Federico García Lorca: “El rey de Harlem”
A propósito del 125 aniversario del natalicio del escritor granadino, volvemos a leer una de sus obras fundamentales: Poeta en Nueva York. En el texto, publicado después de su muerte, se percibe tanto la crisis del hombre que siente congoja por la miseria humana, como el cansancio del artista que necesita reescribir su propia historia literaria, tan cargada de laureles y encomios, como de duras críticas y mezquinos juicios.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Ilustración de Ilu Ros. Tomada de: publico.es
Poeta en Nueva York se publicó de manera póstuma en 1940, cuatro años después del fusilamiento de Federico García Lorca. Sobre las causas de su muerte, perpetrada por el régimen franquista, se ha escrito tanto que el asunto parece reconstruirse a discreción según lo requieran oportunismos políticos, civiles o morales. En ese sentido, unos han usado su imagen y obra para promocionar la causa gay;otros, han reivindicado al granadino como poeta comunista y, algunos más, lo han tachado de anticatólico y dueño de una poesía obscena y pervertida. Nociva para las juventudes. Más allá de estos posicionamientos, todos desacertados, su asesinato merece un comentario, pues se constituyó en súmmum de todas las vilezas que acomete un dictador cuando se enquista en el poder. De acuerdo con Ian Gibson, biógrafo de Lorca, la detención del escritor “fue una operación de envergadura: se rodeó de guardias y policías la manzana donde estaba ubicada la Casa de los Rosales, y hasta se apostaron hombres armados en los tejados colindantes para impedir que por aquella vía tan inverosímil pudiera escaparse la víctima”. Manuel Fernández-Montesinos, sobrino del poeta, declaró que “hay quien parece empeñado en empequeñecer la figura de Federico García Lorca”. Luis de Llega, catedrático de la Universidad de Génova, señaló, por su parte, que “no podemos confundir simpatías genéricas sobre la justicia social con la militancia concreta en el Frente Popular”.
Lo dicho permite sacar en limpio algunas cuestiones importantes: en primer lugar, con el asesinato de Lorca se institucionalizó el silenciamiento de todas aquellas voces que pudieran expresar opiniones políticas disidentes. El sentido práctico del fusilamiento estribó en escarmentar a todos aquellos con tentativas de contradicción o sedición.
En segundo lugar, y desde la perspectiva de la construcción de un nuevo espíritu nacional, el magnicidio del escritor se sumó a la conveniente recodificación de la historia contemporánea española, proyecto en el que no había cabida para las diversidades ideológicas y sexuales. Esto último explicaría, en parte, la necesidad por empequeñecer la figura del bardo. Dado su carácter nocivo a los ojos del régimen, la tarea que la dictadura acometió fue eliminar al hombre con la pretensión de eliminar, también, su obra, cosa que no sucedió.

Si bien la ultraderecha se constituyó en permanente promotora de ataques al poeta, uno de los principales hostigamientos lo realizó directamente la Falange Española, estamento que no perdió oportunidad para fustigar los grupos culturales a los cuales este pertenecía. Así, por ejemplo, La Barraca, un colectivo teatral del cual Lorca era integrante fundamental, sufrió permanentes inquinas y estuvo siempre bajo la observancia fiscalizadora del régimen. Con todo en contra, y acosado por doquier, el vate, quien también sufrió amargas críticas y señalamientos de índole personal por parte de Dalí y Buñuel, sus entrañables amigos, se marchó a los Estados Unidos en 1929. Como es bien sabido, el impacto que le produjo la sociedad norteamericana, con sus rascacielos y obsesiones por la economía y el mercado, fue determinante para que viera la luz el poemario que hoy nos llama a la reflexión: Poeta en Nueva York.
En “El rey de Harlem”, observará quien lea el poema, la expresividad tiene fuerza y es beligerante; el poeta no cae en letanías ni deliquios. Por el contrario, la condición de lucha es evidente. El poema es una batalla campal en la cual no hay vencedores ni vencidos; lo que queda es el testimonio de un doloroso tránsito, aquel que supone ser devorado por la modernidad.
