Andrés Caicedo. Teatro
Teatro
Andrés Caicedo
Programa Editorial
Universidad del Valle
Edición: 2017
Páginas: 222
Por: Dalia Velasco
Estudiante de Lic. en Literatura

Foto: Cortesía Programa Editorial Universidad del Valle.
Veinte fotografías en blanco y negro de El mar (1972), organizadas en una aparente cronología, son el único testimonio visual de una puesta en escena que careció de un número significativo de representaciones. Ante la evidente ausencia de una documentación visual, el lector tendrá que conformarse con la virtualidad contenida en los textos dramáticos y admitir la perennidad de la escritura ante la brevedad del performance. Presentados cronológicamente, los textos dramáticos cumplen una doble función: evidenciar el proceso dramatúrgico del autor y ofrecernos, a quienes nacimos después del 72, la posibilidad de conocer la faceta de un autor que privilegió el texto dramático sobre la puesta en escena. Teatro (2017), publicada por el programa editorial de la Universidad del Valle y editada por Sandro Romero Rey, se presenta como un testimonio de los inicios creativos de Andrés Caicedo Estela.
Recibiendo al nuevo alumno (1969) y El mar, últimas obras pertenecientes al corto periodo de creación dramatúrgica de Caicedo, han sido las predilectas de algunos directores. Es la considerable distancia entre estas y su dramaturgia inicial, la razón más evidente: las últimas destacan, a diferencia de las primeras, por una mayor solidez en la estructura dramática, la presencia de espacios definidos —en el caso de El mar, una escenificación enmarcada en cierto realismo austero—, como también por la aparición de diálogos comunicativos y caracterizadores. Las curiosas conciencias (1966), Los imbéciles están de testigos (1967), El fin de las vacaciones ( 1967) y La piel del otro héroe (1967), pertenecen al periodo iniciático —nombre tal vez impreciso para una obra presentada como el comienzo creativo del futuro cuentista—, en el cual prevaleció la ingenua y provocadora rebeldía adolescente. Son estos primeros ejercicios teatrales, relegados por la casi nula aparición de acciones dramáticas, los testimonios de dudas y obsesiones primerizas que acompañarán al resto de su obra.
Obviar la dramaturgia adolescente de Caicedo es una opción acertada para quien desea encontrar textos dramáticos “idóneos” de ser representados y no ejercicios dramatúrgicos. Estos últimos, interesantes por el valor documental del proceso evolutivo de los intereses intelectuales y creativos del autor, exploran la incomunicación presente en la imposibilidad de los personajes para entablar diálogos verdaderos y la presencia del público como enemigo pasivo. Presentado como un conjunto de imbéciles que observan los diálogos inútiles de dos jovencitos, el público encarna ese otro despreciable: la adultez parroquial, moralista y pacata, también al interlocutor invisible, ajeno ante la angustia de una nueva generación. Sin embargo, la falsedad no es presentada como un rasgo exclusivo de los adultos: los jóvenes, íconos de la rebeldía y el diálogo reflexivo, no desean otra cosa que desnudar jovencitas con el propósito de redefinir su posición social. De esta manera, la incomunicación se exterioriza en la ausencia de interlocutores aptos.
Como una lección contundente para la juventud que dice admirar la obra de Caicedo, resulta gratificante evidenciar durante la lectura de las acotaciones, la transformación de la visión de su dramaturgia y de algunas nociones elementales. En Las curiosas conciencias, Caicedo plantea el siguiente título: “Anti-teatro en una escena y un acto”. Este primer detalle, ingenuo en sí porque es una anti-teatralidad expresada a través de una estructura dramática, es suficiente para comprender la vía inicial del joven influenciado por el teatro vanguardista de posguerra.
¿Qué entiende Caicedo por anti-teatralidad? ¿A caso se refiere a una dramaturgia que reconstruya los conceptos aristotélicos de acción y fábula? En consecuencia con la búsqueda de un estilo dramatúrgico acorde a sus intereses, el autor nuevamente introduce en la acotación inicial de Los imbéciles están de testigo, una apreciación de su trabajo: “segunda tentativa de hacer un teatro diferente”. A través de la farsa realista, el dramaturgo plantea una conversación aparentemente absurda entre dos jovencitos que discurren en torno a sus angustias generacionales. En las siguientes obras, El fin de las vacaciones y La piel del otro héroe, es posible rastrear un cambio significativo en su dramaturgia: las acotaciones, antes imprecisas y desinteresadas, describen el movimiento de los actores y la disposición de la escenografía. Es quizá esa conciencia del espectáculo, la que dio paso y posteriormente caracterizó su última producción dramatúrgica.
La novedad de la corta producción de Caicedo, se evidencia en el atrevimiento del uso coloquial del lenguaje caleño en un medio que idealizó el lenguaje romántico en la literatura. De su dramaturgia, escrita entre los quince y veintiuno, es posible extraer una lectura más vasta. Ahora, aquellos que todavía promueven la curtida pose del joven Caicedo irreverente —y la asimilan a su vida como estímulo creativo—, deberán leer sus obras y comprobar en ellas el rigor intelectual de un joven comprometido con su arte.



