Manuel Zapata Olivella y la renovación de la tradición literaria colombiana
Si bien el canon literario nacional desconoció durante mucho tiempo la obra del loriquero, cabe destacar la recuperación que de esta han realizado estudios como La novela colombiana ante la crítica 1975-1990. Este texto, clave para entender la historia de nuestra literatura, se erige como un sólido análisis tanto de los autores como de los ejes temáticos y las épocas que han forjado nuestra joven tradición narrativa. En consecuencia, la reflexión realizada en torno a Zapata Olivella hace justicia a su pensamiento, a su compromiso social y a su legado artístico; uno de los más importantes del país.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada de radionacional.co
Como acertado podría definirse el análisis propuesto en torno a la obra de Manuel Zapata Olivella. No faltan en este ni el rigor crítico ni la comprensión humanística del proyecto literario del nacido en 1920. A lo largo del texto que, sobre el autor de Changó, el gran putas, escribió Mario Enrique Rey, se reconoce su aporte fundacional para la consolidación de la literatura colombiana contemporánea. Adicionalmente, su proyecto bibliográfico se presenta como lo que es: una ventana por intermedio de la cual encontraron salida preocupaciones mayores en torno al drama étnico colombiano y la injusticia social; flagelos que han enlodado el desarrollo del país.
Observados en perspectiva, cabe enfatizar, estos dos ejes constituyeron el summun de las preocupaciones intelectuales de Zapata Olivella. Esta afirmación se valida no solo a la luz de la bibliografía existente ―tanto ficcional como ensayística o antropológica―, sino, también, a raíz de los análisis que sobre los autores renovadores de nuestras letras propuso, por ejemplo, Eduardo Camacho Guizado en las postrimerías de los años 70. De acuerdo con él, son tres los periodos que dan cuenta del desarrollo de la literatura nacional. El primero de ellos incluye “las obras publicadas entre 1925 y 1945”. Más allá del esquematismo y el margen de error que suponen las temporalidades, lo interesante radica en los aportes que se reivindican y en el conjunto de autores que se agrupan. Dentro de estos se destacan César Uribe Piedrahita y Bernardo Arias Trujillo. Influenciados por las grandes novelas de los años veinte, Don Segundo Sombra, La Vorágine y Doña Bárbara, estos escritores testimoniaron “con ingenuidad la realidad nacional” y mantuvieron una “visión lírica e idealizada del paisaje y la raza latinoamericanos”. El aporte, quizás, estriba en haber pensado y problematizado los asuntos de la tierra; su ubicación a tientas entre lo paradisiaco y lo carcelario.
“El segundo periodo corresponde a las obras publicadas entre 1945 y 1955”. Conforme lo indica Camacho Guizado, la narrativa de esta época sostuvo una “visión crítica de la realidad nacional” que se correspondió ―en su mayoría― con una “tendencia general de la narrativa latinoamericana de las décadas del treinta y cuarenta: el Nativismo y la Denuncia”. Se destacaron aquí, por la agudeza de sus observaciones, escritores como José Antonio Osorio Lizarazo, Eduardo Caballero Calderón y Eduardo Zalamea Borda; no obstante, la crítica frontal a esta generación se centró en lo que Alejo Carpentier denominó “estancamiento narrativo”, es decir, el evidente desfase entre la densidad de la anécdota, por lo general violenta y antiimperialista, y la calidad literaria y estética de las obras que no alcanzaban a superar la condición de libelos.
Con Zapata Olivella, la literatura colombiana superó la fascinación de lo real maravilloso para evidenciar tanto la exuberancia como la imperiosa necesidad de ocuparse, con oficio y tacto, de las atrocidades que han pauperizado la dignidad vital de los hombres alrededor del mundo.
