El enfermero de Paso del Aguante
El 28 de abril de 2021 detonó un estallido social en Colombia. Pese al tercer pico de la pandemia, miles de personas se manifestaron en las calles contra la reforma tributaria del presidente Iván Duque; sin embargo, con el pasar de los días, la protesta se transformó en una expresión general de indignación por la pobreza, la corrupción y la desigualdad. Ante la represión policial que amenazaba con dispersar a los manifestantes, algunos jóvenes decidieron encapucharse, armarse con piedras y escudos de hojalata para mantener la protesta. Julián es uno de ellos, un enfermero que atiende a pacientes Covid-19 en el día y a sus compañeros heridos en la noche, convirtiéndose en símbolo de humanidad en medio de una crisis social y sanitaria sin precedentes.
Por: Clara Inés González Libreros
Estudiante de Comunicación social – Univalle

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Con la mitad de su rostro cubierto por una pañoleta roja, Julián me confiesa que no duerme desde el 28 de abril. Todo empezó, añade, desde marzo del 2020 cuando la pandemia del Covid-19 arrasó con sus turnos de ocho horas y sus descansos cada quince días, y en su lugar impuso trasnochos, y jornadas de doce y veinticuatro horas. En el cubículo, el servicio de Urgencias pasó de dos a treinta pacientes por día. Abundaban los medicamentos de sedaciones como el propofol y el midazolam, y un ambiente agobiante de suprema rigurosidad. Me pide que me ponga en sus zapatos de enfermero por un momento: “debo vestirme de uniforme blanco y encima un traje antifluidos estéril, tapabocas, polainas, guantes, careta y gorro. Antes de hacer un procedimiento que me ocupará dos horas por paciente, debo saber con exactitud cuáles medicamentos utilizaré porque hay desabastecimiento de insumos en todo el país, y tras pasar el día y la noche junto a los médicos, arrebatándole vidas a la muerte en una sala de reanimación, sin sentir los rayos del sol o la brisa de la tarde, me baño en jabón antibacterial, atravieso la ciudad de sur a norte en mi moto, y justo al poner un pie en casa, me informan que uno de mis compañeros tuvo problemas para llegar al trabajo, que debo regresar lo antes posible. Hoy hay cincuenta y siete pacientes en Urgencias y treinta y ocho intubados en la Unidad de Cuidados Intensivos, aclara. Sin embargo, en un año de pandemia, tres picos de infección y siete mil trescientos pacientes, nada le había arrebatado la totalidad del sueño como las heridas abiertas de fusil de sus compañeros manifestantes, en el marco del gran paro nacional en la ciudad de Cali.
Son las cinco de la tarde del lunes veinticuatro de mayo. Recorremos el punto de resistencia civil de Paso del Comercio, recientemente nombrado Paso del Aguante, que abarca desde la carrera primera, en el barrio Chiminangos, hasta el puente que comunica la ciudad con el municipio de Palmira, al norte de Cali; donde se lleva a cabo un bloqueo a modo de protesta desde la marcha multitudinaria del veintiocho de abril, al igual que en otros puntos estratégicos de la ciudad y el país, como una respuesta al proyecto de reforma tributaria del presidente Iván Duque que, pese a ser retirado, dio lugar a un estallido social sin precedentes contra la desigualdad, la corrupción y la violencia policial. Se trata de la salida principal hacia el norte del Valle del Cauca. Es un campo de guerra en medio de edificios residenciales. La calle, donde solían transitar buses intermunicipales, taxis y camiones de carga, está atiborrada de piedras, banderas, cambuches, barricadas protectoras hechas con barriles de metal, llantas, maderas, montañas de costales de tierra. Un grafiti de denuncia sobre los jóvenes dados de baja y presentados como guerrilleros por el Estado hace once años: “6402 inocentes asesinados”, y sobre un puente dos pancartas blancas: “Venceremos”, y “La única lucha que se pierde es la que se abandona”.
Un helicóptero nos ha sobrevolado más de cinco veces.
—¿Vos sabés cuánto se puede estar gastando en gasolina ese man? Pregunta Julián a uno de los transeúntes.
—Miles de millones de pesos viejo, le responde.
—Sólo tienen plata para la guerra esos hijueputas, concluye a regañadientes y seguimos caminando.
