Luis Miranda: “Todos caminamos sobre las cenizas de nuestros antepasados”
Luis Miranda es catedrático universitario, profesor de colegio, guionista y gestor cultural. Su obra transita sin conflicto los predios de la fantasía que se contrapone a la realidad que intenta uniformarlo todo: las gentes, las formas de consumo y los pensamientos. Una de sus grandes obsesiones con la palabra es hacerla dar cuenta de la belleza del mundo y sus fenómenos, cada vez más truculentos y desalmados, lamentablemente.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada del Facebook de Luis Miranda.
Alejandro Alzate (AA): ¿Cuáles son los principales temas que explorás en tu obra?
Luis Miranda (LM): Hay dos temas sobre los cuales vuelvo constantemente: las ideas fijas sembradas en lo más profundo de nuestra alma, en particular la mentalidad colonialista, que tiene dos caras, la del dominado, pero también la del dominador; la de lo superior y lo inferior; la idea de un mundo binario fundado en una doble moral; la hipocresía, la idea del éxito versus la del fracaso que nos lleva a negar nuestros errores e insistir en modelos fallidos para congraciarnos con quienes asumimos superiores. En Lunar, por ejemplo, aparecen los espejismos, que representan a un paradigma científico que aspira a no ser derrocado: el método científico que se ha visto superado por los desafíos del clima: a medida que la propia ciencia clásica nos deja conocer la realidad, la realidad se nos muestra demasiado inconsistente para medirla.
El otro tema es el del individuo insertado en lo colectivo, aunque no me interesa cómo el individuo sobresale dentro del colectivo, sino, por el contrario, cómo el colectivo afecta al individuo y cómo este último necesita del colectivo. Es otra forma de hablar del erotismo, de la muerte, del infinito, del misterio de lo incognoscible y el deseo de vivir, de conocer, de saber en relación de los demás. Los dos temas convergen en el mito y por eso vivo aún fascinado con ellos, soy una especie de coleccionista de mitos.
(AA): En Lunar, tu segundo libro, se produce una mezcla de “épica tropical, fantasía y futurismo”. ¿Podrías desglosar este proceso para los lectores de La Palabra?
(LM): No concebí Lunar a partir del género, pero sí hay todo eso que tú dices. La base de la épica es el mito. El mito es una cápsula de conocimiento, contiene símbolos, señas del conocimiento acumulado por el pueblo que relata el mito. Esos elementos cognitivos son casi siempre los que se repiten de una versión a otra o de un mito a otro. Para mí fue una sorpresa encontrar algunos de esos elementos en las leyendas populares. No fui el primero en encontrarlos, pero es un tema que ha despertado tan poco interés, que cuando uno habla de esto parece que fuera el pionero. Las leyendas, además de elementos míticos, contienen elementos históricos, que es otro tipo de conocimiento. La Pata Sola, por ejemplo, habla de una campesina que en unas versiones es abusada y en otras es la amante del hacendado al que pertenece la tierra que trabaja junto con su marido, por lo que tiene un contexto económico bastante claro. En Lunar, los personajes de este panteón popular traen consigo historias más recientes: las Lloronas buscan justicia por sus hijos asesinados o desaparecidos; a la Tunda la desplazan de algún lugar de la cordillera para convertir su tierra y el río en una mina de oro. Se justifica, entonces, hablar de épica tropical.
La fantasía como género implica que los personajes pasen a otro mundo o dimensión a través de un portal o algo parecido. Esto le ocurre a Lunar y a Faustino cuando beben junto al Mohán una infusión hecha a base de las hojas y los pétalos del árbol Toé: viajan a Ensis para encontrarse con Viho Maksé, la hacedora de almas. En ese sentido, puede que quepa el término fantasía en Lunar, aunque quizás tú lo digas por el hecho de que espantos y humanos convivan y compartan aventuras, traficando con un lenguaje mágico que parece ocultar misterios, cifras secretas y conocimientos prohibidos, como en las sociedades secretas que son características en la fantasía.
