Entre el amor, el exilio, la guerra y la fundación de un pueblo
A propósito de la novela Justicia Sarmiento. Pesa y balanza justa, de la escritora vallecaucana radicada en Barcelona, Ana Mercedes Ocampo Hoyos, publicada por la editorial Sial Pigmalión (España, 2025).
Por: Darío Henao Restrepo
Director de la Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle

Las novelas, pese a su condición de ficción, no hacen otra cosa que expresar verdades profundas, disimuladas, encubiertas, disfrazadas. No son más que meditaciones simbólicas sobre las sociedades y los hombres de cada tiempo. Qué otra cosa, si no, logra Cervantes con la España del siglo XVII en El Quijote con las sabias disquisiciones y medidas de Sancho gobernando su ínsula Barataria, o cuando se narran los padecimientos de los prisioneros en Argel; o García Márquez con la Colombia de las primeras décadas del siglo XX en Cien años de soledad, deparándonos ante los tres mil muertos llevados en trenes para metaforizar la ignominiosa matanza de las bananeras en 1928. O al coronel Aureliano Buendía, haciendo pescaditos de oro para sobrellevar la soledad y abandono en cual quedó después de haber librado las 32 guerras civiles que no terminaron en nada.
Después de haber leído Justicia Sarmiento. Pesa y balanza justa, la novela que hoy nos entrega Ana Mercedes Ocampo (una hija de Versalles), nos lleva de nuevo a esa relación vivificante de las novelas con la historia, con una geografía, o mejor, con un cronotopo (la conexión esencial de las relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura). En el caso de Justicia Sarmiento nos adentramos en la historia de un pueblo del Norte del Valle, a través del amor, la Guerra de los Mil Días y la fundación de un pueblo, el municipio de la Florida, primer nombre de Versalles. La novela recrea la historia posible de los abuelos de Ana Mercedes – Efraín Hoyos y María Elvira Hoyos – que llegaron a fundar ese pueblo encaramado en los altos de la cordillera occidental.
Ellos que venían de Montebonito, Tolima y en su odisea se fueron pegando hombres venidos de la colonización paisa, que decían que tenían orígenes algunos judíos y otros vascos, otros de Extremadura, la preminencia de la raza era de color blanco, así dicen que se fueron asentando, y posteriormente, el dieciocho de mayo de mil novecientos ochenta y cuatro, le acabaron llamando Versalles, situado en los albores de la cordillera occidental, donde son pocos los valles y todo es quebrado y montañoso. El nombre lo copiaron de Versalles Francia, por sus famosos jardines. (p.154)
Ese pueblo fue el último alumbramiento de mamá Elvira, y su nombre lo colocó ella:
…cuando vio tantas flores silvestres, orquídeas, bejuquillos, heliconias, anturios, las bromelias, con sus plantas brillantes, y decidió bautizarla como la Florida.
Dos éxodos se suceden en la novela: el de Justicia y Emeramo, su padre, ambos de origen judío, de España a América, huyendo de la intolerancia religiosa; y, el de ellos y los campesinos que los acogen en Montebonito, Tolima, Don Efraín y mamá Elvira, obligados por la guerra de los Mil días a emigrar a las montañas del Norte de Valle. Justicia, después de haberse integrado a la nueva tierra, dejando a su padre secuestrado, sufre nuevamente el desplazamiento forzado para huir de la violencia de las facciones conservadoras en la guerra. Caminan por la espesa cordillera central, observando por tramos el silencioso río Cauca, intenso y caudaloso, por donde transitan barcos y planchones y mujeres originarias que navegan en guaduas a horcajadas. Lo atraviesan para enfilarse a la cordillera occidental rumbo al lugar donde fundarán Versalles, su remanso de paz.

