Crítica

La selva y la lluvia, de Arnoldo Palacios: la novela que nos cuestiona desde el pasado

La abundancia de los recursos naturales en contraste con la escasez de oportunidades para su gente; muchachos que atraviesan la selva; tormentas en medio del rio; maestros despedidos por su ideología y abogados que renuncian a sus principios. Son solo algunos temas que se encuentran en esta obra y que merecen ser retomados después de haber pasado más de medio siglo en el olvido, a propósito del centenario de su autor, Arnoldo Palacios, celebrado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Título: La selva y la lluvia.
Autora: Arnoldo Palacios
Editorial: Angosta Editores, 2021.
183 páginas

Por: Jessica Hurtado Carvajal
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Arnoldo Palacios (1924 – 2024), escritor afrocolombiano. Foto: Tomada de eluniversal.com.co
Arnoldo Palacios (1924 – 2024), escritor afrocolombiano.
Foto: Tomada de eluniversal.com.co

Considero importante empezar esta reseña con una aclaración: este año se está exaltando la figura de Arnoldo Palacios porque es un escritor muy valioso y con poco reconocimiento, como suele suceder. También se ha dicho que sus novelas Las estrellas son negras (1949) y La selva y la lluvia (1958) hablan únicamente de las negritudes, pero fue el propio autor quien aclaró que no es así, ya que lo único que pretendió plasmar en sus historias es al hombre y su complejidad. Sus sueños, problemas y fuerza.

La selva y la lluvia hace un recorrido histórico, social y cultural por la Colombia de la República Liberal (1930 – 1946); así como de otros acontecimientos que marcaron la historia del país, especialmente El Bogotazo, ocurrido el 9 de abril de 1948, así como sus consecuencias.

Este libro vio la luz muy lejos del lugar donde se desarrolla. Y es que 1958, en plena época de La Violencia bipartidista en Colombia, no era el momento ideal para un libro que pretendía criticar a la clase política que propiciaba la desigualdad y a una sociedad cómplice que miraba para otro lado ante la miseria y la injusticia. Es por ello por lo que, aprovechando un periplo por Europa, su autor encontró la oportunidad de publicarla en la Editorial Progreso, que había sido fundada en Moscú en el año 1931 y se dedicaba a publicar a escritores progresistas y en idiomas diferentes al ruso. Arnoldo Palacios, con su novela La selva y la lluvia (1958), es el único escritor colombiano que figura entre ellos. En consecuencia, solo conocemos esta obra gracias a que su autor le regaló un ejemplar autografiado al también escritor German Arciniegas, quien terminó donándolo a la Biblioteca Nacional de Colombia junto al resto de su biblioteca personal en el año 1985.

El narrador de la novela va presentando una serie de personajes que simbolizan las muchas capas que contiene la sociedad. Las transiciones entre un evento y otro, entre una voz y otra, se hacen de forma limpia, casi sin esfuerzo y logran conducir al lector a través de ese país violento y terriblemente desigual. A pesar de tratarse de un narrador omnisciente, cede la voz constantemente a los personajes, de modo que los conocemos y la historia avanza. El lenguaje es poético, con pequeños momentos en los que se rescatan los actos de solidaridad, el humor y las tradiciones, que funcionan como una tregua en medio de la confusión.

La selva y la lluvia hace un recorrido histórico, social y cultural por la Colombia de la República Liberal (1930 – 1946); así como de otros acontecimientos que marcaron la historia del país, especialmente El Bogotazo, ocurrido el 9 de abril de 1948, así como sus consecuencias.

La historia comienza siguiendo a la familia de Pedro José, quienes viven en medio del campo chocoano y sobreviven apenas con lo poco que pueden conseguir. En estas primeras páginas resaltan las descripciones a la naturaleza y el lenguaje utilizado en los diálogos, quizá un poco florido, a veces difícil de entender para los que hemos crecido en el interior del país y casi hemos llegado a creer que los otros acentos, discursos y miradas no existen.

Posteriormente, un acontecimiento fortuito lleva al muchacho a dejar su hogar y emprender un viaje que no solo es físico, sino también espiritual. Un viaje en el que busca escapar de un futuro impuesto por su condición; pero no solo él, sino también los otros personajes viajan y se esfuerzan por hacer parte del cambio de sociedad.

Poco a poco, los viajes por el rio y a través de la selva se desplazan a las calles capitalinas. El escenario cambia para dar protagonismo a las chicherías y a las pensiones del centro de Bogotá, en donde poco después, algunos personajes son protagonistas de una noche crucial para el país: el 9 de abril de 1948, también conocida como El Bogotazo.

Foto: libreriadelau.com
Foto: libreriadelau.com

El protagonista de esa noche en la novela es, sin duda, el pueblo. Dos niños huérfanos que son abandonados en medio de la confusión, una madre que sale a las calles a buscar a su hijo, los estudiantes que se toman una emisora y Aminta, la llanera que dejó su tierra en busca de un mejor futuro y encontró la muerte en el comienzo de una guerra.

Tal como afirma Enrique Santos Molano en su reseña sobre el libro que fue publicada en la revista Poligramas en el año 2013: “Hay lluvia en la selva y hay lluvia en la ciudad. Aquí y allá el dolor y el sufrimiento, y los pocos momentos felices, que son un paréntesis en la refriega, marcan las vidas de los habitantes”. Así sentí esta historia, como el recuento de unos hechos conocidos por todos, pero solo en cifras y hechos, nunca en los rostros de aquellos que lo vivieron, nunca en la intimidad de sus protagonistas. Sin embargo, esta novela es capaz de recoger algunas de las tantas experiencias individuales y hacerlas dialogar con aquello que llamamos realidad.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba