Crónicas fantásticas: lo nuevo de Alejandro José López
El pasado 11 de abril, en el marco de Viernes de Letras, programa de extensión de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, se lanzó el nuevo libro del escritor tulueño Alejandro José López, titulado Detrás de la luna, compuesto por seis relatos que revisitan el pasado de Cali, la ciudad que le abrió las puertas.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Universidad del Valle.
Foto: Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.
Alejandro José López (1969) nació en el municipio de Tuluá, ubicado en el centro del departamento del Valle del Cauca, y a los diecisiete años se mudó a Cali. Además de una celebrada carrera como profesor, también ha dedicado una buena parte de su vida a la escritura. Los siete libros que ha publicado son prueba de ello, repartidos entre ensayos, cuentos y novela. El más reciente de todos, Detrás de la luna, fue el motivo que nos reunió el pasado once de abril en el auditorio Ángel Zapata.
López nos recibió en la entrada con una sonrisa modesta y nerviosa, y nos saludó con la amabilidad que lo caracteriza. Nos sorprendió la apabullante concurrencia que llenó la sala pocos minutos antes de que empezara el conversatorio. Había estudiantes, profesores, amigos y familiares del escritor, además de un cuantioso número de personas exclusivamente interesadas por su obra. El ambiente no pudo ser mejor: nada de la fría intelectualidad que empantana y provoca los bostezos hasta de los más entusiastas; nada de intervenciones mecánicas y poco naturales que obedecen más al cumplimiento de un protocolo que a la curiosidad genuina. Ocurrió todo lo contrario: hubo momentos de extrema calidez que enriquecieron el debate y contribuyeron a satisfacer el anhelo del público por verse implicado de alguna manera. Todos los allí presentes nos contaminamos de la pasión de Alejandro, y vimos la literatura desde su perspectiva, es decir, con ojos de amor.
La presentación estuvo a cargo de Daniela Sánchez, mientras que James Rodríguez, Daniel Osorio y Manuel Arango fueron los coordinadores. La decisión no fue gratuita, pues se trata de académicos con un interesante recorrido en las ciencias humanas, capacitados para incidir en aspectos relevantes y plantear escenarios complicados, justo lo que uno busca en un conversatorio: miradas agudas, cuestionamientos, discusión, etc. Pero, además, también son amigos del autor, lo conocen desde hace varios años y no experimentan ningún reparo en actuar con verticalidad, como si estuvieran hablando de otra persona y de un libro distinto, no el de un amigo. La transparencia que marcó el tono de la conversación estuvo aderezada por este sentimiento de fraternidad. Era bastante evidente que todos se lo estaban pasando bien, ellos adelante y nosotros atrás.
Como es habitual, la programación siguió el orden convenido: preguntas de los coordinadores y al final otra ronda de preguntas, pero a cargo de los asistentes. López decidió abrir con un sentido mensaje de agradecimiento con el que se propuso destacar la labor de todas las personas que trabajan en el mercado editorial, así como a los amigos que, a través de lecturas y correcciones, lo ayudaron a encontrar el modo de resolver una empresa tan ambiciosa. No es para menos, el libro tardó cinco años en ser escrito, cuatro de los cuales fueron dedicados a una investigación rigurosa que lo llevó de un lugar a otro, en busca de cada detalle, para completar el fresco de la Cali del siglo XX. Luego de este hiato, acompañado por las risas y la complacencia del público, dio inicio la primera etapa del conversatorio.

Foto: Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.
Se abordaron una numerosa variedad de temas: reflexiones del autor sobre el oficio literario, las taras que vivió durante la escritura del libro, sus poéticas, la simbología presente en cada uno de los cuentos, tradición literaria, violencia, etc. Es importante resaltar que la aptitud de López fue sumamente receptiva en cada una de las preguntas, sin importar que estas abrieran debates complicados. Aunque bromee acerca de tener una personalidad “temperamental”, sensible a las críticas, de las que, según él, solo puede reponerse con el paso del tiempo, la realidad parece contradecirlo, pues en todas sus respuestas demostró una insólita voluntad de aprendizaje para quien acaba de parir una nueva obra. Ya lo dijo en medio de una sus digresiones, tan frecuentes como entretenidas: el escritor se debe a la sociedad, ella le brinda el sustento que necesita para escribir. La soberbia es incompatible con el oficio literario; es momento de abogar por un modelo distinto, templado en la humildad y la discreción.
