Carlos Mayolo: de Caliwood al mito ochenta años después
El 10 de septiembre de 1945 nació en Cali Carlos Mayolo, director de cine que transformó la pantalla en un territorio de confrontación y que, ochenta años después de su natalicio, sigue siendo recordado como uno de los creadores más irreverentes y visionarios del cine colombiano. Su legado no se reduce a una filmografía: es la impronta de un hombre que supo incomodar, sacudir y poner en evidencia las sombras de un país convulso.
Por: Kelly Vanessa Bravo Salazar

En los años setenta, Cali fue escenario de un movimiento cultural inesperado: el Grupo de Cali. En torno a figuras como Andrés Caicedo, Luis Ospina y Carlos Mayolo, emergió un proyecto colectivo que mezclaba literatura, crítica cinematográfica y experimentación audiovisual. La ciudad, marcada por la salsa, la marginalidad y la modernización desigual, se convirtió en laboratorio para un cine distinto: irónico, crítico y profundamente arraigado en su contexto.
Desde esa mezcla cinematográfica nació lo que luego se llamaría Caliwood, un fenómeno que no pretendía competir con Hollywood ni con el cine europeo, sino desmontar sus solemnidades. Mayolo y Ospina comprendieron pronto que el cine colombiano estaba atrapado en el costumbrismo complaciente y decidieron dinamitarlo con ironía.
En Agarrando pueblo (1977), ambos acuñaron el término pornomiseria para describir aquellas producciones que explotaban la pobreza con fines comerciales. Más que un cortometraje, fue un manifiesto estético y político: el cine debía mirar la realidad sin reducirla a mercancía. Esa pieza, filmada en las calles de Cali, se convirtió en un hito continental de crítica audiovisual.
Esa misma rebeldía estalló en Carne de tu carne (1983), la película más emblemática de Mayolo. La historia de dos jóvenes incestuosos descendientes de la élite caleña, situada en los años de La Violencia, se transformó en un ritual gótico que combina sangre, erotismo y memoria histórica. El filme rompió moldes en festivales internacionales y generó escándalo en Colombia: para algunos era cine morboso; para otros, la primera gran obra del horror tropical con trasfondo político.

Poco después estrenó La mansión de Araucaima (1986), adaptación libre de un cuento de Álvaro Mutis. Mayolo convirtió la narración en un juego barroco de encierro y decadencia, una metáfora sobre el poder y sus excesos, donde la ironía y el humor negro volvieron a marcar su estilo.
Carlos Mayolo fue un artista del exceso. Esa característica no solo se plasmó en sus películas, sino en su vida personal. Amigo cercano de Andrés Caicedo y Luis Ospina, fue recordado como un hombre carismático, desbordado y autodestructivo. Su biografía está atravesada por la fiesta, el alcohol y las drogas, pero también por una lucidez implacable para desnudar la hipocresía social y cultural de su tiempo.
Ochenta años después de su nacimiento, su obra se mantiene vigente. En tiempos donde las plataformas buscan fórmulas de éxito y narrativas universales, revisitar a Mayolo recuerda que el arte también puede ser insumiso. Su cine no ofreció entretenimiento fácil: fue bofetada, espejo roto, pregunta sin respuesta.
Ese desborde puede leerse como metáfora de Cali misma: una ciudad que baila salsa con intensidad, mientras carga con desigualdades, violencia y contradicciones. En esa dualidad —la celebración y la tragedia, la carcajada y el grito— se inscribe el espíritu de Mayolo.
El cine de Mayolo comparte la misma raíz de rebeldía que la salsa cuando irrumpió como música de barrio en Nueva York y en Cali: un arte incómodo que no pedía permiso y que hablaba desde los márgenes. Así como Richie Ray o la Fania All Stars rompieron los moldes musicales con trompetas y congas, Mayolo irrumpió en la pantalla para mostrar que Colombia podía tener un cine con voz propia, aunque esa voz fuera disonante y perturbadora.
Su obra cuestionó los privilegios de la élite criolla, las narrativas oficiales de la historia y la comodidad de una industria audiovisual que prefería evitar conflictos. En cada proyecto defendió la idea de que el cine debía ser, además de creación estética, un gesto político.

Carlos Mayolo murió en Cali en 2007, a los 61 años. No dejó una filmografía extensa, pero sí un conjunto de obras que marcaron un antes y un después. Sus películas han sido restauradas, reexhibidas y estudiadas en universidades, consolidándose como referentes del cine latinoamericano. Nuevas generaciones de directores lo reconocen como un maestro incómodo, un creador que abrió caminos a fuerza de provocación.
Ochenta años después de su nacimiento, su obra se mantiene vigente. En tiempos donde las plataformas buscan fórmulas de éxito y narrativas universales, revisitar a Mayolo recuerda que el arte también puede ser insumiso. Su cine no ofreció entretenimiento fácil: fue bofetada, espejo roto, pregunta sin respuesta.
Hablar de Mayolo es hablar de un artista que no envejece. Su cine sigue siendo joven porque la rebeldía no caduca. Fue, junto con Ospina y Caicedo, parte de una generación que convirtió a Cali en epicentro cultural. Un enfant terrible que hizo del exceso una estética y de la crítica un arte.
En la historia del cine colombiano, su nombre es sinónimo de inconformidad y creatividad. Y en la memoria cultural de un país que aún busca narrarse a sí mismo, Carlos Mayolo permanece vivo en cada proyección que se atreve a desafiar lo establecido.