Estamos en lo que solía ser el Comando de Atención Inmediata de la Policía del Metropolitano del Norte, una caseta cuadriculada blanca, de paredes impecables y vidrios transparentes, donde hoy funciona la biblioteca comunitaria “Nicolás Guerrero”, llamada así en honor al artista de veintidós años asesinado por un disparo en la cabeza mientras resistía los ataques del Escuadrón Móvil Antidisturbios el pasado dos de mayo. Ahora, donde se prestaba el servicio de vigilancia policial urbana, hay una rayuela de colores y serpentinas amarillas; sobre el césped un mantel lleno de libros; voces en las paredes “Resistimos por amor a la vida”, “Por el derecho a ser y a existir”, “Que no maten nuestros sueños”, arcoiris, graffitis, la bandera de Colombia, la de Santiago de Cali, el dibujo de una molotov, flores, y el rostro de Nicolás en color azul.
La resignificación no es casual, es causal. Al igual que en Cali, el cuatro de mayo fueron incendiados quince CAIs en Bogotá como símbolo de protesta ante la represión policial. Según la ONG Temblores, entre el veintiocho de abril y el veintiuno de mayo de dos mil veintiuno, se han registrado 2.905 casos de violencia policial contra los manifestantes en Colombia, entre ellos 21 por violencia sexual, 153 por disparos con arma de fuego, y 1264 detenciones arbitrarias; y según la ONG Indepaz, se han reportado 346 desaparecidos, mientras que la Fiscalía General de la Nación registra tan solo 129.
Julián salió hace unas horas de su trabajo. Sentado en el piso de la biblioteca escucha junto a sus compañeros —encapuchados como él— la transmisión en vivo de la moción de censura contra el Ministro de Defensa por su presunta responsabilidad en las muertes de, por lo menos, cincuenta jóvenes en medio de las protestas. Se queda en silencio. Las manos sobre las rodillas y la cabeza erguida. Un movimiento repetitivo en su pierna derecha. Debajo del casco de ciclista, las monogafas gigantes de carpintero, la pañoleta roja, el tapabocas, y el camibuso con una cinta en forma de cruz en el pecho, Julián tiene el cabello negro, las cejas pobladas, los ojos profundos, tres lunares ocultos en su barba y una sonrisa de don Juan. Músculos. Tres tatuajes, uno que significa Jesús, Cristo, Dios, Hijo y Salvador; otro en forma de árbol que representa el valor sagrado de su familia, y en uno de sus brazos, una palabra que atesora el amor en cuatro de sus letras: Revolution. Pero aquí eso nadie lo sabe. Para ellos su nombre es Carlos o “el enfermero”. Le llaman así desde que salvó del ahogo por gases lacrimógenos a un muchacho asmático. Algunos compañeros que se encontraban resistiendo junto a él lo cargaron en sus brazos hasta un parque cercano, pero respiraba como si tuviera una naranja dentro de la garganta. Julián, que carga antialérgicos e inhaladores desde que se graduó como auxiliar de enfermería le hizo tres puff con Salbutamol.
—Él me miró y el semblante le cambió. Con los ojos me dijo “me salvaste, parce, aquí me moría. Vos llegaste y me salvaste”.
Ese día comprendió la importancia de su profesión en la protesta. Nadie conoce su rostro, pero bajo la pañoleta, Julián luce demacrado. Descansa dos veces al día, a la hora del almuerzo en la clínica y a las cuatro de la tarde, justo antes de ir al Paso del Aguante.
—Lo hago porque sé que se necesita —dice.
—¿Qué se necesita?
—Mi existencia como enfermero. En estos momentos de pandemia y paro nacional hemos rescatado muchas vidas. Ese fue nuestro juramento.
—¿Y qué lo motivó a protestar?
—La corrupción. Todos vimos cómo se perdió el dinero que estaba destinado a gastos de la pandemia, vimos la mala administración: las compras innecesarias en armas y máquinas de guerra, cuando estábamos en el peor momento de la crisis. Muchas personas quedaron en la extrema pobreza, perdieron su trabajo, y el dinero que estaba destinado para ellos nunca llegó. Además de quedarse sin empleo, muchos también se contagiaron de Covid y fallecieron. ¿Ahora quién va a sostener a sus hijos? ¿Cómo pueden ser tan inhumanos y proponer cuatro reformas en medio de esta situación? Yo simplemente no aguanté más.

