Homenaje a Leonor González Mina
Por: Pedro Luis Serna Alonso
Estudiante del Doctorado en Humanidades, Univalle

Foto: Tomada de marieclairecolombia.com
¡Pueblo afrocolombiano, entona el alabao para el velorio de la “alondra negra”, inicia el lumbalú que acompañe su camino de retorno a la casa de los ancestros y honre la memoria de tu “diosa de brea”! Sobrecogidos, sigamos la ascensión de su alma intentando desandar sus pasos, apenas unas breves palabras… En el principio, la meseta interandina, el pueblo de Robles, limítrofe con el departamento del Cauca, de allí provenía su linaje de fundadores, antiguos esclavizados que a pulso trabajaron la tierra y se adueñaron de ella. La primavera campesina, entre la casa paterna y los caminos que conducían a las fincas de Buenos Aires, al otro lado del gran río; recorriendo sus riberas, sus lazos ancestrales, apenas intuidos, la empujan a imitar el canto de los pájaros. O bajo el ropaje cristiano de sus padres, el espíritu africano, y Leonor corea, hechizada por las voces prodigiosas de sus tías, la liturgia de su sino. Junto al Samán, en el centro de la plaza, la feliz infancia, el calor del abrazo de las músicas de africanía, y las enseñanzas de los cuentos del tío conejo, o la palabra que conjura a la bruja que habita el tutelar cerro que cuida a los robleños. Y la familia extendida, inmensa, venida de lugares distantes, llega a la casa para celebrar las navidades, y entonces la madre, orgullo de su raza, la gran cocinera, prepara con sapiencia y cariño el manjar blanco que se derrite entre sus labios.
Los niños crecen. Es hora de continuar los estudios en la ciudad de Cali. Brotan las primeras lágrimas de las vivencias del racismo; el Conservatorio de Cali rechaza a la niña por ser negra. El dolor y la rabia se instalan en su corazón, pero comprende con entereza que aún no es tiempo, Elegba aún no ha abierto esos caminos signados por los dioses, así que mientras tanto, se prepara en la iglesia de Santa Rosa, cautivando a los feligreses. Al mismo tiempo, se escabulle para participar en los concursos de aficionados que organiza la emisora La Voz de Cali, ganándolos muchas veces. Y de la mano de su tío Fabriciano, padrino que preside la ceremonia, transita la Cali moderna, presencia espectáculos y conciertos musicales, alimento de su sueño.

