Evento

Estallido Gráfico Vol. 4 y La Caldera del Pueblo

Más que un rumbeadero, La Caldera del Diablo es una institución popular que responde a las aspiraciones de cambio. Entre salsa, arte y esperanza, se consolidó la hermandad de quienes hicieron acto de presencia este primero de mayo. El evento, que buscaba recaudar fondos para restaurar el Monumento a la Resistencia, convocó a artistas de todo el país y abrió un nuevo episodio en la historia cultural de la ciudad. A continuación, un resumen de lo que vimos.

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

La Caldera del Diablo. Foto: Danny Jordan Arcila.
La Caldera del Diablo.
Foto: Danny Jordan Arcila.

Llegamos después de las dos, cuando la marcha del primero de mayo ya había terminado, por lo menos de forma oficial, pero lo cierto es que en las calles aún se respiraba ese aire de fraternidad propio de toda acción colectiva. La gente seguía apostada alrededor de la Loma de la Cruz, hablaban animadamente y celebraban una nueva jornada de resistencia, con la feliz noticia de que no hubo enfrentamientos ni desenlaces inesperados que lamentar. Algunos bebían cerveza y bailaban al ritmo de la música de un bar cercano, otros se reunieron en rincones más apartados, casi en la cima, para tocar sus instrumentos y animar a las familias que hicieron todo el recorrido y que buscaban un ambiente más tranquilo. A lo largo del día no se dejó de intercambiar opiniones acerca del futuro próximo del país, ni de discutir los obstáculos que han retrasado el cambio por el que todos votaron aquel remoto 19 de junio. Antes de ingresar a la exposición nos dimos una vuelta por la zona e hicimos un par de entrevistas.

Hablamos con Aleida Muñoz, vendedora ambulante de cornetas y de toda clase de insumos vinculados al quehacer del protestante. Ella pertenece a la glorieta de la resistencia en Siloé y ha dedicado los últimos diez de su vida al comercio de variedades durante levantamientos, marchas y estallidos sociales. Al principio no tenía bandera, iba a cualquier movilización, fuera convocada por líderes de izquierda o de derecha, pese a que siempre tuvo bien claras sus convicciones: “Soy del pueblo, para el pueblo y con el pueblo”. Esto fue antes de contribuir al ascenso de un presidente que, como ella afirma, es de “nosotros”, es decir, del pueblo. Desde entonces tomó la resolución de que no volvería a mezclarse con la ralea, “esa gente de bien”. Aleida estuvo presente a lo largo de toda la marcha, que fue “grande, bonita”, sin contratiempos. No recuerda haberse topado con la policía ni el ESMAD; la vigilancia se redujo a un helicóptero que sobrevolaba en los alrededores y poco más. El último encontronazo lo vivió durante una marcha en contra de Petro; un sujeto amenazó a los ahí presentes con que irrumpirían en el palacio presidencial y matarían al presidente a machetazos. Por lo visto, ese mismo hombre hoy se encuentra en la cárcel.

También hablamos con Sebastián Marmolejo, periodista y fotógrafo local, personaje frecuente en todos los primeros de mayo. Así como Aleida, él estuvo desde el minuto cero. Disfruta del carácter popular de la marcha, de su capacidad para convocar a todos los sectores de la población, ya sea desde el arte o el activismo. “Más que política fue popular”, afirmó en un momento de nuestra charla. La afluencia fue tan apabullante que dentro de la propia manifestación hubo segmentaciones, no porque no los uniera un propósito en común; era difícil coordinar y mantenerse unidos entre tantas personas. Además de que fue tan grande que, por sí sola, ya había colmado todo el recorrido, según el propio Marmolejo. Lo que más le llamó la atención fue la asistencia de un excombatiente del M19 al que le falta una pierna. Parece que se trata de un individuo famoso entre las personas que suelen venir a estos espacios. Sebastián ha intercambiado palabras con él en otras marchas. Admira el tesón que demuestra; no abandona la causa sin importar los retos que le impone su condición.

Primero de mayo, centro de Cali. Foto: Danny Jordan Arcila.
Primero de mayo, centro de Cali.
Foto: Danny Jordan Arcila.

Margaret Capera, otra de las manifestantes que tuvimos el placer de entrevistar, nos brindó información acerca del papel que jugaron los ciclistas y la Minga. Los que vinieron en bicicleta intentaron ocupar los carriles del MIO, de forma que la marcha pudiera expandirse en esta dirección, dando cabida a más personas. Por el tono de su voz, uno podría suponer que estaba profundamente conmovida; lo que había vivido la tocó en lo más hondo. Haber visto a un anciano de bastón junto a las miles de personas que se tomaron las calles, la convenció de estar en el lado correcto de la historia, el de la dignidad y la justicia social. Venía junto a una mujer de la Minga. Según Margaret, su acompañamiento le brinda seguridad y confiabilidad a la marcha. Son como autoridades propias a las que uno puede recurrir en caso de ser necesario.

Antes de ingresar a La Caldera quisimos realizar una pequeña entrevista con el vigilante, pero este nos remitió con el dueño del lugar, que, a su vez, y muy amablemente, nos puso en contacto con el organizador del Estallido Gráfico Vol. 4, Narváez, no sin antes habernos regalado cortesías a todos. La entrevista fue rápida pero sustanciosa. Gracias a él supimos el motivo que hay detrás del evento, hacia dónde van los recursos obtenidos, cuáles fueron los colectivos que donaron sus obras y cuál es la razón de preservar el Monumento de la Resistencia. Pese a todos los llamados que han hecho al Ministerio de Cultura y de Igualdad, aún no se logra que desde el Estado envíen recursos a quienes restauran el monumento. Hay un desinterés que tal vez responde a una expectativa fácil de adivinar: si el monumento se cae a pedazos, tendrán razones suficientes para demolerlo. Desde la primera intervención que se le realizó, Narváez y su equipo llegaron a la conclusión de que no lo podían dejar “morir”; ese es el origen del Estallido Gráfico como mecanismo autogestionado para recaudar fondos. Este año se llegó al acuerdo de pedir una aportación de diez mil pesos a todo aquel que viniera a la exposición, dinero que posteriormente será utilizado para reparar los escudos que podemos encontrar junto a la base del monumento.

