Crítica

El conde, o cómo ridiculizar al monstruo nacional

El conde es la sátira a uno de los mayores exponentes del autoritarismo de ultraderecha latinoamericano, con evocaciones al cine de terror de la primera mitad del siglo XX.  Una crítica mordaz a la complacencia e impunidad que rodean a estos individuos que, como vampiros, desangran al continente americano.

Título original: El conde
Director: Pablo Larraín
País: Chile
Año: 2023
Duración: 110 minutos

Por: Fidel Valencia Robles
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: as.com
Foto: as.com

En Latinoamérica hemos tenido vampiros tan voraces en su sed sanguínea como en su hambre pecuniaria. Hombres inmortalizados a diestra y siniestra que terminan sus días como impunes sibaritas en sus frías estancias invernales o en sus ubérrimas fincas tropicales. Precisamente, uno de esos entrañables sátrapas fue recordado en el presente año por haber protagonizado, hace medio siglo, el golpe de Estado que lo llevó al poder durante diecisiete años en Chile. Suceso que no podía pasar desapercibido para uno de los cineastas chilenos más capaces y críticos del momento, Pablo Larraín, director que ha construido su carrera poniendo el dedo en la llaga de la historia chilena.  

Larraín cuenta con películas como Tony Manero (2008), ambientada en plena época pinochetista con un manto de decadencia, violencia y oscuridad; Post morten (2010), enmarcada en el día cuando ocurrió el golpe de Estado, y No (2012), en la que cuenta la historia de un publicista que impulsa la campaña del No en el plebiscito de 1988, el cual pretendía impedir la continuidad de Pinochet en el poder.  En 2016 dirigió Neruda, centrada en la persecución política sufrida por el poeta en su fase como senador del Partido Comunista. A parte del contexto chileno, ha trabajado en series, videoclips y películas como El club (2015).

…El conde es una crítica mordaz a ese largo hilo de sangre dejado por el fascismo y el neocapitalismo. Hilo que ahora alimenta a los nuevos vampiritos emergentes de la ultraderecha latinoamericana que vienen ganando elecciones y prometiendo la solución de las motosierras a los profundos problemas de nuestros países. 

Ahora bien, en 2023, Larraín vuelve a tocar temas sensibles para la sociedad en la que nació. Esta vez con una mordaz sátira que evoca la estética del cine de vampiros de la primera mitad del siglo XX, y que, al tiempo, se burla de uno de los símbolos del fascismo mundial. El conde inicia con un recorrido al aposento del exdictador, una lúgubre vivienda de madera con muy poca luz solar. La casa puede tomarse como una alegoría a un ataúd gigante, cama por excelencia de cualquier vampiro respetable como Pinochet. La voz de la narradora, de habla inglesa –descubrir de quién es dicha voz es de lo mejor de la película–, irrumpe en el ambiente con una frase digna del mejor de los cinismos: “Naturalmente, nuestro querido Conde ha probado sangre humana de todos los rincones del mundo. Su favorita es la sangre inglesa, por supuesto”. De ahí en adelante, descubrimos el origen del Conde y todo lo que lo ha llevado al punto presente que nos muestra el filme.

Uno de los aciertos de Larraín es saber mostrar un episodio tan doloroso –glorioso, dirían los fascistas– y polémico de la historia de Chile con humor negro, pero sin perder de vista la dimensión respetuosa que una situación tan siniestra requiere. En otras palabras, la sátira va encaminada hacia la figura Pinochet mostrada como un vampiro patético con ganas de morir, porque prefiere eso a que lo llamen ladrón, pero que, de repente, reanuda su ingesta de corazones licuados para revertir su envejecimiento y así poder cortejar a la joven monja, cuya misión real es exorcizarlo. Recurso acertado en la medida en que no cae en la obviedad de condenar la barbarie del dictador con una pose de superioridad moral ni cae en lo pueril de tratar algo tan delicado con humor simplón.  

Pablo Larraín, director chileno. Foto: latercera.com
Pablo Larraín, director chileno.
Foto: latercera.com

Otro acierto es cómo la sordidez del entorno del dictador es captada a la perfección gracias al tratamiento estético. La puesta en blanco y negro evoca clásicos del terror como Drácula (1931), de Browning, o mejor recordada por tener a Bela Lugosi como protagonista. En El conde, la actuación de Jaime Vadell le da a Pinochet un carácter de decrepitud entrelazada con trazos de altivez y orgullo. Un monstruo duro, pero decepcionado de sus inútiles hijos y de su lamentable esposa, que deja ver esa pequeña luz en su rostro cuando se siente atraído por la sangre fresca de la monja Carmen.

Larraín tomó personajes reales y los dotó con el aura de uno de los personajes más potentes del imaginario popular para crear una propuesta novedosa, por lo menos, en el cine latinoamericano. Pero más allá de eso, vemos que El conde es una crítica mordaz a ese largo hilo de sangre dejado por el fascismo y el neocapitalismo. Hilo que ahora alimenta a los nuevos vampiritos emergentes de la ultraderecha latinoamericana que vienen ganando elecciones y prometiendo la solución de las motosierras a los profundos problemas de nuestros países. 

A propósito de motosierras, sería interesante imaginar a nuestro vampiro nacional sobrevolando los cielos nocturnos de Bogotá, a la manera del Pinochet de El conde por los cielos de Santiago, en la búsqueda de corazones tiernos para consumirlos y después ocultarse en la sordidez de su ubérrima finca. Disculpen el delirio; nadie tendría la fuerza, la pericia y la valentía de satirizar de esa manera a nuestro monstruo. Por el momento, disfruten el gran trabajo de Larraín.

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