Entrevista

Entre la literatura y la política con Mario Vargas Llosa

A propósito del reciente fallecimiento del nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, compartimos con nuestros lectores las impresiones que dejó en el director de La Palabra, profesor Darío Henao Restrepo, su encuentro con el escritor peruano, luego de terminar la entrevista de una hora en el canal Telepacífico en el año 1999, en su visita a la ciudad de Cali, consignadas en las páginas de este periódico en octubre del mismo año.

Por: Darío Henao Restrepo
Director de la Escuela de Literatura, Univalle

De izquierda a derecha: Amparo Sinisterra de Carvajal, directora de Proartes; Darío Henao Restrepo, director de la Escuela de Literatura de Univalle; Mario Vargas Llosa y el escritor Fernando Cruz Kronfly. Telepacífico, 1999.
Foto: Archivo personal de Darío Henao Restrepo.

La oscilación entre el hombre de letras y el político es lo que, para mi percepción, marcó la entrevista con uno de los grandes creadores literarios de la América Latina en el siglo XX.  Su figura encanta por la literatura y desencanta por algunas de sus posiciones políticas. De todas maneras, se trata de un hombre franco y afable, que sabedor de su prestigio y capacidad literaria, no pierde momento para expresar sus opiniones sobre el acontecer político y social de nuestro tiempo, especialmente, el del continente latinoamericano. A continuación, hilvano algunas de la impresiones y palabras intercambiadas con el escritor peruano luego de terminar la entrevista de una hora en el canal Telepacífico.

Al final de la entrevista me dice que quiere ir a comprar algunos libros y discos, que le han sugerido ir al centro comercial Chipichape. “Si puedes, me gustaría que me acompañaras”. Accedo gustosamente, pues le digo que así tenemos tiempo para hablar y continuar la entrevista de la televisión. A pesar de que ésta ha terminado en caliente por el tema de la política, pues tanto Fernando Cruz como yo, le hemos manifestado una posición crítica frente al modelo neoliberal y las relaciones de intercambio desiguales que se vienen imponiendo entre nuestros países, los Estados Unidos y demás países industrializados a nombre de la globalización, su actitud es muy amable. Minutos antes, con visible molestia en su rostro, pero sin perder su caballerosidad, Vargas Llosa nos ha dicho con toda franqueza que él no conoce a ningún neoliberal, que él es un liberal que cree en la democracia, en la libertad y en las fuerzas del mercado. Con mucha vehemencia, enfatizó que la concepción de buscar muchas de las causas de la crisis de América Latina en factores externos es muy dañina para la juventud. No tuvimos tiempo para la réplica, ya que apenas si faltaban dos minutos para que se acabara la entrevista.  Mientras Fernando Cruz le hace la pregunta del cierre, vienen a mi mente las palabras que el maestro Enrique Buenaventura me ha dicho cuando, comiendo con él la noche anterior a la entrevista en el Café los Turcos, le comento sobre la participación de Vargas Llosa en el IX Festival Internacional de Arte de Cali. “Es un gran escritor, al que yo conocí en París cuando era un joven preocupado por el compromiso del escrito”, cuenta Enrique.  “En esa época, en el año 59, estaba muy interesado por el teatro e hizo unos talleres conmigo. Ahora se pegó una volteada la macha”. La entrevista confirma estas palabras, su grandeza como escritor y su abierta y controvertida evolución política de la izquierda a la derecha.

Su figura encanta por la literatura y desencanta por algunas de sus posiciones políticas. De todas maneras, se trata de un hombre franco y afable, que sabedor de su prestigio y capacidad literaria, no pierde momento para expresar sus opiniones sobre el acontecer político y social de nuestro tiempo, especialmente, el del continente latinoamericano.

Le regalo un libro mío escrito en portugués, O faústico na nova narrativa latinomericana, en el que me ocupo de su obra, con una mención especial a su novela La guerra del fin del mundo.El levantamiento de Canudos al mando del rebelde fanático, Antonio Conselheiro, a finales del siglo XIX en el interior del sertón brasilero, es un episodio que pone en cuestión el nacimiento de la república brasilera y todo el relumbrón de la emergente modernidad de su capital, Rio de Janeiro. Le cuento que lo que me propuse en mi libro fue analizar estos dilemas entre lo arcaico y lo moderno en la Historia y la Cultura de América Latina, que a pesar de todos los innegables progresos aún continúan vigentes.  Sé que el enfoque difiere de los suyos, pero le digo que espero que lo lea para que continuemos intercambiando opiniones. Con una actitud sonriente, asiente y me dice: “Tú eres una avis rara al escribir en portugués e interesarte por la literatura brasilera, lamentablemente tan desconocida entre nosotros los hispanoamericanos. Además, qué especial, el fotógrafo de la revista Nueva Metáfora que has traído, Fernando, me dice que después de que leyó mi novela se fue a conocer Canudos. ¡Qué extraordinario! Es la primera persona que conozco que estuvo allí”.

Ya completamente descontraído y afable, con la literatura brasilera como interés común, me pregunta por mi profesora en el Doctorado, Bella Josef, su gran amiga. Habla también de Nélida Piñón, y le sugiere a Fernando Cruz que ella sería una excelente invitada para el Festival. Comenta sobre sus viajes al Brasil, país al que visita con frecuencia y en el que tiene muchos amigos, entre ellos al bahiano Jorge Amado.

Foto: Archivo personal de Darío Henao Restrepo.

Ya en el carro, a camino de Chipichape, le cuento que la primera vez que lo vi fue en el Congreso de Escritores Hispanoamericanos (junto a Gudiño Kieffer, Di Benedetto, Clarice Lispector, Bella Josef, Jorge Edwards) que organizó en 1974 Gustavo Álvarez Gardeazábal. Eso lo emociona mucho, me pregunta por Gustavo y me dice que le hubiera gustado verlo. Le cuento que está en la Escuela de Caballería de Tulúa y que su caso todavía no ha sido fallado. “Ya que no pude verlo, me gustaría llamarlo si me consigues el teléfono”. Apenas llegamos a la Librería Nacional, llamo a la profesora Amparo Urdinola para pedirle el número del celular de Gustavo. Marca y contesta Gustavo. Muy efusivo le dice que es Mario Vargas Llosa, que lo quiere saludar y saber cómo está. La conversación dura unos diez minutos. Sus palabras expresan su preocupación por el estado de Gustavo, de cómo se siente y cómo lo tratan. Las respuestas que recibe lo tranquilizan.  Es visible en su rostro la tranquilidad al sentir el buen estado de ánimo de Gustavo. Se despide con cariño y deseándole mucha suerte, haciendo votos porque su caso se resuelva lo más pronto posible. Al descolgar, no esconde su felicidad por haberle dado su voz de solidaridad al amigo y me agradece por haberle facilitado esta conversación. Me reitera que quiere y admira mucho a Gustavo. Le contesto algunas preguntas sobre cómo ha sido la carrera política de Gustavo, su elección como gobernador y las razones de su detención. Escucha con mucha atención y me dice que es una pena que se le vaya a truncar la carrera política al escritor tulueño. Sin embargo, con aire reflexivo, opina que si Gustavo sale bien librado se agranda su popularidad.

