Entrevista

El cielo al revés, documental de Jorge Enrique Rojas

Esta obra reactualiza, con lucidez y sensibilidad, la larga tradición fílmica de Cali y el Valle del Cauca. Asimismo, da cuenta de cómo los espacios marginales están revestidos con una belleza donde la esperanza se aferra al presente a pesar de las adversidades. Tres historias, y tres destinos, dialogan en un espacio común en el que tienen elevado valor simbólico el arraigo, las marcas de identidad y las reminiscencias familiares. El director Jorge Enrique Rojas ha conversado con La Palabra sobre esta producción audiovisual.

Por: Alejandro Alzate

Desde hace un año Zoe, la hija de Jhoanna, asiste a una guardería del Icbf donde da los primeros pasos de su proceso de formación. Aunque Johanna no tiene trabajo, generalmente ocupa sus días estando a cargo del alquiler de cuartos que pudo organizar en su casa. Foto: El cielo al revés.
Desde hace un año Zoe, la hija de Jhoanna, asiste a una guardería del Icbf donde da los primeros pasos de su proceso de formación. Aunque Johanna no tiene trabajo, generalmente ocupa sus días estando a cargo del alquiler de cuartos que pudo organizar en su casa. Foto: El cielo al revés.

Alejandro Alzate (AA): El título El cielo al revés es sugerente y potente. ¿Por qué ese nombre y qué relación tiene con las vidas de los protagonistas del documental?

Jorge Enrique Rojas (JER): Siempre me llamó la atención ese bautizo comercial que tiene Cali, y que la oferta como “Sucursal del Cielo”. Me llamó la atención porque la ciudad que yo conozco se extiende rota, desigual, traqueta, sometida por su clase política sin clase y abusada por su oligarquía cañera, ahora degenerada en peores versiones. En consecuencia, hoy hablamos de una de las veinte ciudades más peligrosas del mundo. El año pasado mataron aquí a casi mil personas. ¿Bajo qué cielo cabe eso? La ciudad que yo conozco ha estado siempre patas arriba. Entonces, el título es una alegoría de eso y del estigma que señala al barrio Sucre como infierno, infierno que, por cierto, no vi. Lo que encontré fue una representación a escala del resto de Cali, igual de trágica, pero al fin y al cabo milagrosa.

 El título también se desprende de la experiencia concreta dentro de la casa de los protagonistas: cuando empezó el rodaje una parte de la vivienda no tenía techo, de modo que el cielo estaba presente como un personaje más. Y esa presencia, extendida en la contemplación de las calles del barrio, tradujo una belleza particular que terminó convirtiéndose en una de las claves simbólicas de la narración, incluso sirviendo como conector de distintos momentos y personajes.

(AA): ¿De dónde nació el interés por realizar un documental sobre el barrio Sucre y qué te llevó a centrar la mirada en esta comunidad?

(JER): Nació cuando supe de Ciudad Paraíso, un plan de renovación urbana que se anunció para el centro de Cali. Después de su primera etapa en El Calvario, reducido a un par de manzanas en pie, comencé a ver el Sucre como otro barrio destinado a desaparecer, junto con su memoria incluida. Y supuse un documental como posible forma de preservar algo. Aunque mi interés ha sido una suma de razones, el centro siempre compuso mi geografía personal. Por ejemplo, mi abuelo nació en San Nicolás, mi abuela en San Bosco, y por años yo trabajé en El País, que estaba a dos barrios del Sucre. Así que de una u otra forma ese territorio siempre estuvo gravitando alrededor mío. Varias veces mi curiosidad profesional me empujó a intentar contarlo, de hecho, y todas las veces ―ahora entiendo― lo hice mal: de forma incompleta, atrapado en los lugares comunes que le han hecho tanto daño. No quiero decir que El cielo al revés sea la reivindicación de aquellos intentos fallidos, pero sí es la forma más honesta que encontré para contar esa historia siendo el periodista que siempre quise ser. Y por eso, en cierto modo, el documental es un relato tan íntimo: no solo muestra la cotidianidad de una familia con el Sucre como telón de fondo, sino que es el reflejo de la manera en que yo entiendo el significado de mi oficio y de mi lugar en el mundo.

(AA): ¿Cómo fue el proceso de acercamiento a los habitantes del barrio y qué retos implicó construir confianza durante el rodaje?

(JER): Buscando entrar al Sucre me hablaron de una niña: Luciana Parra Moreno. Era pandemia y ella, con 5 años, urgía atención para la enfermedad congénita con la que había nacido. Vivía postrada cuando la conocí, esperando que los servicios domiciliarios de salud que le habían aprobado a su mamá, llegaran. Pero ningún médico quiso entrar al Sucre. Bajo el título Un milagro en la olla, conté la historia en el periódico Qhubo. Entonces hubo gente que le mandó tarros de leche, medicamentos, oraciones y buenos deseos. Pero, como suele pasar, la solidaridad colectiva se apagó rápido y un año después la niña murió en un hospital.

La gestación de El cielo al revés arranca más o menos así, desde la obstinación por ayudar a contar otra historia de ese lugar que no parece importarle a nadie. Durante mucho tiempo fueron búsquedas estériles, girando alrededor del estigma. Hasta que el destino puso en escena a Johanna y su familia, que empezaba de nuevo con una bebé. Por esos días ella buscaba la forma de levantar ‘cambuches’ de madera en la parte de atrás de su casa, como un plan de negocio que le permitiera permanecer junto a su niña recién nacida mientras ofrecía los alquileres. Y queriendo ayudarla conseguí asistencia para iniciar la construcción. Entonces el documental apareció. La forma de contar el barrio estaba justo allí, en la cotidianidad de esa familia que aun después de tantos golpes encontraba en el barrio una esperanza más grande que sus propias derrotas. Mi verdadero acercamiento con los personajes inició allí dentro, haciendo parte literal de esa construcción. El reto de aquel momento es el mismo con el que me mantengo en deuda: demostrarles que contar su historia serviría para algo.

Foto: Telepacífico.
Foto: Telepacífico.

(AA): Desde tu experiencia, ¿cómo analizás el estado actual de la producción cinematográfica en Cali y cuáles considerás que son sus principales fortalezas y desafíos?

(JER): Quiero creer que estamos en un momento de bonanza, porque la tecnología ha democratizado procesos que antes eran inaccesibles para muchos. Hoy un teléfono facilita formas de grabación con altísima calidad y agiliza procesos que durante décadas fueron una barrera. En ese sentido, estamos en un tiempo que debería permitirnos ver la ciudad contada desde muchas otras miradas críticas y contemplativas, como en algún momento fue costumbre y terminó siendo leyenda.


Yo creo que los caleños, los vallecaucanos, tenemos un ADN narrativo que nos compone. Somos noveleros, voyeristas, bochincheros por naturaleza. Me da la impresión de que tenemos la necesidad genética de contarnos, de transmitir lo que somos a través de los relatos de nuestra propia existencia. Y esa pulsión es una de nuestras mayores riquezas. El desafío, quizá, está en salir del lugar común, en dejar de contar a Cali únicamente desde la salsa y sus timbales. Esa es una historia hermosa, pero la ciudad es mucho más profunda y todavía quedan demasiadas capas de su realidad que necesitan ser descubiertas.

(AA): ¿Cómo ha sido la recepción del documental en Cali y qué diferencias has percibido en su circulación y lectura en otros escenarios nacionales e internacionales?

(JER): En Cali, hasta ahora, el documental no ha tenido difusión por varias razones. En primer lugar, porque mientras realizaba su recorrido por festivales debía mantenerse lo más inédito posible, de modo que su circulación local ha sido limitada y apenas comenzará a ampliarse este año. Pero también es cierto que no se trata de una obra diseñada para el circuito comercial, ni de una historia que muestre a Cali desde las lentejuelas y las coreografías festivas que suelen acompañar su imagen más promocional.

La película es, en el fondo, una historia de amor. Pero todo el marco incomoda porque muestra las ausencias estructurales que persisten en la vida cotidiana del Sucre. Este tipo de relatos no suelen encontrar espacios de exhibición fácilmente. Te doy un ejemplo: en su momento, desde Telepacífico, le ofrecieron el documental al Festival Internacional de Cine de Cali para su exhibición a través de esa plataforma y en dos ocasiones dijeron que no les interesaba. En contraste, durante su paso por festivales internacionales, El cielo al revés ha recibido valoraciones muy generosas, siendo reconocido como mejor documental en dos espacios. Ese camino ha permitido que la película encontrara una conversación abierta en esos contextos. En Cali, por ahora, su presencia se ha dado a conocer través de algunas reseñas de prensa, mientras las puertas institucionales que he tocado para ampliar su circulación siguen estando cerradas.

(AA): ¿Encontrás afinidades entre tu impronta como autor y las estéticas o preocupaciones cinematográficas de directores como Víctor Gaviria y Carlos Mayolo?

(JER): Sería excesivamente pretencioso si te dijera que sí. Imagínate: esta es mi ópera prima y la grabé con un celular. Me honra profundamente la pregunta y la entiendo, pero no: Mayolo y Víctor Gaviria han sido referentes, claro, inspiración pura. Pero estamos hablando de otra cosa, esos manes son genios.


En mi caso, las preocupaciones estéticas estuvieron atravesadas, antes que nada, por la resolución de dificultades concretas. Al grabar con el celular, debía procurar planos muy cerrados para lograr que el micrófono quedara lo suficientemente cerca de las voces de los personajes. Lo que pasa es que con el tiempo esos planos terminaron convirtiéndose en una decisión narrativa emparentada con mi fascinación por los detalles mínimos de la vida. Los encuadres son parte de mi insistencia por contar las historias desde la cercanía, desde aquello que suele pasar desapercibido.

Nini Johanna Tenorio Castrillón nació el 31 de junio de 1980 en Bucaramanga. Cuando iba a cumplir los 16 llegó a vivir al barrio Sucre, de Cali, junto a su papá, Alfredo Tenorio, un veterano vendedor de lotería conocido entre los salseros de su época como ‘rocanrrol’. Foto: El cielo al revés.
Nini Johanna Tenorio Castrillón nació el 31 de junio de 1980 en Bucaramanga. Cuando iba a cumplir los 16 llegó a vivir al barrio Sucre, de Cali, junto a su papá, Alfredo Tenorio, un veterano vendedor de lotería conocido entre los salseros de su época como ‘rocanrrol’. Foto: El cielo al revés.

(AA): Durante la realización del documental, ¿hubo algún momento o testimonio que transformara tu propia percepción sobre el barrio o sobre el oficio de documentar?

(JER): Lo que realmente cambió fue la percepción sobre mi oficio como periodista. Hubo una anécdota en particular. En el Sucre conocí a Las Langostas, una banda de chicas trans que se dedican al cosquilleo en el centro. Muchos años atrás yo había escrito sobre ellas a partir de reportes policiales y testimonios entregados por lo que en ese momento era la fuente oficial que debía consultar.

Con base en esas versiones publiqué una historia que, solo después de mi inmersión en el barrio, pude comprobar que no coincidía con la realidad. En Sucre entendí las razones por las que Las Langostas permanecían en la calle y cómo ese nombre sigue siendo una herencia que pasa de generación en generación, casi como una banda inmortal. Las razones, por supuesto, son dolorosas y están profundamente relacionadas con la exclusión que enfrentan chicas como ellas. Si una ciudad es capaz de darle la espalda a un barrio entero, ¿qué tanto podría importarle quienes viven en el borde?

(AA): Después de El cielo al revés, ¿qué caminos creativos te interesa explorar y qué historias sentís que aún necesitan ser contadas en la ciudad.

(JER): Por ahora sigo dándole vueltas al mismo cielo. En este momento trabajo en la organización del material de lo que podría ser una segunda parte de la historia. No digo que se trate de una secuela; probablemente será un corto, tal vez se llame El cielo por dentro. Y por ahora, y muy a mi pesar, continúa siendo el relato de la invisibilidad: lo que ha sucedido —o no— con los protagonistas, el cierre de algunas preguntas abiertas al final del documental. Estoy dándole vueltas al cómo encontrar la narrativa adecuada y el camino que permita darle la visibilidad que merece, porque, sin duda, debe existir otra manera.

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