Crítica

Álvaro Mutis, el poeta que no comió cuento, visto por Juan Gustavo Cobo Borda

La poesía colombiana ha sido mediocre. Al mismo tiempo, ha sido tildada de excelsa mediante espaldarazos fáciles y connivencias políticas. Esto explica por qué en el país hay más poetas, y mitos y grandilocuencias en torno a ellos, que poesía como tal. Alrededor de esta idea han unificado sus voces críticos señeros como Rafael Gutiérrez Girardot, Rafael Maya, Andrés Holguín y el aquí mencionado Juan Gustavo Cobo Borda. El interés de estas páginas no es otro que hacer un quiebre para recordar a Álvaro Mutis, un escritor que se salva de la ineluctable debacle poética nacional.

Por: Alejandro Alzate

Álvaro Mutis (1923 – 2013), escritor colombiano. Foto: contextomedia.com
Álvaro Mutis (1923 – 2013), escritor colombiano.
Foto: contextomedia.com

A Álvaro Mutis y a Juan Gustavo Cobo Borda los unen dos cosas: el amor por la literatura y la muerte. El primero, nacido en Bogotá, en 1923, se consolidó desde muy joven como un cultor de la poesía. Fue a través de ésta que adquirió su fina y perspicaz sensibilidad para entender la vida, la muerte, las herencias culturales europeas y las quimeras de la historia americana. El segundo, nacido también en Bogotá, en 1948, fungió como uno de los faros críticos más importantes de la literatura colombiana del siglo XX. Su condición de poeta, y su interés por la historiografía, hicieron de él una voz importante para la comprensión del hecho literario nacional.

Historia de la poesía colombiana del siglo XX (de José Asunción Silva a Raúl Gómez Jattin) constituye uno de sus más más rigurosos esfuerzos por estudiar la poesía colombiana.

La obra da cuenta de una cronología literaria en la cual es difícil hallar el tan ponderado y excelso carácter de nuestras letras. No obstante, lo anterior no es óbice para reconocer la grandeza de quienes grandeza merecen. Así, Álvaro Mutis, por ejemplo, es presentado como una suerte de autor-conciencia que va al espíritu más hondo de nuestra poesía, descreyendo de las bondades de la modernidad y cediendo a la muerte el protagonismo que aviva la escritura en tanto pulsión que tantea la explicación del mundo.

En torno a esta idea, Cobo Borda plantea que en Mutis “reaccionario y monárquico, la lúcida desesperanza que signa su obra tiene en la muerte -último rito, postrer ceremonia- su momento más alto, y es sin embargo esa misma lucidez la que acrecienta, como impulso decadente, la perdurabilidad del deseo que sigue siendo deseo y que, en un pacto de sucia complicidad con la vida, la nutre de esos alimentos ante todo terrestres”. La humanización de la poesía del bogotano parte de la carne en una operación genésica, es decir, “celebra realidades tan carnales como trágicas”, realidades que alumbran la naturaleza de la vida. Esto queda en evidencia en “En el río”:

La carne borra las heridas, lava toda huella del pasado,
pero nada puede contra la remembranza del placer
y la memoria de los cuerpos a los que se uniera antaño.
Hay una nostalgia intacta de todo cuerpo gozado,
De todas las horas de gran desorden de la carne en donde nace
una verdad de substancia especial y sobre la que el tiempo
no tiene ascendiente alguno. Se confunden los rostros y los nombres,
se borran las acciones y los dulces sacrificios por quien se amó
una vez, pero el ronco grito del goce se levanta repitiendo sus
sílabas como las sirenas de las boyas a la entrada del puerto.

Dice Cobo Borda que ese “ronco grito del goce, en medio de un escenario tan afligente y un hastío tan inapelable, es lo que da a la poesía su intensidad”. Lo anterior puede ser cierto si el referido goce se juzga en términos de experiencia que reivindica la afabilidad de la vida. No obstante, al placer vienen aparejados el caos y la confusión; características que evidencia constantemente, tanto en verso como en prosa, Maqroll el Gaviero, personaje emblemático de Mutis. Este legendario venido a menos “no es más que un paria de toda tierra, un marginal de cualquier empresa”.

Ir a la deriva, evidenciarla en su más cruda realidad, constituyó uno de los más caros intereses para el bogotano, autor que abrazó la idea de que “toda empresa humana resulta vana”.

