Conversatorio: “El papel de la cultura en la construcción de la paz en Colombia”
El pasado 28 de febrero visitó la Universidad del Valle el exministro de las Culturas, las Artes y los Saberes, Juan David Correa Ulloa. A lo largo del diálogo, moderado por Darío Henao Restrepo, decano de la Facultad de Humanidades, el académico, escritor, editor y exfuncionario compartió sus impresiones con la comunidad universitaria en torno a los derroteros que debe seguir la cultura nacional. También habló de los retos del progresismo y de lo que implica realizar una historia crítica de la literatura colombiana.
Transcripción: Alejandro Alzate

Foto: La Palabra.
¿Cómo está el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en este momento en que tantos esfuerzos se han hecho para la construcción de la paz en Colombia?
Bien, en primer lugar, he de decir que yo sucedí en el cargo a la exministra Patricia Ariza, quien propuso en su momento algo fundamental: cambiar el nombre del Ministerio de Cultura por el de Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. Esta variación, que fue denominada como “cosmética” por algunos sectores, fue en realidad muy importante; esto en la medida en que puso sobre la mesa la constatación de que somos un país diverso, de múltiples saberes; un país complejo, con conflictos sociales, pero también culturales. Una vez llegué al Ministerio, lo que hice fue tomar una serie de decisiones que nos permitieran, precisamente, curarnos contra esa idea de que quienes llegan a gobernar lo hacen para dos cosas: para sí mismos, en primera instancia, y después para producir unos efectos inmediatos tendientes más a aliviar egos que a pensar el país en términos amplios y diversos. Nuestra idea en el Ministerio implicó ir más allá de la tecnocracia que pide hechos, como si estos fueran lo más importante. Alineado con el programa de gobierno, el Ministerio invirtió el 70% del presupuesto asignado para 2024. Esta cifra hace parte de los 1.4 billones que destinó el presidente a la cultura y se constituye, a su vez, en una ruptura con los modelos impuestos por la tecnocracia neoliberal que, de una u otra manera, premia formas de ejecución estructuradas a partir del traslado de recursos públicos a administradores privados que se creen en capacidad de resguardar el presupuesto. Digamos que, de todo este proceso, aprendimos que el manejo de los recursos debe permitir que el Ministerio y la acción social institucional en Colombia vayan a los territorios. Mediante la forma de trabajo que implementamos fueron las comunidades quienes nos marcaron demandas que se traducían en necesidades de inversión cultural en los territorios. En ese sentido, el impacto en zonas como Barrancabermeja, el Caribe, Tumaco, San Antero, el sur de Bolívar y el norte del Tolima, entre muchas otras, fue importante. Se lograron transformar realidades gracias al establecimiento de los llamados pactos culturales. La firma del Acuerdo de Paz, por su parte, implica reconocernos desde la diversidad cultural, encontrarnos desde la diferencia constante y generar puntos de encuentro.
En el Plan Nacional de Cultura se retoma, de manera muy clara, el enfoque de género y el enfoque étnico cultural que va a los territorios. ¿Cuál es la importancia de estos planteamientos?
Una de las luchas comunes del progresismo y de la izquierda tiene que ser la puesta en cuestión del patriarcado, esto en razón de que este ha producido, y es el depositario, de una violencia cultural, civilizatoria e histórica profunda que, evidentemente, nos ha puesto en crisis. Yo creo que todo lo anterior lleva a una discusión que hay que empezar a abordar en serio. Creo, también, que la lucha contra el patriarcado es una lucha contra la subordinación. En ese sentido, yo tomé la decisión de renunciar al Ministerio. No podía, desde ningún punto de vista, estar subordinado a una persona señalada de maltratar a las mujeres y ejercer malas prácticas. Ahora, más allá de los enfoques como tal, es importante decir que quedan trazadas unas líneas de acción para que otras personas sigan sembrando el camino de la cultura y la reconciliación en Colombia. Queda, entonces, un plan de inversión estructurado, una agenda de género puesta sobre el tapete y unas discusiones importantes de cara a la reconfiguración institucional, siempre tan necesaria en cualquier contexto.