Esa travesía por la cordillera revela el conocimiento de Ana María (Doctora en Geografía, Planificación Territorial y Gestión ambiental), de esa geografía a donde llegó la colonización antioqueña, tan bien estudiada por James Parson en los años 50s. Los pueblos de Caldas, Tolima y Valle del Cauca fueron originados por ese desplazamiento de campesinos y arrieros en busca de tierras para vivir. Esos desplazamientos humanos, que conjugaron vida y muerte, configuran en sus entrañas la épica de la colonización que dio origen a un país andino pujante desde finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Por ese valle interandino corren los dos grandes ríos de Colombia: el Cauca y el Magdalena, que nacen al sur dentro del Macizo colombiano. El Cauca en la laguna del Buey y el Magdalena en el Páramo de las Papas, muy cerca el uno del otro, entre el Cauca y el Tolima. Se vuelven a encontrar en la Depresión Momposina a donde el Cauca entrega sus aguas al Magdalena.
Justicia Sarmiento recrea con detalle el espacio geográfico en el cual sucede la trama de la novela. En medio de la guerra de los Mil días, nos enteramos de las agonías y los sueños de esos campesinos, de lo que cosechan, cantan y aprovechan de las plantas para curar sus enfermedades. El encuentro del médico Everamo y su hija Justicia con los aborígenes (un asunto que hubiese podido tener un mayor desarrollo) les permite acceder e incorporar sus pócimas para curar toda clase de dolores, experimentando con hojas de guanábana, coca y flores de pasiflora. Basta con leer El río del antropólogo canadiense Wade Davis y ver el documental sobre el mismo de Antonio Dorado – Apaporis – para valorar la enorme y fundamental dimensión de los aportes de los conocimientos de los pueblos aborígenes a la medicina occidental. Everamo es uno de los tantísimos antecedentes del etnobotánico norteamericano, Richard Evans Schultes, quien vivió casi 12 años en la selva amazónica desde el Mitú hasta el río Apaporis, apropiándose de los secretos milenarios de los pueblos indígenas de esa zona, para la Universidad Harvard, patrocinado con recursos del Departamento de Estado de los Estados Unidos. La humanidad, ahora que el Amazonas está en altísimo riesgo, está en deuda con esos pueblos, de cuya sabiduría depende en buena parte que se pueda evitar el desastre ambiental y climático que hoy enfrenta uno de los mayores pulmones del mundo.
Justicia Sarmiento nos muestra cuánto hay por contar de la vida y los esfuerzos de esos pueblos que tanto contribuyeron a la construcción de la nación colombiana. En mi caso personal, siempre me llamaron la atención, como hijo de la colonización antioqueña a Cali (mis abuelos paternos vinieron de Sonsón y los maternos de Salamina), las historias de esos pueblos fundados en nuestras montañas por ese campesinado migrante.
Dos travesías narran las peripecias de los protagonistas. La primera, la travesía del océano Atlántico – de Cádiz a Cartagena – a bordo del barco Reina María Cristina, en donde Justicia encuentra un libro del Quijote de la Mancha, una edición de los años mil seiscientos. Lo halló por entre las tablas de la segunda clase y cuya lectura la acompañó durante el viaje. Al bajar lo dejó abandonado (queda sugerida otra historia como lo hiciera Pedro Gómez Valderrama con Cervantes inspector de impuestos en Cartagena). La otra travesía, con un antecedente memorable en El amor en los tiempos del cólera, sucede en el vapor Simón Bolívar, navegando río arriba el Magdalena, de Barranquilla a Honda, ruta obligada para llegar a Montebonito. Fauna y flora deslumbran a Everamo y a Justicia oteando el río, sus riberas y sus gentes. Los sorprende la culinaria lugareña a base de mazamorra, bocachico frito, tajadas de plátano, guisado de yuca con tomate y cebolla. Esto acicateó los recuerdos de mi primer trabajo como capacitador docente de español y literatura del ministerio de Educación en el Departamento del Magdalena, a finales de los años 70s y comienzos de los 80s del siglo pasado. Guardo en mi memoria estos siete años maravillosos. Viajé infinidad de veces a todos los pueblos ribereños entre Barranquilla y El Banco (la tierra de la cumbia, de José Barros, el compositor de La Piragua), un viaje que 30 años antes hiciera mi papá, Cristóbal, llevando cerveza en planchones de Barranquilla a la Dorada. A la lectura del relato de Ana Mercedes (todo relato dispara otros en los lectores, la llamada lectura paralela), debo la dicha de volver a visitar en mi memoria esos años inolvidables, felices, casi 50 años después.
En la novela vibran los aires musicales, tanto los de las festividades populares en España, como las de Colombia. Esas músicas mueven los pies de Justicia, a quien su padre, en su ortodoxia judía, reprime porque asume esos ritmos como impulsos malsanos. En Montebonito, Justicia se deja impregnar por la alegría de los rajaleñas, bambucos y pasillos, tocados por guitarras, tiples y bandolas. Llegan a Honda en tiempos de las Fiestas de la Subienda.

Justicia Sarmiento nos muestra cuánto hay por contar de la vida y los esfuerzos de esos pueblos que tanto contribuyeron a la construcción de la nación colombiana. En mi caso personal, siempre me llamaron la atención, como hijo de la colonización antioqueña a Cali (mis abuelos paternos vinieron de Sonsón y los maternos de Salamina), las historias de esos pueblos fundados en nuestras montañas por ese campesinado migrante. En el caso del Valle del Cauca, los que están sobre la cordillera antes de Tulúa (el llamado Valle paisa): El Águila, El Cairo, Anserma nuevo, Argelia, Toto, Versalles, El Dovio, Caicedonia, Sevilla, Bolívar, Trujillo y Riofrío. A los que se suman los del Tolima y el Viejo Caldas. Universo humano lleno de historias que ya han sido objeto de varias novelas, señalo algunas que he leído: Una y muchas guerras de Alonso Aristizábal, El último gamonal de Gustavo Álvarez Gardeazabal, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón de Alba Lucía Ángel, Folletín de cabo suelto de Octavio Escobar, y la más reciente, La horrible noche de Óscar Osorio. Se trata, sin duda, de una rica veta que aún guarda un inmenso material, como se comprueba con la bella historia de Justicia Sarmiento, entre las tantas que están a la espera de ser noveladas.
Ante las adversidades de su tiempo, los hombres no están contentos con su suerte y casi todos – ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros – quisieran una vida distinta a la que llevan. Para aplacar – tramposamente nos dice Vargas Llosa – de ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que todos los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela hay una inconformidad y un deseo. De ahí la trama luminosa de Justicia Sarmiento, donde el lector se depara con la resistencia, el amor, el amparo y la esperanza, en donde la protagonista busca el equilibrio perfecto: el peso justo, la balanza justa.
Acierta el escritor catalán, Juan Carlos González Sebastián, cuando apunta en su prólogo que esta bella novela, “nos acerca a través de sus personajes, a una historia que trasciende de lo particular, tanto en el tiempo como en el espacio, a lo universal: como es el exilio, el miedo a lo desconocido, las guerras, el amor a la naturaleza, la superación personal ante situaciones terribles y la búsqueda de un lugar para radicarse, para enterrar los pies en el suelo y echar raíces”.
Texto leído en la presentación de la novela Justicia Sarmiento. Pesa y balanza justa.
Libertienda Café-libro, 19 de marzo de 2026, Cali



