La pájara pinta sobrevuela Cali
La escritora Albalucía Ángel visitó la Sucursal del Cielo con motivo del cincuenta aniversario de su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975). Medio siglo después, una profecía se cumple y, finalmente, Albalucía recibe el reconocimiento que merece su invaluable aporte a la literatura.
Por: Damián Bueno
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

“Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Con el pico recoge la rama. Con la rama cortaba la flor. Ay, ay, ay, ¿cuándo vendrá mi amor?”. Es parte de la canción que da título a una de las novelas más desgarradoras de la literatura colombiana. La ópera magna de una escritora monumental, nacida en el gran Caldas hace ya 89 años.
El nombre que se evoca hoy como un anhelo eterno que surge del canto de una pájara pinta: Albalucía Ángel. No Alba Lucía, separado, sino todo junto, Albalucía; tal como aparece en las portadas de sus libros. A veces también conocida por el hipocorístico Albalú, o por los nombres Arathia Aihtara, es conocida principalmente por su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, publicada en 1975 y ganadora del premio Vivencias en la Bienal Nacional de Novela de Cali en el mismo año, aunque en su época, rumores malintencionados la hayan adjudicado a García Márquez. Albalucía también ha escrito muchas otras novelas, obras de teatro, poesía y cuentos, las cuales, en su mayoría, se encuentran inéditas.
Albalucía estudió Letras e Historia del Arte en la Universidad de los Andes, donde además fue estudiante de la crítica de arte argentina Marta Traba. Además de escritora, se ha destacado como periodista y crítica de arte. Algunos de sus reportajes se pueden encontrar en El Tiempo, El Espectador, y El País.
Sus novelas se enmarcan en la relación represión-libertad en zonas de extrema religiosidad y, sobre todo, desde el punto de vista femenino. Ángel nació el 7 de septiembre de 1936 en Pereira (Risaralda), contrario a lo que dice Wikipedia, donde falsamente informan que nació el 27 de septiembre de 1939. Tristemente, Albalucía siempre fue negada del oficio de escritora. Su profesora Marta Traba le decía que sería una grandiosa crítica literaria; sus amigos le decían que sería una excelente cantante de rancheras. Todos veían un futuro espléndido en ella, pero no como narradora.
De hecho, Albalucía reconoce que durante toda su vida fue “el reemplazo de todo”. Cuando tenía dos años, su tío la llevaba a escondidas a cantar en bares. Así se ganó la vida cuando vivió en México y, cuando alguna de las voces estelares de la noche no aparecía, ponían a Ángel a suplir el espacio. También cantaba en las reuniones de los escritores del Boom, en París. Todos aplaudían su voz ronca, cual la de la Chabela, pero entonces se sorprendían diciendo: “¿Ustedes sabían que Albalú es escritora?”.
Muchas interpretaciones tiene La Violencia, quizá el más atroz y, por tanto, el más significativo de los periodos en Colombia. Cuánta tinta ha merecido por parte de escritores, filósofos y periodistas a lo largo y ancho del país. Cuántas veces ha muerto y sigue muriendo Jorge Eliecer Gaitán en la realidad, en la ficción, en la pantalla y en la página.
Puede que encontremos la respuesta en la vida de Ana, su infancia y madurez, tejida en el orden mismo que dicta la memoria, sin inicio, nudo o desenlace. Con El Bogotazo como telón de fondo, en la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), La Violencia oscila entre el discurso oficial, externo y meramente expositivo, y las voces de las víctimas de dos de las principales guerras civiles que ha tenido Colombia.
En la novela, los eventos atroces que incendiaron el país son narrados de frente, llevando la contraria al acuerdo tácito de los escritores de la época de no mirar a la gorgona a la cara, bajo la amenaza de convertirse en piedra. Albalucía narra con lujo de detalles las consecuencias en la cotidianidad de los ciudadanos, recordándonos que La Violencia, aunque sucede en otra parte, afecta a todo el territorio.
De este modo, la narrativa de Albalucía nos permite descentralizar los acontecimientos de la guerra, muchas veces reducidos a un número acompañado de una descripción anecdótica, una fecha o un homicidio. Albalucía busca las voces de los actores cotidianos, víctimas directas e indirectas.
En el debate periodístico sobre si son más relevantes los testigos de primera, segunda o tercera mano, Albalucía parece tener claro que nada debe dejarse por fuera. Todo sirve para recrear un momento que sigue marcando la historia del país, y cuya narración tal vez sea tan inalcanzable como la utopía de Galeano. Como si cada testimonio, cada perspectiva y cada rumiaje fuera una pieza de rompecabezas en el entendimiento de la memoria nacional, y que solo en perspectiva —es decir, con todas las piezas juntas— es posible vislumbrar.
… la narrativa de Albalucía nos permite descentralizar los acontecimientos de la guerra, muchas veces reducidos a un número acompañado de una descripción anecdótica, una fecha o un homicidio. Albalucía busca las voces de los actores cotidianos, víctimas directas e indirectas.
