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Adiós, María Kodama

El pasado 26 de marzo falleció, en Buenos Aires, quien fuera la segunda esposa y cuidadora universal de la obra del bardo argentino Jorge Luis Borges. María Kodama Schweizer, argentina de ascendencia japonesa y suizo-alemana, se ocupó de difundir y preservar el legado artístico del creador del “Aleph”y otros tantos cuentos memorables. Sea esta la ocasión para revisitar algunas de sus vivencias y, sobre todo, algunos aspectos de su propia obra literaria.

Por: Alejandro Alzate

María Kodama (1937 – 2023), escritora, traductora y profesora de literatura argentina.
Foto: lanacion.com.ar

Es cierto que María Kodama fue fiel a los deberes que como albacea debía cumplir. Y cumplió. También lo es el hecho de que cuidó a Borges en los complejos años de la ceguera y, posteriormente, en los no menos difíciles de la senectud. No obstante, no es el interés de estas páginas volver sobre los manidos lugares comunes que, en torno a su relación con el afamado Jorge Luis Borges, tanto se rememoran hoy. La intención de estas cuartillas es otra: presentar a María Kodama como una autora que tuvo, aunque muy modesta, una obra propia, una voz que también evaluó el mundo, la fantasía y la cultura de su tiempo que, por extensión connatural, es también el nuestro.

En pro de ese objetivo, he de referirme, en primer lugar, al hecho de que María Kodama escribió desde siempre, aunque no haya publicado mientras Borges vivía. Este último hecho, la larga vida del Maestro, imposibilitó la proyección pública de aquello que en la juventud constituyó el inicio del proyecto literario de Kodama Schweizer. Hubo ahí, en el binomio “vida y no publicación”, una suerte de conjuro —o pudor— irremovible como una muralla. ¿Las razones? Podrían ser muchas; sin embargo, y ateniéndonos a lo dicho por la albacea, resulta claro que el asunto de la no publicación se zanja a la luz de una mirada intimista, casi solipsista, del quehacer literario, como queda referido de facto: 

Yo escribo porque la literatura, aquí y ahora, es para mí una increíble fuente de placer y siento terror al plantearme la posibilidad de cambiar mi actual relación con ella. Esa mutación abriría una nueva forma de sentir la literatura y nuestra situación cambiaría irremediablemente; creo que sentiría un pánico parecido al que provoca enfrentarse a un examen. La verdad es que, hasta ahora, solo he publicado en algún suplemento literario de Buenos Aires, pero prometo plantearme la superación de ese miedo y publicar.

Dos sustantivos masculinos descuellan tras lo dicho: terror y placer; también un verbo: sentir. Si se combina lo anterior en una suerte de operación matemática con el lenguaje, de esas que Borges tanto adoraba, podría inferirse que la escritura para María Kodama obedeció más a un encuentro íntimo y, si acaso, a la comunión lúdica con algunos pocos amigos, como también lo mencionó en su momento: “Yo suelo leer algunos de mis relatos a grupos de amigos que se han conjurado y proyectan no aceptar la lectura de mis cuentos; por tanto, voy a dejar de tener público, con lo cual será necesario publicar”. El terror y el miedo se advierten cuando acecha el virtual traspaso de lo íntimo a lo masivo, a aquello que constituye dominio público y observancia plural. Una vez cavilados estos detalles, se hace perentorio indagar un segundo hecho: ¿qué obsesionaba, en términos literarios, a María Kodama? La respuesta, que desborda el alcance de estas páginas, no impide el comentario somero: le generaban interés la historia, la filosofía oriental y las rarezas. De hecho, es gracias a esta última categoría que vio la luz su relato El cuento del dinosaurio, cuya trama se basa en un hecho noticioso: el hallazgo de huellas de dinosaurio congeladas. Sobre este texto, Kodama mencionó que la singularidad del suceso le generó interés y después, el día menos pensado, surgió una historia en torno a él, porque sí; todo de un “modo irracional e inexplicable”.

