La genealogía del Tratado sobre la violencia de Angelo Papacchini
Por: Martín J. Urquijo A.
Departamento de Filosofía, Univalle

Foto: semana.com
La labor filosófica de Angelo Papacchini sigue en elaboración, a pesar de su jubilación hace ya varios años. Eso quiere decir que está jubilado de sus labores como docente, pero no está jubilado de la filosofía, pues cuando sucede algo así, el filósofo está muerto en vida. Pero ese no es el caso de Papacchini, pues hoy nos encontramos para reflexionar en torno a su última obra, titulada Tratado sobre la violencia. Esta obra tiene unos orígenes que se vinculan con el análisis ético a lo largo de la obra que ha realizado Papacchini sobre aspectos de la realidad social, política, jurídica y moral.
El Tratado sobre la violencia llena un vacío en la historia de la filosofía moral y política acontecida en el país, pues muestra una manera de hacer filosofía ya no centrada en la interpretación de un autor, sino en pensar problemas éticos que acontecen en la realidad social y política. De igual manera, reitera un trabajo consolidado a lo largo de su carrera como investigador, labor que dio inicio con una obra sin precedentes en la filosofía en Colombia titulada Los derechos humanos en Kant y Hegel (1993), de eso hace ya treinta años. En la introducción de aquel libro, Papacchini establecía las razones de su tema de reflexión filosófica debido a su lugar de enunciación, porque un filósofo habla siempre situadamente, en un intento de acercar la filosofía a los problemas de su medio. De ahí el análisis ético sobre la violencia y la búsqueda de una fundamentación de los derechos humanos.
Los dos filósofos que acompañan su reflexión en diálogo con muchos otros, pero que permanecen centrales, son Kant, por una parte, quien le da elementos fundamentales de su ética de deontológica para realizar un análisis ético sobre temas y problemas centrales, como los son la violencia, la libertad, la paz y el derecho a la vida. El otro autor que le permitirá determinar aspectos centrales de su reflexión filosófica es Hegel, de quien heredará su concepto de dialéctica del reconocimiento, del que deriva una justificación distinta de la dignidad y de los derechos humanos, buscando fundamentar la posibilidad de derivar derechos a partir de una necesidad que define la peculiaridad del humano: la necesidad de reconocimiento.
Su segundo gran libro, Filosofía y derechos humanos (1994), el cual cuenta con varias reediciones, se constituyó en un texto de lectura obligatoria en varias universidades del país sobre teoría de los derechos humanos. En este libro, Papacchini elabora una propuesta de fundamentación que comparte, con la teoría kantiana, el valor de la dignidad humana; con la tradición historicista, el interés por una concepción dinámica y abierta de la vida y de los derechos, y asume desde la teoría utilitarista el intento de articular la genealogía de los derechos con la dinámica de las necesidades. Cabe destacar la lectura que hace sobre la dialéctica del reconocimiento para derivar de allí una justificación distinta de la dignidad y de los derechos humanos, con un diálogo con los distintos modelos de fundamentación que se encuentran al interior de la ética, como es el paradigma iusnaturalista, el utilitarismo, la ética deontológica y el historicismo.
En 1997 sale a la luz un texto paradigmático de Papacchini, titulado Los derechos humanos, un desafío a la violencia, publicado por la editorial Altamir, en el que sigue desarrollando su trabajo sobre la fundamentación de los derechos humanos, pero establece un análisis desde valores básicos como son la libertad, la dignidad y la tolerancia, en el que se estudian derechos controvertidos como el derecho a la vida y la pena de muerte, los derechos humanos y la paz, y en el que se establece una revisión histórica desde una génesis de los derechos humanos. Es en este texto que encuentro una conexión con el libro que hoy nos ocupa, pues se esboza allí un ensayo que le da sentido a este nuevo libro, el ensayo lleva por título ¿Existe un derecho a la violencia? En este ensayo se exponen, de manera embrionaria, los principales argumentos y tesis que se desarrollan en Tratado sobre la violencia. Sin embargo, hay algunas tesis de su análisis ético sobre la violencia que se desarrollan y transforman. Allí ya se ve a la violencia como una violación a la dignidad humana, y esta última entendida como el reconocimiento de todo ser humano como un sujeto autónomo y libre que debe ser respetado en su integridad física, en su autonomía moral y en sus proyectos vitales de autorrealización y felicidad.
El Tratado sobre la violencia llena un vacío en la historia de la filosofía moral y política acontecida en el país, pues muestra una manera de hacer filosofía ya no centrada en la interpretación de un autor, sino en pensar problemas éticos que acontecen en la realidad social y política
Al final de su carrera académica en la Universidad del Valle publica Derecho a la vida (2001), libro que es un referente para una sociedad como la colombiana, donde por los múltiples conflictos vividos a lo largo de los años, no ha permitido producir, reproducir y desarrollar la vida humana en condiciones de dignidad para una gran mayoría de los ciudadanos al interior de nuestra comunidad política. Los temas centrales que se abordan en ese libro son la vida como un derecho controvertido, la eutanasia, el aborto, la guerra y la pena de muerte. Y, cuando pensábamos que ya no vería la luz un nuevo libro del profesor Papacchini, renace como el ave de Minerva que levanta su vuelo al anochecer, y escribe Tratado sobre la violencia.
Ahora bien, cabría la pregunta: ¿por qué un tratado sobre la violencia? Pues basta mirar la problemática social, política y cultural que ha vivido y vive la sociedad colombiana, para constatar que la violencia es el principal fenómeno de descomposición social. Incluso, algunos afirman que en Colombia existe una cultura de la violencia que tiene múltiples causas y manifestaciones y lo ubican como uno de los países más violentos de América Latina y del mundo. Por esta razón, Tratado sobre la violencia nos sumerge en una reflexión profunda sobre este fenómeno sociocultural que le acontece a la especie humana. En este tratado se realiza un análisis ético que busca dar claridad conceptual acerca de qué es la violencia; cuáles son sus dimensiones y sus posibles causas; si es justificable éticamente la violencia; si es posible hablar de una violencia justa, o, en últimas, si existe un derecho a la violencia.

Cuándo realizamos una pregunta ontológica sobre el ser de la violencia, nos preguntamos qué es la violencia, pero… ¿violencia de qué? ¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia? Esta última pregunta es la que nos lleva a encontrarnos con los distintos rostros de la violencia que se analizan a lo largo del tratado y las múltiples maneras de su justificación, pues la pregunta ya no es qué es la violencia, si no violencia de qué. Papacchini, en esta obra, muestra los distintos rostros en los que acontece la violencia, como la violencia amorosa, religiosa, terrorista, nacionalista, como justicia, como pobreza, en algunas formas de eutanasia, la violencia contra el más débil, contra la mujer, la violencia racial y la violencia que padecen las distintas minorías en una sociedad. El análisis de estos distintos rostros que asume la violencia es lo que le da cuerpo y sentido a cada uno de los capítulos del tratado.
En el tratado se reconoce que el siglo XX fue un siglo de guerras y revoluciones, donde la violencia, como sostiene Hannah Arendt, fue su denominador común; pero, hasta el momento, el siglo XXI no se ha quedado atrás, ya que en este momento dos grandes guerras tienen en vilo al mundo, como es la guerra entre Rusia y Ucrania, y la guerra entre Palestina e Israel, sin olvidar que, en las últimas dos décadas del presente siglo, se ha presentado las guerras de Afganistán, Irak y Siria, entre otros. De ahí que Papacchini llegue a sustentar como tesis ontológica sobre el problema de la violencia, que esta se expresa como una faceta del mal sin agotar sus múltiples y peligrosas manifestaciones. Su reflexión se realiza desde la violencia como un mal moral, caracterizada por una acción malvada donde existe un agresor que atenta contra la integridad, la vida y la libertad de los demás, expresada en una serie de molestias y perjuicios padecidos por las víctimas. Así pues, entiende la violencia como el empleo de la fuerza para aniquilar, vulnerar, coaccionar y perjudicar a otros seres humanos, buscando destruirlos, someterlos y humillarlos. Por esta razón, la verdadera naturaleza del mal se expresa en los atropellos cometidos contra la vida, la libertad y la dignidad, en las masacres y en los genocidios, en la esclavitud, en la discriminación y en la humillación, buscando someter y aniquilar al otro. Para Papacchini, la experiencia del mal deja ver una pulsión destructiva en el ser humano, un poder coactivo y una voluntad perversa que tiende a vulnerar y degradar, que se ensaña contra la vida y la dignidad de un ser humano, que es lo que se va a conocer como el mal radical del que se originan todos los demás males.
