Crítica

La Biblioteca Nacional de Colombia recupera una nueva versión de Juan Gil, ópera prima de José Eustasio Rivera

Históricamente, han sido cuatro los principales autores que internacionalizaron la literatura colombiana: Jorge Isaacs, en el siglo XIX, y José Eustasio Rivera, Manuel Zapata Olivella y Gabriel García Márquez en el XX. El primero, cultivó el más caro espíritu romántico de su tiempo. María (1867) novela, poema y documento, se erige como canto de libertad y constancia del pensamiento liberal de su autor. Con la obtención del premio Nobel, García Márquez situó las letras nacionales en lo más alto del escenario mundial. Cien años de soledad (1967) constituyó no solo una crítica al capitalismo transnacional, sino la más desbordante muestra de escritura musical, cultura popular y ficción. Con La Vorágine (1924), Rivera consiguió elevar a su máximo nivel la novela telúrica, tan denostada por algunos críticos. Con esta obra, nuestra literatura tuvo un segundo momento de esplendor después de la exitosa publicación de María. Finalmente, Zapata Olivella elaboró la más ambiciosa y compleja reflexión en torno a la diáspora africana en América. Changó, el gran putas, se consolida, en ese sentido, como un fresco que mezcla mitología, historia, antropología y conciencia racial.

Por: Alejandro Alzate

José Eustasio Rivera (1888 – 1928), escritor colombiano. Foto: iejoseeustasiorivera.edu.co
José Eustasio Rivera (1888 – 1928), escritor colombiano.
Foto: iejoseeustasiorivera.edu.co

Para fortuna de la tradición literaria colombiana, la Biblioteca Nacional ha recuperado Juan Gil, obra debut de José Eustasio Rivera. El hallazgo, a todas luces capital, y que estuvo extraviado por más de cincuenta años, fue recuperado por el jesuita Luis Carlos Herrera, quien “desempolvó el manuscrito en 1971”. No obstante este hecho, y tal como lo precisa Juan Gabriel Cortés en Juan Gil: la muerte del ideal, gran parte de la crítica nacional no juzgó positivamente el texto y siguió ponderando La Vorágine como la obra riveriana por antonomasia.

Dadas esas circunstancias histórico-literarias, el presente acercamiento pretende mostrar el lugar de esta novedad editorial, de corte teatral, dentro del acervo bibliográfico del nacido en el Huila, en 1888.Varios son los aspectos a destacar: en primer lugar, resalta el hecho de que el documento haya sido escrito por un joven y pulido autor. A la fecha de su publicación, Rivera ajustaba apenas 23 años; momento vital temprano que ya advertía sus potencialidades expresivas. En segunda instancia, el drama propuesto pone en evidencia la crisis espiritual que generaron tanto la migración del campo a las ciudades, como la conformación, y subsecuente mixtura, de la burguesía en Bogotá.

En tercer lugar, es acertado mencionar que el ninguneamiento crítico que padeció Juan Gil no fue óbicepara que obtuviera encomios por parte de Los Centenaristas. Dentro de estos, un escritor como Luis Eduardo Nieto Caballero señaló que oír a Rivera le produjo un “asombro admirativo”. Asimismo, fueron generosos en su apreciación figuras cimeras de la crítica literaria colombiana como Carlos Cuervo Márquez y Antonio Gómez Restrepo. Dicho esto, surgen algunos ejes de reflexión importantes: ¿cuáles son las situaciones/tensiones que pone en evidencia la obra? ¿Cuál es la lectura que de la sociedad plantea? Inicialmente, ha de decirse que Juan Gil da cuenta de un problema en torno a la “transición de la mentalidad premoderna”, y rural, que se enfiló hacia la modernidad urbana. Esto se ejemplifica, a modo de fractura y desgarramiento, cuando la familia tolimense, a la cual pertenece el protagonista, se instala en Bogotá. Es este hecho el que permite conocer los cambios que surgieron con la nueva vida, social y espiritual, que impuso la capital. De acuerdo con Juan Gabriel Cortés, “el autor concibe un cuadro social de falsedad, angustia y desesperanza, una familia que oculta la verdad para no perder la honra y la estima social, pero que, finalmente, termina purgando el pudor y la culpa con la muerte de uno de sus integrantes. La familia ha vaciado de sus imaginarios la trascendencia y la verdad”.