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Mientras conversamos veo sus manos: grandes, limpias. El instrumento de creación y destrucción de la humanidad. Con las manos se siembran las cosechas, se escribe esta historia, se extirpan tumores, pero también se disparan fusiles y se arrojan cuerpos a los ríos. Unas manos escribieron en un cartel “ninguna mujer parió hijos para la guerra”, otras dibujaron el boceto del lanzador múltiple de proyectiles Venom; unas manos —quizá como las mías— firmaron leyes infames, otras lanzaron piedras, crearon escudos con láminas de metal y pedazos de madera para defenderse. Hace un año que no ofrecemos la mano. El exceso de jabón nos ha llevado a la dermatitis, y el exceso de fuerza a las quemaduras de segundo grado por agarrar los lacrimógenos con las manos, a la pérdida de los dedos, a palpar los sangrados de gente sin nombre, al levantamiento de sus cuerpos. Cuando le pregunté por sus responsabilidades como enfermero, Julián me respondió que un paciente en cama no puede durar más de dos horas en la misma posición. Para él, su obligación más importante es evitar las úlceras por presión. Si sus manos no giran el cuerpo de un enfermo en estado de postración, las heridas pueden ser tan graves que su profundidad alcanzaría el hueso —Yo fui paciente —dice— yo sé qué estar en una cama, qué es tener dolor.
El 28 de mayo de 2019 a Julián le diagnosticaron una obstrucción intestinal que duró cuarenta días. —Tenía adherencias abdominales, como unas telitas que con los años se endurecen y crean una obstrucción—. Le practicaron ocho laparotomías exploratorias, de las cuales, recibió seis en la Unidad de Cuidados Intensivos por complicaciones continuas. Siempre estuvo consciente. Recuerda que al quinto día tuvo un paro cardiorrespiratorio y murió durante varios segundos.
—Yo me acuerdo que sólo veía blanco. No había ni cielo ni suelo ni paredes. Junto a mí corría un río hacia una luz brillante. Sentí que debía ir hacia allá. Pero cuando avancé reconocí que ya estaba muerto. Yo lo sabía. No sentía dolor. Le dije a Dios que lo aceptaba si ese era mi fin, y que estaría donde él quisiera. Pero después le pedí que si él tenía un solo propósito conmigo, me permitiera volver.
Despertó en la Unidad de Cuidados Intensivos. Los médicos tuvieron que calmarlo con sedantes. En ese momento decidió ser otro. Se distanció de su grupo de amigos del barrio con los que solía ir al gimnasio, emborracharse, fumar marihuana en los parques a las diez de la noche, y consumir tusi y éxtasis los fines de semana en las rumbas de reguetón. Fue dado de alta unos días después. Sobre la experiencia, esboza una sonrisa sutil y la califica como algo muy especial, teniendo en cuenta que para la religión cristiana el número cuarenta representa el tiempo de la prueba, cuarenta días y cuarenta noches estuvo Cristo en el desierto, cuarenta días duró el diluvio. Para él, Dios necesitaba que entendiera el significado de la palabra vocación.
—Hay personas que no tienen el privilegio de ayudar a otros en un momento crítico, yo lo tengo. Puedo reducir un dolor o brindar compañía, sobre todo ahora en tiempos de Covid. Ponerme en los zapatos del que sufre, no en mi cansancio o en mi desespero, ese es mi trabajo.
No se puede hablar sobre Julián sin hablar de Dios. Su fe es inmutable, permanente como el cielo. Me pregunto qué sería de la humanidad si un día pierde para siempre la esperanza, el único sentimiento que, en palabras de Julio Cortázar, no es verdaderamente nuestro, sino que le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. Me lo he cuestionado desde que doña Cecilia me contó, con la voz entrecortada, que el día que remitieron a su hijo a Cuidados Intensivos, ella se internó en los pasillos de la clínica junto a él y le dijo a Dios —Yo salgo de esta clínica con mi hijo, no sin él—. Algunos días después, Julián se despertaba feliz, sonriente, le prometía que sería el inicio de su recuperación; pero en medio de las complicaciones que lo mantuvieron con el abdomen abierto después de la tercera cirugía, decaía, se encerraba en sí mismo, dormía para no hablarle. Ella lo acariciaba, le hacía masajes en los pies, le leía la Biblia, y oraba en silencio. A veces se quedaba en la puerta preguntándose por qué no era ella la enferma en vez de su hijo de veintitrés años. Una noche lo sintió morir. Mientras dormía, exhaló pequeños gemidos y se retorció hasta congelar su rostro con los ojos mirando el techo y la boca abierta. Doña Cecilia desesperada llamó a los médicos. La sacaron de la habitación, empezó a gritar desde la puerta —¡Julián!, ¡Julián!— pero él no parpadeaba. Cerraron las cortinas. En el pasillo lloró, gritó, corrió, se tiró al piso, imploró al cielo. Después de quince minutos de eternidad, la llamaron otra vez, Julián se encontraba estable.
