Entrevista

Julián Chang: “Tenemos una gran capacidad de volver paisaje lo que en principio nos impacta”

Con Los desterrados, su segunda novela, el escritor caleño Julián Chang analiza y observa la diáspora venezolana en Cali. Los dramas que encierra y las sensibilidades que circundan en torno a ella, se entrecruzan en una historia que va de la desesperanza a la inocencia, valiéndose de ciertos atisbos de luz. La Palabra conversó con el escritor sobre el sentido de la literatura en general, y de esta obra en particular.

Por: Alejandro Alzate

Julián Chang, escritor caleño.
Foto: centrointegral.com.co

Alejandro Alzate (AA): En Los desterrados, tu nueva novela, el drama que han sufrido quienes integran la diáspora venezolana se humaniza más allá de lo estadístico. ¿Cómo pensaste la historia para que conmoviera sin caer en el patetismo o el lugar común del desposeído, del derrotado?

Julián Chang (JC): Traté de retratar a los inmigrantes venezolanos como seres humanos. Con esto, me refiero a intentar abordarlos desde su condición de personas, más allá de su nacionalidad. Son personas comunes y corrientes, con sueños, frustraciones y miedos. Cuando intentas retratar un personaje prescindiendo de un tamiz moral, su humanidad aflora de una manera más natural. Entonces lo que sucede, o lo que me sucedió a mí, fue que me conecté profundamente con sus luchas; mientras narraba, me iba conmoviendo con sus historias. Y en esa medida, los lectores también han logrado conectarse. Me lo han dicho. Sintieron esa honestidad. Al abordar desde la narración a los personajes como seres humanos dignos y completos, las vicisitudes que se les presentan provienen de las circunstancias por las que atraviesan; son víctimas, en cierta medida, tratando de levantar la cabeza y seguir adelante. Abordarlos desde su dignidad, me parece que me alejó de hacerlo desde el patetismo y la porno-miseria.   

(AA): En la novela es apreciable cómo la historia y dignidad de los desterrados son tratadas con sumo respeto. ¿Es el texto en sí una querella contra la indiferencia y el ninguneamiento?

(JC): En parte sí lo es. Vivimos en una sociedad anestesiada. Tenemos una gran capacidad de volver “paisaje” lo que en principio nos impacta. Tal vez sea un mecanismo de defensa para asimilar la virulencia de nuestra realidad. Los inmigrantes venezolanos son una muestra de esa indiferencia que llega a mediano plazo luego de un remezón. Es un patrón que se repite: llega la conmoción inicial, el acoplamiento a esa situación, y con el paso de los días, la indiferencia. También puede influir el espíritu de la época, en la que los estímulos sensoriales abundan; los tiempos líquidos de las redes sociales. Tenemos a la mano muchas opciones en la superficie, pero profundizamos poco. Porque profundizar requiere tiempo, paciencia, enfocarse en un objetivo, refrenar la inmediatez. Eso pasa en las relaciones humanas, en los propósitos existenciales que cada cual se traza, quiéralo o no. Hemos perdido la capacidad de asombro. El silencio es un espacio para respirar, una melodía silente que se debe conquistar en la quietud de los pensamientos.

(AA): Rosaura es un personaje amasado con el barro del infortunio. No obstante, reivindica una cierta ingenuidad. ¿Aún queda inocencia en esta Cali tan abatida y golpeada por los malos gobiernos y el individualismo?

(JC): Yo quiero creer que sí. Pero como escribió Facundo Cabral, “una bomba hace más ruido que mil caricias”. Siempre hay gestos de humanidad y de civismo subyacentes en una ciudad en la que el espíritu de comunión parece ser cosa del pasado. Es cuestión de aguzar un poco los sentidos.

(AA): La novela nació de una experiencia real que tuviste con una migrante. ¿Puedes contarnos algo al respecto?

