretar lo que, de manera primaria, no le es connatural en sí: cosmogonías, deidades, rituales místicos, etc. El etnólogo, plantea Auge, vive una suerte de ficción mediante la cual…
…este lugar común a [él] y a los nativos es en un sentido (en el sentido del latín invenire) una invención: ha sido descubierto por aquellos que lo reivindican como propio. Los relatos de fundación son raramente relatos de autoctonía; más a menudo son, por el contrario, relatos que integran a los genios del lugar y a los primeros habitantes en la aventura común del grupo en movimiento. La marca social del suelo es tanto más necesaria cuanto que no es siempre original. El etnólogo, por su parte, también descubre esta marcación. Sucede, incluso, que su intervención y su curiosidad pueden despertar en aquellos a quienes investiga el gusto por sus orígenes que pudieron atenuar, o ahogar a veces, los fenómenos ligados a la actualidad más reciente: las migraciones hacia la ciudad, los nuevos poblamientos, la extensión de las culturas industriales, etc.
El etnólogo, entonces, sufre al tiempo el extrañamiento de lo que, evidentemente, apenas está conociendo o, en el mejor de los casos, re-conociendo. Mientras esta operación se lleva a cabo en el interregno que comprende lo emotivo y lo cognitivo, surge, entonces, la dimensión del descubrimiento. Su mirada, la del etnólogo, externa en principio, dota de nuevos procesos interpretativos lo cotidiano que se interrelacionan con la política, la agricultura, las tomas de decisiones colectivas e individuales, la ley, el orden, la economía y la cultura. El lugar, en consecuencia, termina siendo objeto de una semiósis infinita que es la que permite establecer, o reforzar, si es el caso, los vínculos de identidad, cariño/rechazo, autoctonía o sublimación de lo nuevo que es portador de otras formas y dinámicas.
¿Qué valor tiene, hoy en día, conocer lugares emblemáticos para la humanidad y la historia como Roma o La Meca? ¿Qué valor tiene si se puede tomar café en Starbucks y adquirir la cómoda condición de cliente anónimo y solitario que siempre tiene la razón? ¿Qué valía tiene el lugar antropológico, mismo que implica la aceptación de una versión histórica, cuando, desde McDonald´s, es posible chatear con alguien ubicado a cientos de kilómetros de distancia? ¿Qué interés tiene hoy ir hacia atrás y conocer el pasado? ¿Por qué habría de ser importante entenderlo?
La relación que surge entre lugares y sujetos adquiere, como se aprecia, una importancia sustancial para entender no solo los procesos de migración o descubrimiento que efectúan las comunidades sino, también, las formas como el mercado y su aparato comercial definen, perfilan y disponen los espacios, o no lugares, o lugares transitorios, para su relación final con las personas/clientes. En la medida en que los espacios se objetualizan o tipifican, se codifican nuevas formas en relación con su uso o disfrute. Todo esto, claro está, matizado por la banalidad o la trascendencia. Llegados a este punto, consideramos pertinente recalcar que hasta aquí se ha dado gran importancia a la definición del concepto de lugar en sí. Ahora bien, por oposición, un no lugar se definirá, entonces, como todo aquel espacio carente de poder simbólico, evocativo o representativo para un grupo cuantitativamente importante. Con el objetivo didáctico de profundizar el análisis en torno a este concepto, traemos a colación un fragmento del inicio del libro más emblemático de Auge: Los no lugares.