¿Cómo ves el proyecto de construir el gran relato de la literatura colombiana?
Me parece muy loable. Ahora, más que pensar en la construcción de un gran relato, considero que hay que empezar a rescatar las literaturas regionales que hemos excluido. Tenemos que ir más allá de una forma única de imaginar el país, pues este es un peligro latente en los ámbitos literarios y editoriales. Se tiende a pensar desde el centro y esto no es adecuado, pues legitima formas de descalificación y de violencia. Nadie niega que La Vorágine es una obra importante; no obstante, ¿qué pasa con las literaturas afro, con la oraliteratura? Siempre pienso que hay que reflexionar sobre qué significa la literatura de un lugar específico, qué secretos y datos reveladores contiene. Seguir construyendo cánones desde lo ya escrito o editado me parece un estancamiento, un error. No se trata de cerrarnos, sino de abrirnos a esas otras literaturas no canónicas.
Una de las luchas comunes del progresismo y de la izquierda tiene que ser la puesta en cuestión del patriarcado, esto en razón de que este ha producido, y es el depositario, de una violencia cultural, civilizatoria e histórica profunda que, evidentemente, nos ha puesto en crisis.
¿De qué manera va a seguir acompañando ahora al gobierno Petro?
Bueno, desde la disposición a pensar y discutir. Ahora, yo conozco a la nueva ministra, Yannai Kadamani Fonrodona, desde el comienzo de mi gestión. Sé quién es. Conozco su camino y su historia en torno a la danza. Ha sido viceministra. Su proceso ha sido muy interesante. Yo pretendo reconocerla en el ejercicio de sus funciones y darle toda la agencia que ella requiera. Estoy ahí para apoyar, para ayudar a pensar, a articular procesos e ideas. Acompañar críticamente es una forma de ayuda. No se trata solamente de la movilización social, de las marchas. Se trata de fortalecer la acción política desde lo cultural. Hay que disputar el poder desde las comunidades. Tenemos que reivindicar las palabras y las ideas. No hay que seguir oponiendo los datos a los relatos, como quiso el neoliberalismo durante los últimos treinta años.
La cultura tiene que dejar de ser vista como un mero asunto de bienestar universitario, como algo que solo promueve ferias y espectáculos. Los planes culturales universitarios son espacios de múltiples confluencias. Hay en ellos la manifestación de tensiones sociales, anhelos y visiones de construcción de país.
¿Cuál es su visión en relación con el Monumento a la Resistencia aquí en Cali?
El Monumento a la Resistencia es un símbolo trascendental del movimiento social en Colombia. No se trata de un monumento formal solamente; se trata de una construcción social en un lugar que, además, fue construido socialmente desde los años sesenta por migrantes de la violencia. Desde el Ministerio, el objetivo es reivindicar este monumento y volverlo un bien de interés cultural de la Nación, proceso que, si todo sale bien, ha de terminar este próximo mes de abril. Una vez llegue ese momento, se planea hacer una declaración de bien de interés cultural, siempre y cuando el Consejo Nacional de Patrimonio así lo decida. Yo creo que no habría razón para no hacerlo. Ahora, hay sectores que no están de acuerdo con esta iniciativa. Sus razones son débiles, realmente. En estas priman las ideas de excluir al otro.

¿Cómo debe verse, asumirse y pensarse la cultura en los planes de desarrollo universitario en Colombia?
La cultura tiene que dejar de ser vista como un mero asunto de bienestar universitario, como algo que solo promueve ferias y espectáculos. Los planes culturales universitarios son espacios de múltiples confluencias. Hay en ellos la manifestación de tensiones sociales, anhelos y visiones de construcción de país. Más que dar una respuesta totalizante, prefiero decir que estoy aquí para sentarme a pensar y dialogar con ustedes. Estoy a su disposición para trazar rutas de gestión, planeación y colaboración cultural.
¿Qué es la identidad cultural nacional? ¿Cómo se entiende?
Esta es una pregunta compleja pero interesante. Yo he estado reflexionando sobre ella intensamente desde hace algún tiempo. Me preocupan, en torno a este tema, los mecanismos que está activando la ultraderecha a nivel mundial. Hay unas acciones orientadas a la reactivación de mitos fundacionales, como sucede en el caso de Alemania, pero también orientadas a la exaltación desmedida del nacionalismo, como sucede con Trump en Estados Unidos. Con lo uno y con lo otro se pretenden avivar los vínculos de las gentes con sus historias y símbolos nacionales. Ahora bien, el asunto se pone complejo cuando llegamos a la conclusión de que lo que nos une es la diversidad. Nosotros, Colombia, somos el segundo país más diverso del mundo en especies biológicas. También somos un país mega diverso culturalmente. Aquí se hablan más de 65 dialectos y hay más de 115 comunidades indígenas. Hay cientos de comunidades afro, palenqueras y rom. Todo esto está contemplado en la Constitución de 1991. Lo importante de esa Carta Magna es, precisamente, la riqueza que se concede a la diferencia, a los derechos humanos, a la multiplicidad de conformaciones culturales. La tarea del progresismo debe ser seguir esa lucha en favor de la apertura, de aquello que no uniforma, sino que abre caminos desde el reconocimiento de lo diverso.