Quizás es gracias a este deseo de cartografiar literariamente al país que tenemos el libro de cuentos ¡Oh, gloria inmarcesible!, un libro calificado de pornográfico en su época, por sus vívidas descripciones de la sexualidad y la violencia. Uno de los relatos que encontramos en esta antología de cuentos tan variopintos y autóctonos como fenotipos y personalidades abundan en Colombia, es “El guerrillero”, tal vez el cuento más famoso de Albalucía, sobre una mujer que es interrogada por haber pasado la noche con un hombre buscado por las autoridades; la mujer, lejos de arrepentirse, toma las riendas de su deseo y no se amedrenta ante los posibles castigos que pueda recibir. Cada cuento, además, lleva una dedicatoria a un amigo de Albalucía: a Gabo y Meche, a la pintora Emma Reyes y al escritor Cepeda Samudio, entre otros. “Yo pagué todas mis deudas de amor porque a cada persona importante de mi vida le dedicaba un cuento”, dijo Albalucía en una entrevista.
Cuando se le pregunta a Albalucía por qué escribe como escribe, transgrediendo las normas gramaticales y saltando de oración en oración sin signos ni conectores, muy suelta y acostumbrada responde que porque así fue como aprendió. “¿Acaso tú no has leído novelas? Pues así”, le dijo la actriz y cantante cubana Elsa Baeza sobre cómo debía escribir.
Y así, escribiendo con el ritmo que le marcaba su misma prosa, Albalucía terminó su primera novela Los girasoles en invierno (1970), por medio de entregas periódicas que le hacía a Alberto Baeza Flores y a su hija. Sin embargo, muchos de sus amigos escritores trataron de corregirla, para que el lector no se aburriera. “Pues que se aburra”, respondía tajantemente Albalucía, quizá aduciendo al aforismo de Miguel de Unamuno que dice: “¿No te entienden? Pues que te estudien o que te dejen; no has de rebajar tu alma a sus entendederas”.

Este rasgo ha sido duramente criticado de arbitrario por un sector purista de la lengua normativa. Todo lo contrario: la escritura de Albalucía es una de las más autoconscientes, sino la más, que ha visto la literatura en español. Heredera del flujo de conciencia de Virginia Woolf, las oraciones en las novelas de Ángel no se cortan con el punto seguido; los diálogos no aparecen después de un guión; y en ocasiones los párrafos son tan extensos como lo son las anécdotas que se cuentan los amigos tardeando en un café.
De este modo, Albalucía no solo creó una voz literaria propia, sino que, además, encontró un uso más significativo de la gramática que la que se puede encontrar en un obtuso manual de ortografía. Es así que es común encontrar en sus cuentos y novelas rasgos de una oralidad que, además, nos recuerda sus inicios como cantante dramática.
Pese a esto, las obras de Ángel no han tenido todavía la difusión apropiada. Novelas como Los girasoles en invierno (1970), Dos veces Alicia (1972), Misiá señora (1982), por mencionar algunas, no son tan reeditadas a pesar de contar con premisas tan innovadoras como Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, la cual cuenta con siete ediciones, dos de ellas pirateadas por editoriales reconocidas, como reconoce la autora.
Dos veces Alicia, por ejemplo, es un retelling de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll, con motivo de los cien años de la novela. Misiá señora, a su vez, ha sido estudiada como una novela de aprendizaje (bildungsroman) que pone expone cómo ciertos patrones generacionales como la represión de los derechos sexuales y reproductivos, o la religiosidad extrema, se repiten de generación en generación, impidiendo que las mujeres puedan llevar a cabo procesos conscientes de transformación en su identidad.
Albalucía no solo creó una voz literaria propia, sino que, además, encontró un uso más significativo de la gramática que la que se puede encontrar en un obtuso manual de ortografía. Es así que es común encontrar en sus cuentos y novelas rasgos de una oralidad que, además, nos recuerda sus inicios como cantante dramática.
De la extensa obra de Albalucía, solo seis novelas se han publicado, las últimas, Tierra de nadie (2002), en tirajes de pocas ediciones, por lo que son difíciles de conseguir. Adicionalmente, la autora cuenta con más de cuarenta libros, entre novelas, obras de teatro y antologías de poesía, sin publicar. Incluyendo una novela biográfica titulada El regreso a la montaña, y una trilogía de ciencia ficción, No hay mariposas en el bosque, que, en palabras de su autora, es lo mejor que ha escrito hasta ahora, pero que ninguna casa editorial se ha interesado en publicar todavía.
“Tres personas, en distintos contextos, me dijeron que había nacido cincuenta años antes”, recuerda Albalucía. Y como una profecía autocumplida, este año, en que se cumple medio siglo de la publicación de Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, Alfaguara publicó una edición tapa dura de la novela. Quizá el primer paso hacía un re-descubrimiento de la obra de Albalucía Ángel.
Solo el tiempo dirá si pasados otros cincuenta años por fin podremos leer estas novelas condenadas al manuscrito. Si eventualmente los críticos del futuro podrán valorar, como el siglo XX no pudo, ese nombre indefinible, inacabable y abierto a la interpretación. El nombre de Albalucía Ángel, un faro para los futuros novelistas, poetas, pensadores colombianos, y todo aquel que desee entender el país desde múltiples perspectivas.