Antes de buscar su auto, Juan Pérez decidió retirar un poco de dinero del cajero automático. El aparato aceptó su tarjeta y lo autorizó a retirar mil ochocientos francos. Juan Pérez apretó el botón 1800. El aparato le pidió un minuto de paciencia, luego le entregó la suma convenida y le recordó no olvidarse la tarjeta. “Gracias por su visita”, concluyó, mientras Juan Pérez ordenaba los billetes en su cartera. El trayecto fue fácil: el viaje a París por la autopista A1 no presenta problemas un domingo por la mañana. No tuvo que esperar en la entrada, pagó con su tarjeta de crédito el peaje de Dourdan, rodeó París por el periférico y llegó al aeropuerto de Roissy por la A1. Estacionó en el segundo subsuelo (sección J), deslizó su tarjeta de estacionamiento en la billetera, luego se apresuró para ir a registrarse a las ventanillas de Air France. Con alivio, se sacó de encima la valija (veinte kilos exactos) y entregó su boleto a la azafata al tiempo que le pidió un asiento para fumadores del lado del pasillo. Sonriente y silenciosa, ella asintió con la cabeza, después de haber verificado en el ordenador, luego le devolvió el boleto y la tarjeta de embarque. “Embarque por la puerta B a las 18 horas”, precisó. El hombre se presentó con anticipación al control policial para hacer algunas compras en el duty-free. Compró una botella de cognac (un recuerdo de Francia para sus clientes asiáticos) y una caja de cigarros (para consumo personal). Guardó con cuidado la factura junto con la tarjeta de crédito. Durante un momento recorrió con la mirada los escaparates lujosos —joyas, ropas, perfumes—, se detuvo en la librería, hojeó algunas revistas antes de elegir un libro fácil —viajes, aventuras, espionaje— y luego continuó su paseo sin ninguna impaciencia. Saboreaba la impresión de libertad que le daban a la vez el hecho de haberse liberado del equipaje y, más íntimamente, la certeza de que sólo había que esperar el desarrollo de los acontecimientos ahora que se había puesto “en regla”, que ya había guardado la tarjeta de embarque y había declarado su identidad. “¡Es nuestro, Roissy!” ¿Acaso hoy en los lugares superpoblados no era donde se cruzaban, ignorándose, miles de itinerarios individuales en los que subsistía algo del incierto encanto de los solares, de los terrenos baldíos y de las obras en construcción, de los andenes y de las salas de espera en donde los pasos se pierden, el encanto de todos los lugares de la casualidad y del encuentro en donde se puede experimentar furtivamente la posibilidad sostenida de la aventura, el sentimiento de que no queda más que “ver venir”?

El embarque se realizó sin inconvenientes. Los pasajeros cuya tarjeta de embarque llevaba la letra Z fueron invitados a presentarse en último término, y Juan asistió bastante divertido al ligero e inútil amontonamiento de los X y los Y a la salida de la sala. Mientras esperaba el despegue y la distribución de los diarios, hojeó la revista de la compañía e imaginó, siguiéndolo con el dedo, el itinerario posible del viaje: Heraklion, Larnaca, Beirut, Dharan, Doubai, Bombay, Bangkok, más de nueve mil kilómetros en un abrir y cerrar de ojos y algunos nombres que daban que hablar cada tanto en la actualidad periodística. Echó un vistazo a la tarifa de a bordo sin impuestos (duty-free price list), verificó que se aceptaban tarjetas de crédito en los vuelos transcontinentales, leyó con satisfacción las ventajas que presentaba la clase business, de la que podía gozar gracias a la inteligencia y generosidad de la firma para la que trabajaba -(“En Charles de Gaulle 2 y en Nueva York, los salones Le Club le permiten distenderse, telefonear, enviar fax o utilizar un Minitel… Además de una recepción personalizada y de una atención constante, el nuevo asiento Espacio 2000 con el que están equipados los vuelos transcontinentales tiene un diseño más amplio, con un respaldo y un apoyacabeza regulable separadamente…”)- Prestó alguna atención a los comandos con sistema digital de su asiento Espacio 2000, luego volvió a sumergirse en los anuncios de la revista y admiró el perfil aerodinámico de unas camionetas nuevas, algunas fotos de grandes hoteles de una cadena internacional, un poco pomposamente presentados como “los lugares de la civilización” (El Mammounia de Marrakech “que fue un palacio antes de ser un palace hotel”, el Metropol de Bruselas “donde siguen muy vivos los esplendores del siglo XIX”) Luego dio con la publicidad de un auto que tenía el mismo nombre de su asiento: Renault Espacio: “Un día, la necesidad de espacio se hace sentir… Nos asalta de repente. Después, ya no nos abandona. El irresistible deseo de tener un espacio propio. Un espacio móvil que nos llevará lejos. Nada haría falta; todo estaría a mano…” En una palabra, como en el avión. “El espacio ya está en usted… Nunca se ha estado tan bien sobre la Tierra como en el Espacio”, concluía graciosamente el anuncio publicitario.