Ahora bien, cabría la pregunta: ¿por qué un tratado sobre la violencia? Pues basta mirar la problemática social, política y cultural que ha vivido y vive la sociedad colombiana, para constatar que la violencia es el principal fenómeno de descomposición social.
Algunos aspectos que saltan a la vista en Tratado sobre la violencia, y que vale la pena subrayar, es que ningún sueño o ideal libertario justifica el uso de la violencia ni la matanza de una persona inocente. La crueldad empleada para fines superiores no modifica su naturaleza criminal; lo que sí va a justificar es el uso de la fuerza, más no el de la violencia. En este sentido, distingue entre estos dos conceptos, buscando comprensión en aquellos casos en que se debe acudir a los medios legítimos a nuestro alcance para enfrentar la violencia misma que está dirigida a nuestra persona o de algún otro. De ahí que es pertinente clarificar el concepto de violencia, que se puede entender como un uso de la fuerza utilizado contra un ser humano que lleva a lesionar, destruir, vulnerar y ofender su vida y dignidad. Mientras que se pueda encontrar un uso no violento de la fuerza, para salvaguardar la dignidad, la integridad y la libertad en casos de amenaza. Esto le permite afirmar que es posible apelar a la fuerza, más no a la violencia para reclamar derechos y acabar con un estado de opresión. Por tal razón, si la violencia se identifica con el mal, la fuerza puede transformarse en un poder valioso al servicio del bien, en palabras de Papacchini.
Para finalizar, me detengo en un tema que llama mi atención, y es la relación entre violencia y pobreza, donde Papacchini analiza y denuncia estrategias ideológicas empleadas para encubrir las causas de la pobreza, asumiendo a la pobreza como una clase de violencia que se ejerce ante el más vulnerable. Sin embargo, hay un análisis ético que no se realiza en la obra de Papacchini, y es la aporofobia. La filósofa española Adela Cortina, en su obra Aporofobia (2017), concibe la aporofobia como el desprecio al pobre, el rechazo a quien no puede devolver nada a cambio, o al menos, parece no poder hacerlo. Y por eso se le excluye de un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, de ese mundo del dar y el recibir, en el que solo pueden entrar los que parecen tener algo interesante qué devolver como retorno. La aporofobia es un atentado diario, casi invisible, contra la dignidad, el bienestar de las personas concretas hacia las que se dirige. Pero, como actitud, la aporofobia tiene un alcance universal: todos los seres humanos son aporófobos, y esto tiene raíces cerebrales, pero también sociales. Ahora bien, si por un lado se concibe el origen de la violencia como una actitud que tiene sus orígenes en pulsiones autodestructivas que se pueden encontrar en los seres humanos y en la agresividad propia de la especie, y por otro lado, la aporofobia como el desprecio al pobre, esta concepción de la naturaleza humana puede llevar a creer que la maldad innata en las personas lleva a comportamientos autodestructivos y a actuar de manera egoísta, ya que se espera que los demás actúen de la misma manera. Esta actitud puede llevar a la falta de cooperación, ya que las personas pueden no confiar en que los demás actúen de manera justa y benévola. Pregunto: ¿no será que caemos en un pesimismo antropológico que lleva a pensar que los seres humanos son inherentemente malos o egoístas, que nos lleva a crear vínculos de desconfianza en la relaciones interpersonales, que puede llevar a una falta de motivación para mejorar la sociedad en la que vivimos, creando una desmotivación para realizar acciones altruistas? Si se mantiene esta concepción ontológica sobre la condición humana, no es posible erradicar la violencia ni mucho menos la aporofobia en la vida en sociedad.
Son muchos los temas y debates que quedan abiertos en Tratado sobre la violencia, porque en este breve espacio son imposibles de desarrollar. Es por esta razón que hago una invitación a su lectura y discusión, ya que es una obra filosófica expuesta al análisis, a la crítica y, por supuesto, al debate público.



