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Hay luto en la literatura hispanoamericana: ha muerto Mario Vargas Llosa

El autor de La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La fiesta del chivo, entre muchos otros títulos memorables, ha muerto en su natal Perú. Con su partida, acaecida el pasado domingo 13 de abril, se cierra un capítulo fundamental en la historia de las letras hispanoamericanas. Además de novelista, el nobel de Literatura 2010 fue también cronista, ensayista, político y polémico defensor de la libertad.

Por: Alejandro Alzate

Mario Vargas Llosa (1936 – 2025), escritor peruano ganador del Premio Nobel de Literatura 2010.
Foto: David Levenson/Getty Images

La noticia llegó como un golpe seco, inevitable, pero no por ello menos doloroso: ha muerto Mario Vargas Llosa. Con él, se va el último sobreviviente de una generación literaria que transformó para siempre las letras hispanoamericanas. A sus 89 años, Vargas Llosa deja una obra vasta, ambiciosa y profundamente relacionada con los grandes dilemas del poder, la libertad y la condición humana. A continuación, La Palabra comparte con sus lectores la revisión de algunas aristas importantes y controversiales en torno a la vida y obra del autor de Pantaleón y las visitadoras.

I. La juventud literaria y los años del boom latinoamericano

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa en 1936, en el seno una familia de clase media en la cual la ausencia temporal del padre, y una vida itinerante entre Bolivia y Perú, marcaron su infancia. Estas experiencias formativas fueron fundamentales en la construcción de una vocación narrativa sensible al poder, a la violencia estructural y a lo nocivo de las jerarquías sociales. A los 14 años, el adolescente en ciernes ingresó al Colegio Militar Leoncio Prado, episodio que inspiraría su primera novela, La ciudad y los perros (1963). Esta obra, a juicio de muchos críticos, constituyó el inicio de una renovación radical de la narrativa hispanoamericana dado que apeló a un lenguaje moderno, supo incorporar las influencias de Faulkner y Sartre, y, adicionalmente, evaluó con rigurosidad las instituciones represivas y su capacidad de daño social.

En este contexto, no hubo de pasar mucho tiempo para que su talento fuera ampliamente reconocido. Junto a autores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, Vargas Llosa pasó a integrar la constelación central del llamado boom latinoamericano; suceso que, más allá de ser una moda editorial, como muchos quisieron definirlo, fue un momento cultural que propició una inaudita revalorización mundial de las letras latinoamericanas y su capacidad para retratar sociedades fracturadas, tensas y desesperanzadas.

Bien cabe resaltar que el peruano se destacó por manifestar una ambición narrativa de largo aliento, característica apreciable en obras como La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). En ellas no solo cuestionó el orden establecido, sino que exploró las relaciones entre poder y subjetividad siempre con un dominio técnico sobresaliente. Su literatura, incluso desde sus primeros pasos, estuvo aunada a una preocupación ética: ¿cómo resistir al autoritarismo? ¿Cómo narrar el caos sin ceder al panfleto?

II. La seducción revolucionaria y la ruptura con la izquierda

Durante las décadas de 1960 y 1970, Vargas Llosa compartió con muchos intelectuales latinoamericanos la fascinación por las utopías revolucionarias. La Revolución cubana fue, para él, una fuente de entusiasmo político y simbólico: la posibilidad de una transformación profunda del continente, una respuesta al colonialismo y la miseria. Visitó Cuba en varias ocasiones, escribió textos elogiosos y participó activamente en los circuitos culturales del socialismo emergente. En esta época, su pensamiento oscilaba entre el humanismo radical y una vaga simpatía por el marxismo democrático.

Sin embargo, esa relación fue breve. Ya hacia finales de los años sesenta, Vargas Llosa comenzó a expresar reparos frente a las acciones autoritarias del régimen castrista. El episodio decisivo fue el llamado “Caso Padilla” en 1971: la detención del poeta cubano Heberto Padilla por sus críticas al gobierno y su posterior autoinculpación forzada generaron un escándalo internacional. Vargas Llosa, junto con otros intelectuales como Jean-Paul Sartre y Susan Sontag, condenó públicamente al régimen. La ruptura con Cuba simbolizó una decepción más amplia con los procesos revolucionarios de izquierda, que, a juicio de Vargas Llosa, reemplazaban un despotismo por otro, ahora en nombre del pueblo.

