Crítica

Las cartas del Boom: ¡un caramelo de cianuro!

Alfaguara ha apostado por revisitar el pasado. En virtud de ello, ha hecho un enorme trabajo de archivo y gestión documental. El proyecto, a todas luces loable, posiciona al lector frente a las minucias y particularidades del excluyente boom literario latinoamericano de finales de 1950 y 1960/1970. Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez protagonizan las más de quinientas páginas de una correspondencia que, contrario a lo que muchos podrían pensar, es corriente, bastante corriente.

Por: Alejandro Alzate

Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar.
Foto: elespanol.com

Las cartas del Boom es uno de esos esfuerzos editoriales que generan fatiga y, si acaso, alguna eventual sorpresa en el lector a raíz de la revelación de un dato desconocido. Del texto, como es apenas esperable por su extensión, hay mucho qué decir. Abarquemos, pues, algunas aristas. En primer lugar, es de celebrar el acceso del gross public a esta exuberancia epistolar; otrora confinada, casi que exclusivamente, en las universidades norteamericanas y las familias de los escritores. Es de resaltar la tentativa de volver al pasado para reconocerlo y dimensionar, mediante él, el conjunto de operaciones genésicas que desembocaron en la más grande e importante explosión de la literatura latinoamericana contemporánea. El espíritu del libro es tan romántico como románticos fueron los años 60, según el decir del peruano Mario Vargas Llosa.

A renglón seguido, y como dato de interés historiográfico, están los testimonios que explican, en primera persona, los temas, intereses políticos, estéticos y las revaloraciones de la tradición cultural que consolidaron la nueva literatura latinoamericana en Europa, Estados Unidos y, por su puesto, América Latina. Quien lea el texto verá cómo es Carlos Fuentes el principal gestor de la idea de que la nueva literatura se debía escribir en América. Para él, el futuro estaba aquí, en esta tierra plagada de novelas menores, mediocres y de repetitivos dramas telúricos que tuvieron más carácter de libelos que de literatura como tal. Vista en perspectiva, la opinión de Fuentes peca por soberbia; autores como José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos o Ricardo Guiraldes no pueden, o no deben, ser considerados menores. Como bien lo ha estudiado la crítica, para inicios del siglo XX sus novelas lograron una observación bellamente realista, contundente y estética (poética, si se quiere), de las complejas problemáticas de América Latina, todas ligadas con siglos de opresión colonial.

El texto da cuenta de un exasperante microcosmos plagado de connivencias, alabanzas mutuas, amiguismos, complicidades y espaldarazos fáciles que rompen, al menos para quien estas líneas escribe, el valor literario de las correspondencias.

Es comprensible que toda generación quiera deshacerse de la anterior, de su legado o su lastre. Los ejemplos cunden por todas las literaturas de Hispanoamérica. En el caso nuestro, León de Greiff, el nórdico vate colombiano, como lo llamó en su momento Rafael Gutiérrez Girardot, dejó atrás, con Los Nuevos, todo el precedente de la Generación del Centenario. También es cierto que todo proceso identitario se construye a partir de la diferencia, no de la similitud. Así las cosas, el lector atento empezará a percibir el carácter excluyente tan intrínseco al Boom, su lado no romántico. Las cartas, muy sosas por demás, constituyen la armazón de una suerte de cofradía inexpugnable; una suerte de Club de Caballeros de la Media Noche, como se denominan, en El Juguete Rabioso, de Roberto Artl, los jóvenes que se reúnen en torno a los latrocinios y truhanerías en la indolente Argentina de principios del siglo XX.

Desde luego, esto no es un error del libro. Él es decididamente resistente a los delirios de grandeza de estos; sí, todo hay que decirlo, buenos escritores. El texto da cuenta de un exasperante microcosmos plagado de connivencias, alabanzas mutuas, amiguismos, complicidades y espaldarazos fáciles que rompen, al menos para quien estas líneas escribe, el valor literario de las correspondencias. El agotamiento surge cuando la anécdota edulcorante borra e imposibilita la función fática que advirtiera el lingüista ruso Roman Jakobson. La comunicación no se da porque el canal se ha roto con las tantísimas lisonjas testimoniadas. Tantas, que abruman; tantas, que aburren. “Tú me lees, yo te leo; tú me aplaudes, yo te aplaudo”.

Foto: panamericana.com.co

Cierto es que Las cartas del Boom no es un libro crítico sobre la correspondencia de estos cuatro autores; cierto es que su carácter es antológico y no didáctico; cierto es que el mundo que se revela es pretérito y fascinado con Francia y la exploración de las nociones de localía y extranjería. No obstante, también es cierto que es el registro de una época; una época en la cual desmarcarse de la tradición geográfica y espiritual americana justificaba todas las acciones, entendiendo por ello, incluso, la creación de vínculos rayanos en lo postizo o deliberadamente fingidos.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba