Crónica

La noche más larga del año

Este 2025, el Inti Raymi, o fiesta del sol inca, fue celebrado en el icónico Parque de las Banderas, lo que atrajo a multitud de personas y aumentó el alcance de la festividad. Gracias a esto, los caleños pudieron echar un vistazo a la enorme constelación de comunidades indígenas que también han contribuido históricamente a la memoria de la ciudad. A continuación, una crónica de lo que vimos.

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: William Rosero.
Foto: William Rosero.

Cuando decimos que fue la noche más larga del año no exageramos. El solsticio de invierno se caracteriza justamente por esto: entre el 20 y el 21 de junio, el polo sur se inclina de tal modo que alcanza el punto más lejano con respecto al sol, lo cual repercute en la cantidad de luz que recibimos y en la duración de los días y las noches. Los incas, así como la mayoría de las grandes civilizaciones, lo sabían muy bien, pues eran grandes astrónomos, y escogieron esta fecha para celebrar a la deidad más importante de su panteón, el dios Inti, el dios Sol. Esto tiene una razón de ser: el solsticio de invierno marcaba el inicio del calendario andino, un calendario elaborado a partir de la observación del sol.

El Inti Raymi se celebra en diferentes regiones de toda Sudamérica, empezando por la antigua Cusco, seguida por Ecuador, Argentina, Bolivia y el sur de Colombia. En todas las regiones que alguna vez estuvieron bajo el dominio del Tahuantinsuyo se mantiene viva esta antigua tradición. En su momento de máxima expansión, el Imperio Inca llegó hasta el entonces río Ancasmayo, hoy río Guáitara, y que en la actualidad delimita la frontera entre Ecuador y Colombia. Por ese corredor entró la influencia que años después cristalizaría en nuestra versión del Inti Raymi.

Nosotros llegamos a eso de las cinco, pues se supone que a esa hora daban inicio los rituales de armonización y “El Castillo”, un ritual colectivo que abriría el evento, pero tal parece que todo esto ya había pasado. Encontramos que la tarima estaba ocupada por un grupo de niños que se disponían a bailar, del que no pudimos obtener la menor información; preguntamos a varias personas, pero nadie recordaba el nombre. Tal vez fuera a causa de los fuertes vientos que reventaban contra el escenario y que sacudían los altavoces colgantes, unidos a la estructura mediante gruesas cadenas de metal. Mientras los niños se preparaban, detrás suyo había una banda en vivo que afinaba instrumentos, y que a veces transmitía la sensación de que iban a intervenir en cualquier momento.

Para Santiago Villanueva, un comerciante de la zona, ese fue uno de los mayores obstáculos para el correcto disfrute de cada exhibición: la falta de orden, además de las condiciones climáticas adversas; el viento incluso desgarró parte de la decoración. Según pudimos observar, esto generó un impacto negativo en el público, que fue diseminándose por el parque, en dirección a las casetas que lo circundaban. Con todo, es preciso aclarar que las bandas no tenían más opción que esperar sobre la tarima. Debían subir para poner en orden sus instrumentos y evitar lagunas entre una presentación y otra.

Foto: William Rosero.
Foto: William Rosero.

El Cabildo Inga fue el responsable de la segunda intervención, también una danza, pero esta vez liderada por mujeres. Había de todas las edades, desde una anciana hasta una niña, y todas se movían con relativa coherencia, pese a la aparente estrechez de la tarima, que las hacía chocar cada tanto. Los movimientos eran gráciles sin serlo en verdad, pues no lo buscaban, les venía de la absoluta confianza con la que los ejecutaban. Se supone, según la presentadora, que la danza tiene por origen una vieja tradición de cacería, además de cumplir una función de limpieza y representar un episodio mítico. María Camila Bravo, una estudiante universitaria que aceptó ser entrevistada por nosotros, afirmó que esta falta de contexto “distorsionaba” la interpretación que pudiéramos hacer de la danza. En su opinión, “debieron explicarlo con más paciencia”.

Antes de que terminara la presentación, aprovechamos para dar una vuelta por el parque. Cerca a la entrada nos encontramos con Brayan Gómez Suárez, uno de los miembros de la guarida indígena, responsables de la seguridad del lugar. Nos contó que prefiere trabajar de día; pese a que no aparenta más de veinticinco años, ha participado en varias ediciones del Inti Raymi y sabe que cuando cae la noche el ambiente se pone más “pesado”. Llegan personas borrachas y aumentan las probabilidades de una confrontación. Fue él quien al entrar nos dijo que no se puede prender cigarrillos ni aspirar vaporizadores, quizá para evitar asociaciones perversas por parte de quienes ven con recelo esta clase de espacios. Gracias a Brayan supimos que en el pasado celebraban el festival en el Teatro al Aire Libre Los Cristales, y que decidieron mudarse al Parque de las Banderas con el objetivo de atraer más gente y mantener un control más eficiente en las entradas. También nos contó que el Inti Raymi caleño tiene una historia de diez años, lo que parece coincidir con la información que encontramos por internet, y que choca con la que oímos por parte de la presentadora, quien aseguró que la de este año fue la quinta edición. La edición más antigua de que la hallamos registro es la del 2017, que tuvo lugar dentro de la Universidad del Valle, y la más reciente, la del 2023, fue la que se organizó en las Canchas Panamericanas.

La noche siguió hasta el otro día, pues nosotros fuimos el sábado y el festival terminó el domingo. Salimos de ahí a eso de las nueve, y tuvimos que hacer grandes esfuerzos para abrirnos paso entre la gente. El número de personas se había quintuplicado desde que llegáramos, y el movimiento había adquirido un ritmo propio, descentralizado y magnético. La tarima fue desplazada a un segundo plano en favor de una masa gigantesca que adoptaba distintas formas y ejecutaba cientos de bailes.

La tercera presentación estuvo a cargo del cabildo EperaraSiapidara, que trajo consigo a la banda Quinta Essencia Musical, una agrupación de pop-rock con un largo recorrido musical y un repertorio propio. El público los recibió con entusiasmo. Los que se habían dispersado, volvieron a reunirse alrededor de la tarima y empezaron bailar, guiados por un joven nasa que llegó a este punto sin proponérselo. Sabemos que pertenece a esta comunidad gracias a que levantó la mano cuando la presentadora realizaba un sondeo con el fin de animar a la gente. Los nasa eran, por mucho, el cabildo con mayor presencia.

Tuvimos la oportunidad de hablar con Leidy Moncayo, miembro de la banda, quien nos habló de la historia de Quinta Essencia y su relación con el festival. La agrupación nació hace ocho años, en la Buitrera, gracias al apoyo de un programa de la Fundación Dignidad y Vida, que lleva alrededor de veintiún años trabajando con poblaciones vulnerables.  Este es el quinto año consecutivo que se presentan en el festival, y en el Parque de las Banderas, aunque también han participado en otros espacios, como en Teatro al Aire Libre los Cristales. De acuerdo con lo dicho por Moncayo, quizá se trate de dos actividades distintas, y la del Teatro se corresponda con la del Festival de Danza y Música Andina.

Las danzas continuaron durante la presentación número cuatro y número cinco. Una estuvo organizada por la agrupación Kofá y la otra por el cabildo Jacagua Inga. La primera fue exclusiva de “Mayores”, y la segunda solo de mujeres. Quizá la del cabildo Jacagua Inga fuera la de mayor belleza que hubo durante toda la noche, no solo por la calidad de los vestidos, sino también por la seriedad con la que se llevó a cabo. La explicación a esto la obtuvimos de Lucía Tisoy, mujer inga a quien tuvimos la ocasión de entrevistar. Tal parece que los miembros de su comunidad empiezan los ensayos a principios de año, y siempre involucran a los más jóvenes. Lucía empezó a los diez, ahora tiene veintiuno y no ha dejado de venir desde entonces. Aparejado a su actividad cultural, también estudia negocios internacionales, lo que demuestra la inserción de las nuevas generaciones a la sociedad caleña.

Foto: William Rosero.
Foto: William Rosero.

La segunda banda en subir fue Cuchi Causa, invitada por el Cabildo Quichua Runa Pura. La indumentaria de estos fue una de las más vistosas, y el ritmo de su música más frenético. El festival sufrió una curiosa división durante su intervención: mientras ellos tocaban, la gente se reunió en un círculo a pocos metros de la tarima y empezó a bailar de espaldas a ella. No se trata de algo nuevo, es natural que la gente adopte estas formas de cooperación durante el festival, esto según Mariano Tandoy, gobernador del Cabildo Inga de Cali, con quien hablamos al salir.

La conversación duró poco, pero fue sustanciosa. Tandoy nos informó acerca del número de cabildos (8) y resguardos (1) en la zona urbana de Cali. También nos contó que la comunidad indígena de la región llegó aquí hace sesenta años, y que no fue sino hasta hace treinta que lograron organizarse como institución. Para Tandoy, el apoyo de la Secretaría de Cultura y la Secretaría de Bienestar Social ha sido fundamental en la consolidación del Inti Raymi, pero a su vez reconoce que buena parte de los logros alcanzados dependen de la presión ejercida desde las comunidades.

Nuestra charla con él reveló parte del sincretismo que caracteriza al Inti Raymi, pues en ella utilizó expresiones como “nuestro pan de cada día”, además de identificar al dios Inti con la Pachamama. Esto también salta a la vista en la adopción de nuevas estéticas por parte de los artesanos, con las que buscan llegar a nuevos públicos. Algunas de las casetas exhibían colgantes, petos o bolsos con motivos extraídos de la cultura de los memes, así como otra suerte de artilugios. En nuestra visita a los comerciantes también descubrimos que el festival vende licores artesanales bajo el sello del propio Inti Raymi, como el yubeka de maracuyá del que bebía Cristian Rosero, a quien entrevistamos mientras esperaba a que su novia saliera de los baños portátiles. Él vino por invitación de un amigo, que más tarde subió a la tarima junto a su banda. Según nos dijo, esperaba que fuera algo más “casual”. Esta fue su primera vez en el Inti Raymi y parecía bastante contento, aunque no podamos descartar la variable del alcohol; la botella iba por debajo de la mitad.

La noche siguió hasta el otro día, pues nosotros fuimos el sábado y el festival terminó el domingo. Salimos de ahí a eso de las nueve, y tuvimos que hacer grandes esfuerzos para abrirnos paso entre la gente. El número de personas se había quintuplicado desde que llegáramos, y el movimiento había adquirido un ritmo propio, descentralizado y magnético. La tarima fue desplazada a un segundo plano en favor de una masa gigantesca que adoptaba distintas formas y ejecutaba cientos de bailes. Mientras esperábamos junto a un puesto de comida rápida vimos que se detuvieron varios jeeps cargados de personas vestidas con atuendos llamativos. La fiesta iba a continuar, y como dijo la vendedora: “Necesitan refuerzos”.  

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