Su visión de la literatura es palmaria y no tolera puntos medios; un libro es bueno o no lo es, y eso depende exclusivamente del lector, es él quien lo decide. Si lo atrapó y llegó hasta la última página, entonces el escritor ha ganado; pero si deserta, si no ha alcanzado la fruición —una de las palabras favoritas de López— entonces ha falla’o, así, con apostrofe, en la jerga española que trajo consigo de su paso por la Complutense de Madrid. La literatura debe causar placer, el lector debe disfrutar con el libro que tiene en las manos, por lo menos en primera instancia, luego vendrá esa reflexión que lo ayude a interpelar su realidad, pero el trabajo del escritor es persuadir, mantenerlo atento y llevarlo hasta el final.
Dicho esto, resulta totalmente lógico que apueste por una estética que privilegie el bienestar del lector, cuestión que abrió un nutrido intercambio de opiniones entre los asistentes. López habla de “blindar al lector contra lo feo”, y con feo se refiere a detalles escabrosos que no sumen nada a la experiencia. En su opinión, ni la más refinada obscenidad puede equipararse a la imaginación del lector, jamás lo vas a sorprender, y la constatación de esto solo va en detrimento del goce. Resulta más provechoso y efectivo oponer una barrera opaca entre una cosa y otra, el objeto y el observador, que estimule su fantasía y habilite la alternativa del juego. Se trata de un pacto de complicidad que no subestima ni sobrevalora; el autor confía en esto, en el erotismo que nace del misterio y el silencio.
Su visión de la literatura es palmaria y no tolera puntos medios; un libro es bueno o no lo es, y eso depende exclusivamente del lector, es él quien lo decide. Si lo atrapó y llegó hasta la última página, entonces el escritor ha ganado; pero si deserta, si no ha alcanzado la fruición —una de las palabras favoritas de López— entonces ha fallado.
Alguien del público que había leído su novela Nadie es eterno (2012) lo increpó al respecto. ¿Cómo narrar la masacre de Trujillo y eludir la extrema violencia que padecieron sus protagonistas? Había de abordar la sevicia de los victimarios, mencionar detalles que, ineludiblemente, provocarían el rechazo del lector; claudicar habría significado una concesión incómoda, como endulzar un trago que debe ser amargo. Esto representa un buen ejemplo de la filosofía del autor. Narrar la violencia no va solo de regocijarse en los despojos sanguinolentos del cadáver, hay otras maneras de asumir el compromiso sin vapulear al lector, por mucho que esto sea un trámite ineluctable. El narrador es un mediador, entonces que aproveche su condición y que se atreva por caminos inesperados, ahí reside la ventaja de la literatura por sobre otras plataformas de comunicación.
Lo anterior responde a una apuesta por no dejarse “encorsetar”. La idea le viene de Ítalo Calvino, más específicamente de su libro Seis propuestas para el nuevo milenio (1988). El escritor hará lo que mejor le convenga con el género que decida acometer, seguir las normas como un autómata no conduce a ningún lugar; la savia del arte está fuera de las convenciones y la tradición, por mucho que estas sean verdaderamente útiles.
No hace falta ser un experto ni haber leído cientos de libros para comprobar que la violencia, al menos en la mayoría de los casos, ha sido narrada desde una perspectiva realista. Parece el medio más apropiado; devuelve el horror sin paliativos, lo mismo que ver una fotografía o un video. Pero, así como con la fotografía y el video, el choque que deriva de la contemplación puede no ser más que eso, terror animal, desprovisto de meditación y catarsis. Ese fue uno de los tantos motivos que lo condujo a la escritura de este libro ¿Qué sucede si se aborda la violencia desde una dimensión fantástica? En la tarea de contribuir a la exploración de la realidad nacional no hay muchos ejemplos que puedan ser vinculados a la literatura fantástica. El autor afirma que, en los países andinos, incluido Colombia, no hay una larga tradición al respecto, de ahí que propusiera este subgénero, o este híbrido: la crónica fantástica. Un relato sumamente detallado, como solo lo puede ser la crónica, aderezado con elementos sobrenaturales a través de los que intenta alcanzar nuevos significados y transformar el horizonte cultural.
