La próxima cosecha será mejor
Cabría esperar que en uno de los países más biodiversos del planeta, sus habitantes tengan acceso a una alimentación sana. Sin embargo, el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas reveló que la inseguridad alimentaria moderada y severa en Colombia, a finales del año 2022, era de 30%, lo que equivale a 15,5 millones de personas. Mientras tanto, nuestros campesinos se enfrentan a variadas dificultades para llevar los frutos de la tierra a la mesa.
Por: Jessica Lorena Hurtado Carvajal
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Don Edilberto Hurtado, más conocido como El Mono, nació hace casi 62 años en una vereda de Chinchiná, Caldas. Empezó a coger café antes de terminar la primaria y abandonó el colegio en cuanto aprendió a leer y a escribir.
Nos encontramos a las siete de la mañana en una cafetería del parque Bolívar en Chinchiná. Él pide un pintadito que toma de un trago, aunque está hirviendo. Yo pido otro igual y un pandebono. Al contrario que don Mono, como he decidido llamarlo, disfruto sorbo a sorbo la bebida caliente. Soplo un poco la superficie, doy un trago, soplo otra vez. Lo apuro todo lo posible porque se me olvidó la chaqueta y está lloviznando.
Mientras termino el café, don Mono atiende un par de llamadas; el día empieza temprano en el campo, me dice como disculpándose. Pocos minutos después, vamos en su camioneta Chevrolet D-Max color Granate. Salimos del pueblo por la carretera del lago Balsora que, según me explica, hasta hace algunos años despedía un olor desagradable, pero algún alcalde le hizo un tratamiento y ahora es un atractivo turístico del pueblo, junto a la taza de café gigante y las iguanas del parque.
La primera finca queda a menos de diez minutos por carretera pavimentada. Nos bajamos en un pequeño solar, junto a una construcción de bahareque y techo de zinc. Avanzamos cincuenta metros hasta el borde, y entonces veo el cultivo de plátano. Me parece increíble que los hombres puedan trabajar en ese terreno: la platanera se extiende en filas uniformes sobre una hondonada profunda, de unos cien metros, por lo menos. Don Mono saluda a uno de los hombres y este levanta el brazo, se pone el bulto en la espalda y comienza el ascenso.
Al llegar a la cima descarga el fardo, se limpia el sudor con un trapo y nos saluda de mano. Es Darío, el administrador, quien resulta ser mucho más joven de lo que yo esperaba, de unos treinta y pico, como mucho. Lo cierto es que los trabajadores del campo en el Eje Cafetero son cada vez mayores, porque los jóvenes buscan mejores oportunidades en las ciudades. Acto que veo muy natural, pero no deja de ser triste. Los dejo ponerse al día sobre el trabajo del día anterior antes de empezar con las preguntas; mientras tanto, pienso si en algunos años quedará alguien que se someta a tantas dificultades para arrancarle frutos a esta tierra cansada.
“Es que esto está muy duro, mija”, comenta don Mono. “Imagínese que hace como dos años compraba un kilo de abono en $70.000 y ahora vale $220.000. Así no se puede. Además, los materiales para los invernaderos son costosísimos y cada vez que hay una lluvia con granizo o un vendaval, se dañan y hay que mandarlos a arreglar”. Después aclara que, además de esta finca, tiene un cultivo de tomate en invernadero, pero los dos lotes son alquilados porque no ha podido comprar. La tierra está muy cara.
Al llegar a la cima descarga el fardo, se limpia el sudor con un trapo y nos saluda de mano. Es Darío, el administrador, quien resulta ser mucho más joven de lo que yo esperaba, de unos treinta y pico, como mucho. Lo cierto es que los trabajadores del campo en el Eje Cafetero son cada vez mayores, porque los jóvenes buscan mejores oportunidades en las ciudades. Acto que veo muy natural, pero no deja de ser triste.
“Y eso que no está diciendo nada de los venenos. Algunos valen más del doble que hace un año. Además, a estas matas cada vez les cae más plaga. Por ejemplo, allá arriba, a la derecha, teníamos un cultivo de banano que daba unos racimos más lindos, hasta 110 kilos llegó a pesar un racimo. Parecía plátano. Pues de un momento a otro le dio ese mal de Panamá y eso no hay quién lo cure. Nos gastamos un platal en venenos y nada dio resultado. Tumbábamos una mata y al día siguiente aparecían diez con el mismo mal. Tocó tumbarlo todo”, apuntó Darío señalando la zona en cuestión con la mano.
Luego me explicaron que no podía sembrarse nada más en ese lote durante un tiempo, porque muchas plagas se quedan en la tierra. Solo queda dejarla descansar.

Cuando pregunté si nunca habían sembrado café, me contaron que toda la parte de arriba lo estaba: “Hace como dos años estuvo muy malo el precio y decidimos tumbarlo, pero con el aumento del dólar volvió a subir, así que sembramos otra vez. Lo bueno es que la cosecha es en octubre y no le ha caído broca, pero ahora cayó el precio del dólar y volvió a bajar el del café. Así es esto”.
