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El tábano que picó hasta ganar el premio

Byung-Chul Han se define como filósofo a la manera socrática: un tábano que pica e irrita para despertar conciencias. El pensador alemán de origen surcoreano denuncia que nos autoexplotamos creyéndonos libres y que la tecnología destruye la democracia. Al recibir el premio Princesa de Asturias en Oviedo, no agradeció plácidamente. Usó el estrado para seguir irritando.

Por: Miguel Ángel Arcila Pérez
Estudiante de Profesional en Filosofía, Univalle

Byung-Chul Han, filósofo alemán de origen surcoreano. Foto: @fpa
Byung-Chul Han, filósofo alemán de origen surcoreano. Foto: @fpa

En el Teatro Campoamor de Oviedo, ante la familia real española y cientos de invitados, Byung-Chul Han subió al estrado el 24 de octubre de 2025 para recibir el Premio Princesa de Asturias en la categoría de comunicación y humanidades. Su discurso comenzó evocando la Apología de Platón, diálogo en que Sócrates, tras ser condenado a muerte, explica cuál es la misión del filósofo: agitar y despertar a los atenienses. Criticar, recriminar e incluso irritar a los ciudadanos forman parte de esta misión: “Igual que un tábano pica y excita a un noble caballo cuya propia corpulencia lo vuelve pasivo, y así lo espolea y estimula”.

“Yo soy filósofo”, declaró Han ante la audiencia. Dando a entender que se identifica a sí mismo con ese tábano metafórico en su labor interpretativa de los retos de la sociedad tecnológica. Esta afirmación, lejos de ser casual, es coherente con la trayectoria de un pensador que ha dedicado las últimas dos décadas a diagnosticar las patologías de nuestro presente neoliberal y digital. Haciéndose con un lugar en la tradición crítica que va desde Sócrates hasta la Escuela de Frankfurt y actualizándola para un mundo donde el poder ya no opera mediante la coerción externa sino a través de la autoexplotación seductora.

El Premio Princesa de Asturias, creado en 1980 y reconocido por la UNESCO en 2005 como de excepcional aportación al patrimonio cultural de la humanidad, representa uno de los galardones más prestigiosos en el mundo hispano. Para Han, recibirlo significó algo más que un reconocimiento académico: era la confirmación de que su crítica a la hiperconectividad digital y la sociedad del cansancio había resonado más allá de los círculos filosóficos especializados. El jurado resaltó el valor de su mirada intercultural frente a los fenómenos más complejos de nuestro tiempo, calificando su análisis como sumamente fértil.

Con su discurso, el filósofo aprovechó para desplegar algunas ideas centrales que han convertido sus libros en bestsellers traducidos a más de treinta idiomas. “Creemos que la sociedad en la que vivimos hoy es más libre que nunca”, comenzó su diagnóstico. “Todo está disponible al instante”. Pero argumenta que esta aparente libertad ilimitada oculta una nueva forma de dominación más insidiosa que las anteriores: el régimen neoliberal no nos explota mediante la coacción, sino que nos seduce a explotarnos a nosotros mismos.

Esta tesis, desarrollada en La sociedad del cansancio (2010), su obra más influyente, describe un cambio fundamental en las formas de control social. Hemos pasado de la sociedad disciplinaria descrita por Foucault — en la que el poder actuaba desde afuera del sujeto, mediante instituciones que vigilan y castigan— a lo que Han llama la “sociedad del rendimiento”, en la que cada individuo se ha convertido en empresario de sí mismo. El imperativo neoliberal del ‘puedes’ resulta más efectivo que el imperativo disciplinario ‘debes’.

A diario nos convencemos de que podemos hacer más. Perseguimos la optimización que nos hará mejores, buscamos perfeccionarnos y, sin embargo, esta autocoerción provee nuevos malestares y patologías contemporáneas: depresión, agotamiento crónico, síndrome de desgaste ocupacional, entre otros. “La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros”, continuó Han, “porque suscita esa engañosa sensación de libertad”. El diagnóstico es sombrío: la sociedad del rendimiento se presenta como libre, como un espacio donde lo que cuenta son las capacidades individuales.

Byung-Chul Han nació en Seúl, en 1959, en una familia marcada por la experiencia de la guerra y la división de Corea. Su formación inicial fue en metalurgia, una disciplina técnica que abandonó tras un accidente doméstico. A los 22 años emigró a Alemania, decidido a estudiar filosofía, literatura alemana y teología católica. Este giro biográfico resulta revelador: Han siempre ha buscado ir más allá de lo puramente técnico para comprender las estructuras profundas que organizan la experiencia humana.

