Entrevista

Daniel Ferreira: “Hemos sido un surco de dolores en este país y eso amerita que el arte imponga su mirada”

La pluma de Daniel Ferreira irrumpió en el panorama literario colombiano en 2007, año en el que ganó el concurso de cuento Gaceta que organizaba el periódico El País. Desde entonces, su literatura se ha robustecido y ahondado en la exploración de nuestra violencia histórica. En ese sentido, la pentalogía de la violencia se constituye como un proyecto sin igual en el decurso de las letras nacionales. La Palabra ha conversado con este autor, oriundo de San Vicente de Chucurí, Santander, para conocer sus miradas sobre la escritura, la pugnacidad de nuestra raza y la figuración social del arte.

Por: Alejandro Alzate

El escritor colombiano Daniel Ferreira en el XV Simposio Internacional Jorge Isaacs Colombia Literaria. Univalle, noviembre del 2025. Foto: Centro Virtual Isaacs.
El escritor colombiano Daniel Ferreira en el XV Simposio Internacional Jorge Isaacs Colombia Literaria. Univalle, noviembre del 2025. Foto: Centro Virtual Isaacs.

Alejandro Alzate (AA): En su pentalogía, la violencia aparece como una estructura que organiza, o determina, la vida cotidiana. ¿Cuál fue el mayor desafío narrativo para representar lo violento no como un suceso, sino como un sistema que determina, incluso, los gestos más íntimos?

Daniel Ferreira (DF): Los legados familiares serían, quizá, lo que organiza esos libros y los tránsitos entre generaciones. Somos generaciones sobre generaciones. Así es como se organiza la vida y un país. En esos cambios de una generación a otra se dan diversos conflictos sociales. Yo he seguido los de mi país, poniendo una atención particular a la región donde nací, el Magdalena medio. La historia de Colombia en el siglo XX deja diversos tipos de marcas, huellas y cicatrices en un conjunto de sujetos que, por no encontrar otro modo — ya que son imaginarios —, llamaré personajes.

(AA): Sus novelas rehúyen tanto del maniqueísmo como de la catarsis fácil. ¿Cómo concilia la voluntad de testimoniar con la conciencia de que todo intento de representar el horror corre el riesgo de convertirlo en espectáculo?

DF: Hemos sido un surco de dolores en este país y eso amerita que el arte imponga su mirada. También hay arte negacionista, cuando solo se encarga de la representación de algunas clases sociales o de imaginarios burgueses.

(AA): Hay en su obra una atención minuciosa a la corporalidad: cuerpos heridos, cuerpos desplazados, cuerpos que cargan historias. ¿Cómo construye ese cuerpo literario sin caer en la literalidad o en la autocompasión de los personajes?

(DF): Lo que he querido siempre es llegar a construir algún personaje sencillo y memorable. Una líder social, un periodista revolucionario, una maestra de escuela, un analfabeta, un cura teólogo de la liberación, un desaparecido que era fotógrafo y las realidades que enfrentan. Como sencillos son los personajes de la historia de la literatura. Antígona, Ulises, Úrsula Iguarán, Nick Adams, Juan Preciado, don Quijote. Trabajo, entonces, sobre un cuerpo, un pensamiento, una relación con el medio, un lenguaje, para llegar a un sujeto narrable. El cuerpo es el soma, la base de todo. La experiencia es la mía.

Me interesan las experiencias humanas, la soledad, el duelo, la enfermedad, el hecho cotidiano de morir, el misterio de que dos personas se encuentren en un instante del tiempo infinito y lleguen a amarse, el milagro de la amistad, el río Magdalena, la clase obrera, las tierras bravas de Santander, la dureza de las mujeres que reconstruyeron el país después de la guerra del café del 1900.

(AA): Su estilo combina archivo, memoria colectiva, testimonio y fabulación. ¿Cómo decide cuándo la ficción debe ceder espacio al documento, y cuándo el documento debe ser transformado para que la literatura alcance un sentido más profundo de verdad?

(DF): Los archivos son muy útiles para la creación literaria. Más para novelas que dialogan con la historia, la cultura y el devenir de la sociedad. Van dejando evidencia de cómo era el mundo antes y cómo era la gente que preservó ese dispositivo de memoria. Yo he recurrido a periódicos, fotografías, cartas, diarios, cuadernos de contabilidad. Pero al escribir lo integras todo, y te quedas solo, alguien con herramientas del lenguaje en busca de una verdad definitiva. Pero la verdad es un concepto más amplio que un discurso, es solo un fragmento de una totalidad que se nos escapa. El arte intenta, por un momento, fijar algo de esa totalidad.

(AA): En sus novelas, la infancia aparece como un territorio devastado, pero también como un reservorio ético. ¿Qué papel juega la niñez como dispositivo narrativo para interpelar moralmente al lector sin moralizarlo?

(DF): Mi propia infancia es el territorio al que mi memoria recurre cuando escribo. Transcurrió en San Vicente de Chucurí, en un tiempo no de devastaciones, pero sí de gran agitación social. Todo lo que escribí en esos libros proviene de lo que supe de la vida en esa región de Santander. Lo que hago en el inicio de un libro es situar al lector ante lo que se sabe de una historia y empujarlo a descifrarla para llegar a sus propias conclusiones, sin moralizar.

Pentalogía de la violencia, de Daniel Ferreira. Foto: Tomada de infobae.com
Pentalogía de la violencia, de Daniel Ferreira. Foto: Tomada de infobae.com

(AA): La pentalogía articula múltiples geografías de la violencia —el campo, el pueblo, la ciudad, los territorios en disputa— que exigen tonos distintos y ritmos distintos. ¿Cómo trabaja esas transiciones para que el lector perciba una misma herida histórica atravesando espacios tan heterogéneos?

(DF): He trabajado por épocas. Así he podido delimitar el tiempo del relato de un tiempo superior, que es el de los dioses.

(AA): Sus personajes, incluso los más marginales, poseen una hondura trágica. ¿Qué le interesa explorar de la condición humana cuando la existencia está marcada por la incertidumbre, el desarraigo y la precariedad permanente?

(DF): Me interesan las experiencias humanas, la soledad, el duelo, la enfermedad, el hecho cotidiano de morir, el misterio de que dos personas se encuentren en un instante del tiempo infinito y lleguen a amarse, el milagro de la amistad, el río Magdalena, la clase obrera, las tierras bravas de Santander, la dureza de las mujeres que reconstruyeron el país después de la guerra del café del 1900.

(AA): Finalmente: la literatura colombiana del siglo XXI está reescribiendo la memoria nacional con nuevos lenguajes y nuevos silencios. ¿Cómo se ubica usted dentro de ese proyecto colectivo y qué vacíos narrativos cree que aún falta enfrentar?

(DF): Espero que el arte no colabore con el silencio. Yo escribí sobre la historia de mi región. Siempre nos falta enfrentar el presente. Hagámoslo con ideas, amor y una cerveza helada.

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