—Má, no llore. Me había quedado dormido—, le dijo.
Pero ella sabía que no había sido así. —Lo único que puedo decir sobre eso— añade con los ojos llenos de lágrimas— es que Dios hace milagros—.
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Son las ocho de la noche. Estamos sentados en la avenida donde mataron a Nicolás Guerrero. Cerca de nosotros está La Primera Línea, un grupo de encapuchados como Julián que resiste los gases, las balas y los explosivos con el fin de mantener la protesta. Uno de ellos se encarga de transmitir los videos en vivo para evidenciar a nivel internacional la violencia policial y los atentados, que convirtieron las calles de Colombia en el escenario de un documental de guerra. Evoco la transmisión de la madrugada del tres de mayo que alcanzó más de cien mil espectadores. De pronto, Julián se levanta y se ubica en la mitad de la calle. Pone frente a su rostro la armadura que construyó con una señal de tránsito y me dice —yo estaba aquí con dos escuderos cuando empezaron a llover los gases—.
Señala con la otra mano la calle vacía en dirección a la estación del Mío de Chiminangos, y dice —La tanqueta estaba allá. Aquí había más de cien personas. Nicolás estaba a quince metros, estábamos alzando las manos, no teníamos armas, gritábamos “¡sin violencia!”—. Deja el escudo en el piso. Recoge una piedra y la lanza al vacío —Nosotros cogíamos los gases y se los devolvíamos—. Ensimismado, con su alma en el pasado, atraviesa la calle hasta una estación de gasolina deshabitada, y susurra —Yo vi un policía correr hacia Palmira y esconderse en esos árboles. Después escuché tres disparos. Uno impactó a Nicolás. Él cayó al piso. Nosotros lo cargamos hasta ese césped, luego hasta aquí. Tenía un impacto en la cabeza, se lo llevaron en una camioneta pero no había nada qué hacer—.
—¿Y qué pasó después?— le pregunto.
—Mucha tristeza. Ese día llegué a casa a las tres de la mañana. Estuve despierto hasta el amanecer. No entendía, y aún no entiendo, por qué nos tratan así si estamos protestando pacíficamente. Entonces, ¿cómo debemos manifestarnos para que no nos ataquen? En Colombia no existe la protesta pacífica. Nos quieren callar, quieren imponernos una dictadura. Pero debemos mantenernos firmes.
—¿Y si mueres?
—Será la voluntad de Dios. Y si sobrevivo habré luchado por mi país, como lo hicieron nuestros antepasados.
Julián ha permanecido en la protesta durante veintisiete días. Ha celebrado la caída de la reforma tributaria y la reforma a la salud, la cancelación de la Copa América 2021, la renuncia de Alberto Carrasquilla, el Ministro de Hacienda, de la canciller Claudia Blum y de Miguel Ceballos, el Alto Comisionado para la Paz. Aunque nunca ha visto el rostro de sus compañeros, conoce algo que para él es más importante: su tipo de sangre. Son los nadie, la fuerza de un pueblo inconforme. Para que resistan con osadía, las vecinas los alimentan con sancochos comunitarios, pues muchos de ellos sólo desayunan un café antes de salir. Para que tengan una buena defensa, algunos soldadores crearon para ellos escudos de metal y un grupo de jovencitas de secundaria deambula con canastos por los parques recogiendo piedras. Para cuidarlos y vestirlos, los estudiantes universitarios consolidaron una red de apoyo local que recibe donaciones de insumos médicos y ropa en buen estado, y las distribuyen en los diferentes puntos. Para protegerlos, están los colectivos de Derechos Humanos, los abogados voluntarios y José Alberto Tejada, el reportero del Canal 2. Y para sanar sus heridas, los esperan a un lado de la calle los estudiantes de medicina y los brigadistas de la misión médica con tres camillas y algunas carpas, o los acompaña en la primera línea, siempre fiel a su juramento, “el enfermero”.




