Crítica

La frontera encantada: un guiño de aire fresco a la narrativa queer colombiana

Guissepe Caputo (Barranquilla, 1982) regresa al panorama literario nacional con esta novela, la tercera de su producción bibliográfica. El texto, que a todas luces reactualiza la presencia de las “narrativas disidentes” en las letras nacionales, se constituye no solo en un grito de legitimidad, sino en un llamado a repensar las sanciones de clase, las perspectivas del utilitarismo capitalista y la memoria familiar, casi siempre disfuncional.

Por: Alejandro Alzate

Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982), escritor colombiano. Foto: festivalgabo.com
Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982), escritor colombiano. Foto: festivalgabo.com

La frontera encantada es muchas novelas al tiempo, lo cual puede ser mérito o error de cálculo narrativo dada la desproporción que subyace a lo largo de la trama. Hasta el primer tercio, aproximadamente, la historia evidencia la vida del narrador y su contexto familiar, con sus dramas y aspiraciones arribistas, como se aprecia a continuación: “una parte tuya es más distinguida que la otra” – dejó su dedo en mi frente y, sin dejar de observarme, lo fue bajando por la mitad de la cara-. La vieja me miró más: subió el dedo por la barbilla y de nuevo a la frente, cruzándome boca y nariz. “¿Te das cuenta?”, me preguntó- ella estaba encantada y me estaba encantando a mí-. “De este lado -señaló el derecho-, “tu nariz es más es más respingada. ¿Si ves?”. Yo me quedé ante el reflejo, absorto y extrañado, sin terminar de ver lo que la vieja decía”.

Lo anterior configura un escenario que no resiste al advenimiento de la precariedad o el ninguneamiento social que desclasa. Por eso, aunque aparentemente simple o de trámite, el primer tercio de la narración va construyendo un subtexto poderoso: el del cuerpo que empieza, por su conformación y belleza, a ser la marca que resiste y repele la pobreza y lo que ella implica. “Acuérdate de eso: tu perfil derecho es elegante y el izquierdo, en cambio, es vulgar. Cuando te tomen fotos, muestra el lado derecho”. Le dije sí y me quedé mirándome.

A pesar de los esfuerzos de “la vieja”, el protagonista se resiste a ser lo que no es. Esto es muy interesante pues constituye, de entrada, una primera forma de disidencia: la social. “No supe qué hacer después del desplante. Fui un medio niño vulgar otra vez- yo no me sentía parte de la fiesta- y, desde una esquina, empecé a mirar el movimiento en el gran salón: me sorprendía que, habiendo tanta comida, los niños no se fijaran en los meseros. Yo solo quería comer. Mi ojo vulgar miraba todas las bandejas de plata, pero la mediacara distinguida recordaba la broma de mi hermano: ¡mostrar el hambre es de quinta!”.

Entre la falta de autenticidad y el experimento, el protagonista pone en tensión no solo los arribismos sino el falseamiento de las marcas culturales propias de las gentes comunes y corrientes, aspecto que causa un malestar notoriamente visible: “Qué vergüenza me has hecho pasar”, decía. “¡mostrar las medias rotas en esa fiesta!”. Como yo me quedaba en silencio, ella se enfadaba más: “Es que no van a decir que tú te quitaste los zapatos. Lo que van a decir es que mi nieto se los quitó. ¿Si me estás entendiendo?

Aunado a lo anterior, surge un aspecto no menos castrador: la presión del padre (del paterfamilias) por tener hijos ganadores y machos. – “(…) pero mi papá se plantó en la negativa: “tú tienes que ser un líder, un triunfador. No puedes calcar el mapa. Tienes que hacerlo a mano alzada: eso es lo que hacen los triunfadores”- me miró fuerte, como hechizándome: tratando de convencerme de su expectativa loca-. Entonces cogí el lápiz y me dijo: “No. De una vez con el plumero”, y apenas, con la tinta mojada, empecé a hacer el mapa mirando el que ya estaba completo, me dijo: “No, señor, sin mirar: eso es de mediocres”.

…Guissepe Caputo pone, sobre la mesa de nuestra producción literaria, una novela compleja que se suma a otras que también cuestionan, incomodan y hacen pensar.

