Fernando Botero: el imperio del pincel
Por: Carlos Jiménez

Foto: Martin Bureau/Agence France-Presse. Tomada de: nytimes.com
Si alguna vez García Márquez pudo afirmar, con justificado orgullo, que todo lo que había conseguido en la vida se lo debía a su máquina de escribir, podría decirse que Fernando Botero, igualmente, lo logró gracias a su pincel. Ambos situaron a Colombia en un lugar de privilegio en los imaginarios del mundo, gracias a su formidable trabajo como artistas de la pluma y el pincel, y debiéndole poco o nada a ese “país formal”, denunciado en su día por un libro clásico de Diego Montaña Cuéllar. Ese país tan dado a la impostura, a las manías extranjerizantes y el desprecio hacia el pueblo. Por eso no sorprende que ambos tuvieran que marcharse pronto del país para poder desplegar lo mejor de sus obras y para obtener el extraordinario reconocimiento internacional que merecidamente obtuvieron. En estos logros contaron, desde luego, sus excepcionales talentos, los mismos que les permitieron interpretar imaginativamente lo mejor del arte y la literatura internacional del momento y, sobre todo, comprender que su meta no podía ser la imitación apenas disimulada de las modas artísticas y literarias dictadas por Paris, Londres o Nueva York, sino la de transformar el barro de nuestra realidad cotidiana en el prodigio de la obra de arte. Macondo es el Caribe con tanta pertinencia y verosimilitud como lo es la Colombia montañera y conservadora pintada por Fernando Botero en sus cuadros. Arte y vida se dan cita en las obras de ambos, enalteciéndose mutuamente en el intercambio y dando así luz a la verdad que solo a ellas pertenece.
La familia presidencial, el monumental cuadro pintado por Botero en 1967 es y sigue siendo un hito fundamental en su carrera. Y no solo porque en su aparente ingenuidad ofrece una imagen burlona de las figuras arquetípicas que encarnaban el poder efectivo en el “país formal” que mencioné antes. También es fundamental porque condensa de manera admirable lo mejor del estilo que lo ha convertido en un pintor inconfundible. E igualmente, lo es porque es una demostración palmaria de hasta qué punto de maestría había llegado en su meticuloso aprendizaje de los grandes maestros de la pintura europea.
Botero resistió con firmeza la tentación conceptual a la que tantos de sus colegas cedieron, así como prestó oídos sordos a quienes le criticaron y aún critican porque hubiera convertido en una seña infaltable de su estilo la gordura de sus personajes e, inclusive, de los animales, atrezos y mobiliarios que pueblan las escenas representadas en sus cuadros.
En los años 50 del siglo pasado, y habiendo ya dado muestras precoces de su enorme talento, Botero abandona Colombia y cruza el océano Atlántico con la intención de culminar su formación artística en los mejores museos europeos. Entonces aún era costumbre que quienes se tomaban en serio su formación como pintores obtuvieran la autorización los museos para copiar obras maestras del pasado. Se trataba de aprender a pintar venciendo a fuerza de mirada penetrante, inteligencia y talento, el desafío de pintar tan bien como lo habían hecho sus autores. Eso fue lo que Botero hizo tanto en el Museo del Prado de Madrid y en el museo de los Ufizzi de Florencia, con resultados tan memorables como su cuadro El niño de Vallecas, un homenaje a Velázquez como lo es de Mantegna el titulado Homenaje a Mantegna, precisamente. La familia presidencial pertenece a esa serie porque es, desde luego, un homenaje a La familia real pintada por Goya, pero supone un viraje en la misma porque los modelos europeos de los grandes maestros del viejo continente son reemplazados por modelos inconfundiblemente colombianos. Con este desplazamiento, él se reafirma como pintor orgullosamente colombiano y como un pintor dueño y señor de los infinitos recursos que ofrece el multisecular arte de la pintura. Haciéndolo, además, en una época cuando el oficio mismo de pintor ya estaba experimentando una crisis muy profunda. Eran los años en los Picasso, a la pregunta de Pierre Cabanne de si se consideraba artista, respondió que no lo era, que él era un pintor. Nada más ni nada menos. Respuesta desafiante cuyo verdadero destinatario era Marcel Duchamp, y sobre todo a sus innumerables seguidores, para quienes el oficio debe ceder la primacía a la idea, tal y como hoy ocurre en el llamado “el arte conceptual”.

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Botero resistió con firmeza la tentación conceptual a la que tantos de sus colegas cedieron, así como prestó oídos sordos a quienes le criticaron y aún critican porque hubiera convertido en una seña infaltable de su estilo la gordura de sus personajes e, inclusive, de los animales, atrezos y mobiliarios que pueblan las escenas representadas en sus cuadros. Él estaba convencido – y en eso tuvo toda la razón– de que lo genuinos amantes de la pintura sabrían ver que la aparente uniformidad de sus cuadros es engañosa, porque cada uno de ellos es realmente distinto de los otros y que cada uno ofrecía un caso singular de la mejor pintura.
Botero se hizo escultor a finales de los años 70, coincidiendo con una irrupción tan avasalladora del arte conceptual en la escena artística internacional que muchos se atrevieron a proclamar que la pintura había muerto, que se había convertido en una cosa del pasado. Él, sin embargo, no solo no dejó de pintar, como ya dije, sino que hizo más y se adentró en el arte de la escultura que parecía igualmente condenado a muerte por el auge clamoroso de la fotografía, las instalaciones, las performances y el video arte, todas artes ingrávidas, inmateriales. Lo hizo de la mano de Sofia Vari, su pareja de entonces y escultora ella misma, quién le guio inicialmente en los secretos de la talla, el modelado y el fundido, abriéndole así un universo de nuevas posibilidades expresivas que supo explorar y utilizar sin por ello abandonar las señas de identidad de su estilo.

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La fama que ya había conseguido gracias a sus exposiciones en museos, centros de arte y galerías de medio mundo, de pronto se vio multiplicada por la sucesiva exposición en los lugares públicos más emblemáticos de las principales metrópolis del planeta: Paris, Madrid, Nueva York, Tokio, Buenos Aires, etcétera. Este nuevo logro no solo aumentó su ya considerable fortuna personal, sino que, además, lo consolidó como un formidable artista-empresario. Como lo fueron en su día Rubens y Murillo, como lo son actualmente Jeff Koons, Anish Kapoor,Ai Wei Wei, Rafael Lozano Hemmer o Daniel Canogar. Permitiéndole, así mismo, ofrecer un agudo contraste con esa clase de empresarios colombianos que, carentes de la audacia e inventiva suficientes para las grandes empresas, solo logran lucrar parasitando los presupuestos públicos. Contraste también con el proverbial desdén por el arte y con la tacañería de estos despreciables parásitos. Gracias a las generosas donaciones de Fernando Botero al museo del Banco de la República de Bogotá y al museo de Antioquia de Medellín, los colombianos pueden conocer y disfrutar en vivo y en directo unas de las más notables y valiosas muestras del arte moderno occidental.
Concluyo deseando que la tierra le sea leve a Fernando Botero, el hombre que construyó un imperio con su uso magistral del pincel.

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