El suicidio en la literatura
Autores que han decidido poner fin a sus vidas. Poemas, cuentos o novelas, cuyos ejes principales giran en torno a una persona que no quiere seguir viviendo y que encuentra la forma de morir en sus propios términos. Y los lectores que nos escandalizamos o sentimos como propios los dolores de otros a quienes no conocemos, pero que nos acompañan a través de sus letras.
Por: Jessica Hurtado Carvajal
Estudiante de Licenciatura en Literatura de Univalle

Foto: elconfidencial.com
Morir
Es un arte, como todo.
Y yo lo hago excepcionalmente bien.
Tan bien, que parece un infierno,
Tan bien, que parece real.
Supongo que cabría hablar de vocación.
Sylvia Plath
Aunque no lo parezca, son pocos los temas recurrentes en la literatura. Están, por ejemplo, el amor, la amistad, la muerte, la soledad. El suicidio es uno de los temas constantes que, sin embargo, sigue despertando tabúes. Esto se debe, seguramente, al miedo que despierta el solo hecho de pronunciar esa palabra.
Son tantos los ejemplos de autores de la literatura universal que han decidido poner fin a su vida en sus propios términos, que cabría preguntarse si existe una relación entre lo uno y lo otro. Algunos dirán que el suicidio no es inherente a un oficio, sino a la condición humana; otros, que los casos son tantos, que es imposible no relacionarlos.
Como diría Rosa Montero en El peligro de estar cuerda: “Para suicidarse hace falta la tormenta perfecta. El camino que lleva a alguien a la muerte está empedrado de un millón de coincidencias”. Por eso no es posible cargar a la literatura con el peso de la muerte de quienes la escriben. Eso sí, que quien se dedica a ella es una persona sensible a los temas sociales; una persona que cuestiona su época y en ese ejercicio se cuestiona a sí misma; una persona capaz de escudriñar en la oscuridad del alma. Entrar en la complejidad de la condición humana y regresar igual que antes no es posible.
Existen muchos escritores que han decidido poner término a sus vidas. Entre ellos recuerdo, por ejemplo, a Édouard Levé. Ese escritor y fotógrafo francés que, a los 42 años de edad, en su último libro, Suicide, por medio de frases cortas que formaban apartes de una vida en desorden, evocó el suicidio de un amigo de la infancia ocurrido veinte años antes y, diez días después de entregar el manuscrito a su editor, se suicidó.
Como no mencionar a Sylvia Plath, quien escribió una novela semiautobiográfica llamada La campana de cristal, publicada bajo el seudónimo de Victoria Lucas cuatro meses antes de su suicidio. O a Virginia Woolf, cuya vida estuvo plagada trastornos mentales, ya que desde joven sufrió episodios depresivos y padecía lo que hoy podría calificarse como trastorno bipolar. Después de escribir una carta a su esposo, llenó de piedras los bolsillos de su abrigo y se lanzó al río Ouse.
Otra que decidió terminar sus días en el agua fue Alfonsina Storni, quien se arrojó de la escollera del Club Argentino de Mujeres en la ciudad del Mar del Plata. Tal como inmortalizó Mercedes Sosa en la canción “Alfonsina y el mar”, podríamos preguntarnos: “Te vas Alfonsina con tu soledad / ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?”.
Son tantos los ejemplos de autores de la literatura universal que han decidido poner fin a su vida en sus propios términos, que cabría preguntarse si existe una relación entre lo uno y lo otro. Algunos dirán que el suicidio no es inherente a un oficio, sino a la condición humana; otros, que los casos son tantos, que es imposible no relacionarlos.
También Ernest Hemingway, uno de los personajes más fascinantes de la literatura universal, se quitó la vida la mañana del 2 de julio de 1961; y nuestro más grande poeta, José Asunción Silva, siguió el ejemplo de Hemingway en la madrugada del 24 de mayo de 1896. Pese a todo, quizá el suicidio más polémico del mundo literario universal fue el de Yukio Mishima, el autor japonés que hizo formar a la tropa para hacerse el “seppuku”, o lo que los occidentales conocemos como el “hara-kiri”, en público.
Pero, más que hacer un recuento de decisiones tomadas en momentos de desesperación, me pregunto ahora si es correcto escribir sobre este tema, si no será una especie de mercantilización del dolor. De hecho, algunas personas han acusado a escritoras como Piedad Bonnett de exponer la vida de su hijo en el libro Lo que no tiene nombre. Ella ha repetido en entrevistas que no lo escribió por este motivo, ni siquiera como un acto de catarsis, sino simplemente porque encontró potencial en la historia.

Foto: Tomada de método.es
Y es que grandes autores como William Shakespeare o Fiodor Dostoevsky han recurrido a este tópico en sus obras, ya sea como máximo simbolismo del amor imposible o como parte última del tormento psicológico al que se ve expuesta una persona.
Pues bien, pienso que de eso de trata la literatura: de contar historias de forma poco convencionales. Aunque no tengan nombre, como el dolor de una madre que acaba de perder a su hijo o como la angustia de un escritor que sabe que no lo ha dicho todo, pero que es incapaz de seguir haciéndolo.