Será el tiempo, en síntesis, el único que juzgue si sus posturas políticas, enrevesadas y en muchos casos acomodaticias a los intereses de los poderosos, fueron un lastre o macula; pero, en cualquier caso, también serán sus buenas páginas, su literatura y su capacidad creativa, las que alumbren las conciencias frente a los embates de la estulticia y el empobrecimiento cultural.

Este momento marca el tránsito hacia una revisión crítica de sus propios ideales juveniles. Si bien mantuvo por un tiempo una postura de centroizquierda reformista, poco a poco fue desplazándose hacia una visión liberal clásica: defensa del pluralismo, crítica a toda forma de caudillismo y confianza en el mercado como motor de desarrollo. Pero este cambio no fue lineal ni repentino, sino producto de una reflexión prolongada, matizada por sus experiencias personales y la observación de los fracasos de los socialismos latinoamericanos.

III. El viraje liberal-conservador: ideología y disidencia

En la década de 1980, Vargas Llosa se declaró abiertamente liberal en el sentido europeo del término. Su adhesión a las ideas de Friedrich Hayek, Karl Popper o Raymond Aron reflejaba una creciente convicción de que el progreso de las sociedades solo podía alcanzarse desde el respeto a las libertades individuales, la economía de mercado y el imperio de la ley. A diferencia de muchos otros autores, Vargas Llosa no renegó de su pasado, pero sí lo revisó con una severidad crítica inusual en el ámbito latinoamericano, muchas veces marcado por dogmas y lealtades inquebrantables.

Este viraje culminó en 1990 con su candidatura a la Presidencia del Perú en nombre del Frente Democrático (Fredemo), una coalición de centro-derecha que proponía reformas estructurales de corte neoliberal. Aunque partía como favorito, fue derrotado por Alberto Fujimori, cuya figura populista y autoritaria anticipaba un ciclo político que Vargas Llosa pasaría a denunciar con energía en los años siguientes. Su derrota electoral no significó un retiro, sino más bien una reafirmación de su rol como intelectual público: desde entonces, utilizó sus columnas, conferencias y ensayos para defender una versión liberal del mundo que se alejaba del progresismo hegemónico impulsado por muchas universidades y centros culturales.

No obstante, este giro ideológico fue también motivo de controversia. Sus posturas sobre temas como la inmigración, el multiculturalismo, el feminismo contemporáneo o el nacionalismo catalán lo alejaron de sectores progresistas que antes lo habían celebrado. En los últimos años, su respaldo a candidatos conservadores en España, Colombia o Chile —incluso a figuras cuestionadas por su ambigüedad democrática— provocó reparos que lo acusaban de haber perdido la sensibilidad crítica que lo había caracterizado en sus inicios.

Vargas Llosa respondió a estas acusaciones con la misma firmeza que usó para enfrentar al marxismo revolucionario décadas atrás. Sostenía que la defensa de la libertad no podía ceder ante el relativismo cultural ni ante las modas ideológicas. Su liberalismo era más una ética que una política: la convicción de que el individuo debe ser soberano frente al Estado, a la colectividad o a cualquier dogma.

Aun así, resulta innegable que su voz —tan lúcida como intransigente— se volvió disonante en un panorama intelectual donde las nuevas izquierdas reclaman el protagonismo del discurso emancipador. Vargas Llosa, por el contrario, parecía cada vez más convencido de que muchas de esas nuevas causas —identitarias, decoloniales, interseccionales— sustituían el análisis por la victimización, y el pensamiento por la consigna.

En conclusión, puede decirse, entonces, que Mario Vargas Llosa vivió en tensión constante entre la literatura y la política, entre el arte de narrar y el deber de intervenir. Su trayectoria ideológica, lejos de ser una simple conversión de izquierda a derecha, fue un proceso complejo, lleno de matices, contradicciones y replanteamientos. Su vida es también un espejo del desencanto moderno: la ilusión revolucionaria cedió ante el pragmatismo liberal, y la fe en la política fue reemplazada por la defensa del individuo frente a las masas.

Su legado literario permanece incontestable. Obras como La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo o El paraíso en la otra esquina lo consagran como un narrador de estructuras ambiciosas, capaz de representar la historia sin someterse a ella. Será el tiempo, en síntesis, el único que juzgue si sus posturas políticas, enrevesadas y en muchos casos acomodaticias a los intereses de los poderosos, fueron un lastre o macula; pero, en cualquier caso, también serán sus buenas páginas, su literatura y su capacidad creativa, las que alumbren las conciencias frente a los embates de la estulticia y el empobrecimiento cultural.

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