El tercer periodo ―en el cual se incluye a Zapata Olivella― comprende las obras publicadas entre 1955 y 1978. Si bien persistía aún la denuncia inherente a la generación precedente, también era notoria la “búsqueda de nuevas técnicas narrativas”. Esto sería evidenciable en García Márquez y otros escritores de la época, incluidos Álvaro Cepeda Samudio, Arnoldo Palacios, Héctor Rojas Erazo, Fanny Buitrago y, desde luego, Manuel Zapata Olivella.
La anterior disección es importante, pues posibilita analizar el papel del loriquero en relación con la renovación de la literatura nacional. Tras la cuidada elaboración de un estatuto temático, este autor introdujo una mirada racial y crítica auténtica como ninguna otra en la literatura colombiana. Esto no significa que no se hayan producido, a priori, acercamientos o atisbos interpretativos/biopolíticos en torno a lo afro a nivel nacional; lo que significa es que fue el autor de He visto la noche quien posicionó el tema desde una perspectiva antropológica e histórica distante de las rarezas regionales y los exotismos ponderados por el eurocentrismo.

Como sugiere Mario Enrique Rey, Zapata Olivella deviene en una conciencia histórica que cuestiona y reconfigura un nuevo orden simbólico y concreto para los oprimidos; principalmente negros, sí, pero también para los blancos y los mestizos. Su pensamiento, revestido por un ecumenismo cultural, no escinde, sino que es común denominador para todos aquellos rebasados por la exclusión, la intransigencia y el abandono. “La denuncia en Zapata Olivella no está limitada a la situación del negro, no está limitada por su ascendencia negra, es la protesta de un criollo contra las condiciones de los campesinos, contra la prostitución, contra la niñez abandonada, contra la injusticia, contra la violencia, etc., que sufren tanto negros como blancos como mestizos, en general las clases desposeídas de América. Pero hay un marcado interés en él por la situación de su raza, por sus costumbres, por sus luchas, por sus creencias, por sus tradiciones, ello se manifiesta especialmente en Chambacú, corral de negros, Tierra mojada, He visto la noche y Changó, el gran putas, obras que en su conjunto lo hacen el escritor negrista más importante de Colombia”.
Justamente es en la intersección que se da entre exploración técnica y ejes narrativos, que se explica el aporte renovador de este escritor. Si bien en algún momento sus “personajes no logran escapar a los arquetipos del bueno y el malo, [y] no se logran desarrollar en la complejidad de los seres reales”, también es cierto que gracias a la solidez de su proyecto de escritura logra revertir este desfase entre denuncia y estética, para dar paso a una prosa mayor cuando escribe Changó, el gran putas. Esta saga es la que “señala la apertura de una segunda etapa en Zapata Olivella. En ella el discurso de denuncia pierde importancia permitiendo el mayor desarrollo de las cualidades narrativas que estaban subyugadas en las obras de su primera etapa. La autenticidad, la vivacidad, la fuerza, la vistosidad, la intensidad narrativa crecen en la Saga. El conocimiento del tema, de los personajes, de las situaciones, teniendo un fondo histórico, logra mostrarse al nivel casi enciclopédico con que Alejo Carpentier construye sus obras. Los personajes escapan por completo a la división buenos/malos, logran presentarse en toda su complejidad, son contradictorios, tienen vida propia. Tanto los personajes como el mundo narrativo creados constituyen un universo autónomo frente a la ideología del autor o del lector”.
Lo anterior justifica y sintetiza el espíritu de este artículo; y lo hace en la medida en que da cuenta de la evolución técnica de un autor que no varió el espíritu de su proyecto literario y político. Desde nuestra perspectiva, la renovación más importante surgió a raíz de la forja de una conciencia estética, pero sobre todo ideológica. Con Zapata Olivella, concluimos, la literatura colombiana superó la fascinación de lo real maravilloso para evidenciar tanto la exuberancia como la imperiosa necesidad de ocuparse, con oficio y tacto, de las atrocidades que han pauperizado la dignidad vital de los hombres alrededor del mundo.