Foto: Tomada de lascancionesdelabuelo.blogspot.com
Muy pronto la negritud tocaría a su puerta. En Bogotá, su hermano y confidente, Raúl, entabla amistad con Manuel Zapata Olivella, y lo invita a Robles para que conozca las manifestaciones musicales de la región. Durante su estadía, Manuel la oyó cantar y, de inmediato, mirada aguda que vaticina el futuro, le ofreció ser parte del grupo que había formado con su hermana Delia; estaban en la tarea de ensamblar un grupo de músicos y bailarines que viajaría al VI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú para presentar, en nombre de la Nación colombiana, una serie de números artísticos de nuestra vena africana e indígena, un conocimiento-otro, valioso y complejo, la verdadera episteme de los desposeídos. Se forja la leyenda: se escaparía cinematográficamente de la casa paterna, cuando la mandaran a Cali a vender en el mercado el cacao recogido de las fincas, enviaría la maleta unos días antes donde una amiga, quien le entregaría el tiquete de avión para ir a Bogotá, comprado, cómplice de los dioses, por Manuel.
En la fría Bogotá se fragua el carácter de hierro, el ensayo de los pasos de las distintas danzas, la coordinación de los cantos y los instrumentos, una y otra vez, para poder inyectarse los ritmos hasta en los tuétanos. Aquí el proceso de aprendizaje que avala su sabiduría y, tras perfeccionar su arte, parte hacia París. El lugar de la epifanía, donde el rayo toca a su hija, el teatro Olympia. Como en un presagio, la víspera lloró conmovida en el recital de Edith Piaff, y, como en la víspera, el lugar estaba a reventar. La orden de Manuel: Leonor debía cantar entre número y número, mientras el grupo se cambiaba de ropa y arreglaba los otros instrumentos. Sola en el centro del escenario, la campana y el tambor dándole la entrada, cerró los ojos y alzó su portentosa voz, moldeada para alcanzar lo sublime y la liberación del alma, y fue ovacionada de pie y entre aplausos por el público francés. Después del Festival, el grupo se presenta en otras ciudades de la Unión Soviética y de Alemania, y tomando el tren Transiberiano, se presenta también en la China de Mao. Finalmente, retornan por España, participan en festivales en distintas ciudades, recogen premios y vuelven a París para tomar el barco de vuelta a Colombia.
Profeta, construyó con su arte la identidad de la nación colombiana desde un punto de vista otro, bogando con su voz, persistente, en contra corriente de las aguas de la colonialidad. Cantaora elegida de poetas, ella misma poesía, el canto para que los oídos sientan esa manera de sentir de sus raíces.
Breve y sentida la alegría del retorno a la casa paterna, pues debía marcharse enseguida y proseguir su camino, iniciada que sabe lo que le depara el destino. Los estudios de canto y teatro en el Conversatorio de Cali. En Bogotá, de día, toma lecciones con la maestra Silvia Moscovitz, y en la noche, en el centro nocturno La Casbah, hace dúo con el maestro Pinzón Urrea. Pronto Leonor conquistaría los grandes escenarios. Por recovecos la oportunidad aparece: la llama Delia para que vuelva a integrarse al grupo. No lo piensa mucho: para interpretar el alma de su pueblo, debe conocerlo. Adquisición del conocimiento desde adentro, recorre y se empapa de otras manifestaciones culturales de sus hermanos de Nariño, el Choco y el Cauca. El mejor guía que pudo tener el grupo, su futuro esposo, Esteban Cabezas Rher, oriundo del Charco, antropólogo e investigador del acervo afropacífico. Antes de que finalice el periplo, ya están enamorados. Esteban se convierte en su manager y, en el marco del IV Festival de Arte de Cali de 1964, la promociona como una de las artistas principales del evento, comparte escenario con Rafael Escalona y Atahualpa Yupanqui. Y canta, posesa, acompañando a la Coral Palestrina y a la Orquesta Sinfónica del Valle. Entre el público, Hernán Restrepo Duque, director musical de Sonolux. Tan pronto terminó la presentación, la buscó y le propuso grabar un disco, Cantos de mi tierra y de mi raza.
El álbum, representación del folclor negro, no solo del Pacífico, sino de Colombia y de Latinoamérica. Momento histórico: sería la primera vez en Colombia que se grabase la música del Pacífico y la primera vez que una artista negra saldría en la carátula de un disco. La grabación fue transformadora, subversiva. Así lo resume la cantautora chocoana Zully Murillo: “Sentir en esos años que nuestra música ya estaba siendo interpretada, que había sido llevada al acetato en esos tiempos, eso fue algo que nos impactó, revolucionó por completo (…) fue como un rayo que cayera y que iluminara todo”. En Guapi, revela el escritor Alfredo Vanín, fue tal el éxito que no había una sola casa en el pueblo que no tuviera su disco, que no coreara el estribillo, “Aunque mi amo me mate a la mina no voy”. Cantos de mi tierra y de mi raza, el primero de sus más de treinta discos, momento en que fue bautizada con el nombre de sus jinetes, La Negra Grande de Colombia. Tras el rotundo éxito, al año siguiente, la grabación de un nuevo éxito, Mensajes de mi tierra y de mi raza, en la misma línea del anterior, con canciones nacidas de la guasá, las marimbas y los tambores, y en la voz de Leonor, como sentencia el poeta Helcías Martán Góngora, “gozo mágico y renovado manantial de euforia”, pues “la negra grande de Colombia fue esculpida por el fuego sagrado en la cantera ancestral de la noche”.

Lo que sigue es la inmortalidad, los sucesivos álbumes que sacuden el alma de los colombianos, las giras por el mundo llevando el mensaje, centenares de conciertos, intérprete de su sangre, desde el Bronx hasta Siberia. Buenos Aires, los programas de Pipo Mancera, sus debuts en el Teatro San Martín y en el Teatro Colón, su entrañable amistad con Mercedes Sosa. Después, la Expo 70 de Osaka, junto al Trío Matamoros y su propio tamborero, Daniel Bazanta. Se suceden las décadas, Leonor difunde la música nacional por más de treinta países, la inmensa riqueza cultural de nuestra africanía, y, responsable de sus dones, se trasladaba allí donde el público la solicitara, al Madison Square Garden o al crepúsculo de las Balsadas de Guapi.
Profeta, construyó con su arte la identidad de la nación colombiana desde un punto de vista otro, bogando con su voz, persistente, en contra corriente de las aguas de la colonialidad. Cantaora elegida de poetas, ella misma poesía, el canto para que los oídos sientan esa manera de sentir de sus raíces. Sublime tarea, compromiso sagrado, tenacidad y determinación de la sacerdotisa que convoca la celebración de la sangre, y los creyentes reunidos ―escuchen cómo canta en el XIV Festival Petronio Álvarez― la reconocen y la alaban. Sí, el amor, mientras se posa en las altas ramas del Samán, junto a los ancestros, y su corazón se estremece al sentir el cariño de la gente, y nosotros elevamos la plegaria. Maestra, gracias por tanto gozo.
[Consulte aquí la entrevista a Leonor González Mina para el programa Conversandos del Centro Virtual Isaacs: https://youtu.be/YrEyPGVl_ts?si=1o6ZfNZ-8a8EGlDp]



