En la soledad del perro, nuevo poemario de Guadalupe Velasco
Esta autora se suma a las nuevas voces de la poesía escrita en el suroccidente del país. Las palabras que crean el mundo que estas páginas muestran son sensibles y libres, complejas y profundas a la vez. Animales, situaciones ricas en imágenes e inquietudes vitales y estéticas dejan en esta obra su testimonio. La Palabra ha conversado con la escritora para conocer aspectos inherentes a la creación poética, la vida, la muerte, la incertidumbre y la poesía misma.
Por: Alejandro Alzate

Alejandro Alzate (AA): Tus poemas están poblados de elefantas, morsas, osos, polluelos, perros… ¿Crees que el hombre contemporáneo es más animal o más bestia? ¿Cuál sería para ti la diferencia entre ambas categorías?
Guadalupe Velasco (GV): El hombre es un poco de los dos, a pesar del desastre y como acto de fe, me resisto a quitarle su categoría de animal. El animal por el milagro de su biología sabe funcionar como parte de un todo. El hombre es un animal que aparece de manera masiva y rompe con ese milagro. El hombre animal y plaga, también es la bestia por su capacidad de ser los dos anteriores al tiempo, una especie de criatura alada con botas de fuego, algo como una célula en rebelión. Quizá la diferencia entre el animal y la bestia como categoría, es que el animal es lo que podemos ser en armonía con todo lo otro animal, y la bestia es una invención del hombre para hacer del animal una cosa a la que se debe temer o domesticar.
(AA): Tal como se sugiere en el prólogo, en varios versos evitas suavizar el horror o negar las heridas. ¿Por qué decidiste que la poesía debía arrodillarse junto a la herida en lugar de rodearla o embellecerla? ¿Evitas los efectismos o malabares con el lenguaje?
(GV): Hay muchas cosas en mi poesía que todavía no decido. Digamos que todo este tiempo sólo fui alguien escribiendo y ahora soy alguien que lee un libro; un poco como alguien que construyó una casa y ahora está dibujando los planos de esa casa. No evité el horror porque es imposible, el horror está a la orden del día: incendios en la Patagonia, especies que desaparecen sin que nos duela esa mutilación. Pero la poesía tiene eso, porque incluso esa herida tiene su belleza, pienso que no hacía falta adornarla sino abrirla.
(AA): Tu estilo es austero, “a veces casi infantil en su desnudez”, pero nunca ingenuo. ¿Cómo trabajas ese equilibrio entre transparencia y profundidad?
(GV): Creo que la profundidad viene de las lecturas que hago, lecturas de todo tipo, y de la obsesión. El tono ingenuo probablemente tiene que ver con que llego a todo texto con el ánimo de jugar, me gustan las palabras, pero suelo leer para indefinir las palabras; está bien tener un léxico amplio, por ejemplo, y ser fluido, pero se puede hacer mucho con pocas palabras que se sienten propias, eso les da peso y verdad a lo dicho. Se trata de jugar con poco, pero de abrir la imagen todas las veces.
Mi voz y mi pensamiento a veces van por caminos distintos, te puedes dar cuenta hablando conmigo porque no soy la misma que escribe. Mi cabeza funciona así, a veces no entiendo, pero los textos más recargados entran allí y en la compresión que hago de ellos, siempre vuelven a ser cosas más simples.
(AA): El poema de las morsas que caen y el oso que araña el último trozo ártico son estremecedores. ¿Qué papel juega la conciencia ecológica en tu escritura? ¿Hay ahí una suerte de proclama o compromiso biopolítico?
(GV): El desastre medioambiental que provocamos los humanos y que digo en imágenes sobre la naturaleza, está atravesado por el duelo, por la muerte de mi madre (mi segunda madre) y mi perra Simona. Dos muertes que a la luz de los ojos de muchos parecen incomparables, pero que me ponen de cara con la pregunta sobre la pérdida de todos los días. Creo que la conciencia ecológica y el compromiso biopolítico, también empiezan allí: ¿En dónde empezó a salir todo mal? ¿Qué pude hacer para evitarlo?
Pero siento que mentiría si digo que tengo una bandera. Lo cierto es que mi acercamiento a la ecología es de cuna. Primero fueron los caminos de hormigas que pasaba horas mirando sin razón cuando tenía tres años, después los perros que son un rasgo importante de mi familia y luego las palabras: “peligro de extinción”. Creo que hay conciencia ecológica y compromiso biopolítico, sin que ese haya sido el motor inicial de esta escritura. Hay una pulsión en ese sentido y ahora, como lectora, me gusta que el libro pueda ser leído así, porque lo considero urgente. Creo que más allá de la proclama, hay una verdad: una humana que ve lo que pasa en el mundo, su devastación, y lo explica con las palabras que tiene más cerca.

(AA): La ballena sorda aparece como carga, memoria y cuerpo en la garganta. ¿Qué representa para ti esa ballena sorda que se arrastra por varios poemas?
(GV): La ballena sorda somos todos, es la poesía. Me imagino una ballena azul, una ballena que es el mismo mar. 130 kilos aproximadamente que cantan a una frecuencia particularmente alta, pero no logra comunicar.
(AA): En un verso dices: “De nada sirve la poesía / ¿para qué puede servir llevar a todas partes una ballena sorda?”. ¿Cómo dialogas con esa contradicción entre la necesidad de decir y la insuficiencia del lenguaje?
(GV): Callando. Pienso, escribí en alguna parte: lo que no digo no tiene edad. Creo que, para lidiar con esa contradicción, escribo todo el tiempo, sin papel que es lo mismo que pensar todo el tiempo y dejo que todo se cruce. El desastre ambiental con la poesía, con el duelo. Creo que todo tiene que ver con todo. Es posible que escribamos porque nacemos con una conversación pendiente.
(AA): El perro que sacude la cola y funda una nación para que la gobiernen las pulgas es una imagen potente. ¿Qué buscabas transmitir con esa metáfora política y vital?
(GV): La cola es un poco lo que no se puede decir, pero igual se dice; también es la manera en la que me encuentro con la poesía. Algunos escriben y sienten que crean mundos y eso tiene su belleza, estar en el ladrido. Yo prefiero el otro polo.
(AA): Incluso lo que creemos inmóvil tiembla, como la piedra que aguanta la respiración. ¿Cómo entiendes la fragilidad del tiempo y de lo inerte en tu obra?
(GV): ¿Por qué me preocupa tanto el tiempo? Hay dos cosas sobre el tiempo que marcaron mi vida. Una, es la muerte temprana de mi madre. Dos, la lectura de Heráclito. Ahora me pregunto cómo se anudan esos dos tiempos, esas dos cosas sin vida: el cuerpo de mi madre y el pensamiento de un hombre antiguo. Es muy extraño porque no sé usar reloj. Aprendí a ver la hora muy muy tarde. No sé la respuesta.
(AA): Nombrar no salva, pero permite acercarse a un estado primitivo del ser. ¿Qué responsabilidad ética sientes al nombrar desde la poesía?
(GV): Creo que es la misma responsabilidad que llevo a todos los lugares. Esta pregunta me la llevo como un regalo, porque me obliga a pensar cuántas éticas tengo y si son distintas en los distintos espacios en que me desempeño.



