Arturo Alape: escritura testimonial y memoria histórica
Hasta septiembre del presente año se podrá apreciar, en la Biblioteca Nacional de Colombia, la exposición El río de la memoria, muestra que exhibe lo más selecto de la obra de este escritor, profesor, pintor, e intelectual de izquierda caleño nacido en 1938 y fallecido en 2006. Dentro de sus títulos principales se destacan El bogotazo, memorias del olvido (1983), La paz, la violencia: testigos de excepción (1985)y Diario de un guerrillero (1970).
Por: Alejandro Alzate

Foto: Colprensa.
Carlos Arturo Ruiz, mejor conocido como Arturo Alape, es reconocido por el rigor y la versatilidad que tuvo para documentar el curso de los fenómenos que forjaron la memoria histórica colombiana. En su calidad de investigador y escritor, este intelectual reflexionó sobre la violencia y los hechos que la erigieron en fenómeno y lastre nacional. Así, por ejemplo, auscultó las causas profundas del magnicidio del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, hecho cruento del que aún hoy no nos reponemos. La mirada de Alape, esto es lo interesante desde una tentativa por recodificar la historia, coincide con la de otros investigadores como Ricardo Sánchez, exdecano de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional, quien considera que “Colombia no fue la misma después del 9 de abril y del asesinato de Gaitán. Lo que vino fue el desarrollo profundo de la violencia, que empezó en las cúpulas de los partidos, para extenderse luego horizontalmente entre el pueblo. No es exagerado afirmar que las consecuencias de toda esta frustración las estamos padeciendo todavía”. (26).
Para Alape, parte de los problemas nacionales se originaron tras la negación que la historia nacional impuso sobre ciertos hechos o luchas sociales. Por ello, en El bogotazo, memorias del olvido se observa “una estructura de confrontamiento de visiones [que utiliza] la indagación histórica, el testimonio directo, la crónica, el diálogo teatral y la ficción que ebulle de la realidad. (25). Más allá de ser un tratado, uno de los tantos que engrosan la ingente bibliografía sobre el tema, el texto de este escritor visita las voces y la memoria de quienes tuvieron una relación no solo directa, sino esencial y hasta espiritual con el asesinato. Para Alape, rescatar la memoria fue a un tiempo imperativo moral y compromiso. Su proyecto como escritor no pasó por la legitimación de una sola narrativa, sino por el establecimiento de contrastes y matices que permitieran pensar una historia más honesta y, por lo tanto, más justa con los hechos que la determinaron a través del tiempo.

De acuerdo con Juan Álvarez, “Arturo Alape trabajó alentado por una avidez tanto moral como temeraria: investigar hasta el último detalle significativo de aquella toma y retoma de la capital que rápidamente la prensa escrita había denominado El Bogotazo; indagar los motivos y los razonamientos de las decisiones políticas de los notables tanto como los juicios espontáneos y los comandos de acción del pueblo trastornado. Trazar, en últimas, un mapa de la desolación” (12).
A raíz de lo planteado surgen algunos interrogantes en torno a los porqués de esta forma de asumir la literatura y la revisión historiográfica: ¿qué sentido tiene volver sobre asuntos precluidos por la propia historia oficial? ¿Para qué es la memoria, para quiénes se reconstruye? ¿En qué cambia la historia, en general, a partir de la relectura de las historias, particulares, que la configuran? Lejos de tener respuestas totalizantes, el presente texto tan solo brinda algunas perspectivas de análisis: en primer lugar, la obra de Arturo Alape no puede separarse de su pensamiento político. El caleño, ex integrante del Partido Comunista Colombiano, bebió de los debates intelectuales posteriores a la Segunda Guerra Mundial; situación que lo puso de frente a una militancia que desbordaba la teoría para concretarse en la toma de armas. Eso explica su vinculación a las FARC en 1960.
Carlos Arturo Ruiz, mejor conocido como Arturo Alape, es reconocido por el rigor y la versatilidad que tuvo para documentar el curso de los fenómenos que forjaron la memoria histórica colombiana. En su calidad de investigador y escritor, este intelectual reflexionó sobre la violencia y los hechos que la erigieron en fenómeno y lastre nacional.
Miguel Ángel Urrego, citado por Melisa Suaza Arias (2020), refiere que “el escritor comprometido y el científico social fueron los tipos dominantes de intelectuales en el panorama nacional durante ese periodo de posguerra, caracterizado por las contradicciones generadas por el modelo de exclusión que marcó el desarrollo de la violencia de mediados de siglo, como por las ideas emanadas por la Revolución cubana (1959) que sustentaron la lucha armada como medio para alcanzar un sistema de poder diferente. De ese modo, lo específico de aquella generación de intelectuales es que se definieron en contra del Estado y por una utopía social. Esa perspectiva los llevó a militar en las diversas organizaciones políticas y militares de izquierda conformadas en Colombia” (14).
Parte de dicha utopía, de ese pasar a la acción, se cumplió mediante la legalización del escritor como hombre público, proceso que posibilitó la producción continua de una obra multiformato, masiva y crítica. A este proyecto ayudaron tanto la cercanía con el teatro militante de los años 70, como la aparición en francés de Journal d’ un guerrillero (1968), texto que dos años después sería traducido al español. No es gratuito el hecho de que Arturo Alape haya ingresado al mundo literario en aquellos años. La razón es apenas evidente: en ellos aún existía, aunque epigonalmente, el denominado boom latinoamericano, fenómeno que se alimentó con la efervescencia ideológica de la Revolución cubana, de la cual Alape fue partidario en muchos momentos.

