Celia Cruz: centenario de la Reina de la Salsa
El 16 de julio de 2003, el mundo perdió una voz, pero ganó una leyenda. Celia Cruz, la indiscutible Reina de la Salsa, falleció a los 77 años en Fort Lee, Nueva Jersey, dejando una huella imborrable en la música latina y en el alma de millones de personas. Veintidós años después, su figura no se desvanece; al contrario, crece, vibra, se multiplica en nuevas generaciones que aún bailan con su voz, como si el tiempo no hubiera pasado.
Por: Kelly Vanessa Bravo
Estudiante de Geografía, Univalle

Foto: Tomada de revistamundodiners.com
Celia nació como Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso, en un barrio popular de La Habana, Cuba, en 1925. Fue la mayor de catorce hermanos, hija de un fogonero ferroviario y una ama de casa. Desde niña, su talento era evidente. “Cantaba antes de hablar”, solía decir su familia. A los diez años ya se presentaba en actos escolares y concursos radiales. A pesar de la educación católica y el deseo de su padre de que se convirtiera en maestra, Celia sentía que su destino estaba en los escenarios.
Sus influencias musicales fueron tan diversas como el pueblo que la vio crecer: sones campesinos, boleros, guarachas, la música tradicional afrocubana y los cantos de santería que escuchaba de sus vecinos. Su voz grave, potente y única le permitió ingresar al Conservatorio Nacional de Música, donde estudió canto formal, pero fue en la calle, en los solares y cabildos, donde Celia construyó su alma artística.
En 1950, se unió a la legendaria Sonora Matancera, convirtiéndose en su vocalista principal durante quince años. Desde ese momento, su voz no paró de cruzar fronteras. Tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Celia abandonó Cuba y nunca más pudo regresar. El exilio no le impidió seguir cantando con más fuerza. Desde México, Venezuela, Nueva York y Miami, su música se convirtió en bandera para una diáspora dolida pero orgullosa.

Foto: Tomada de biografiasyvidas.com
Más allá del ritmo y el colorido que siempre la rodearon, Celia Cruz representó mucho más que fiesta. Su música fue también una afirmación política. Fue mujer, negra, inmigrante y anticastrista, todo al mismo tiempo. En la década de los 70, fue una de las pocas mujeres que se abrió paso en la naciente salsa, un género dominado por hombres, machismo y estructuras patriarcales. Ella no solo entró: reinó.
Con la Fania All-Stars, al lado de figuras como Willie Colón, Héctor Lavoe y Rubén Blades, rompió todos los esquemas. “Quimbara”, “Toro Mata”, “Cúcala” y “La dicha mía” no solo son clásicos: son manifestaciones culturales afrocaribeñas que celebran la vida y resisten el olvido. Celia supo usar su voz para honrar sus raíces, desafiar el racismo estructural y levantar el orgullo afrodescendiente en América Latina y el Caribe.
Su grito de guerra —¡Azúcar!— era mucho más que una exclamación divertida: era una declaración de identidad, una forma de recordarnos de dónde venimos y de saborear cada instante de la vida, incluso en medio del dolor.
A lo largo de su carrera, Celia grabó más de setenta álbumes, recibió tres Grammy y cuatro Latin Grammy, y fue honrada con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Pero más allá de los premios, su verdadero reconocimiento está en la gente. En los barrios que siguen cantando sus canciones. En los carnavales que no arrancan sin su voz. En las mujeres que encuentran en ella un modelo de dignidad, identidad y fuerza.
Hoy, 22 años después de su partida física, Celia Cruz está más presente que nunca. Y, sobre todo, sigue viva cada vez que alguien grita “¡Azúcar!” con ganas de bailar, de reír, o de resistir.
Aunque nunca vivió en Miami, la ciudad la adoptó como suya. En agradecimiento, una calle de Miami Beach fue rebautizada como Celia Cruz Way. En vida y en muerte, su presencia allí es constante: en las emisoras, en las tarimas, en los homenajes que cada año le rinden artistas que crecieron con su música.
Uno de los más recientes fue liderado por la percusionista Sheila E., quien interpretó una explosiva versión de “Bemba Colorá” acompañada por Gloria Estefan y Mimy Succar. El homenaje no fue solo musical: fue político, fue feminista, fue latino y fue profundamente emocional.

Foto: Captura Youtube.
Celia Cruz no fue una estrella más: fue símbolo de muchas causas. Fue una embajadora de la música afrolatina en escenarios donde antes no había espacio para ella. Fue puente entre culturas, defensora de la libertad individual, y un ejemplo de coherencia: nunca volvió a Cuba, ni siquiera cuando le ofrecieron regresar. Su fidelidad a sus valores y a su gente fue tan fuerte como su voz.
También fue una mujer profundamente espiritual, conectada con las raíces religiosas afrocubanas y con la tradición oral del Caribe. En su estética —pelucas coloridas, vestidos brillantes, joyas exageradas— había una declaración de belleza negra, de autonomía del cuerpo y de celebración sin pedir permiso.
Hoy, 22 años después de su partida física, Celia Cruz está más presente que nunca. Y, sobre todo, sigue viva cada vez que alguien grita “¡Azúcar!” con ganas de bailar, de reír, o de resistir.
Porque si algo nos enseñó Celia es que la vida, incluso cuando duele, merece ser celebrada. Que el canto es una forma de memoria. Que la alegría no es ingenuidad, sino una forma de rebeldía.
Celia Cruz no ha dejado de cantar. Y mientras su voz siga sonando, no ha muerto.

Foto: Lucy nicholson/AFP/GETTY IMAGES



