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Un viaje al (Psico) Trópico

Por: Nathalia Muñoz Arias
Estudiante de Lic. en Literatura

Poster de la película El abrazo de la serpiente Foto tomada de: http://empeliculados.co
Poster de la película El abrazo de la serpiente Foto tomada de: http://empeliculados.co

Título: El abrazo de la serpiente.
País: Colombia, 2015.
Dirección y guion: Ciro Guerra, Jacques Toulemonde Vidal.
Fotografía: David Gallego. Montaje: Etienne Boussac.
Música: Nascuy Linares.
Duración: 120 min.
Reparto: Nilvio Torres, Tiapuyama (Antonio Bolívar), Yauenkü Migue (Miguel Dionisio), Jan Bijvoet, Brionne Davis.

Cuando salí de la sala recordé que la película estaba clasificada en el género de aventura y misterio, pero la sensación que me dejó no fue la de haber visto un rodaje al estilo de Indiana Jones o el Fantasma de la ópera. Lo que sentí fue, algo así, como una explosión a blanco y negro de interculturalidad que, al final, se interrumpió por una secuencia deliberada de colores.

Karamakate es un chamán solitario convertido en chullachaqui, una imagen vacía de hombre, como las envolturas huecas. Recorre la Amazonía por el río que es como el camino de culebra, y el agua lo lleva hasta la Yukruna, planta que 40 años atrás fue descrita por Theodor KochGrünberg como una flor de propiedades curativas. Junto a él viaja Richard Evans, el americano que llega para revivir la historia del alemán que buscaba la claridad de la flor de los árboles caucheros. Ahora él desea encontrar la suya para fabricar guerra, pero termina sumergido en la sustancia mágica de la Yukruna.

Hablaba de mi confusa percepción cuando terminó la película. Es intercultural porque observé el encuentro entre dos identidades culturales diferentes, la del blanco y la del indígena, contado desde el punto de vista de este último. Sí, ya no fue la visión del blanco colonizador que terminaba siendo la estrella del firmamento, mostrando una versión lastimera del indio dominado, sino que esta vez fue el nativo amazónico quien se mostró sabio y fuerte.

Claro, vemos a indígenas mutilados y sometidos a credos religiosos ajenos al propio pero, a mi parecer, no son parte de la frecuente “compasión” de los lugares comunes en los asuntos de “colonizado y colonizador” porque, después de todo, aquí son los blancos quienes deben aprender y quienes necesitan la sabiduría ancestral para alcanzar su objetivo: la Yakruna. En cambio, estas imágenes son referentes claros a hechos históricos que irrumpieron la humanidad misma de los pueblos indígenas, así como contribuyeron a desintegrar sus cosmovisiones.

El indígena mutilado, los niños evangelizados en el catolicismo y el tipo que se hace llamar Jesús cambiando su cáliz por sustancias naturales, hacen las veces de los hombres y mujeres de las tribus indígenas que fueron masacradas en los “escándalos del putumayo”, de las gentes que tuvieron que abandonar su fe para alabar a un sólo dios y del sincretismo que introdujeron los misioneros cristianos.

Karamakate - Foto: Andrés Barrientos http://revistadiners.com.co
Karamakate – Foto: Andrés Barrientos http://revistadiners.com.co

Y ¿por qué se interrumpió aquel conglomerado de grises, blancos y negros que acompañaban el encuentro entre las dos culturas? Ocurrió cuando la Yakruna hizo su aparición más perceptible: cuando Richard bebe la sustancia de la planta. La flor, ahora extinta, era consumida como parte del ejercicio espiritual de las comunidades indígenas de la Amazonía. Funcionaba como una sustancia psicotrópica que permitía establecer contacto con seres sobrenaturales y consigo mismo.

Theodore y Richard también necesitaban de la planta. El alemán murió sin probarla, pero los sueños de Richard regresaron cuando probó la Yukruna. Era la cura del alma, era la necesidad de ser consciente de los papeles culturales, del peso de cada tradición y de cada recurso natural. Sin embargo, aun cuando parece encontrarse con el espíritu de la selva, su encuentro con la Yakruna se reduce a un montón de planos documentales de la Amazonía y algunos otros de coloridas figuras en movimiento.

La flor es en el filme un símbolo de la defensa de las drogas psicotrópicas como un recurso espiritual de cambio. Es la Yakruna el objetivo de los blancos y de alguna manera también lo es de Karamakate, el chamán que ha olvidado sus convicciones convirtiéndose en un hombre vacío que al final, y gracias a la planta, recuerda quién es realmente. Entonces ¿No era esto algo más espiritual y más importante que las varias figuras de colores y buenas tomas de la selva amazónica?

La película logra su objetivo en tanto que es capaz de hacer un llamado a la reflexión del espectador sobre la naturaleza, su importancia y los roles sociales que ésta puede o no determinar. También goza de gran alcance porque el punto de vista de la narración pertenece al indígena, que es la cara de la moneda que casi nunca se muestra como lo hace Ciro Guerra en este rodaje. Pero no es esto lo único que se observa desde otro ángulo, también está la idea de presentar la droga como un recurso espiritual de cambio y de encuentro; propuesta interesante que considero, en su máximo momento de expresión, no se dimensionó con la relevancia que durante toda la historia tuvo.

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