Después de la publicación de Diario de un guerrillero, el escritor en ciernes inició en firme su carrera literaria. A este texto le siguieron otros, como Las muertes de Tirofijo (1972) y El cadáver de los hombres invisibles (1979), títulos en los que quedaron plasmados tanto el testimonio íntegro de su experiencia guerrillera, como los objetivos de lucha de aquellos años de militancia. Si bien estos libros tuvieron una buena valoración por parte de la crítica, también padecieron ataques, en la medida en que estaban altamente ideologizados y hacían apología de la insurgencia y la lucha armada.
Un segundo aspecto que explica el proyecto escritural, y en general artístico, de Arturo Alape, pasa por su conciencia en torno al drama de las clases desfavorecidas de Colombia; así lo pone en evidencia La marcha del coreguaje, documento que testimonia las migraciones campesinas a raíz de la violencia política. Más allá de la elaboración de un relato monofónico, Alape se interesó por pensar el problema del hombre colombiano contemporáneo. En ese orden de ideas, “la década del ochenta fue una de las épocas más prolíficas de su producción como autor y en términos del reconocimiento alcanzado como investigador. Luego de una intensa actividad en el mundo del teatro militante y la prensa alternativa publicó Un día de septiembre: testimonios del paro cívico de 1977 (1980), que significó un giro temático respecto a sus creaciones anteriores; es decir, se enfocó en un tema urbano luego de tres libros inspirados en la violencia rural, además suspendió la realización de su obra narrativa por el imperativo de los tópicos históricos que lo inquietaron por más de una década” (22-23).
…la obra de este autor aguarda nuevas lecturas, nuevos ojos que vean, juzguen y valoren los viejos dramas de un país que, como el nuestro, tiende a eternizarlos tras la indolencia, la falta de caminos francos para el desarrollo político y, cómo no, moral y espiritual.
Así visto, el trasegar intelectual de Arturo Alape se convierte en el lente que mira hacia el interior de nuestra propia tragedia para intentar explicarla. Consciente de la existencia de situaciones revestidas con rampante impunidad e injusticia, su arte devino en la posibilidad de pensar las fracturas que nos aquejaban (y aquejan hasta hoy). De ahí que, posteriormente, hayan aparecido títulos como La paz, la violencia: testigos de excepción (1985), “un libro que trata las vicisitudes que marcaron el desarrollo del conflicto armado colombiano y reflexiona sobre las fallas en las negociaciones de paz que se suscitaron en diferentes gobiernos con algunos grupos alzados en armas durante la segunda mitad del siglo XX” (23).

Un tercer elemento que puede destacarse en relación con la forma en que Arturo Alape entendió la escritura, la pintura y el periodismo es el problema estético del arte en sí; esto en la medida en que, para él, la técnica nunca estuvo por encima de lo enunciado y su vitalidad social y política. Nunca fue de su interés la exploración de formas y colores —si a su obra pictórica aludimos, por ejemplo—, sino la relación intrínseca entre lo dicho y las maneras de decirlo o ponerlo en hojas o lienzos. A este decantamiento ayudaron tanto el paso de los años como la cercanía de la muerte y las amenazas. Melisa Suaza Arias (2020) menciona que “Alape salió del país a La Habana en 1987, país en el que vivió su primer exilio. En la isla el autor fue testigo de la caída de Unión Soviética y la crisis del modelo socialista cubano que conllevaron al desvanecimiento de los ideales utópicos de su generación; hechos que implicaron cambios en su vida y su obra. Alape se alejó del activismo político y tomó la decisión de no volver a escribir sobre temas tan sensibles dentro de la historia nacional, porque se convirtieron en un serio peligro para el desarrollo de su vida en el país. De ese modo, el exilio se tradujo en un giro en términos creativos: de lo histórico a lo literario” (25).
A modo de coda, solo resta decir que la obra de este autor aguarda nuevas lecturas, nuevos ojos que vean, juzguen y valoren los viejos dramas de un país que, como el nuestro, tiende a eternizarlos tras la indolencia, la falta de caminos francos para el desarrollo político y, cómo no, moral y espiritual. Queda el testimonio franco de una época, de una forma de explicar lo inexplicable de la guerra, de la violencia y de la pérdida del paraíso que procuran las democracias en el concierto de las naciones civilizadas.