Ahora bien, luego de una investigación tan detallada, de revisar el menú de un restaurante de 1926 para saber qué bebió o qué comió tal o cual persona, ¿dónde encaja lo fantástico? Esa fue una de las tantas preguntas que se le formuló durante la velada. Y si bien es cierto que hay una profusa documentación acerca de los hitos que el autor decidió narrar, como casi siempre, la historia de la vida privada le dejó un amplio margen de acción para fabular libremente. Es ahí donde aflora el desconcierto y la imaginación. No se tratan de meras florituras, cada “anomalía” —si se puede llamar de esta manera— son un camino posible a nuevas interpretaciones que enriquecen el imaginario colectivo de la ciudad.

La ciudad es el tema central del libro; como afirmó uno de los coordinadores: representa un mapa cultural de Cali durante el siglo XX. Llegados a este punto, fue necesario explorar la tradición literaria que ha abordado la misma cuestión, desde el Alférez Real (1886)hasta el mito urbano que inauguró Andrés Caicedo con la novela ¡Qué viva la música! (1977). Pese a estos momentos estelares de la literatura vallecaucana, López considera que aún falta mucho por hacer: “Todavía estamos cortos, no se ha escrito suficiente”, afirma. Detrás de la luna es una invitación a las nuevas generaciones, no solo a que narren la ciudad, que ofrece bastante juego, sino también a que vislumbren nuevos caminos y nuevos recursos. “Es una invitación a fantasear”.
Como mencionamos al principio, la escritura del libro no fue precisamente fácil. López se denomina así mismo como un neurótico que puede tardar ocho horas escribiendo un párrafo y varios días corrigiéndolo. Algunas de las crónicas le costaron alrededor de ocho meses de intenso trabajo. La búsqueda de la precisión, de la palabra justa y de la armonía son banderas difíciles de mantener. Aunque no lo dijera en el conversatorio, muchos de los que hemos asistido a sus clases sabemos que López concibe la escritura como una artesanía, una labor de tiempo y de minucias que no obedece a las normas de la celeridad industrial.
De su formación como guionista conserva el uso de escaletas, con las que planifica cada escena de la historia y las emociones que desea transmitir. Este ha sido su modelo de trabajo, aunque en el libro que hoy nos convoca se haya permitido algunas licencias; escribió sobre la marcha y luego transpuso cada momento en la escaleta, lo que le permitió una visión global y un control más eficiente sin perder naturalidad por ello. Eso sí, la historia debe resonar de alguna manera con su propia vida; debe haber algo suyo en cada cuento. Esto lo aprendió del Mono Osorio, quien dirigiera un taller de guion en el que participó. Él lo llamaba “legitimidad espiritual”, concepto que, según López, fue acuñado por el mismísimo productor.
Hubo espacio para todo, López no escatimó en detalles sobre cada uno de los cuentos, ni se cortó al momento de agarrar el micrófono y recorrer el escenario con el estilo que lo caracteriza, moviendo los brazos y cambiando de acento. A los que estuvimos ahí nos hizo una serie de confidencias y revelaciones de gran valor, ya sea para la comprensión del libro o de su trayectoria personal, secretos que no pondremos por escrito en aras de preservar la magia de lo que fue ese momento.
López se denomina así mismo como un neurótico que puede tardar ocho horas escribiendo un párrafo y varios días corrigiéndolo. Algunas de las crónicas le costaron alrededor de ocho meses de intenso trabajo. La búsqueda de la precisión, de la palabra justa y de la armonía son banderas difíciles de mantener.
“Espero estar vivo para mi próximo libro” no fue un comentario muy bien recibido por parte del público, pues a nadie le gusta escuchar esto de un ser querido, por mucho que la muerte sea un fantasma que nos aceche a todos. Pero no creemos que el tono sea de lamentación —no por nada la repitió en dos oportunidades—, es más bien un credo, una postura frente al arte y la vida. López escribe en favor de la belleza y sabe el trabajo que eso le cuesta. Seguramente haya más libros por escribir, la promesa flota en el aire, pero como ha sucedido en el pasado, con estos será igual de riguroso que siempre, y no sabe si detrás del último se le vaya la vida entera.
El conversatorio terminó a las ocho de la noche. Los que habíamos comprado el libro nos acercamos para recibir la firma del autor. Afuera nos esperaban con más de veinte botellas de vino chileno, obsequio que sirvió de running gag a lo largo del evento. Había un ambiente festivo entre los que rodeamos la mesa y pedíamos una segunda copa. Yo olvidé devolver la mía y regresé con ella a casa; ahí está, como un bonito recordatorio de lo que pasó esa noche. Creo que ahora entiendo mejor que nunca a lo que se refiere López cuando habla de fruición. La literatura es más que libros.