(JC): En febrero de 2022, en mi primera semana como coordinador de la Biblioteca del Centenario, cuando salía de la Estación Estadio del MIO, una señora venezolana en situación de discapacidad me pidió que la ayudara a encontrar un baño: tenía una necesidad fisiológica urgente. En principio, me resistí a ayudarla. Por un lado, no quería llegar tarde a mi nuevo cargo, y por otro, por esa misma desconfianza que nos embarga como sociedad, temía que todo se tratara de una treta para asaltarme. Finalmente, la llevo por algunas calles hasta encontrar un baño. La señora, visiblemente emocionada, luego de que incluso la ayudé a acomodar en el retrete junto con unas mujeres de una heladería, me dice, cuando me despido, tomándome de las manos: “Niño, lo que hiciste por mí no tiene precio; que Dios y la Virgen te guarden y te bendigan”. En ese ese momento sólo quería llegar a la biblioteca. Pero al cabo del tiempo, me empezó a rondar una pregunta, que es el germen de la novela, y es: ¿cómo carajos hizo esa señora para llegar en silla de ruedas desde Venezuela?

Traté de retratar a los inmigrantes venezolanos como seres humanos. Con esto, me refiero a intentar abordarlos desde su condición de personas, más allá de su nacionalidad. Son personas comunes y corrientes, con sueños, frustraciones y miedos. Cuando intentas retratar un personaje prescindiendo de un tamiz moral, su humanidad aflora de una manera más natural.

(AA): ¿Qué es el exilio para Julián Chang? ¿Qué dramas implica?

(JC): El exilio, a diferencia del destierro, puede ocurrir por voluntad propia. Un exilio político, por ejemplo. Mientras el destierro era una de los castigos más dolorosos en el mundo antiguo. Un gobernante podía desterrar a alguien de su terruño y a la persona no le quedaba más remedio que emigrar. Era una condena, ante todo, para delincuentes. Voltaire consigna ese concepto en su Diccionario Filosófico. Ningún gobernante expulsó, de manera explícita, a los venezolanos de su país; lo hicieron las mismas circunstancias. Lo mismo ocurre en el conflicto interno colombiano, aunque en nuestro país, los grupos irregulares sí han propiciado destierros, en lo que se conoce como desplazamientos forzosos. Concibo el destierro como algo parecido a lo que John Milton llamó “el paraíso perdido”. Es la tragedia de un ser humano cuando se queda sin ese segundo piso identitario que nos fundamenta como seres tribales (el primero, según los entendidos, es el “ego”, la conformación del “yo”), con todas las emociones asociadas que implica una pérdida de tales proporciones.  

Foto: edicioneselsilencio.com

(AA): A lo largo de la novela, Cali se presenta como un lugar feroz y agresivo, muy lejano de las dinámicas culturales que lo caracterizaron en los años sesenta y setenta. ¿Qué posibilidades literarias brinda esta “nueva” ciudad?

(JC): Esa es, precisamente, una de las preguntas que me atravesó durante toda la escritura del texto. Y en ese sentido, hay una ruptura con mi primera novela, Cuando suena la brisa (2016). En esta, escribí sobre la Cali de los años noventa; sobre su juventud, sobre su música, sobre la mitología urbana que permea la historia de la ciudad. En cierto sentido, era una Cali idílica, a pesar de todas sus problemáticas. Luego no quería escribir más sobre Cali. Me quería “descaleñizar”.  Por esa razón, empecé a escribir una novela en la que me inventé un lugar ficticio, tipo Macondo o Santa María. Pero luego del llamado estallido social y de atravesar un profundo cuestionamiento personal en mi última etapa como director de la biblioteca, decepcionado por la manera en que los políticos permean de manera negativa el quehacer de la cultura, sentí que debía hacer un paréntesis y escribir sobre mi ciudad, pero esta vez, tratando de comprender cuál era esa nueva Cali que me avasallaba y me resultaba ajena. Los desterrados también es un esfuerzo intelectual por comprender las nuevas realidades de Cali.  Por eso no podía dejar de lado los últimos acontecimientos: el estallido social, el COVID, la escisión entre dos grupos que sienten que tienen visiones antagónicas e irreconciliables: la llamada “gente de bien” y los denominados vándalos o marginados (la manera en que utilizamos el lenguaje también nos da una pista sobre la clase de prejuicios y los estados de ánimo que nos gobiernan). Esta es una ciudad que se desmoronó, pero siempre hay espacio para que la literatura entre y haga preguntas, narrando, iluminando zonas que solo ella puede esclarecer. Las posibilidades debe encontrarlas el autor.

(AA): El proceso de escritura muestra diversos registros. La historia va de la prosa lineal a la entrevista, y de la crónica al documental. ¿Te interesa el collage como método de composición literaria?

