“El Chino” Chang, poliedro
Por: Hernán Toro

Foto: Facebook de Julián Chang.
Conocí a Pedro Chang (El “Chino” Chang, como todo mundo le llamaba) cuando cursábamos el tercero de bachillerato en el colegio de Santa Librada. No logro precisar en cuáles circunstancias; solo recuerdo que por razones misteriosas pronto nos hicimos amigos muy cercanos, nexo que se consolidaba no solo por las circunstancias puramente estudiantiles, sino porque coincidíamos en el camino a pie de retorno a casa. Pedro vivía en el barrio Junín, muy cerca del Colegio Industrial Antonio José Camacho, a 50 metros de un barriecito de invasión conocido como “Pueblo e’lata”, sede de ilustres pandilleros de barriada, y cada día nos regresábamos del colegio caminando hacia el Junín, primero, de donde yo continuaba hacia el Bretaña, lugar de mi residencia. Fue de Pedro, que me llevaba dos años de edad, de quien recibí en mi frente las ardientes aguas bautismales de la poesía, confirmadas un año después en ese mismo claustro de muchachos marginales y despistados por el poeta Armando Romero, hoy en día Doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad de Atenas, la misma que, con otro nombre, fundara Aristóteles. Los tres, Pedro, Armando y yo, conformamos, sin haber escrito nada, o acaso sí emborronado unas dos o tres páginas, pero habiendo leído ya hasta memorizar el larguísimo poema Prosa del transiberiano, de Blaise Cendrars, y a los grandes escritores norteamericanos de la Beat Generation –Jack Kerouac, Laurence Ferlinghetti, Gregory Corso, Allen Ginsberg, quienes nos transplantaron directo en el cerebro el virus irresistible de la aventura y de los caminos por recorrer–, conformamos, digo, un trío de poetas temibles, cuya audacia era premiada por los profesores de literatura con su simpatía y evidente complicidad.
Juntos, viajamos en una mítica excursión de bachilleres hasta Bogotá –donde Armando nos presentó a X-504, el gran poeta Jaime Jaramillo Escobar, con quien almorzamos en un restaurantico del centro, y donde nos tomamos fotos irreverentes en Monserrate colgados del cuello de las estatuas que ilustran los 14 pasos del viacrucis–. Viaje verdaderamente fundacional, rematado, primero, por el conocimiento de un hombre sin nariz en el vagón-restaurante del tren que nos condujo de Bogotá a Santa Marta y que nos contó durante tres días, duración del viaje, todas las peripecias de la construcción de esa vía férrea –en cuyas obras justamente había perdido la nariz–, y después, por la visita en Cartagena al claustro de san Pedro Claver a la medianoche bajo la guía de un monje que debía estar loco para prestarse a semejante cortesía.

Foto: Facebook de Julián Chang.
En un gesto que lo revela de cuerpo entero, un día, faltando solo un mes para graduarnos de bachiller, Pedro abandonó el colegio y se fue para Bogotá.
Después, Pedro regresó a Cali más provocador que nunca tras haber fundado el movimiento de poetas conocido como “Los Mefíticos”, que asolaba el campus de la Universidad Nacional con sus provocaciones altaneras. A mi casa llegó en compañía de un poeta de apellido Vargas, miembro conspicuo de ese movimiento que respondía en su aspecto a la imagen preconcebida de un poeta: pelo larguísimo, barba incipiente, ropa sucia, fumador obsesivo, con quienes hablé desde mi cama de enfermo con 40 grados de fiebre producto de una gripa violenta que terminó contagiada en los frágiles pulmones del poeta Vargas. Fue el acta de nacimiento del mefitismo en Cali. Algunos días después, le acompañé a una entrevista en vivo y en directo, con micrófono en público, en el campus de la Universidad del Valle hecha por destacados militantes de la social democracia, entre los cuales su más notable miembro era el estudiante de medicina conocido como “El Flaco” Cabal, cuya importancia se medía por haber invitado al entonces presidente en ejercicio de Chile, Eduardo Frei, a hablar en la plazoleta de la rectoría desde el balcón que todos los incendiarios líderes universitarios de la época utilizaban. Pedro lo sacó de quicio leyendo como ejemplo de la verdadera poesía, por pura provocación, contrariamente a la concepción conservadora de Cabal, su poema Psumpo, que dice así interminablemente: “Psumpo, psumpo, psumpo. Psumpo, psumpo, psumpo, psumpo…”.
Pedro era temible para sonsacarle dinero a los profesores. Bajo las razones más inverosímiles se acercaba a ellos, y de ese encuentro salía con un préstamo jugoso en sus bolsillos. De inmediato, arrojaba con desprecio el paquete de cigarrillos Pielroja a la basura, compraba varios paquetes de Lucky Strike, repartía el dinero entre sus amigos, y nos desplazábamos a la cafetería de Medicina de la Universidad del Valle a jugar póker. Nunca devolvió un peso, como nunca devolvió las guitarras que pedía prestadas, pues tenía por hábito venderlas.
No recuerdo bajo cuáles artilugios Pedro terminó matriculado en la Universidad del Valle, y juntos, estudiantes ambos de Medicina (de Medicina, sí), extrañando a Armando Romero, errante entonces en las minas de Chuquicamata, en el desierto de Atacama, en la Isla Grande de Chiloé, en Chile, estudiábamos desde la medianoche hasta la madrugada en la cafetería del Hospital Universitario, de donde salíamos estimulados por productos inconfesables a rendir nuestros exámenes de estudio.
Con Gabriel Osorio y Héctor Fabio Quintero conformamos el grupo de choque autodenominado “Gallada Fierro”, provisto de las armas mortales de la poesía y la política, cuyos objetivos institucionales más importantes eran enfrentar a tantos machistas, a tantos racistas, a tantos clasistas que entonces proliferaban en la Universidad, y persuadir a las chicas de lo bien fundado de nuestras intenciones.
Pedro era temible para sonsacarle dinero a los profesores. Bajo las razones más inverosímiles se acercaba a ellos, y de ese encuentro salía con un préstamo jugoso en sus bolsillos. De inmediato, arrojaba con desprecio el paquete de cigarrillos Pielroja a la basura, compraba varios paquetes de Lucky Strike, repartía el dinero entre sus amigos, y nos desplazábamos a la cafetería de Medicina de la Universidad del Valle a jugar póker. Nunca devolvió un peso, como nunca devolvió las guitarras que pedía prestadas, pues tenía por hábito venderlas.
A los 15 años de edad, Pedro era el líder indiscutible de una banda de muchachos del barrio Junín, cuya base de operaciones era el Parque del Triángulo del Junín, banda conocida como “Los Vampiros” –lo estoy viendo con su chaqueta negra de cuello levantado, émulo de James Dean en Rebelde sin causa y Al este del paraíso–, en cuyos rangos, y bajo su mando imperioso, militaban obedientemente dos exmarineros musculosos, tatuados brazos, torso y cuello con dragones y serpientes, ambos de más de 40 años de edad, y un corpulento y fibroso levantador de pesas de la Liga del Valle.

Foto: Facebook de Julián Chang.
Estudiantes sin plata, vendíamos cada verano nuestra precaria biblioteca para financiar nuestros viajes por Colombia. Privilegio en mi memoria el viaje a San Juan de la Costa, una isla a doce horas de navegación en lancha fuera de borda desde Tumaco, desaparecida por un tsunami en 1979, cuya finalidad era cumplirle la promesa de visita –promesa puramente protocolaria, se entiende– a una linda adolescente de apellido Montini y sangre italiana, sobrina de Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, más conocido como Paulo VI, Papa entonces reinante sobre toda la cristiandad desde Roma, cuya familia de migrantes había terminado arrinconada en los arrabales del tercer mundo: la ciudad de Cali y unos aserríos en lo más profundo del litoral del Océano Pacífico. La chica casi muere de sorpresa al vernos llegar a la medianoche, extenuados después de 12 horas de navegación, pero su madre nos acogió con la gentileza proverbial de Calabria, tanto, que, intuyendo que no era el dinero lo que nos sobraba, nos recomendó días después al capitán de un barco maderero, el “Río Izcuandé”, que estaba recogiendo un cargamento de madera en su aserrío, para que nos acercara a Buenaventura. La solicitud de la esposa de un hermano del Papa Paulo VI no podría ser rechazada. Allí visitamos a los Fong, familiares directos suyos, propietarios de una ferretería, quienes, bajo nuestro firme compromiso de devolverlo pronto, nos prestaron dinero para el almuerzo de aquel día y para la cancelación del Transur Buenaventura – Cali. En el camino, entre Pasto y Tumaco, habíamos conocido a Gabriel Zuluaga, un hermano de Guillermo Zuluaga Azuero, Montecristo, el célebre humorista antioqueño, un agente vendedor de telas y paños, que nos cantó con su voz de barítono amateur fragmentos de grandes óperas del repertorio clásico, mientras el bus desafiaba la ley de la gravedad de los grandes abismos, entre los cuales hay que mencionar el que nace en “La nariz del diablo”. Nuestros ocasionales compañeros de viaje en el bus no entendían qué estaba ocurriendo.
Pedro renunció a cualquier intento de continuar sus estudios universitarios y dio sus primeros pasos en el mundo de la publicidad convenciendo, con 22 años de edad, gracias a su gran capacidad persuasiva, a los organizadores de los VI Juegos Panamericanos de adoptar como mascota del magno encuentro deportivo continental a un gamín zarrapastroso, en una época en la que eran elegidos como mascotas para este tipo de eventos animalitos inocentes y tiernos. Y los convenció, sobre todo, con base en que el nombre del gamín, Víctor (Víctor Panamericano era su nombre), contenía en sus dos primeras letras el número romano VI que correspondía a los juegos.
Dotado de una gran sensibilidad musical, compositor en ciernes, promovió grupos musicales y cantantes diversos, entre los cuales hay que destacar a Isadora, una mujer de bellísima voz, nombre artístico propuesto por Pedro en detrimento de los nombres de las tres amantes de Ulises (Calipso, Circe y Nausicaa) y que, en realidad, correspondía al nombre civil de María Teresa Villegas.
…Pedro Chang era un poliedro, pero un poliedro contestatario, pues las diversas caras que lo componían ponían de presente su inconformidad radical con el mundo que le había correspondido. Era un inconforme, y en cada uno de sus actos, poéticos o no, proyectaba ese rechazo a las formas de la vida que había encontrado.
Lo de Torrijos fue increíble. Pedro se hallaba una tarde calurosa haciendo la siesta en casa de sus suegros, cuando alcanzó a escuchar entre sueños la voz atronadora de un hombre que desde la puerta se anunciaba como el General Torrijos. Contra toda lógica, era, en efecto, Omar Torrijos, presidente en ejercicio de Panamá, venido en carne y hueso en su avión privado expresamente de Ciudad de Panamá al barrio Junín de Cali, con el propósito de conocer a aquella persona de la cual le había hablado maravillas la cantante Isadora. Se hicieron entrañables, Pedro y Torrijos, tanto, que este fletó un avión para transportar hasta la Ciudad de Panamá a todos los familiares de Pedro y de Gladyz, más todos los amigotes de Pedro, para celebrar allí el bautismo de Julián, el primogénito del matrimonio Chang Saavedra, de quien Torrijos quería, junto a Isadora, disfrutar el honor de ser su padrino.

Foto: Facebook de Julián Chang.
A mi regreso de París después de seis años de haber vivido allí, desconectado de todo el mundo laboral y sin perspectivas de trabajo, generosamente me ofreció empleo en Grupo Publicitario, su agencia de publicidad, donde trabajé cerca de un año e intervine muy desde la retaguardia en la concepción de muchos productos publicitarios, entre los cuales estaba el muy conocido jingle de Café Águila Roja, que se canta todavía hoy, 50 años después, en las fiestas navideñas, y de cuya supuesta autoría yo me ufanaba tramposamente ante mis estudiantes universitarios. Cuando me manifestaban su admiración por semejante pieza creativa, yo me reía para mis adentros: ahí me estás pagando los libros que nunca me has devuelto, mi querido Pedro Antonio Chang Barrero. Pues, en efecto, Pedro se quedó con muchos libros de mi propiedad, especialmente los que me regaló el poeta Armando Romero. Es esa la razón por la cual es cierto que, todas las noches, un fantasma tira de los pies de Pedro en su tumba. Esté donde esté, juro que lo visitaré en un día de estos para exigirle su devolución. Me contentaré con los libros de Armando; de los otros podrá disponer como le plazca ¡No se saldrá con la suya!
Autor de dos libros de poesía (El otro lado de las cosas y Cali: no te vayas), pudieron haber sido muchos más si no hubiera tenido que dar satisfacción a tantos frentes como los que tenía su personalidad poliédrica. Sí, Pedro Chang era un poliedro, pero un poliedro contestatario, pues las diversas caras que lo componían ponían de presente su inconformidad radical con el mundo que le había correspondido. Era un inconforme, y en cada uno de sus actos, poéticos o no, proyectaba ese rechazo a las formas de la vida que había encontrado. Pero quizás era la poesía la cara que más lo representaba. Todos conocemos sus poemas; quizás baste citar uno solo:
“Terminó de leer estos poemas,
Cerró el libro,
Salió a la calle,
Se permitió unas cervezas,
Unas palabras con un desconocido,
Y sonrió al pensar
Que siempre había vivido
Al otro lado de las cosas.”

Foto: Facebook de Julián Chang.