Diez partes, aparentemente independientes, integran la obra para formar un todo en el que quedan manifiestas las impresiones, sensaciones vitales y descubrimientos culturales del poeta. La primera de ellas abre con “Poemas de la soledad en Columbia University”;la segunda, con“Los negros”; la tercera, con “Calles y sueños”; la cuarta, con “Poemas del lago Eden Mills”; la quinta, con “En la cabaña del farmer”; la sexta, con “Introducción a la muerte”;la séptima, con “Vuelta a la ciudad”;la octava, con“Dos odas”;la novena, con “Huida de Nueva York”,y la décima con “El poeta llega a La Habana”. Dada la limitación de espacio, haremos algunos comentarios sobre “El rey de Harlem”, uno de los poemas que conforman la parte dos. De esta, en general, puede decirse que pone en evidencia el impacto que tuvo en el poeta el conocimiento de los asentamientos afro del Bronx y Harlem, respectivamente. Si bien estos espacios enriquecieron el bagaje cultural del granadino, no escaparon a las legitimaciones del exotismo; lo cual, sin constituir un yerro, da cuenta de la observación transatlántica del mundo a partir de las lógicas de la premodernidad. Ahora bien, del poema, en particular, anotamos lo siguiente a partir de la citación de algunos fragmentos literales:
Con una cuchara de palo
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara de palo.
Fuego de siempre dormía en los pedernales
Y los escarabajos borrachos de anís
Olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida…
Desde el inicio, esta forma de la enunciación tipifica lógicas rayanas con la barbarie. Todo resuma violencia. Nótese cómo el léxico no se corresponde con el dialecto industrializado (tecnócrata) de los Estados Unidos en 1929. Lejos de ello, el uso de los sustantivos sirve a un objetivo concreto: plantear la virtual existencia de una premodernidad social instalada en las antípodas de los desarrollos civiles norteamericanos. La cuchara, como puede apreciarse, es de palo, lo cual permite conjeturar que el metal es aún un elemento desconocido o, por lo menos, poco empleado. Cuando el poema se acerca a la niñez, la situación no se presenta más amable. El fresco que se pinta en torno a esta resulta ciertamente aterrador: “…los niños machacaban pequeñas ardillas con un rubor de frenesí manchado”. Observados en perspectiva, los dos fragmentos permiten inferir que Lorca fue, en efecto, una suerte de replicante, un cautivo de la tradición exotista, mas no un creador de las sanciones que niegan la emergencia de otro proyecto racial. Su poesía se sorprende y se exige para explicar, para hacer nacer ante sí y ante los otros un entorno ignoto, evidentemente incógnito.

De modo paralelo a lo hasta aquí planteado, también es importante destacar el acierto que supuso la mención del canto y la danza en tanto prácticas significativas para las comunidades afrodiaspóricas. En relación con lo primero, se dice que:
es necesario matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y la arena;
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre.
En lo atinente a la danza, se refiere lo siguiente:
Entonces, negro, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
La observación de las mencionadas formas culturales es importante en la medida en que no falsea las dinámicas reales de la diáspora en América. Lorca, en su condición de intelectual, entendió y reconoció el valor de estos saberes al tiempo que continuó con la legitimación de los exotismos que lo precedían históricamente. En “El rey de Harlem”, observará quien lea el poema, la expresividad tiene fuerza y es beligerante; el poeta no cae en letanías ni deliquios. Por el contrario, la condición de lucha es evidente. El poema es una batalla campal en la cual no hay vencedores ni vencidos; lo que queda es el testimonio de un doloroso tránsito, aquel que supone ser devorado por la modernidad. Ya hacia el final, el cierre lírico aclara esta idea con fina desazón:
¡Ay, Harlem disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor.
Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
A través de láminas grises
Donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,
A través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
A través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.