Una vez que atravesamos la puerta, lo primero que pudimos notar fue que hubo una reestructuración del espacio en función de las obras que allí se presentaban. En el centro había una mesa para los DJ invitados y para que los artistas pudieran dar a conocer su trabajo.  Del techo colgaban algunos lienzos con figuras alusivas a la identidad popular, así como banderas de Colombia previamente intervenidas. Narváez nos contó que recibieron donaciones de tres ciudades diferentes: Bogotá, Cali y Popayán. Sin contar las que recolectaron a través de una plataforma en internet. Recibieron donaciones del colectivo Puro Veneno (Bogotá), Alpa Jaguar (Cali), Amapolas (Popayán), así como de Chuzo Resistencia, La Unión Popular y Torrente Andino. También de los colectivos de la Universidad del Valle y de artistas individuales como Un Tal Brain y de un fotógrafo que prefirió mantener el anonimato. Todo contribuyó a generar un ambiente de reflexión que armonizaba muy bien con las caras que nos encontramos ahí dentro. Luego de hacer el aguante venía el descanso merecido, aunque no por ello se dejó de lado la cuestión de fondo. En las mesas se hablaba de la consulta popular y de lo que se vendría cuando llegara el momento de las urnas. A eso le apuntaba Narváez, crear un espacio donde pudiéramos integrarnos y establecer asociaciones. La restauración necesita manos de obra que probablemente salgan de estas tertulias.

Pese a todos los llamados que han hecho al Ministerio de Cultura y de Igualdad, aún no se logra que desde el Estado envíen recursos a quienes restauran el monumento. Hay un desinterés que tal vez responde a una expectativa fácil de adivinar: si el monumento se cae a pedazos, tendrán razones suficientes para demolerlo.

No porque se hubiera caminado todo el día se dejó de lado la oportunidad de “tirar paso”. Es cierto que había más personas sentadas que de pie, pero los que estaban no se cortaron al momento de hacerle honor a La Caldera. Nos infiltramos entre los bailadores y llegamos hasta la mesa central, ahí nos entrevistamos con Wilson Silva, uno de los artistas invitados. Solo pudimos intercambiar unas cuantas palabras, no era el lugar apropiado para hacernos escuchar, no tan cerca de las bocinas, pero tiramos hacia delante de todos modos. Wilson es muralista y grafitero, llegó a La Caldera luego de ser contactado por los organizadores y aprovechó el espacio para socializar su obra. Envuelto por el ritmo de “Somos Pacífico”, solo pudimos hablar de una cosa: hasta cuándo seguirla. Él tenía el propósito de quedarse hasta finalizar el evento, hasta las doce, pero si se lo permitían, iba de largo. Esperamos que haya logrado su cometido.

En las paredes de La Caldera también descubrimos algunos letreros que ayudaron a los asistentes en la tarea de hacer memoria. En nuestro recorrido contamos cuatro, tres de carácter testimonial y uno creativo: Una bomba de tiempo llamada estallido social, La chispa y Resistencia en cada trazo y libertad en cada grito. El creativo hace referencia a los carteles típicos de todas las Ermitas, o en general de todos los buses antiguos, con destinos rebautizados como Nuevo Resistir o Puerto Resistencia. La lectura de cada uno nos llevó junto a la mesa de un hombre que bebía solo; una gran ocasión para hacer algunas preguntas. Jorge Enrique Rincón Galindo también estuvo desde el principio de la marcha. Coincide con los demás en afirmar que fue multitudinaria. El espacio de La Caldera le pareció “espectacular” y el arte visual “super”. Afirma que este tipo de encuentros tiene la ventaja de agrupar a la población en torno a un objetivo común, lo que desafía el interés de los más poderosos, que no quieren que “el pueblo salga adelante”.

Ya no hicimos más entrevistas, buscamos una silla donde esperar a que iniciara el conversatorio, al que finalmente no pudimos asistir. La rumba empujó la programación, de las cuatro fue aplazado a las seis, lo que interfería con nuestros horarios. Había un grupo detrás de nosotros, dos mujeres y un hombre, y una de ellas, que había bebido de más, dejó caer una botella. Los operarios del establecimiento se acercaron con una escoba y un recogedor, corrigieron el desastre en pocos minutos y con buena voluntad; se intercambiaban sonrisas entre ellos y los de la mesa. Tenemos la impresión de que todos estaban particularmente felices, lo que no dejó espacio para las desavenencias. Como se ha vuelto normal en Cali, al momento de salir nos sorprendió la lluvia. Del otro lado de la calle seguían festejando la jornada, aunque ya no sobre la vía, estaban pegados a las puertas del bar. No habían diezmado ni lucían menos contentos. Pedimos un Yango que no estacionó frente a La Caldera, siguió varias cuadras abajo hasta que por fin se detuvo. Había presencia del tránsito, enviados para despejar la zona, o al menos eso creemos. Quizá no fue la lluvia la que empujó a los manifestantes hacia el bar. De cualquier modo, no faltaba quien enarbolara la bandera y se plantara frente a los autos y los buses. Fue lindo de ver.

La Caldera del Diablo. Foto: Danny Jordan Arcila.
La Caldera del Diablo.
Foto: Danny Jordan Arcila.

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