Crítica

El vacío en el que flotas, nueva novela de Jorge Franco

La obra de este escritor es sólida y cuidada en los detalles, lo cual no niega la existencia de títulos mediocres como El cielo a tiros. Afortunadamente, con El vacío en el que flotas vuelve lo mejor de su escritura, de su prosa ágil y, sobre todo, vital. Muy al estilo de Maldito amor, su volumen de cuentos, este libro también transita los predios de las identidades fronterizas y de aquellas expresiones sensuales que se valen de la noche para poder ser. Asimismo, las dificultades de la vida y las pequeñas derrotas de lo cotidiano, devienen en gotas que perforan, cual tortura china, las singulares vidas de los personajes.

Por: Alejandro Alzate

Jorge Franco, escritor colombiano. Foto: vozpopuli.com
Jorge Franco, escritor colombiano.
Foto: vozpopuli.com

Cierto es que Gabriel García Márquez consideró a Jorge Franco como un buen heredero de su legado, como un buen receptor de la antorcha que porta lo más selecto de su producción literaria. Consciente de la responsabilidad endilgada por el padre, el paisa, nacido en Medellín, en 1962, ha elaborado una obra consistente y, sobre todo, muy humana. Esto último, que podría parecer una mención baladí, se explica en la medida en que la literatura del antioqueño muestra, con fino tacto y singular fuerza, las dolencias y requiebros que padecen quienes están en la medianía de la vida física y espiritual; siempre suspendidos entre el sí y el quizás, entre el sobrevivir y el morir.

Son estas coordenadas, precisamente, las que enmarcan la propuesta multitemática de
El vacío en el que flotas. Conocedor del oficio y dueño celoso de sus fortalezas técnicas, Jorge Franco Ramos plantea una historia contada en actos; muy a la manera de Manuel Puig o Mario Bellatin, escritores para quienes el cine fue, y ha sido, siempre primordial. A lo largo de la trama, la violencia se manifiesta impertinente y brutal: justo cuando un niño, Ricardo Cuéllar Medina, jugaba apaciblemente en el carrusel mecánico del centro comercial Aguamarina, estalla una bomba. Ahí, en ese preciso momento, se malogró no solo su infancia sino la historia de una familia que es, a la vez, todas las familias de Colombia que han sufrido en carne propia la guerra entre el Estado, las guerrillas y los narcos. Nada ni nadie parece salvarse. Ni siquiera la inocencia infantil que es, en últimas, lo único que el poder no puede comprar ni seducir.

Lo que viene aparejado a la desaparición del niño es intenso. Se trata del drama de sus padres, una pareja que, como tantas otras, aguantó el sopor del día a día matrimonial pretextando el bienestar del hijo amado. Jorge Franco ha entendido bien que el patetismo dista de la buena literatura. Es por eso que las situaciones que acompañan el extravío de Richi son llanas pero creíbles, carentes de efectismo, pero cargadas de auténtica fuerza expresiva. Desde esa perspectiva, y muy a la manera de Declaración de Guerra, de la directora francesa Valérie Donzelli, Sergio y Celmira sobreviven al tiempo y al fardo de sus días en un silencioso y distante tedio, en un aislamiento sin melancolías, en una nada donde vivir es apenas una circunstancia de trámite.

En paralelo a la historia del niño inmolado corre la historia de Anderson; un escritor que, si bien se presenta como ganador de un premio importante, reivindica el mito del artista fuera de sí, evadido de todo y dueño de nada; ni siquiera de su destino. Su presencia ficcional se plantea problemática desde el principio. Uriel, un hombre que anhela ser mujer y cantar, se hace su padre en situaciones confusas y vive una vida que no es la que pretende realmente, si bien la presencia del por entonces niño Andy la ilumina y alegra. A esta altura de la novela hay dos cosas interesantes; en primer lugar, una constante temática: a Jorge Franco le inquieta, fascina e intriga, como al ya mencionado Mario Bellatin, la presencia de personajes indefinidos, sexualmente inconformes frente al rol biopolítico que han tenido que asumir por exigencia social o yerro biológico. El deseo de ser otro, u otra, más bien, que atraviesa las páginas de este nuevo libro, también es transversal al ya referido Maldito amor. Franco es fiel a esa obsesión y eso habla bien de él: un escritor debe ser ferviente cultor de aquello que lo persigue, de aquello de lo cual no puede zafarse.

Cierto es que Gabriel García Márquez consideró a Jorge Franco como un buen heredero de su legado, como un buen receptor de la antorcha que porta lo más selecto de su producción literaria. Consciente de la responsabilidad endilgada por el padre, el paisa, nacido en Medellín, en 1962, ha elaborado una obra consistente y, sobre todo, muy humana.

Un segundo gesto, que aunque trivial no deja de ser interesante, es que Sergio, el papá del malogrado niño del carrusel, deteste, en su condición de editor y pseudo-escritor, a autores como Marcia Clark, Marino Torres y Jorge Franco. Sí, Jorge Franco, el autor, homenajea sin amagues al maestro de la auto referenciación en América Latina: Jorge Luis Borges. El detalle puede pasar inadvertido para muchos, quizás. Acontece en la página 107. No obstante, para quienes hemos seguido a Franco y a Borges… ¡no!

Dicho esto, la novela continúa con una trama llana, tranquila, que se deja leer; eso sí: exigiéndole al lector que sea capaz de relacionar las vetas que se abren en los vericuetos de la ficción. Todo está finamente hilado. La novela requiere compromiso por parte de quien se acerca a ella. No está hecha al azar. Otra de las intertextualidades cinematográficas que se percibe, tiene que ver con Fresa y Chocolate, la colosal película del cubano Tomás Gutiérrez Alea. En esta, Diego, un personaje homosexual y versado como pocos en el conocimiento de las artes y la historia, dice a los santos de su santoral que, si no le traen de regreso a David, el chiquito comunista, los dejará a pan y agua una semana. De manera similar, Uriel, a todas luces un sujeto que fractura la rigidez del heteropatriarcado, amenazaba a una de las flores de su jardín diciéndole: “Te voy a dejar sin agua por una semana, te voy a meter al cuarto oscuro, malparida”. Para acentuar más esta intertextualidad, cabe destacar que David, aun cuando ya era amigo de Diego, sintió pena y evitó saludarlo una tarde cuando se encontraron en una librería. De igual modo, Anderson se apenaba de Uriel y le pedía que no fuera a su colegio bajo ninguna circunstancia, tal como lo evidencia el siguiente fragmento: “El único pero de Anderson, porque siempre los había, y que le dolía en el alma a Uriel, era que el muchacho evitaba a toda costa que él, o ella, o los dos juntos porque hay días que no se sabía quién o qué era Uriel, fueran al colegio, bajo ningún pretexto”.

A modo de cierre, solo resta decir que esta es una novela de choque y reconciliación. Un texto donde no hay esquematismo que resista ni dureza que aguante, sin resquebrajarse, los embates del destino. Las vidas noveladas, tan sui generis como se presentan, le van mostrando al lector que todo está por construirse o, en el más inquietante de los casos, por deconstruirse y romperse en mil pedazos…

Foto: edicioneshispanicas.com
Foto: edicioneshispanicas.com

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