Ya despegaban. Hojeó más rápidamente el resto, deteniéndose unos segundos en un artículo sobre “el hipopótamo, señor del río”, que comenzaba con una evocación de África, “cuna de las leyendas” y “continente de la magia y de los sortilegios”, y echó un vistazo a una crónica sobre Bolonia (“En cualquier parte se puede estar enamorado, pero en Bolonia uno se enamora de la ciudad”). Un anuncio publicitario en inglés de un videomovie japonés retuvo un instante su atención (Vivid colors, vibrant sound and non-stop action. Make them yours for euer) por el brillo de los colores…
Una lectura atenta del texto permite inferir que el viajero es a un tiempo conocedor y cautivo. Lo primero se sugiere dado que Juan Pérez es un ejecutivo que, por asuntos laborales, se ve llamado a realizar desplazamientos constantes. Mediante estos, como queda manifiesto, entabla relaciones comerciales con clientes diversos: “cognac para sus clientes asiáticos”. Lo que le concierne hacer a raíz de su trabajo no le es desconocido. De hecho, se aprecia que goza de cierta desenvoltura en los aeropuertos (ejemplos paradigmáticos de lo que es un no lugar). Por otra parte, es cautivo de los estímulos que el referido aeropuerto, también lugar de tránsito y anonimato, le generan. El duty-free, las personas, las salas, los libros que insinúan en silencio nuevos lugares/destinos le proporcionan una sensación placentera de la cual no tiene afán en escapar. La autopista, el banco (cuya presencia se reitera varias veces en razón de los beneficios que confiere la tarjeta de crédito), los carros, los hoteles y las ciudades que se nombran configuran escenarios/cosas que no determinan la experiencia trascendente del mencionado sujeto. Juan Pérez pisa tierra de nadie. Es el rey de lo fugaz que se compra y desecha. Todos los elementos referidos se articulan de cara a la consolidación de una sobre estimulación pasajera y, por demás, superflua que no afecta la configuración profunda de su identidad, de su mismidad. De hecho, su condición real de ciudadano francés vuelve a reiterarse al final, y con solidez, con el anuncio pomposo del Renault Espacio. Allí, quizás, hace click el rasgo identitario que se vuelve puente y común denominador entre el sujeto y la cosa. Su lugar, es decir, aquel donde es en el sentido pleno de la palabra, es connotado mediante la exuberancia del auto; signo que permite inferir la excelencia de la industria nacional francesa.
…¿cómo asumir y relacionarse con la incomunicación humana en tiempos de excesivas posibilidades tecnológicas para comunicarnos? Ese es, en el fondo, el gran interrogante que nos legó Marc Auge.
Dicho esto, pensar el no lugar puede resultar más sencillo. Este existe y se explica a raíz de la imposibilidad para producir referencias comunes a un grupo, es decir, carece de densidad histórica, mítica y semántica compartida y consensuada. Ante la carencia de estas categorías, el no lugar no puede integrar lo antiguo y lo moderno: las bondades de la industria y el progreso científico, por ejemplo. Esto no le es posible, puesto que no goza de la fuerza simbólica y cultural colectiva. Carece de tradición. Es la sobremodernidad, término que también acuñó Auge, desde donde el no lugar se sostiene o intenta hacerlo. La oferta tecnológica y la inmediatez lo hacen vívido pero ilusorio, apto para la compra de objetos, pero insuficiente para el establecimiento de vínculos entre sujetos, apto para el goce individual pasajero pero nulo para el acto básico de compartir.
A modo de coda, solo resta decir que el lugar antropológico se ve enfrentado y acorralado por las formas, ritmos y tensiones que suponen la inmediatez y la sobreoferta tecnológica. ¿Qué valor tiene, hoy en día, conocer lugares emblemáticos para la humanidad y la historia como Roma o La Meca? ¿Qué valor tiene si se puede tomar café en Starbucks y adquirir la cómoda condición de cliente anónimo y solitario que siempre tiene la razón? ¿Qué valía tiene el lugar antropológico, mismo que implica la aceptación de una versión histórica, cuando, desde McDonald´s, es posible chatear con alguien ubicado a cientos de kilómetros de distancia? ¿Qué interés tiene hoy ir hacia atrás y conocer el pasado? ¿Por qué habría de ser importante entenderlo?
Como resultado de todo esto, en últimas, queda una gran paradoja: ¿cómo asumir y relacionarse con la incomunicación humana en tiempos de excesivas posibilidades tecnológicas para comunicarnos? Ese es, en el fondo, el gran interrogante que nos legó Marc Auge. Lo complejo es que la comunicación involucra, genera o restringe, toda la esfera de lo social, categoría que determina que un espacio sea un lugar o un no lugar. Así las cosas, la solidaridad, la cultura y los intereses relacionales fluctúan según la diferenciación entre ser y tener. Para el primer caso, solo un lugar antropológico legitimará la pretensión; para el segundo, un no lugar, determinado por la relación oferta/demanda, será suficiente.