El tercer término que propones, futurismo, también me parece pertinente. Lunar comienza con dos trucos típicos: el primero proviene de la novela moderna. En el prólogo se plantea que la historia que sigue proviene de un quipu, el primer quipu narrativo en ser descifrado; esto ya pone a Lunar en un estatus mítico-antropológico. El segundo truco es la invocación a los dioses de la comunicación y de las artes para que ayuden a narrar la historia, que es muy antigua y mística.
(AA): ¿Qué es el lenguaje para vos? ¿Dónde reside su magia?
(LM): Cuando en el colegio me hablaron de las modalidades de las oraciones (desiderativas, dubitativas, enunciativas), me llamó mucho la atención, pero no lo empecé a entender hasta que, en la Universidad, el profesor Bautista nos enseñó o intentó enseñarnos algo sobre los actos de habla de Austin. Esto causó un gran deslumbramiento en mí. Era la razón por la cual los conjuros o los hechizos tenían efecto. Hay todo un desarrollo alrededor del misterio de las palabras, un asunto que se encuentra en el límite del conocimiento racional o científico, más bien. Programación neurolingüística, efecto de las palabras en los minerales, en fin, las palabras son poderosas, siempre lo han sido y lo siguen siendo, por lo que no podría decir dónde reside su magia, pero como sugerís en tu pregunta, sí, el lenguaje es mágico: para constatarlo, sostenga una conversación con un amigo o una amiga. Sentirá que el tiempo se fue volando.
(AA): En la reseña de Una cucharada de dulce con tres gotas de veneno se comenta que “una obra no nace de una sola persona.” En ese sentido, ¿qué es para vos la originalidad?
(LM): Viene de algo que escribí en el prólogo del libro y que tiene que ver con la dinámica individuo-colectivo. Dice Borges que vamos en los hombros de los grandes hombres del pasado y esto para mí es claro; por ejemplo, ahora que escribo en el computador pienso en Voltaire, en Pitágoras, en fin, en todas estas personas que nos legaron su conocimiento. En el Eternoretornógrafo, Luis Rogelio Nogueras plantea que las mejores frases flotan en el tiempo y vuelven a decirse con siglos de distancia en la voz de otros poetas. La originalidad está de pronto en cómo adaptas tú esa idea antigua a las necesidades de tu propio tiempo.
…la tradición literaria caleña es urbana. Desde el Alférez Real hasta Andrés Caicedo, que sería la tradición en sí, la literatura es de la ciudad o transcurre en la ciudad. Para mí es muy importante Hernán Hoyos en esa historia. Este autor estuvo a la vanguardia de la literatura de su época. Su lengua literaria es tan valiosa e influyente que, de nuevo, en mi opinión, sin él no habría Andrés Caicedo.
(AA): ¿Se contradicen originalidad y tradición?
(LM): Creo que la originalidad es una adaptación de la tradición. La pregunta realmente compleja es qué es tradición o cómo algo nuevo, original, se vuelve tradición. En mi primer libro hay un cuento, o un poema narrativo, que se llama “Valeria Lunera”. Yo aspiraba a que ese cuento se volviera tradición, por eso lo escribí siguiendo el ritmo, la musicalidad, la cadencia de “Rin rin renacuajo”. Es como un palimpsesto hasta que, en el segundo párrafo (o estrofa), la música empieza a variar, se pone más pesada, menos jocosa, más oscura y terrorífica. Para mí era como hacer una variación musical del tradicional poema traducido por Rafael Pombo. No creo que sea el primero en imaginar algo así, quizás el primero en exhibirlo por estos lares. En todo caso, creo que los artistas y escritores anhelamos encontrar la fórmula de volver tradición nuestra originalidad.
(AA): Hablando de tradición, ¿cómo dialogás vos con la tradición literaria caleña?
(LM): En mi opinión, la tradición literaria caleña es urbana. Desde el Alférez Real hasta Andrés Caicedo, que sería la tradición en sí, la literatura es de la ciudad o transcurre en la ciudad. Para mí es muy importante Hernán Hoyos en esa historia. Este autor estuvo a la vanguardia de la literatura de su época. Su lengua literaria es tan valiosa e influyente que, de nuevo, en mi opinión, sin él no habría Andrés Caicedo. Esa lengua siempre llegó a hipnotizarme. Quise imitarla y hacerle un homenaje tanto a Caicedo como a Hoyos en uno de los cuentos de mi primer libro: “Un callejón diminuto por donde pasaba el tren” es mi gran diálogo con esa tradición que admiro.
