Perfil

“Escribir es un proceso, un viaje en la memoria y el alma”

Isabel Angélica Allende Llona es un referente de la literatura latinoamericana, no solo por sus obras, sino también por su lucha. Nació en una época y lugar en el que nadie hablaba de un movimiento organizado por mujeres, pero dice haber sido feminista desde la infancia y las protagonistas de sus novelas son muestra de ello. 

Por: Jessica Hurtado Carvajal
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Isabel Allende (1942) ​, escritora chilena.
Foto: Lori Barra. Tomada de: telva.com

Hace pocos meses ocurrieron en simultáneo dos fechas importantes en la vida de la escritora Isabel Allende. La primera fue el 2 de agosto, día en que celebró su cumpleaños número ochenta. Sobre su edad ha dicho siempre que no sufre por la vejez porque, al contrario de lo que se suele pensar, resulta liberadora. Asegura, además, que no le teme a la muerte, sino al momento en que sea una carga para los demás o no pueda seguir escribiendo. 

La segunda fueron los cuarenta años de publicación de su primer libro La casa de los espíritus. Esa larga carta que inició un 8 de diciembre de 1981, en la cocina de su casa del exilio en Venezuela, con la idea de escribirle a su abuelo enfermo que se había quedado en Chile después de un golpe militar. Sin proponérselo, la carta se llenó de presencias, de anécdotas, de personajes. Esas voces la apuraban, le contaban sus secretos; la obligaron a concluir la historia. Así nació el primer libro.

Para conocer un poco mejor a la autora es necesario ir por partes. Varios aspectos condicionaron su carácter como escritora. En primer lugar, su país. A pesar de haber nacido en Perú, es chilena de corazón y el país austral es parte fundamental en su obra. Quien lea sus libros recorre las calles del barrio Alto en Santiago y las del puerto en Valparaíso; siente que muere de sed en el desierto del norte y que conoce las islas mágicas de Chiloé. 

Otro evento fundamental en su vida fue la dictadura militar de Chile, la cual vivió en carne propia, por lo menos al principio. Le bastó poco tiempo para saber que corría peligro por su parentesco con el presidente, y por sus ideas y su trabajo en la revista Paula. En ella, escribía columnas agudas denunciando los vicios de una sociedad pecata, con el apropiado nombre de Civilice a su troglodita. Esos años de exilio en Venezuela y su condición perpetua de inmigrante en California influenciaron su forma de escribir.

“Soy feminista desde los cinco años” es una afirmación que ha repetido en varias oportunidades, según ella, porque creció viendo cómo su madre era estigmatizada por haberse separado del esposo y, también, porque constataba cómo, en teoría, era libre; pero en la práctica, era totalmente dependiente de los hombres. Es por esto que asegura que, en cualquier parte del mundo, la independencia económica de la mujer es fundamental para superar la opresión del patriarcado.

En este sentido, el 9 de diciembre de 1996 creó la Fundación Isabel Allende en homenaje a su hija Paula Frias, quien falleció a los 29 años por complicaciones de la porfiria. Paula había trabajado como voluntaria en comunidades marginales de Venezuela y España. Poco después de ser hospitalizada, un error en la medicación la redujo a un estado de coma y le causó daño cerebral severo, dejándola en un estado vegetativo persistente. Este evento marcó profundamente a Isabel Allende, quien, después de dedicarse a cuidarla durante varios meses, tomó la decisión de desconectarla porque no podía seguir reteniéndola. Lo hizo como un acto de amor. La Fundación funciona, pues, como una forma de reconstruirse, como expiación contra el dolor; de allí que su objetivo sea empoderar a las mujeres y niñas para garantizar los derechos reproductivos, la independencia económica y la protección contra la violencia. 

Foto: tienda.abacolibros.com

La obra de Allende podría reducirse a cifras: aproximadamente treinta libros, hasta el momento, de los que se han vendido 72 millones de copias y han sido traducidos a 42 idiomas. Pero es mucho más que eso. Sus libros reflejan una realidad injusta. Buscan rescatar la memoria, a veces tan escurridiza como en los tiempos del insomnio en Macondo, cuando José Arcadio Buendía quería construir una máquina de la memoria. En muchos sentidos, así funcionan los libros de Isabel Allende: como máquinas para rescatar la memoria para entender el orden de acontecimientos y salvarnos del olvido. 

Ha creado personajes diversos, pero los más grandes han sido siempre femeninos. Hay en su obra una niña clarividente, capaz de hablar con los espíritus e interpretar los sueños; una mujer que cruza el Atlántico en busca de un hombre y termina fundando el reino de Chile; otra que sufre la peor de las miserias: la de pertenecer a otro porque es una mujer esclavizada que ama, sufre y vive en función del sueño de ser libre, y encontramos también a una periodista, como la misma Isabel, que se enfrenta a la dictadura para dar descanso a unos restos y dar alivio a las familias. 

Sería imposible mencionar las luchas de todos sus personajes femeninos. Basta decir que, quien lea algún libro de su colección, inmediatamente encontrará en sus páginas a mujeres fuertes que no temen enfrentarse a lo establecido. 

Varios críticos, entre ellos el escritor Roberto Bolaño, sostienen que Isabel Allende no debería llamarse escritora. Han dicho que intenta imitar el realismo mágico o que su forma de escribir es demasiado simple. 

La obra de Allende podría reducirse a cifras: aproximadamente treinta libros, hasta el momento, de los que se han vendido 72 millones de copias y han sido traducidos a 42 idiomas. Pero es mucho más que eso. Sus libros reflejan una realidad injusta. Buscan rescatar la memoria, a veces tan escurridiza como en los tiempos del insomnio en Macondo, cuando José Arcadio Buendía quería construir una máquina de la memoria.

Cuentan que Pablo Neruda le dijo una vez que era la peor periodista del país y que nunca se dejaría entrevistar por ella, ya que decía lo que quería y, si no tenía una historia, la inventaba. Por esos motivos, le aconsejó cambiarse a la literatura, donde todos esos defectos se convertían en virtudes. Eso hizo, y en el año 2010 fue ganadora del Premio Nacional de Literatura en Chile, además de otros tantos premios que difícilmente podremos enumerar en estas páginas.

Estoy de acuerdo en que su estilo, con los años, ha cambiado, y ahora es mucho más liviano que al principio. Se escritura es sencilla y fluida, sin que abunden los recursos literarios o las referencias al canon. Estas razones hacen que la academia no le preste atención, pero quienes leen su obra no pueden evitar enamorarse de las historias y personajes. En un mundo tan mediado por las tecnologías, es casi una hazaña inspirar a otros con la palabra escrita. Cuando un escritor logra que millones de personas elijan un libro antes que una pantalla, no debería ser ignorado. Lo digo yo, que cada año nuevo espero ansiosa su nuevo libro y lo devoro en dos días con sus noches, aunque eso implique no dormir y tener que esperar otro año entero.

Foto: laninfaeco.com

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