La ecuación de los elementos hasta aquí referenciados solo se completa con la aparición de un drama más íntimo y personal y, a la larga, mucho más auténtico que los anteriores, determinados por las expectativas de otros. Se trata del rechazo en el colegio, lo cual marca a claras cuentas las relaciones de conveniencia entre escolares, mismos que después crecerán normalizando sin más, y casi por herencia o derecho adquirido, las formas ventajosas de interacción. “Mientras preparábamos la masa de galletas, y precalentábamos el horno, y esperábamos a que estuvieran listos los nuevos manjares de chocolate, el papá de Marcela llegó a la cocina. “¿No han empezado a estudiar?”, preguntó sin mirarme -sin saludar-, a lo que mi amiga[1] dijo: “Ahorita, papi, ya casi” (…) “como estoy castigada, le inventé[2] que íbamos a estudiar”- nos reímos alto y de inmediato sentí un alivio profundo: yo ya estaba pensando que la invitación había sido una trampa: otra forma de extracción ladina.

Establecidas las primeras bases de la narración, lo que sigue después, y de manera abrupta (sin ninguna transición dramática) es la larguísima irrupción de la mariconería. “Entonces nos dimos un beso babosísimo (con Francisco) y nuestro vigilante ya no se pudo componer: volteó la cara, volvió a mirar…Con su cara nos captó y nos tachó, y esto fue iniciado el siglo XXI, cuando aún retumbaba la voz del vecino que, a finales del siglo XX, había gritado desde su patio: “¿Quién fue el marica” -yo-, “el gran marica que se metió un jabón por el culo y lo tiró para acá?”. Y cuando aún retumbaba la voz de Margui gritando: “¡se te va a pegar el sida por los pies!”, cada vez que, a finales del siglo pasado, yo salía descalzo a la calle.

Foto: Random House.
Foto: Random House.

Dos aspectos se destacan en esta introducción narrativa a la otra parte de la novela: la queer. El primero, es la censura que se advierte con el uso del verbo tachar, lo cual se traduce en una sanción a las diversidades sexuales, y, en segunda instancia, el prejuicio frente al contagio del Sida a raíz de cualquier acción vital, así no esté relacionada directamente con lo pasional. Hasta el final, la trama evidencia el desenvolvimiento de una experiencia homosexual violenta y, al tiempo, subordinada e insubordinada. La mención a Fernando Molano, que no es un gesto casual, trivial o de trámite, puede explicarse básicamente desde dos perspectivas: la primera, es que lo reconoce como el gran exponente de la novela gay colombiana [3]contemporánea. A manera de llamado u homenaje, la mención tiene la doble función de tributo y apropiación o diseño de un rumbo narrativo en el que, vale la pena decir, la noción de calco (que no es plagio) resulta evidentísima en todo lo que se cuenta, sobre todo en la forma, en el cómo. Para comprobar esto, el lector tan solo tendrá que observar las marcas de insubordinación que entre amantes se dan en Vista desde una acera y Un beso de Dick. En segundo lugar, Fernando Molano reaparece para reivindicar el derecho a la ternura que se silencia en La frontera encantada, texto que pone sobre la mesa, y en cierta medida caricaturiza, la presencia de una masculinidad rígida y sin quebrantos, más propensa a la locura (la del padre) que a la apertura y flexibilización de las normativas morales y biopolíticas.

Dicho esto, resta por decir que Guissepe Caputo pone, sobre la mesa de nuestra producción literaria, una novela compleja que se suma a otras que también cuestionan, incomodan y hacen pensar. Me refiero, por ejemplo, y además de las del ya “clásico” Molano, a una novela muy nueva: Fiebre tropical, de Julián Delgado Lopera. Finalmente, y tras su lectura, cada lector habrá de preguntarse: ¿cuál es la frontera encanta y por qué lo es? ¡salud!


[1] La cursiva es nuestra.

[2] La cursiva es nuestra.

[3] Aunque Molano nunca quiso serlo. Sobre esto vale la pena consultar los testimonios de David Jiménez Panesso y Héctor Abad Faciolince.

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