Juan Gil pone en evidencia cómo el proceso de integración de la familia rural a la mediana aristocracia capitalina deviene en desgracia. Su incorporación no solo resulta desgastante sino insuficiente para alcanzar el “alto tono” social que se pretende.

Conforme ha identificado la crítica, superar la premodernidad generó una marca arquetípica; tanto así para la literatura decimonónica, como para aquella que saludó las primeras décadas del siglo XX. En uno y otro caso, el punto de quiebre tuvo relación directa con el advenimiento de dinámicas incipientemente industriales. En ese sentido, la clausura del “mundo de hacienda” establecía lo inevitable, es decir, el surgimiento de nuevas dinámicas económicas, morales y culturales, por un lado, y la aparición de renovadas violencias, por otro. Sin lugar a dudas, fue María, de Isaacs, la novela emblemática en lo atinente a la primera categoría. En el mismo momento cuando Efraín sale “estremecido por la pampa solitaria”, se cierra el mundo de los hacendados y los latifundios en Colombia. El drama final no encierra otra cosa que el terror por lo advenedizo: un irrefrenable vuelco industrial que sacralizaría el capital y las relaciones de subordinación en torno suyo.

Lo anterior permite inferir que la lectura de la sociedad observada por Rivera es compleja. Tras la independencia de España, la fundación de la nueva República dio paso a la configuración de grupos sociales inestables, disímiles y mutuamente excluyentes. El campo sufrió una suerte de vaciamiento y las ciudades se convirtieron en receptáculos plagados de atavismos y clasismos propios de la herencia ibérica, otrora sinónimo de sofisticación. Juan Gil pone en evidencia cómo el proceso de integración de la familia rural a la mediana aristocracia capitalina deviene en desgracia. Su incorporación no solo resulta desgastante sino insuficiente para alcanzar el “alto tono” social que se pretende. Si acaso, la “aristocracia de provincia logra adherirse a la mediana burguesía capitalina”, con lo cual no se logra consolidar una casta robusta, expansiva y auténtica.

Ópera prima del escritor colombiano José Eustasio Rivera. Foto: lanacion.com.co
José Eustasio Rivera (1888 – 1928), escritor colombiano.
Foto: iejoseeustasiorivera.edu.co

No ajeno a esta dinámica histórica, Rivera analizó la ciudad como el espacio que redefinió prácticas y formas de interacción. En ese sentido, la familia, a tientas entre el pasado rural y el presente urbano, se fractura en su constitución axiológica y da paso a una nueva unidad secular. También, los valores de cuño hispánico en torno a la fe, por ejemplo, se ven amenazados y el desencanto se hace protagónico. Así permite entreverlo el siguiente fragmento: “Vil condición la nuestra. No tenemos un ideal preciso que rendirle a nadie, ni a los hijos, ni a la esposa ni a la patria”.

Desde otra perspectiva, el advenimiento a la ciudad testimonia nuevas representaciones de la violencia; tal como permiten apreciarlo Juan Gil y Pilar, su joven esposa. Este detalle es importante y problemático al mismo tiempo. Por un lado, y en esto no profundizaremos aquí, en el manuscrito que de la obra dio a conocer el jesuita Luis Carlos Herrera, se advierten variaciones en relación con la versión recién encontrada por Norma Donato, en Manizales. En la primera, al parecer, hubo modificaciones respecto a la escritura original. La intención, aún desconocida, pero conjeturable a partir de la conveniencia que suponía difundir textos que ayudaran a preservar valores católicos, invita a pensar que la obra debía guardar correspondencia con ciertos preceptos didácticos y ejemplarizantes de la Iglesia.

…esta pieza teatral, primeriza y atropellada, es capital; no por su exquisitez técnica, pero sí por advertir las preocupaciones que se textualizarían después en La Vorágine.