Como era sábado, día de paga, don Mono le dejó a Darío los sobres con el jornal de cada uno de los trabajadores. Al mediodía, cuando acaben de cortar y empacar los racimos en el camión, recibirán la paga por el duro trabajo de la semana. Unos pocos bajarán al pueblo a comprar el mercado. Otros dejarán algo para invitar a la familia a piscina o a comer el domingo. El resto lo gastarán en una de las cantinas del pueblo.
“Muchos de ellos me quedan debiendo plata, yo les presto durante la semana y luego les descuento del jornal, pero me da pesar porque si les quito todo lo que me deben, no llevarían nada a la casa y la mayoría tienen mujer, hijos. Entonces les ajusto pa’ que completen un sueldo medio decente y me siguen debiendo plata”. Y ¿usted no toma licor? Le pregunté. “No, mija, antes tomaba mucho, pero tocó dejarlo hace años porque me tomo dos cervezas y me enfermo. Me da una gastritis horrible”.
“Es que esto está muy duro, mija”, comenta don Mono. “Imagínese que hace como dos años compraba un kilo de abono en $70.000 y ahora vale $220.000. Así no se puede. Además, los materiales para los invernaderos son costosísimos y cada vez que hay una lluvia con granizo o un vendaval, se dañan y hay que mandarlos a arreglar”. Después aclara que, además de esta finca, tiene un cultivo de tomate en invernadero, pero los dos lotes son alquilados porque no ha podido comprar. La tierra está muy cara.
El camino a la segunda finca fue mucho más largo. Regresamos hasta Chinchiná, por toda la Central, para tomar la vía a Pereira. Antes de llegar a Santa Rosa de Cabal hay que pagar uno de los peajes más caros del país, para el que don Mono no tiene ningún tipo de subsidio o descuento por ser agricultor. Después de atravesar el Viaducto, giramos a la izquierda por el barrio Kennedy y enfilamos la ruta hacia La Florida. Mientras ascendemos, don Mono me cuenta que toda esa zona es una reserva natural porque más arriba está la laguna del Otún y el río que abastece de agua a Pereira.
El paisaje es totalmente verde. Al lado izquierdo corre un río de corrientes turbulentas y al derecho se extienden los potreros. Más allá se ve una formación montañosa. La temperatura baja a medida que ascendemos por una carrera estrecha y curva, en la que muy a menudo nos encontramos ciclistas. Una vez más, me arrepiento de no haber traído chaqueta.
Llegamos a la finca por una carretera destapada y en mal estado, que, como me dijo, estaba mucho peor cuando él alquiló ese lote. Nada más llegar organizó a los agricultores de la zona y entre todos contrataron una volqueta con material para nivelar la carretera y pudieran entrar los camiones. ¿Eso no debería hacerlo la Alcaldía? Le pregunto. “Hay, mija, pero usted en qué país vive. Por acá no vienen sino en elecciones pa’ que la gente vote por ellos, pero, para estas cosas, se tiran la pelota. A veces dicen que le corresponde a la Alcaldía de Pereira, y otras que a la de Santa Rosa, entonces nunca se ponen de acuerdo pa’ hacer los arreglos de la carretera y le toca a uno”.
Sigo a don Mono a través de los invernaderos, por los caminos llenos de polvo para no dañar los surcos donde crecen y se enredan las plantas de tomate. Antes de entrar a una nueva construcción de plástico, mojamos las botas en una palangana de agua con químicos que las limpia de las impurezas del exterior.

Foto: noticiasrcn.com
Mientras caminamos, don Mono muestra su experiencia de 55 años labrando la tierra. Es un hombre alto, calculo que mide cerca de 1.80, de cabello castaño claro y piel tan blanca, que le toca andar con camisa manga larga para no quemarse. Con el sombrero que nunca se quita y el poncho parece un vaquero de las películas del Oeste; solo le falta el revolver. Examina una que otra planta de cada surco y me explica el tiempo en que demoran las flores blancas en convertirse en tomates. Toca algunas hojas y apunta en la libreta que lleva en el bolsillo de la camisa. “Mire, mija, esta mancha negra en la hoja es alternaria, mañana toca fumigar. A estos surcos de aquí les salió bacteria en la tierra y tocó turbarlos antes de que se infectaran los otros. Lo bueno es que viene cargadita y el fruto está de buen tamaño. Yo creo que en un mes empezamos a coger”.
Después del recorrido, nos lavamos las manos en el corredor de la casa de los agregados y la señora nos invita a almorzar. Comemos sancocho rodeados de los trabajadores ya limpios, con ropa de domingo y el jornal en el bolsillo. Un par de niños les tiran un palo a varios perros de diferentes tamaños y pelajes que nunca lo regresan, sino que se lo llevan entre los dientes y tienen que perseguirlos para quitárselo.
Antes de irnos, me regalan una bolsa con mandarinas y aguacates que, sumados a los tomates y plátanos que ya me había dado don Mono, me dejan con la sensación de un campo extremadamente fértil y generoso. Mientras, los campesinos están cada vez más cansados del abandono estatal, las plagas, el clima, el abuso de los intermediarios y el mal estado de las carreteras, pero con fe en que la próxima cosecha será mejor.