Me pide que le recomiende algunos libros de los autores colombianos que reposan en la estantería de la Nacional. Desafortunadamente, hay muy pocos de los que quisiera que se llevara. De lo disponible, se entusiasma con El transeúnte de Rogelio Echeverria y su Antología de la poesía colombiana. Toma La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, la edición crítica de María editada por Cátedra, Auroras de sangre de William Ospina, y La canción de la flor de Gonzalo España. Quiere releer La biografía del Caribe de Germán Arciniegas, pero no se encuentra. Igual sucede con Las cenizas del libertador de Fernando Cruz Kronfly, libro del cual trae muy buenas referencias. Le cuento que se trata de una novela sobre Bolívar a la manera de lo que hace Herman Broch en La muerte de Virgilio, y eso aviva su interés por el libro de Cruz Kronfly. Me comprometo a llamar a Fernando para que le haga llegar un ejemplar antes de su viaje a Londres. Al pasar por sus obras, que están expuestas con el 15% de descuento a raíz de su visita a Cali, comprueba con regocijo que están todas. Al escuchar mi elogio a la edición que preparó José Miguel Oviedo para la editorial Ayacucho deLa guerra del fin del mundo, la toma y me dice que me la quiere regalar. De inmediato saca su pluma y me la dedica autocalificándose como otro brasilerista de corazón. Compra un par de libros más sobre política colombiana y me dice: “Ya no más porque no tengo más espacio en las valijas”.

Ante la pregunta de si no hay posibilidad de que vuelva a la política, contesta muy enfático: “No, no, quiero estar tranquilo escribiendo mis libros y mis artículos. La experiencia que tuve fue más que suficiente”.

Nos sentamos a tomar un café y a esperar a su mujer, Patricia, a la que hemos dejado en el Tower Center comprando música colombiana. Aprovecha para hojear con detenimiento la Nueva Metáfora que le he obsequiado, y me dice que está muy linda y con muy buenos artículos. Eso me halaga y me anima a contarle un poco de nuestra empresa y de los esfuerzos que hacemos para publicarla.  Una vez más da muestras de su generosidad y me ofrece su colaboración y apoyo con lo que pueda desde Londres.  Volvemos al tema de la literatura brasilera y van surgiendo autores como Machado de Assis, Guimaraes Rosa, Graciliano Ramos, Vinicius de Moraes, Drummond de Andrade, Jorge Amado, Nélida Piño, Rubem Fonseca y Euclides Dacunha. A este último, a quien dedicara La guerra del fin del mundo por su enorme deuda con Los sertones, me confiesa que quiere dedicarle un ensayo de largo aliento como el que hiciera sobre Flaubert en La orgía perpetua. También me cuenta, que una vez termine su novela sobre el dictador Trujillo, se dedicará a escribir su libro sobre Flora Tristán. La investigación documental que ha hecho a lo largo de los últimos veinte años ya está pronta para iniciar el trabajo literario.

Con todos esos proyectos, a sus 63 años, Vargas Llosa tiene trabajo para muchos años, además de su intensa labor periodística. La política profesional ha quedado atrás como una experiencia poco grata. Ahora la hace como escritor y a través de los medios que maneja con gran soltura. Fujimori le despierta su pasión crítica y, lanza en ristre, se despacha contra las dictaduras y a favor de la libertad y la democracia.  Ante la pregunta de si no hay posibilidad de que vuelva a la política, contesta muy enfático: “No, no, quiero estar tranquilo escribiendo mis libros y mis artículos. La experiencia que tuve fue más que suficiente”.

El largo trayecto de Chipichape al Club Campestre, por la ruta de Santa Teresita, la circunvalación y de Siloé, nos permite echarles un vistazo a los barrios de Cali, pues no ha tenido mucho tiempo de pasear por la ciudad. La literatura colombiana vuelve otra vez. La lectura de María en la adolescencia, me confiesan, a él y a Patricia los hizo llorar. El “Nocturno” de Silva lo sigue impactando hasta hoy. Vuelven sus recuerdos de las lecturas del bachillerato en las que destaca La vorágine. De sus contemporáneos demuestra un gran conocimiento. El tema de Gabo surge de manera natural. Su admiración literaria está intacta. Me pregunta por el impacto de Noticia de un secuestro en Colombia y me cuenta que tiene pensado actualizar Historia de un deicidio para su reedición. Ojalá, le digo, porque mi ejemplar de Monte Ávila está deshecho de tanta fotocopia. Esto le causa mucha gracia.    

Al bajarme del carro, después de casi dos horas de conversación, me quedan en la memoria las palabras del apasionado novelista y del controversial político.

Cali, octubre de 1999

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