(JC): No creo mucho en la división de géneros a la hora de escribir. Lo importante es echar mano de lo que sirva para la historia. En esa medida, hay un elemento de autoficción, puesto que yo mismo soy el narrador de la historia, pero hay elementos de crónica también. Hablé con muchos venezolanos. Los escuché, grabé sus testimonios. Utilicé algunas cosas puntuales. Para mí fueron importantes, ante todo, para ambientar la historia. Lo fundamental para mí era plasmar la dimensión humana de la tragedia, más allá de evidenciar posturas políticas. Por eso es, sobre todo, una novela, porque no todo es estrictamente real. Es decir, los personajes pertenecen más al campo de la ficción, y la historia como tal se inscribe dentro de las reglas propias de la literatura. En el texto salen a flote algunos destellos de tipo filosófico, de reflexión, que emergieron de forma muy orgánica. Para mí era importante que estuviese arropado por un aura poética. Es el tipo de escritura que más me gusta.  

La recepción de la novela ha sido muy positiva. En el cuarto mes desde su lanzamiento en la FILBO, ya iba por la tercera edición, algo poco usual en el ámbito literario local. La están leyendo personas de distintas generaciones (…). Lo que más rescato de lo que me han dicho, es que la novela los ha sensibilizado con el tema de los migrantes, llevando incluso a que hayan tomado cartas en el asunto, tendiéndoles una mano con acciones concretas.

(AA): En Colombia, los propios connacionales sufren a diario el destierro. ¿Qué opinas del drama interno, de los desplazamientos forzosos y demás flagelos que han provocado movimientos de poblaciones a los grandes centros urbanos?

(JC): Vuelvo a lo mismo: también lo hemos convertido en “paisaje”. Yo no estoy exento de esa normalización de las cosas. Una tragedia humana como la que pasó y le está pasando a nuestros hermanos venezolanos nos tiene que hacer reflexionar también sobre la tragedia que padecen miles de compatriotas, no ahora, sino desde hace muchísimos años. Cali, como otras de Colombia, es una ciudad de desterrados. Ya no son tantos los migrantes que vienen por voluntad propia a labrarse un futuro. Y a esto se le añade otra cuestión: muchos caleños raizales nos sentimos desterrados de nuestra propia ciudad aun habitando en ella, frente a las nuevas realidades que ya anoté. Y en esa medida, quise jugar un poco con el concepto de destierro en términos filosóficos. Ampliarlo para que reflexionemos sobre las nuevas realidades de nuestra ciudad, que el estallido social no hizo más que evidenciar.

(AA): ¿Qué sentido tiene hacer literatura hoy en día? ¿Escribir para qué?

(JC): Como primera medida, yo creo que un escritor escribe para dar rienda suelta a sus propias pulsiones. Es una especie de danza entre Eros y Tánatos, en la que no hay mucha alternativa, más que darle espacio para que esa fusión entre vida y muerte tenga lugar. Yo concibo la literatura como una práctica espiritual. La escritura de cada texto me cuestiona, ejerce un poder de exorcismo sobre mí, me abre nuevos horizontes. La literatura siempre ha sido de minorías. Los escritores a veces nos creemos muy importantes, pero en realidad son muy pocas, en términos proporcionales, las personas que nos leen. Para esas personas también escribimos, sabiendo que la literatura es una trinchera de resistencia que existirá en la medida en que ese impulso por explorar la condición humana, con todas sus vertientes, esté latente.  La literatura siempre tendrá sentido desde que haya alguien que la escriba. Y si hay alguien que la lee, ese sentido se ahondará y se multiplicará.

(AA): ¿Cómo ha sido la recepción de la novela?

(JC): Muy positiva. En el cuarto mes desde su lanzamiento en la FILBO, ya iba por la tercera edición, algo poco usual en el ámbito literario local. La están leyendo personas de distintas generaciones. En general, los comentarios han sido muy positivos. Lo que más rescato de lo que me han dicho, es que la novela los ha sensibilizado con el tema de los migrantes, llevando incluso a que hayan tomado cartas en el asunto, tendiéndoles una mano con acciones concretas. Cuando escuché eso, sentí una de esas pequeñas victorias de la cual un escritor puede jactarse en vida, más allá de un premio o de la fama, siempre efímera.

Julián Chang y Jair Villano en la presentación de Los desterrados, FILBO 2023.
Foto: elpais.com.co

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