¿Es la literatura colombiana un fraude a la Nación?
El pasado 17 de abril se conmemoró el noveno aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez, razón por la cual revisitamos su texto La literatura colombiana, un fraude a la Nación. A través de este, el premio nobel advirtió la dudosa calidad de muchas de las obras que conforman nuestro canon nacional. Publicado en 1960, en pleno fervor de la Revolución cubana, este documento se ocupó de dos aspectos fundamentales: en primer lugar, evaluó en la justa medida las fantasías que se habían ido tejiendo en torno a la grandeza de nuestra literatura, y, en segunda instancia, desmontó los delirios de quienes se creyeron herederos de la tradición narrativa de los grandes escritores europeos y norteamericanos.
Por: Alejandro Alzate

Acción Liberal, revista dirigida por Plinio Apuleyo Mendoza, fue el medio en el cual el por entonces joven García Márquez publicó su texto. Si bien nunca fue un secreto la amistad del nobel con el mencionado periodista, diplomático y editor, tampoco lo fueron su inclinación política y su desparpajo de hombre caribeño. Fiel al ímpetu libertario de los barbudos guerrilleros cubanos que tanto admiraba, el colombiano no tuvo empacho alguno en decir públicamente unas cuantas verdades de a puño; verdades que dolieron en algunos sectores del conservadurismo literario de provincia porque desmontaron la fantasía, siempre cálida y benevolente, e instalaron una cruda realidad, según la cual, nuestra tan exaltada literatura estaba en saldo rojo con la historia.
En el documento se cuenta que, en junio de 1959, se realizó el Primer Festival del Libro Colombiano, evento en el que “se vendieron en dos ciudades […] y en sólo cinco días, 300 000 volúmenes de autores nacionales”. Hasta ahí, como es apenas evidente, todo iba bien. Se infiere una precocidad lectora prácticamente inédita en Colombia. El esfuerzo editorial, ciertamente titánico, había sorprendido a propios y extraños. Los colombianos se habían volcado a las librerías para reivindicar la cultura del libro. Lamentablemente, la otra cara de la moneda fue menos feliz. Conforme lo observó en su momento el autor de Cien años de soledad, muchas de las obras que integraron el conjunto que se compiló no solo eran vetustas para aquel junio estival de 1959, sino que presentaban calidades dispares. El hecho de remontarse al pasado literario más recóndito implicó que los textos publicados evidenciaran una pretérita e inmadura adolescencia artística que poca justicia hacía a novelas canónicas como María y La Vorágine, ambas de excelsa calidad, huelga decir.
La literatura colombiana no es un fraude a la Nación. Afirmar hoy lo contrario sería un acto miope e insulso, pues se negaría, para empezar, el invaluable aporte que la propia obra garciamarquiana ha hecho a la tradición literaria colombiana.
Tal situación, sumada al hecho de que los autores seleccionados no tenían una obra de carácter universal, terminó por lapidar la magnificencia del proyecto, su ambicioso propósito. Salvo Germán Arciniegas, señaló como dando hachazos García Márquez, nadie más podía considerarse escritor profesional ni “disfrutaba de un mercado internacional seguro”.
Ni siquiera don Tomás Carrasquilla se salvó de la debacle. Según el autor de Crónica de una muerte anunciada, al antioqueño le sobraba talento, pero le faltaba dejar su “idioma localista”. Así las cosas, entonces, nuestros escritores estaban un peldaño por debajo de la producción literaria de autores como Rómulo Gallegos, Eduardo Mallea o Pablo Neruda, autor a quien García Márquez admiró con pasión y Borges odió con convicción por considerarlo un mal poeta. De acuerdo con el bardo argentino, lo único aceptable de la poesía de Neruda aconteció cuando éste adhirió al comunismo…
Hecha esta pequeña acotación, que no pretende desviar la observación que estas páginas plantean, ha de decirse que más de sesenta años han pasado, y hoy, más que nunca, es pertinente volver a la pregunta: ¿[es] la literatura colombiana un fraude a la Nación?
En torno a la respuesta, que desde luego tendrá cada escritor, investigador, editor y lector, pueden decirse muchas cosas. Muchas. No obstante, resulta apropiado aventurar algunas perspectivas interpretativas que ayuden a descifrar el enigma que contiene el interrogante en sí.