(AA): Neruda dijo alguna vez que para ser auténtico les copió a todos aquellos escritores que llamaban su atención. ¿Observás esto como un gesto rutinario, y necesario, o como una inmoralidad literaria?
(LM): Le voy a copiar a un amigo físico, gran lector y mentor, para responder a esta pregunta: los poetas resuelven problemas lingüísticos y nos revelan cómo se ponen en palabras emociones y pensamientos que, teniéndolos, no habíamos encontrado forma de expresar. Entre otras, esa es una de las labores de la literatura. Copiar es un gesto rutinario cuando copias sin saber que estás copiando e ignoras que estás inventando algo que ya está inventado; es inmoral, quizás, cuando no lo ignoras pero aseguras que es tuyo. De lo contrario, como dije antes, todos caminamos sobre las cenizas de nuestros antepasados.
(AA): Por cliché, o mito, la producción literaria suele asociarse a los cafés, las universidades o a la genialidad itinerante. Más allá de estos lugares comunes, y según tu experiencia, ¿cómo se vive la literatura en los colegios? ¿Qué les interesa expresar a los jóvenes hoy en día?
(LM): Andrés Caicedo estaba muy claro cuando dijo que el bolero reemplazaría a la literatura porque era más corto y se podía bailar. El melodrama sigue siendo poderoso y multitudinario en nuestro país y creo que en América Latina. ¡Qué viva la música! no es un melodrama por el tratamiento que le da la narradora, pero si tú vuelves a contar esa historia con tono melodramático, hasta dejaría de ser una obra estigmatizada y entraría en el canon de plan lector sin problemas. Además de eso, creo que a los jóvenes les gusta los vampiros, los asesinos en serie, la epopeya romántica… y creo que hasta les gustarían los cafés y las tertulias si se adaptaran a sus necesidades, que definitivamente son otras. Vivimos en un mundo mercantilizado en el cual el libro y la literatura tienen un estatus más bien despectivo. Ya que mencionas la genialidad itinerante, digo que también vivimos en un mundo que exalta genios sociópatas o simplemente impedidos para insertarse en lo colectivo, y esto es justamente lo que aleja no solo a los jóvenes, sino, sobre todo, a los padres de ellos.
(AA): ¿Estás trabajando en algún proyecto de escritura en este momento?
(LM): Sí, trabajo en una novela de realismo sucio que ocurre en Palmira en medio de una sequía provocada por misteriosas razones políticas y económicas. En medio de ella, el protagonista se degrada hasta lo más bajo y encuentra seres dispuestos a pelear contra las fuerzas desconocidas que matan de sed a la comunidad. Es también la tercera parte de Vasos Comunicantes, una trilogía radio teatral sobre la monogamia, el poliamor y el amor libre donde trato de desdoblar los pliegues políticos del erotismo, mostrando al amor y al odio como dispositivos de poder. Es una novela sobre el poder de la música y de la solidaridad.
(AA): ¿Qué influencia ha tenido en tu trabajo literario tu paso como estudiante por la Universidad del Valle?
(LM): Ya mencioné al profesor Bautista, quien me ayudó a plantear filosóficamente las preguntas sobre el misterio del lenguaje. Me gustaría mencionar también a James Cortés, con quien aprendí narratología, entre otras cosas; a Simone Accorsi, que nos trajo la maravillosa literatura brasilera, no solo a Jorge Amado, sino también a Joaquim María Machado de Assis, entre otros grandes que han ampliado para mí las posibilidades de la literatura. Tendría que mencionar a muchos más, pero para no alargarme, la Universidad es además un espacio para el encuentro con personalidades disímiles, a veces rotas, a veces mejores, en fin, el campus de Univalle es nuestra pequeña Torre de Babel.