…la escritura para María Kodama obedeció más a un encuentro íntimo y, si acaso, a la comunión lúdica con algunos pocos amigos…

Pero si las rarezas fueron material del cual se nutrió la imaginación literaria de María Kodama, también fueron importantes en su proceso creativo la pintura, la arquitectura y la música. Estas experiencias estéticas le permitieron la sublimación de emociones y sentimientos; la manifestación de preocupaciones en torno al arte y la sensibilidad cultural de los pueblos, reales o fantásticos. Resulta interesante la observación de dos momentos distintos, aunque ciertamente complementarios, si se pretende hablar del significado que el arte, y sus procesos, tuvieron para Kodama. 

Foto: Ludovic Marin/AFP. Tomada de: hjck.com

Por un lado, está el rapto místico; instancia a la cual la escritora llegaba mediante la contemplación de la belleza. Subsumida en el éxtasis, la argentino-japonesa experimentaba lo que Heidegger denominaba el alumbramiento, es decir, la explicación/revelación de un mundo a través de la experiencia sensible y cognoscible.
Por otra parte, no necesariamente antagónica, la lúdica era lo predominante cuando se trataba de emprender un proyecto literario, como puede apreciarse a continuación: 

Yo, cuando escribo, ante todo, me divierto. No me siento partícipe de ninguna técnica o escuela, pues éstas surgen siempre a posteriori, como una especie de casilleros en los que los estudiosos pretenden encerrar una obra o un creador, cosa del todo impensable.

…María Kodama tuvo angustias compartidas, o heredadas, más bien, por Borges. Al igual que al bardo, le generaron preocupación/fascinación el problema metafísico del tiempo, la libertad, la religión y la experiencia mística, la memoria, las culturas, el lenguaje y sus usos y, cómo no, lo real y lo fantástico.

Como es apenas esperable, la conjunción entre lo lúdico y lo místico desemboca en lo catártico: 

Escribo como una forma de catarsis, como cuando escucho música; la escritura me produce placer. Por esta especie de hedonismo, creo que nunca sería una buena filóloga, pues puedo trabajar mucho sobre algo que me deleite; si no es así, sería incapaz de hacer trabajar mi imaginación, no surgiría nada fructífero. 

Si bien en la cita anterior lo catártico apenas se menciona, la vorágine interior se produce y expele, a modo de obra, cuando temas como el suicidio, por ejemplo, se convierten en objeto de interés y se vuelven material literario. Igual sucede con el perfeccionismo estético y el retorno a la nada, caro concepto en la poesía japonesa. La luz y la sombra inquietaron siempre a la autora.

Si bien lo catártico alterna con lo lúdico y así, de modo particular, se reivindica el placer y se prescinde de las escuelas y las tentativas de perfección absoluta, María Kodama tuvo angustias compartidas, o heredadas, más bien, por Borges. Al igual que al bardo, le generaron preocupación/fascinación el problema metafísico del tiempo, la libertad, la religión y la experiencia mística, la memoria, las culturas, el lenguaje y sus usos y, cómo no, lo real y lo fantástico. En torno a estos temas han quedado consignadas sus ideas. El texto que las reúne se llama María Kodama, homenaje a Borges.

Sumados a los campos de reflexión arriba mencionados, la psique humana, la búsqueda del paraíso, el choque entre tradición y modernidad, la nostalgia, la culpa, el arrepentimiento, la pérdida de la inocencia y la condición mortal de los hombres, también la llamaron a la reflexión. A raíz de la meditación en torno a estas categorías de pensamiento surgió Relatos, título publicado por Penguin Random House en 2017. Finalmente, ha de señalarse que la historia y la política también le granjearon singular interés. Prueba de ello es su último libro, La divisa punzó, obra que coescribió con Claudia Farías para reactualizar la discusión en torno a la vida y obra del caudillo federal Juan Manuel de Rosas.

A modo de cierre, no queda más que despedir a Kodama con el más sublime fragmento de “El enamorado”, un poema en el que Borges celebró a un tiempo el amor y la dicha…el candor y las pocas certezas de la vida: “Sólo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura”. 

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