Perfil

El color de lo popular

Por: Juliana Giraldo Gómez

Andrea Castañeda, artista visual caleña.
Andrea Castañeda, artista visual caleña.

“A mí me parece que Cali es una ciudad donde uno quiere al vecino, ¿no?”, sonríe y se responde inmediatamente, como si los recuerdos la obligaran a hablar. Después el barrio y lo que significa nacer en esta ciudad de fuego convierten la comisura en nostalgia: “Lo que me ha dado mi barrio ha sido, como yo decía, lo real (…). Porque cuando una persona vive con lo que es básico para cualquiera, sus intereses cambian, las relaciones son más auténticas porque solamente es eso, algo humano. No hay nada más allá que ofrecer, no puedo ofrecerte un trabajo, ni que si sos mi mejor amigo voy a darte una oportunidad. No, porque yo estoy en la misma condición que tú”.

Ella es Andrea Castañeda, la de los perros y las materas. O también la artista, que sería el término adecuado para condensar las imágenes que construyen lo esencial. Hablar en plural es una de las cosas que más ama, porque no cree en la existencia del individuo si no hay una comunidad que lo respalde. Han pasado veinte minutos desde su llegada y en mi cabeza está su voz que retumba sobre el mismo concepto: lo popular. Sin embargo, su vida contrasta con la soledad a la que debe enfrentarse una hija única, que sin hermanos llena los rincones de la habitación infantil con marcadores, pinturas, plastilinas, y libros. Los mismos que más adelante serán la extensión de un deseo: convertirse en artista, ilustradora de libros y, en lo posible, parte de una comunidad a la que años más tarde deberá lo sensible que compone su obra.

Cuando nos acercamos al concepto de lo popular, una lluvia de sinónimos recorre nuestra mente. Una palabra tras otra golpea. Estamos enfrentados a una imagen cargada de personas, diversidad e ilusiones. A la imagen se unen sonidos, voces, acentos, expresiones y frases que seguramente van acompañadas por alguna canción. En Cali no hay esquinas silenciosas porque vivimos en la ciudad de “al son que me toquen bailo”. “Lo popular es todo un mundo (…). Yo siempre trabajé con el barrio, con lo que significa el arte popular, la decoración”, dice Andrea. Se detiene y me explica que ese mundo está conformado por cosas que quizá yo nunca logre entender, porque la caleñidad se vive de manera muy diferente. “Es un mundo de jergas, de cosas que encuentras en casi todos los lugares. No sé, muchos temas”.

Andrea nació en Cali el 10 de diciembre de 1991. “Soy tan caleña que nací en la clínica Rafael Uribe Uribe”, dice mientras ríe y recuerda su transitar de vida. “Desde que entré a estudiar artes siempre quise ser ilustradora de libros, eso sí lo tuve súper claro, porque fui una lectora desde niña. Me parecía que a muchos libros les faltaba como eso, las ilustraciones se quedaban cortas. A veces miraba la ilustración y era tan sencilla, y yo quería ver esos detalles que decía ahí”. Ella es amante de todo lo que simbolice vida: del color verde, la montaña dónde vivió por dos años con sus perros, la percusión que da ritmo a cada paso, los animales que la acompañan en sueños cada noche después de pintarlos, y finalmente, la literatura, que como un puente artístico logró acompañarla mucho antes de llegar a la Universidad del Valle.

Me cuenta cómo transcurrieron las 48 horas más determinantes de su vida, al menos desde la academía y el arte. “Recuerdo que llegué super nerviosa a la prueba de admisión (…). Fue bonito, ¿sabés? Una experiencia muy chévere, había mucha gente, como siempre pasa cuando se presentan a la Universidad. Era una prueba de dos días donde tenías que hacer un montón de cosas, como análisis de esculturas y de imágenes. También tenías que dibujar, y pues yo estaba en el colegio, había pedido permiso. Sentía que no tenía oportunidad porque había gente que estaba en Bellas Artes y se quería pasar a Univalle, gente mayor que tenía experiencia (…). En el segundo día tenías que hacer un dibujo a partir de una frase, y la mía era algo así como: Era tan bello, tan sublime, que era triste. Yo no sabía qué dibujar, alrededor tenía compañeros que ya habían iniciado y se desparpajaban o arrancaban el papel, y pues no sé, tenía 17 años. No sabía ni mierda de dibujo, no me habían dado clases de dibujo así tan expresivo, había tenido en mi primaria, pero pues imagínate. Así que yo intenté indagar en eso que tanto leía y dije: ¿cómo voy a saber tantas cosas y haber leído para no tener ninguna analogía que me haga entender esto? Y entonces pensé en un poema de Baudelaire que dice: la mujer es como una flor en terreno volcánico, y empecé a dibujar a partir de eso y me admitieron en Artes visuales”.

También recuerda lo difícil y agobiante que fue ese proceso: “Cuando empecé a avanzar las cosas se empezaron a poner más complicadas. Más cuando tenés compañeros que son populares, que tienen carro, que viven muy bien, que sus papás tienen dinero, que sí tienen para comprar Faber Castell. Empezás a ver que esas tizas pastel son caras, que esos óleos son caros, que los lienzos son caros, que los pinceles son caros”. Analiza lo difícil, pero lo concilia con un recuerdo sobre lo bello de la Universidad: “Teníamos un grupito de compañeros, éramos más populares. Siempre teníamos que comprar cosas más baratas, ¿no? Incluso llegamos a trabajar con basura, llegamos a hacer proyectos reciclados porque no había forma de gastarnos lo que en realidad quisiéramos. Eso fue en muchos momentos frustrante, pero en otros fue muy creativo porque tenías que solucionarlo. Y eso también lo veían los profesores, la manera como solucionaste con algo que se veía reciclado, frente a muchos compañeros que tenían todas las posibilidades de comprar excelentes materiales, pero sus ideas eran tibias”.

Nuestra artista, en su curiosa forma de ver la vida, admite que la pintura, la ilustración y el arte en general, son actividades muy solitarias, pero con un deber ser colectivo, porque el “yo” ensimismado en su experiencia, alejado, ególatra y que no trabaja en función de varios, se convierte en un arte sin fuerza. “Me parece que el arte debe ser político, una herramienta histórica para cuestionar y para que la gente se identifique en colectividad.” La seriedad que sobresale de su rostro con algunos temas es, por poco, la confirmación del empeño, respeto y serenidad a la que se enfrenta día a día como creadora visual. “Vos como artista tenés que ser político sí o sí; o sea, tenés que tener una posición, algo que decir más allá de vos. Estás viendo el mundo, no te podés concentrar simplemente en que sean tus sentimientos los que más valor tienen. Qué pereza que todavía el artista esté metido en este cuento de: yo sentí, un día me di cuenta… ¿Qué pasa con las otras personas? ¿Por qué no hacés una colectividad de eso para explicar qué hacer con ese sentimiento a personas que se sienten igual? Para que cuando vean tú obra no se pregunten simplemente: ¿qué quiso decir?, sino que digan: ¡Yo me he sentido así!”.

Escucho a Andrea y pienso que su historia es un engranaje donde el arte, su barrio y la alegría del color se abrazan. Donde cada nuevo objeto se acomoda perfectamente y va sumando a la diversidad que la caracteriza. Es natural que su proyecto actual de ilustrar mascotas y pintar materas incluya un sentido bello y popular. Desde que empezó el proyecto ha conocido personas que como ella desean guardar un recuerdo de su compañía, colgar en la sala un cuadro y contemplarlo con el mismo amor que sienten por ellos. Andrea comenzó retratando a sus perros sin pensar que finalmente crearía un proyecto para todos, popular, como siempre lo ha dicho. “Mucha gente me ha criticado porque no son las obras de arte más pensadas y con el aura más compleja, pero a mí me parece que cumple con todo el ejercicio de hacer arte, solo que es popular y para gente popular, para gente tan popular, que quiera tener un retrato de su mascota en la sala de su casa. La gente te contacta con toda la emoción de la experiencia de que un artista les vaya a pintar algo que está en sus ideas. Eso es bonito”.

Sin embargo, el proyecto de ilustrar tomó rumbos inesperados y una resignificación por parte de algunos compradores, quienes no sólo deseaban un retrato o alguna matera decorativa, sino que deseaban que esa matera, con el rostro de sus mascotas, se convirtiera finalmente en el lugar de descanso para las cenizas de sus compañeros. Allí el ejercicio artístico y la sensibilidad de entender al otro logran fusionarse. Andrea escucha detalladamente las historias, la rutina, lo que les gustaba comer y lo mucho que han significado. “Pienso en todo el amor que va a tener ese artículo. Usualmente trato de hacerlos en cielos lindos con muchas flores, que se vean contentos para que, uno en medio de su bobada sentimental, piense que descansó, que está en el cielo de los gatitos y los perritos”.

Andrea no sólo utiliza su arte en función de una idea; también, en ocasiones como el paro nacional, permite que sus colores hablen sobre la experiencia vivida. En Cali, una de las ciudades más afectadas y a su vez unidas durante este acontecimiento, retrató lo que sería uno de los puntos de resistencia. Allí explica que los colores simbolizan lo que es Cali en esencia y que, a pesar de los momentos álgidos y desgarradores, se mantuvo siempre esa sensación de unión y esperanza, la sociabilidad por fin se cumplió. Y aunque a veces sus obras no sean entendidas como ella desea, entiende y recibe cada crítica con una necesidad de comprender al otro porque importa y forma parte de la comunidad.

Finalmente, el engranaje está completo. Existen plantas, colores, sabores, frases y personas, también gustos, causas sociales, sentimientos e ideas al aire que van a tomar forma. El arte en su expresión más popular encuentra en Andrea una voz para seguir existiendo, para formar parte de una comunidad que siente y vive. Caleña muchas veces, pero también universal, porque los alcances de una pintura, retrato o matera no suponen límites. La niña solitaria, alegre y capaz, continúa con el mismo ejercicio de retratar lo anhelado, ahora con una perspectiva adulta y meditativa. Hoy Andrea conserva la esencia del pasado que ha construido su arte, pero la resignifica cada tanto en base a su experiencia, a las comunidades que visita, a las realidades que afronta y a lo que seguramente nunca renunciará: la popularidad de ser caleña.

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