Lejos de las perspectivas del fraude, la literatura colombiana hoy es rica, diversa e interesada ya no solo en lo real maravilloso, sino en el desciframiento de nuestra historia violenta y visceral.
En primer lugar, ha de decirse que después de García Márquez no hubo, y no se sabe si habrá, otro autor colombiano con una obra de “carácter universal”. No deja de ser curioso el hecho de que el autor de El otoño del patriarca haya escrito, cuando joven, el texto que hoy nos permite reflexionar sin saber que a él, justamente a él, lo aguardaba la gloria tan solo dos décadas después. No sabía, el joven Gabito de los años sesenta, que hacia él venían galopando las distinciones y honores que solo se les tributan a los grandes artistas.
En segundo lugar, y dispuestos a meternos de lleno con la interrogación arriba señalada, ha de decirse que el propio García Márquez, en primera persona, rompe el conjuro de la misma. Sí, podemos estar tranquilos. La literatura colombiana no es un fraude a la Nación. Afirmar hoy lo contrario sería un acto miope e insulso, pues se negaría, para empezar, el invaluable aporte que la propia obra garciamarquiana ha hecho a la tradición literaria colombiana. Dicho esto, con lo cual se reivindica la grandeza del “padre” que simbólicamente “mataron” los escritores nacionales de la década de 1970, hay que decir que después de su legado siguen escribiéndose obras afortunadas, siguen haciéndose proyectos literarios sólidos como los de Evelio José Rosero, William Ospina, Fernando Vallejo o Laura Restrepo.

Foto: eldiariomontanes.es
Lejos de las perspectivas del fraude, la literatura colombiana hoy es rica, diversa e interesada ya no solo en lo real maravilloso, sino en el desciframiento de nuestra historia violenta y visceral. A la literatura nacional le interesa indagar, que no es lo mismo que dar respuestas, las causas de nuestra ira ancestral y nuestros procesos en torno a flagelos como el narcotráfico. Claro, tal como lo dijo García Márquez, el nivel desde donde se explican las paradojas de la vida colombiana es muy dispar. Hay algunas obras buenas, bastantes obras malas y muchas malísimas. Hay autores que bailan al son que les pongan los premios y los concursos… tema sobre el cual no se pretende debatir aquí. Lo que sí resulta interesante es poner en evidencia la calidad, que es lo echaba en falta nuestro nobel costeño, de proyectos literarios como el de Daniel Ferreira, por ejemplo. Nuevas voces, como la suya, coexisten con las de los nuevos padres de la república literaria para establecer con ellos un diálogo o un contrapunto. Planteamos esto sin pretender crear un asunto maratónico en el cual los nuevos — Gilmer Mesa, Luis Miguel Rivas, Pablo Montoya, Estefanía Carvajal, Giuseppe Caputo, Rubén Orozco, David Betancourt, Vanesa Rosales, Lorena Salazar, etc. — corran más rápido que sus paquidérmicos predecesores. Al decir esto, lo que pretende sugerirse es que, si bien no hay una figura descollante, una suerte de planeta, aludiendo al nombre de uno de los estudios que sobre la literatura nacional hizo Seymour Menton, si hay innumerables satélites; cada uno con la luz propia que necesita para entender el mundo y compartir con los lectores perspectivas sobre lo que sucede, esperanzas y crisis de tipo existencial. La literatura colombiana hoy se ocupa de la diversidad sexual de una manera impensada en la época de García Márquez. Desde esa perspectiva, autores como Juli Delgado Lopera, con Fiebre tropical (2021), fracturan sin trauma la narrativa heteropatriarcal para dar cuenta de otras interpretaciones del mundo. Han llegado, sin duda, otras sensibilidades.
A modo de coda, no queda más que decir que si bien lo dicho hasta aquí alude a la narrativa, bien podría hacerse el mismo ejercicio de indagación con la poesía colombiana, bello arte desde donde se generaron, también, sobredimensiones rayanas con la insania. Para adentrarse en tan fangosos terrenos, dejo sugeridas las fuentes que ha de ser menester consultar, cotejar y controvertir según el caso: Rafael Gutiérrez Girardot, cómo no, y Rafael Maya. La lectura atenta de lo que pensaron uno y otro podrá arrojar interesantes perspectivas analíticas. Queda, pues, abierta la pregunta para quien quiera contestarla en alguna encrucijada del tiempo: ¿es la poesía colombiana un fraude a la Nación?