La decisión de estudiar en Alemania respondía a un deseo específico: leer a los grandes filósofos alemanes en su lengua original. Durante su paso por las universidades de Múnich y Friburgo, se sumergió en la obra de autores como Hegel, Nietzsche, Husserl y Heidegger. Siendo este último el tema de su doctorado, que obtuvo en 1994 en la Universidad de Friburgo bajo la dirección del fenomenólogo Peter Trawny. Esta influencia heideggeriana se percibe en su preocupación constante por el lenguaje, el tiempo y la técnica.

Pero fue su encuentro con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt —particularmente con Theodor Adorno y Walter Benjamin— lo que le proporcionó las herramientas conceptuales para analizar el presente. A esto sumó la lectura de Michel Foucault, cuyas investigaciones sobre el poder disciplinario se convirtieron en el punto de partida de su propia reflexión sobre las formas contemporáneas de control. De modo que transforma la noción foucaultiana de gubernamentalidad en lo que él llama ‘psicopolítica’, y actualiza la crítica de la razón instrumental de Adorno para el contexto de la era digital.

Para Han, recibir el premio significó algo más que un reconocimiento académico: era la confirmación de que su crítica a la hiperconectividad digital y la sociedad del cansancio había resonado más allá de los círculos filosóficos especializados.

Su genio radica precisamente en no haberse limitado a repetir a sus maestros. Donde Foucault vio disciplina ejercida sobre cuerpos dóciles, Han identifica rendimiento extraído de sujetos que se creen libres. Donde Adorno denunció la industria cultural que homogeneizaba las masas, Han señala la psicopolítica digital que coloniza la psique individual. Su hazaña es una traducción del vocabulario crítico del siglo XX al lenguaje del XXI.

Desde 2012, Han es profesor de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, una posición que le ha permitido desarrollar un corpus bibliográfico extraordinario. En poco más de una década publicó más de treinta libros, cada uno enfocado en un aspecto específico de la crisis contemporánea: La sociedad de la transparencia (2012) denuncia la obsesión por la visibilidad total que destruye toda intimidad; Psicopolítica (2014) analiza cómo el neoliberalismo coloniza almas en lugar de gobernar cuerpos; La expulsión de lo distinto (2017) lamenta la pérdida de la alteridad en una sociedad narcisista; Infocracia (2021) advierte sobre cómo la digitalización está destruyendo la democracia deliberativa.

Esta productividad frenética ha generado críticas dentro de la academia alemana. Algunos cuestionan si es posible mantener profundidad filosófica publicando un libro cada seis meses. Esta es una objeción que Han probablemente rechazaría, su método es deliberadamente ensayístico, aforístico, orientado a capturar la velocidad misma de nuestro tiempo en lugar de construir sistemas filosóficos monumentales.

Frente al distinguido público asistente de la ceremonia, Han dedicó especial atención a lo que considera una de las pérdidas más graves de nuestra época: el respeto. “Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. Ya no es posible un discurso sobre el que se base la democracia”. Aprovechó para recordar, parafraseando a Alexis de Tocqueville, que la democracia necesita algo más que procedimientos formales como elecciones e instituciones: “La democracia se fundamenta en lo que en francés se llama moeurs, es decir, la moral y las virtudes de los ciudadanos, como son el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto”. El respeto no es entonces una simple cortesía o tolerancia pasiva, sino algo más profundo: es el lazo social más fuerte. Para Han, sin moeurs la democracia se vacía de contenido y se reduce a mero aparato. La política se reduce a las luchas por el poder.

Esta reflexión conecta con la filosofía de la alteridad de pensadores como Levinas para criticar el narcisismo digital contemporáneo. La sociedad actual, obsesionada con la transparencia, la eficiencia y la conectividad permanente, ha eliminado las distancias que hacían posible el respeto. Sostiene que la ‘cultura del like’ produce una sociedad narcisista donde solo nos relacionamos con aquello que confirma nuestra propia imagen. Las redes sociales, lejos de conectarnos genuinamente, nos encierran en cámaras de eco donde lo diferente, lo perturbador, lo verdaderamente otro, no tiene cabida.

“Las redes sociales no nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía”, sentenció. Pero su crítica fue aún más radical al abordar el tema de los dispositivos móviles: “Nos hemos convertido en instrumentos de los smartphones. Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés”. Esta inversión de la relación humano-herramienta no es una metáfora: Han sostiene que los dispositivos digitales han modificado fundamentalmente nuestra estructura cognitiva y emocional, fragmentando nuestra atención, destruyendo nuestra capacidad de contemplación, y sometiéndonos a un régimen de estimulación perpetua.

Así, al igual que con sus otros maestros, actualiza también la crítica de la técnica por parte de Heidegger. El problema no es simplemente que las redes sociales manipulen nuestros datos o que los algoritmos nos vigilen, sino que la tecnología moderna transforma nuestro modo de relacionarnos con el mundo y con los demás. La técnica, lejos de ser neutral, lo reduce todo a recurso disponible.

