“La Creatura”: el ídolo y el monstruo
El pasado viernes 25 de abril, en el marco de la Temporada de Teatro de Univalle, tuvo lugar la presentación de la obra La Creatura, una adaptación de la versión cinematográfica de Frankenstein. Fueron alrededor de cincuenta minutos de pura tensión que no dejó a nadie con los brazos cruzados. Tuvimos la oportunidad de asistir y esto fue lo que vimos.
Por: Mayra Alejandra Acevedo García
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

La presentación se realizó en la sala de teatro de Univalle, en el auditorio cuatro, y fue protagonizada por los estudiantes de la Licenciatura en Danzas. La dirección estuvo a cargo de dos grandes profesionales: Andrea Bonilla y Eder Montaño. La primera es bailarina afrocolombiana y docente, además de haber participado en montajes y proyectos artísticos, ya sea en la Universidad o en colectivos. Destaca su trabajo como bailarina en la corporación afrocolombiana Sankofa desde el 2005 hasta hoy. El segundo es licenciado en Arte Dramático de la Universidad del Valle y maestrando en Creación y Dirección Escénica. Cuenta con una amplia experiencia como actor y ha hecho parte de numerosos festivales, nacionales e internacionales. Su campo en el trabajo corporal son la acrobacia, la danza contemporánea y las artes marciales, específicamente el aikido. Los actores en cuestión fueron: Valentina Mora, Juan José Guzmán, Juan Esteban Durán, Nathalia Gutierrez, Juan Manuel Quijano y Laura López.
La obra nace del proyecto que cada semestre deben presentar todos los estudiantes del Taller de Creación. No hace falta haber leído el libro de Mary Shelly o haber visto una de las más de 120 adaptaciones que ha tenido a lo largo de la historia para comprender lo que está pasando delante de nuestros ojos. La esencia de Frankenstein está ahí, desde la música a través de la que lograron crear una atmosfera inquietante, hasta la brillante participación de los seis actores, sin olvidar el montaje, que no por ser menos “espectacular” fue menos impresionante. Aunque de esto hablaremos más tarde, pues la aparente sencillez no responde solo a criterios estéticos. Sea como sea, lo cierto es que, sin decir una sola palabra, todos los que estuvimos ahí comprendimos la eterna agonía del monstruo, dividido entre la voracidad del mundo que lo rechaza y la calidez de su alma pujante.
No es nuestro trabajo hacer conjeturas sobre la historia que se propone detrás de la coreografía, pues este no es el objetivo de la obra, que apuesta por un diálogo distinto, no mediado por las palabras. Más bien se trata del cuerpo mismo como medio de comunicación. Sin embargo, no podemos escapar a la tentación de hacer algunas apreciaciones, tomadas de lo que pudimos escuchar al salir del auditorio.

