Crónica

América postal del futuro. Crónicas de un viaje en bicicleta

Esta crónica no tiene pretensión de ser sinécdoque de un continente, hablar de América es encontrar la multidiversidad de elementos típicos y atípicos que hacen de esta tierra única y atractiva para viajar en bicicleta. Mi proyecto se llamó Ciclocine SurAmérica, más de seis mil kilómetros pedaleando, casi 12 meses de travesía, ocho cortometrajes de ficción como lectura final de mi periplo y solo veinte dólares en el bolsillo los cuales aún conservo en un libro. América es una serie de postales y de filmes y AMÉRICA POSTAL DEL FUTURO será un ejercicio de aproximación a una de miles de realidades de nuestra América.

Por: Oscar Hembert Moreno Leyva
Licenciado en Historia, diletante director de cine y fotógrafo.

Carretera Panamericana – Fotos: Oscar Hembert Moreno Leyva.

Miles de kilómetros de haber pedaleado, de pasar las primeras fronteras, las líneas invisibles, lagos y montañas, una serie de enormes desiertos, lechos de estrellas envolviendo mi ruta y de haberme recibido como licenciado en historia de la Universidad del Valle parecían encaminarme inexorablemente a mi último destino: Argentina. Quería conocer aquella Patagonia manzanera, aquellos prados gigantescos y un viejo y frio Perito Moreno, hermoso glaciar que se ubica frente a la península de Magallanes. No fue posible, el granizo, el viento y la falta de dinero me confinaron en Buenos Aires. Tierra extraña que lleva una doble memoria y una aculturación increíble. Tierra para hacer y perder amigos. Fue mi último destino, frente a la tumba de Gardel, el Bronce que sonríe, el cigarro entre sus dedos se consumió completamente y la lozana promesa aún permanece ahí a la espera de ser cumplida. Mi camino había dado por concluido, me despedí abrazándole.

Prólogo

Corría el año 2011, era mi último día en Jamundí, Valle del Cauca. Veía con cierto miedo y ansiedad mi bicicleta, la cual había bautizado como María Cano. Bello regalo que mi tía Libia me adelantó de cumpleaños para dejar de ir a pie desde mi casa hasta la universidad. Fue el día que emprendí mi travesía por el continente. Abrí la puerta de mi hogar y el aire olía a hierba cortada, mis amigos y mi hermano menor Juan David nos despedimos, entre abrazos y lágrimas las promesas florecieron y las risas hicieron de ese día algo difuso que aún me petrifica el alma, fue la última vez que vi vivo a mi hermano, la última vez que lo abracé y le dije mirándolo, que lo amaba.

Junto a mi hermano.

Muy temprano en este periplo comencé a sumar historias e iba haciéndome a la idea de un vasto horizonte en el Departamento del Cauca, escalando con el peso de la inocencia de un gran viaje, aparecieron ante mí un sinnúmero de policías, autos y periodistas: se celebraba la vuelta a Colombia. Me pidieron que me orillara por temas de seguridad, algunos acompañantes curiosos se me acercaron con la idea de saber quién era y de donde venía, después de cruzar algunas breves palabras y defraudarlos por mi nacionalidad, me dieron botellas de agua y dinero, ahora tenía veinte dólares y cincuenta mil pesos, continué pedaleando y con un notable cansancio mi primera parada fue en el corregimiento de Mondomo. Al acercarme a una pequeña iglesia conocí un joven llamado Diego que me dio posada y comida, con una familia numerosa este hombre de campo, me habló de su vida, la de sus hijos y por supuesto del pueblo. Supongo que llegamos a saber algunas cosas el uno del otro pero en ningún caso tuvimos certezas sobre quiénes éramos, de dónde veníamos o por qué estábamos allí. Aquel viajero, inquilino a la deriva que pasó por mi casa dirá él dentro de algunos años. Sus palabras fueron un buen desayuno para continuar en la travesía, un leve olor a humedad y tierra fresca me recordaron que tenía miedo esa mañana.

Las primeras semanas son difíciles, los cambios de clima, la lluvia constante y el viento que no deja avanzar. Mí equipaje no fue tan modesto como el de Thomas Stevens, él pedaleó una Penny-Farthing y yo una Eastman o tipo San Tropel. Con María Cano vencí el primer miedo, el segundo y el tercero. Meses andando en diferentes ciudades, pueblos, veredas y cientos de kilómetros de carretera, venciendo en pequeñas etapas de 50 kilómetros cada día se fortalece el espíritu de cualquier aventurero. Aunque me ufano de haber llevado siempre mi vieja bicicleta todo por un deseo de convertirme en leyenda, caí en miles de errores, me hundí y me distraje de mis objetivos, así perdí amigos, así pase días comiendo solamente galletas y agua, así dormí con el frio abrazándome en la soledad del desierto, así me angustiaban los gritos de grandes simios al unísono toda la noche en la selva boliviana, así pase días pensando y llorando, enfermo y con los pies rotos diciéndome ¿Por qué estoy haciendo esto?

Como decía Eisenstein la esencia de una nación se deposita en sus rostros, filmar, escribir guiones, leer y pedalear kilometro a kilometro sumarian como mi única escuela de cine. Sentía la necesidad de conocer más, no quería estar preso en una fábrica, quería aprender más, equivocarme más, no quería ser el turista que nunca sabe dónde ha estado sino el viajero que no sabe dónde va llegar, mi maestra de antropología Nancy Motta me enseñó a buscar y ver más allá de mi realidad, viajar como antropólogo no como turista.

Pase por países con cumbres, valles y desiertos, monumentales carreteras en compañía de mis libros, un cuaderno de anotaciones, el paisaje montañoso que saludaba en las madrugadas, el rio que pasaba y me saciaba la sed, la enorme carretera panamericana se dibujaba en este viaje solitario y la virgen de la Guadalupe, imagen que en repetidas ocasiones encontré en diferentes casas donde me dieron posada. Todo lo intente guardar en mis alforjas hechas con dos bidones reciclados.

Estos relatos son el equipaje que aprovisionaron mi vida después de años de experiencias, relatos de un hombre ingenuo, crónicas con aires provenientes de documentalismo irán surgiendo a medida que la memoria pase por el corazón. Contamos inevitablemente nuestras historias para sobrevivir al tiempo, con ellas intentaré provocar emociones y evocar lo humano, como decía Murakami en Tokio blues: Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

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