En razón de ello, por ejemplo, Pilar se presenta al lector casada con Juan y alejada totalmente de Mario, el hombre de quien furtivamente se enamora. No obstante, la “audacia” del editor no logró suprimir un hecho sustancial: lo que unió a la mujer con Juan Gil no fue el amor, sino la necesidad de disimular un adulterio: el hijo que daría a luz era de Teodoro, su exnovio. En torno a este hecho, Donato comentó a El País que es “un cliché del patriarcado. Es la mujer que ha perdido su virtud y le quiere embocar un niño a un hombre. Es una justificación de la violencia y los celos de él, que queda como víctima”.

Ahora bien, si de virtudes perdidas se trata, cabe señalar que García Márquez también abordó el tema en Crónica de una muerte anunciada. En la novela, Ángela Vicario condenó a muerte a Santiago Nasar tras responsabilizarlo por la pérdida de su virginidad. De esto se derivó que sus hermanos, junto con su familia víctimas de la afrenta, hayan destazado a puñaladas al supuesto agresor. Con esto se cierra no solo la trama, sino que se restituye la honra.  Tanto Pilar como Ángela Vicario protegieron a alguien. Ese hecho es tan claro como aquel que sugiere que, al código de silencio, estuvo aparejado, siempre, el código del honor.

Concluida la digresión, es importante referir que la violencia se presenta “suspendida” en la versión de 1971, lo cual permite pensar que la crianza de Rivera, de fuerte y reconocido acento conservador, debía preservarse de cara a la configuración del incipiente canon literario colombiano. Lo complejo de esto es que se niega el estatuto ficcional ante la imperiosa necesidad de forzar la correspondencia entre vida y obra. En aras de esta tentativa, debieron sacrificarse algunas imaginerías que no se correspondieran con la biografía del escritor.

De manera contraria, en la versión recientemente encontrada no se matiza el drama entre Juan Gil y su esposa. En esta, el hombre está casado con Pilar mientras ella se encuentra enamorada de Mario, quien no corresponde a sus apetencias carnales. Conocedor de esto, Juan Gil se muestra abiertamente violento, loco y obsesivo. De hecho, son varios los personajes que intervienen para que no asesine a su licenciosa cónyuge. Las diferencias, evidentes, parecieran dar vida a dos textos distintos; dos textos que poco tienen que ver entre sí. Lo problemático de esto es que se desdibuja a Rivera en su calidad de autor interesado por los problemas de su tiempo.

Llegados a este punto, y para finalizar, es necesario responder la pregunta capital de estas líneas: ¿qué lugar ocupa Juan Gil dentro de la obra de José Eustasio Rivera? En aras de intentar una respuesta, ha de decirse que esta pieza teatral, primeriza y atropellada, es capital; no por su exquisitez técnica, pero sí por advertir las preocupaciones que se textualizarían después en La Vorágine. Dentro de éstas, la pérdida del paraíso es fundamental. Una vez instalados en la ciudad, los personajes rememoran la placidez de los días de hacienda. Asimismo, los conflictos, motivados por las bajas pasiones y el desamor, se presentan estremecedores y delirantes. En La Vorágine, a su vez, la selva se muestra como un lugar de muerte y confinamiento, como un escenario jalonado por las fuerzas de la más mezquina rentabilidad derivada de la explotación del caucho. Uno y otro contexto dan cuenta de la perdición. A un tiempo, uno y otro permiten entrever un proyecto fallido de modernidad en el que nada redime. Ni en Juan Gil liberan el amor y el traslado a la urbe, ni en La Vorágine lo hacen el dinero y la imposición de una masculinidad arbitraria e indolente. Con una década de diferencia entre la publicación de los dos textos, Juan Gil permitió al escritor hacerse preguntas en relación con la condición humana, la codicia y la imperiosa necesidad de distinción entre vulgo y aristocracia. Dicho esto, y tal como lo plantea el investigador Rigoberto Gil, “todo hallazgo de un documento inédito será una estupenda noticia para la cultura letrada. [En el caso de Rivera] su ópera prima revelará signos, dirá de sus inicios como narrador y permitirá conocer sus preocupaciones intelectuales. Eso es lo que debemos celebrar más allá de la calidad estética y del alcance poético del texto”.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba