Crítica

El cautivo de Amenábar: el mito del cautivo narrador

Por: Álvaro Bautista-Cabrera
Universidad del Valle

Julio Peña interpretando a Miguel de Cervantes. Foto: Netflix.
Julio Peña interpretando a Miguel de Cervantes. Foto: Netflix.

Las peripecias de la vida de un autor suelen llamar la atención del lector porque las obras de ficción guardan vasos comunicantes, a veces secretos, con las circunstancias vitales del escritor. En el caso de Cervantes, los lectores se inquietan por los sucesos que han promovido los mitos biográficos que compiten con los de El Quijote, el Persiles o las Novelas ejemplares. Como si las obras sin autor dijesen poco. En lugar de preguntarse por la ficción misma les gusta oír ficciones sobre la vida del ser humano. Más cuando los separan siglos, datos y documentos oficiales desconocidos. Ahora bien, hay vidas en las que lo único valioso que ocurre es la obra y otras que ellas mismas son toda una novela. Sucede con la de Cervantes y, sobre todo, con su cautiverio en Argel entre 1575 y 1580.

El cautivo de Alejandro Amenábar es un filme que despliega el esplendor de una ciudad otomana y africana en la que la relación social bajo el islam brilla por la aceptación de costumbres prohibidas por el cristianismo. En un mundo sin la presión de la inquisición, en medio del comercio de humanos, asombran a los españoles de fe inflexible la convivencia de las religiones, las conversiones oportunistas, la presencia del hedonismo y el homoerotismo. Amenábar no duda en representar estas costumbres, junto a los sufrimientos de los cautivos y sus artimañas para sobrevivir a las humillaciones de una situación que los vuelve títeres de los deseos de sus captores.

El filme se cuenta desde la voz de Antonio de Sosa, amigo de Cervantes durante el secuestro y autor de la famosa Topografía e historia de Argel. Cervantes, por su lado, introduce su experiencia en “La historia del cautivo”, en El Quijote, en las comedias El trato de Argel y Los baños de Argel, con las que, más allá de dar testimonio de las jerarquías y padecimientos de quienes pierden la libertad, muestra la alteración de la mirada española, debido a escribirlas bajo el influjo del contacto con la otredad otomana que aporta la perspectiva de quien ha vivido cinco años entre “moros”.

Alessandro Borghi interpretando a Hasán Bajá. Foto: Netflix.
Alessandro Borghi interpretando a Hasán Bajá. Foto: Netflix.

El gran cervantista Lucía Megías ha escrito en Cervantes íntimo: Amor y sexo en los Siglos de Oro (2025),que es necesario buscar al “Cervantes-hombre” y superar los mitos que lo imaginan, ya un héroe de la batalla de Lepanto capaz de sacrificio, ya un homosexual desde la obra de Arrabal: Un esclavo llamado Cervantes. Estos mitos exageran datos como la entereza guerrera del autor de El Quijote o la posibilidad de su homosexualidad entre los turcos mahometanos.

Amenábar intensifica la relación entre el rey de Argel, Hazán Bajá y el esclavo, hasta el punto en que en su filme el relato del cautivo de El Quijote convierte a Hazán en Zoraida, seducido por la locuaz narrativa del alcalaíno, mas no por el cristianismo. Podemos conjeturar que un hombre que lleva en los aposentos de su imaginación la obra que escribirá, para salvarse pondría en marcha esa inventiva ficcionadora del personaje que muestra Amenábar. Igual que bien podría, además, explicar el homoerotismo entre el rey y el soldado el hecho de sobrevivir a cuatro fugas y recapturas. Esto rompe el estereotipo de la ausencia de amor en el homosexualismo, y le merma relevancia a la carta de recomendación de Juan de Austria, obtenida por el desempeño en los combates de Lepanto. Es la carta que hizo de Cervantes un valioso “esclavo de almacén”, cuyo rescate se fijó en la gran suma de 500 reales. En consecuencia, había que permitirle al cautivo algunos privilegios.

El cautivo de Alejandro Amenábar es un filme que despliega el esplendor de una ciudad otomana y africana en la que la relación social bajo el islam brilla por la aceptación de costumbres prohibidas por el cristianismo. En un mundo sin la presión de la inquisición, en medio del comercio de humanos, asombran a los españoles de fe inflexible la convivencia de las religiones, las conversiones oportunistas, la presencia del hedonismo y el homoerotismo.

No hay manera de satisfacer el imaginario de quienes hemos sondeado El Quijote, el Persiles y los dramas de Cervantes. Por lo dicho, extraño algunas exclusiones del filme. Me falta en el cautiverio de Miguel la presencia de otro cautivo, su hermano Rodrigo, lo que elimina los efectos de la fraternidad en medio del encierro. Igualmente, la pulcra presencia del actor me conduce a observar en el filme una manipulación al privar al actor de un maquillaje que le dé a la piel las cicatrices de un guerrero, la costra de la sal y la piel quemada de quien ha estado bajo las inclemencias del Mediterráneo durante años.

Extraño que no se representan las cuatro fugas de Cervantes. Reducirlas disminuye el deseo de libertad del español y elude circunstancias posibles como las conversaciones secretas entre representantes del rey de España y la autoridad otomana en las que se ventila una secreta misión de Cervantes ante el rey de Argel (Lucía Megías, 2025). Se observa una lectura superficial de las comedias de Cervantes, desde las cuales se podría inferir la situación de un español que porta una carta de recomendación del hermano del Rey de España y a la vez jefe de los ejércitos cristianos en el Mediterráneo. Amenábar escogió uno de los mitos cervantinos, y se la jugó por él. Por eso nos entrega un Cervantes cuentero y protagonista de una historia de amor con un rey.

Foto: Netflix.
Foto: Netflix.

Finalmente, extraño en este filme el poco uso de la expresión dialectal árabe con que se le llamaba a Cervantes en Argel: “shaibedraa” (“el del brazo tullido”), cuya pronunciación se asemeja en español a “Saavedra”, según Lucía López-Baralt. Al regresar a España, cuenta María Antonia Garcés en El cautivo de Argel (2005), el autor de El Quijote agrega a su nombre este apellido para afirmarse como autor: Saavedra, “el del brazo tullido”, lo que revela la huella dejada en su identidad por el drama vivido como militar del ejército de la cristiandad y cautivo en Argel. Esta experiencia incide en el hecho de haber adjudicado la autoría de su ficción de El Quijote a un tal Cide Hamete Benengeli.

¿Le pasó a Cervantes algo más crucial que un festín de amor durante el cautiverio? Amenábar introduce en El cautivo un tema fundamental de Cervantes: el amor. Personajes como Dulcinea del Toboso son producto del tema; La Galatea (1585), publicada después de la liberación y firmada con el apellido Saavedra, hacen parte de los no pocos ejemplos. La decisión de Amenábar configura en el filme un amor con tintes idealizados y el hedonismo del islamismo de Argel de aquellos tiempos.

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