Aquí un resumen: hay dos fuentes de sonido, la que emana de las bocinas y la que viene de uno de los actores, el trompetista, vestido de manera diferente y con una función muy pelicular. No interviene en la obra como el resto, no “baila” ni forma parte activa de esa lucha que los entrelaza y los amiga. Apareció contadas veces, pero el sonido de su trompeta no dejó de escucharse en casi toda la obra. Algunos sugirieron que “orquestaba el baile”, otros que “ponía orden”, y los menos, “que hacía de vigilante”. Las tres opciones parecen coincidir en un rol de censura, que, si forzamos el vínculo con Frankenstein, nos podría hacer pensar en el dios creador, Víctor Frankenstein, quien da vida al monstruo. Esto no se entiende bien si no hablamos de la disposición del montaje. Hay tres escenarios: el suelo, una plataforma móvil y un espacio interior, enmarcado como una ventana o una pantalla. El trompetista emerge por ahí, en la pantalla, desde donde uno podría suponer que ejerce el control. Alguien afirmó que esta lógica espacial obedece a instancias ideales, de las que el suelo representa el nivel más bajo y la pantalla el más alto. No por nada parecía que todos los actores se peleaban o colaboraban para llegar hasta ahí, para alcanzar el estatus de su “creador”. La movilidad de la plataforma jugaría entonces como los mecanismos de ascenso, que te pueden elevar pero que también te pueden devolver al suelo.
La esencia de Frankenstein está ahí, desde la música a través de la que lograron crear una atmosfera inquietante, hasta la brillante participación de los seis actores, sin olvidar el montaje, que no por ser menos “espectacular” fue menos impresionante.
Si tuviéramos que hablar de momentos, como una obra de teatro convencional, lo resumiríamos de esta manera: un grupo de ídolos perfectamente alienados asisten al nacimiento de uno de ellos —aunque no se descarta que estos representen a la sociedad misma—. La disrupción provocada por su inadecuación los arroja a una discusión corporal que busca normalizarlo, aunque por el camino ellos también se liberen de la tutela de su creador. El segundo momento es de regresión, en un intento por recuperar el estatus perdido, y el tercero, con el juego de luces final vendría a ser el de escape. Los actores encuentran una alternativa más allá del escenario, es decir, del mundo en el que han vivido.
También hubo espacio para realizar un par de referencias, o lo que nosotros creemos que fue una, como en el momento en el que dos actores se tocan la punta de los dedos, en una composición que recuerda mucho a la Creación de Adán (1511) de Miguel Ángel, lo que podría no ser gratuito, dada la temática. Esto ocurrió dos veces, y no sabemos si quizá nos perdimos de más, pues resulta evidente que cada detalle estuvo milimétricamente pensando. De ahí que no percibiéramos ni la menor falla a nivel de coreografía; era casi como si les saliera natural y no lo hubieran ensayado desde hacía dos meses. Y no solo se trató de mover el cuerpo, también hubo un loable trabajo a nivel de expresión facial. No es nuestra intención diferenciar a uno de otro, pues al final el rostro y el cuerpo son un todo, pero no siempre resulta tan manifiesto, ni se lo emplea de la manera que ellos lo hicieron. Por las expresiones o el movimiento de los ojos uno podría tener una idea de lo que estaba pasando.
Muchos quedaron con la idea que, en un mundo hostil, solo puede salvarnos el compañerismo. Y eso fue lo que creímos ver al final de la obra, cuando todos se reúnen alrededor de la luz cálida que los mira de vuelta, como una ventana distinta a la que tienen a la espalda. De ser así, estamos hablando de un “final feliz”, aunque no está nada dicho. Tal vez ese fue uno de los mayores aciertos de la obra: nos dejó a todos pensando.

A las 7:05 pm las luces se apagaron. El aplauso que recibieron los actores se prolongó por casi tres minutos y, como si la realidad copiara al arte, el compañerismo que mostraron los actores fue de admirar. No solo abundaron en aplausos, también recibieron besos y flores por parte de sus familiares. Tuvimos la oportunidad de hacer una breve entrevista a Laura López y a Juan Esteban Durán. Ambos hablaron sobre el trabajo detrás de la obra, sus emociones y sus perspectivas. Para Laura López es muy importante hacer introspección, para así poder expresarse frente a los demás. Afirma que hacer teatro como mujer es muy gratificante porque así puede sacar todo lo que siente. Para Juan Esteban Durán, el trabajo interpretativo es un tanto difícil, pues más que actor se considera un formador. Lo cierto es que ambos coinciden en calificar el momento de la función como un “goce”.
Gracias a uno de los actores pudimos conocer más detalles acerca del montaje y de la producción. Aunque la Universidad otorga un presupuesto para el Taller de Creación, la mayoría de las necesidades deben cubrirlas ellos mismos. Por lo visto hubo problemas al momento de organizar los telones, así como con otros aspectos vinculados a la escenografía. En cuanto a la plataforma movible, era una armazón que se encontraba por ahí y que ellos adecuaron para la obra. “Nosotros hacemos lo que podemos con las uñas como estudiantes”, afirmó.
Quisimos entrevistar al director, pero en ese momento se hallaba muy ocupado y no tuvimos oportunidad. Afuera nos esperaba el frío en los pasillos de Univalle. La discusión en torno a la obra nos acompañó hasta bien lejos, hasta que el resto de los asistentes acabaron por dispersarse. Por lo que pudimos escuchar, parece que todos salieron convencidos de que también hay arte en la danza contemporánea.