Juan Gustavo Cobo Borda (1948 - 2022) , gestor, editor, crítico y poeta colombiano. Foto: Andrés Torres / Colprensa / Gaceta. Tomada de: elpais.com.co
Juan Gustavo Cobo Borda (1948 – 2022) , gestor, editor, crítico y poeta colombiano.
 Foto: Andrés Torres / Colprensa / Gaceta. Tomada de: elpais.com.co

De tal suerte, si bien su poesía fue “muy colombiana en su sabor y en su aroma” no puede negarse que su estética se logra, al menos parcialmente, a partir de las angustiantes reflexiones sobre el fin de la existencia y el desasosiego. Maqroll, en ese sentido, es portador del ideario axiológico de Mutis. Para este último, o mejor, para ambos, “la existencia de Dios, de la historia, del poder, de la gloria […] ponen al descubierto el doble engaño que encierran: figuran una trascendencia o un sentido superior que no existe; hacen vivir no la vida misma sino la confianza -la seguridad- de creer que se está viviendo. Doble engaño que es una doble impostura: nadie vive en ni mucho menos para la trascendencia; nadie, por tanto, cree de verdad en ella. La furia de vivir es su única pasión, pasión maldita: la vida es un don y simultáneamente un mal”.

Dentro de todo este malestar, la poesía, como materia prima de la creación poética, es cuestionada también:

Esperar el tiempo del poema es matar el deseo,
Aniquilar las ansias, entregarse a la estéril angustia…,
Y, además, las palabras nos cubren de tal modo que no
Podemos ver lo mejor de la batalla cuando la bandera florece
En los sangrientos muñones del príncipe. ¡Eternizad ese instante!


Si bien aquí se contrapone el tiempo, en tanto problema metafísico, con el deseo, el espíritu inquieto de Mutis siguió adelante en el desenmascaramiento de las mentiras nacionales que, justamente, han “impedido ver lo mejor de la batalla cuando la bandera florece”. Con esto, lo que se manifiesta es el alejamiento que el poeta hace de la mentira institucionalizada por los poderes y los cenáculos culturales. Su reflexión es incómoda, como incómoda termina siendo toda verdad. “Nuestro país descansa sobre una sucesión de mentiras. Entre ellas, según Mutis, se destacan: a) Una de las democracias más antiguas de América. Democracia formal que recubre apenas una salvaje violencia ininterrumpida. b) País de poetas: “si me lees te leo”. Eso pudo ser cierto; ya no lo es. c) El país donde se habla el mejor español. El más formal y el más rígido, quizá, pero, en realidad, el menos vital. El más hipócrita en su capacidad camaleónica de ocultamiento y disfraz”.

De tal suerte, si bien su poesía fue “muy colombiana en su sabor y en su aroma” no puede negarse que su estética se logra, al menos parcialmente, a partir de las angustiantes reflexiones sobre el fin de la existencia y el desasosiego. Maqroll, en ese sentido, es portador del ideario axiológico de Mutis.

Si de la “república humanista” hablamos, Mutis tampoco la ponderó con benevolencia ni cortesía. Eso sí, reconoció la valía literaria y conceptual existente en poetas como León de Greiff, Aurelio Arturo y Eduardo Carranza. Por fuera de ellos, el creador de Maqroll “no reconocía en su pasado literario ningunos otros valores válidos”. A la par de la creación poética en sí, Mutis fue una de esas voces que cuestionó la historia de la cultura en Colombia. Más allá de su obra, su carácter marcó una singular relación con la historia de la literatura nacional, permitiéndole tomar lo mejor de ella para dialogar con la tradición latinoamericana y europea; esto sin deudas ni complejos morales o estéticos. De acuerdo con Cobo Borda “¿qué escritor colombiano puede hablar hoy en día, con tranquilo entusiasmo, con autores tan diversos como el italiano Ungaretti, el francés Ponge, el polaco Milosz o el brasilero Joao Cabral de Melo Neto? Sin lugar a dudas, el único que tiene la vasta cultura universal para traspasar lenguas y fronteras y unirse en torno a un estimulante coloquio, donde la poesía y el destino de la criatura humana sobre este planeta incierto, logra unir a todos ellos, es Álvaro Mutis.”

Dicho esto, pues, no queda más que señalar que Mutis fue y es un buen poeta. Fieles a su manera de pensar, no diremos que es el gran bardo nacional, pues no lo es; pero tampoco diremos que es uno más en la hojarasca poética colombiana. Ciertamente, está muy encima de muchos de los asumidos como mejores rapsodas del país. Queda la invitación a leer su obra para entender el porqué de esta afirmación.

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