“La tarea acuciante de la política”, advirtió, “sería controlar y regular el desarrollo tecnológico de manera soberana, en lugar de simplemente seguirle el paso”. Su preocupación es que la tecnología sin control político, la técnica sin ética, puede esclavizar a las personas. Esta advertencia es especialmente relevante ante el desarrollo de Grandes Modelos de Lenguaje y discusiones alrededor de la Inteligencia Artificial, que promete —o amenaza— transformar radicalmente nuestra civilización.

Sin embargo, esta visión mayormente pesimista ha generado resistencias. Algunos señalan que, si bien su diagnóstico es brillante, sus propuestas son vagas. A diferencia de la Escuela de Frankfurt, que al menos imaginaban la posibilidad de emancipación a través de la razón crítica, Han puede parecer estancado en el pesimismo. Sus libros describen con lucidez los síntomas de nuestro malestar civilizacional, pero ofrecen pocas alternativas concretas más allá de llamados a la ‘vida contemplativa’ o al redescubrimiento del ‘aburrimiento productivo’.

Byung-Chul Han ha logrado algo notable: hacer de la filosofía crítica un fenómeno de masas sin renunciar completamente a la complejidad conceptual. Sus libros breves, accesibles pero densos, circulan tanto en universidades como en clubes de lectura.

Sin embargo, quizás esta sea precisamente la función del tábano socrático que Han reclama ser: no ofrecer soluciones prefabricadas, sino mantener despierta la conciencia crítica. Al cerrar su discurso, fue explícito sobre esto: “Mis escritos son una denuncia, en ocasiones muy enérgica, contra la sociedad actual. No son pocas las personas a las que mi crítica cultural ha irritado, como aquel tábano socrático”. Y añadió, con una nota de humor: “Es cierto que he irritado a la gente. Pero, afortunadamente, no me han condenado a muerte, sino que hoy soy honrado con la concesión de este bellísimo premio”.

Byung-Chul Han ha logrado algo notable: hacer de la filosofía crítica un fenómeno de masas sin renunciar completamente a la complejidad conceptual. Sus libros breves, accesibles pero densos, circulan tanto en universidades como en clubes de lectura. Se le cita en periódicos, se le discute en podcasts, se le comparte en redes sociales —irónicamente, usando las mismas plataformas que él critica. En una época que él mismo diagnostica como dominada por la superficialidad y la velocidad, deja ver que todavía hay apetito por el pensamiento crítico sobre nuestras condiciones de existencia.

Su legado es ambivalente. Ha proporcionado un vocabulario conceptual invaluable para comprender las patologías del presente: autoexplotación, cansancio, transparencia, infocracia, psicopolítica. Sus conceptos circulan en el debate público y han inspirado investigaciones en múltiples disciplinas. Pero su pesimismo casi total, su rechazo de la modernidad digital y su nostalgia por formas de vida precapitalistas limitan el alcance transformador de su crítica. Hace falta una dimensión propositiva, una imaginación de lo posible que complemente su diagnóstico elucidante de lo actual.

Al recibir el Premio Princesa de Asturias, Byung-Chul Han se une a una lista de pensadores que incluye a Martha Nussbaum y Jürgen Habermas. El reconocimiento confirma su estatus como una de las voces filosóficas más influyentes del momento, especialmente en el mundo hispanohablante. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿puede el tábano conservar su aguijón después de recibir el reconocimiento institucional? ¿Puede la crítica radical sobrevivir a los premios y los bestsellers?

El filósofo anticipó esta objeción: “Si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro”. Su apuesta es que la irritación, la incomodidad, el cuestionamiento constante, pueden mantener abierta la posibilidad de transformación incluso dentro de las instituciones del orden establecido. Es una apuesta arriesgada, pero quizás la única disponible para el pensamiento crítico en una era donde la absorción y la cooptación parecen inevitables.

En última instancia, la contribución de Han consiste en habernos mostrado que detrás de la retórica neoliberal de la libertad se esconde una nueva forma de dominación, más sutil pero no menos efectiva. Nos ha enseñado a ver el cansancio no como debilidad personal sino como síntoma político. Nos ha advertido sobre los costos de una sociedad que ha eliminado toda distancia, todo misterio, toda alteridad, en nombre de la transparencia. Y nos ha recordado que la velocidad, la hiperconectividad y la optimización perpetua tienen un precio existencial que todavía no hemos terminado de calcular.

Su pregunta esencial es inquietante: ¿qué significa vivir bien en una sociedad diseñada para extraer hasta la última gota de nuestra energía vital? No ofrece respuestas concretas, mantiene viva la discusión. Impide que nos acomodemos en el sopor dogmático de creer que este orden de cosas es inevitable o natural. Y en tiempos donde el realismo capitalista ha declarado que no hay alternativa, quizás mantener viva la discusión sea ya una forma de resistencia.

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